EL HORTELANO LLEGA A LA CONCLUSIÓN QUE LOS PROBLEMAS DE LOS EXTREMEÑOS SON DE LA INUCUMBENCIA DE LOS DIOSES

 

En mi aldea llamamos avisperinas a los chamaríes. Las nombramos en femenino, sean machos o hembras. El canto de los chamaríes  es el más cálido y sentimental de las aves de mí aldea. En otros pueblos de la comarca a las avisperinas las llaman verdecillos. Son, en definitiva, uno de esos pajarillos pequeños, humildes, las más de las veces innombrables, porque solo unos cuantos en mi aldea sabemos distinguirlos de los verderones, de los pardillos o de los trigueros. Sí, en cambio, de los jilgueros, que son la aristocracia de los pajarillos cantores en estos andurriales. A lo que vamos: el gorjeo de las avisperinas son para este hortelano impertinente el más amoroso de cuantos en primavera se asientan en la huerta. No tengo empacho, amigo Tulio, en reconocer que el canto de las avisperinas, sobre todo cuando se barrunta la primavera, me enternece. Como son tan insignificantes -apenas unos gramos de peso- anidan en cualquier parte, seguros de que los rústicos los hemos respetado desde siempre porque en nada sirven para engrosar los garbanzos. 

Este hortelano, lector impenitente e inexperto y, además, de flaca memoria, estaba decidido a escribir esta mañana sobre el balance económico y social de los extremeños durante 2016, y comenzó escribiendo que será por los idus de marzo, es decir dentro de nada, cuando conoceremos el dato más fehaciente, más sólido, irrefutable, de las cuentas de Extremadura. Sabido es que nosotros somos las avisperinas de la nación, los más modestos, los más humildes, pero tal vez los más conformes con nuestra propia naturaleza. Recuerda el hortelano que cuando se celebró no sé qué exposición de Zurbarán en el Museo del Prado, hará por lo menos 30 años, leyó en el catálogo una referencia de antaño dirigida al pintor de Fuente de Cantos afirmando que su pintura era modesta y austera “como corresponde a la naturaleza de su tierra”. Ya le gustaría al hortelano encontrar aquella cita para reproducirla textualmente y glosarla como merece. Como le agradaría al hortelano, ahora que escribe sobre pintores, conocer algo más de un pintor extremeño que firmaba en el siglo XVII con el nombre de “Labrador”. Se llamaba Juan Fernández y fue el pintor preferido por algunas Cortes europeas. Nadie mejor que él pintó un racimo de uvas, y quien no esté conforme que se asome al Museo del Prado. Labraba por lo visto sus campos  y, de cuando en vez, cogía los pinceles para retratar la cosecha de su huerta. Creo recordar también que cuando estaba en la Corte gustaba de bajar a la cañada que la cruzaba para poder conversar con los pastores y los gañanes. Me da la impresión que la presencia de los cuadros del Labrador en el Museo del Prado es el resultado de un escándalo de corrupción, si no todos, algunos de ellos. Pero el tema no viene al caso, y si alguien tiene curiosidad, que consulte en la maquinaría.

Amigo Tulio, no tomes al pie de la letra las referencias que escribo, que ya sabes que lo hago en el chabuco de la huerta sin más auxilio que la memoria, atento no más a escuchar el primer gorjeo de las avisperinas, sean machos o hembras. Por eso dudo si los idus de marzo se celebraban al comienzo del mes de Marte o ya entrada la primavera. En todo caso, los idus para los romanos eran días de buenos augurios, fechas en las que los dioses se apiadaban de los humanos y les enviaban regalos de prosperidad, a ellos y a sus ganados. En marzo era cuando las vacas y las ovejas quedaban preñadas y se preñaban de flores fructíferas los manzanos y las vides. Bien seguro que nuestros ancestros de Mérida implorarían el favor de los dioses sacrificando en marzo una oveja primala o un morueco merino. Ojalá el hortelano tuviera ahora a mano uno de sus libros preferidos, los “Fastos” de Ovidio, y así podría no solo fijar la fecha exacta de los “idus” sino cómo conjurar la ira de los dioses contra el bienestar de los extremeños. El hortelano no tiene duda a estas alturas de que el problema principal de los extremeños incumbe a los dioses. Y siendo así que es en marzo cuando el Instituto Nacional de Estadística hace publicas las cuentas regionales, sabremos si se confirman o no los peores augurios, aquellos que ya conocíamos en el pasado diciembre y adelantaban que Extremadura era la Comunidad con menor PIB y renta per cápita de toda España. Nada nuevo, para nuestra desgracia. Este es, como digo, el dato principal y yo diría que exclusivo para medir el presente y el futuro del bienestar de los extremeños. El segundo índice en importancia ha sido catastrófico. Me refiero a la EPA. Hasta ahora era Andalucía la Comunidad con más paro. En la última EPA, la principal, la que recoge los datos de todo el año, somos nosotros, los extremeños, los más parados. Renta per cápita, paro…

Estoy leyendo tu pensamiento, amigo Tulio. Estas tratando de objetar que a pesar de todo ello, Extremadura cuenta con los mejores índices de bienestar, que los mayores extremeños están entre quienes viven con mayor satisfacción, etc., etc. Claro que sí, amigo Tulio: ¿no ves lo feliz que soy debajo de la higuera, cosechando naranjas sanguinas, ajetes tiernos y espinacas? ¿No ves cómo estoy gozando atisbando el primer gorjeo de las avisperinas? Los cielos están limpios, la dehesa está totalmente enverdecida y, pronto, los arroyos se llenarán de ranúnculos, y una alfombra de magarzas festoneará las laderas, y los prados se llenarán de orquídeas silvestres, y las rapaces estarán requebrándose en los cantiles de Monfragüe. Soy tan feliz como Virgilio y Horacio lo fueron. Soy todo lo feliz que pueda ser un hombre en esta tierra. Si me duele aquí o allá, tengo el servicio médico a no más de 15 minutos. Cobro, al igual que la mayoría de mis paisanos, puntualmente la pensión. El día que se me trabuque la memoria o el entendimiento, tendré una plaza en la residencia junto a la gente de mi aldea. ¿De qué nos quejamos, amigo Tulio?

Verás, amigo Tulio: no logro quitarme de la cabeza el dato de la EPA 2016…He hablado en estos días con un joven profesional que trata de ganarse honradamente la vida en Extremadura. Lo he visto sinceramente descorazonado. Le he preguntado cuántos de sus compañeros de curso trabajan actualmente en Extremadura y si lo hacen en su especialidad. Le he preguntado si conoce alguna estadística sobre las ofertas de empleo para los titulados en los segundos ciclos de la enseñanza profesional…¿Te lo digo?

Al regreso de la huerta, durante los veinte minutos que dura la travesía por la A-66 , he adelantado a tres camiones enormes cargados de cerdos ibéricos…Siempre que los veo me acuerdo de la EPA y del PIB, también de una amiga. El hortelano tenía y tiene una amiga que cuando joven se desplazaba en coche descubierto. Una vez me dijo que por mi tierra no se podía viajar en descapotable porque siempre que se cruzaba con un camión se le colaban dentro los purines de los cerdos…

Al grano, Tulio, que ya ves que desvarío.

Imaginemos, Tulio, que la situación que lamentamos no fuera culpa de los políticos. Hacen lo posible y lo hacen con la mejor voluntad. El desarrollo, la prosperidad y la creación de empleo depende de tantos imponderables, de tantas variables y coyunturas nacionales e internacionales, que muy difícilmente los gobernantes extremeños  pueden crear riqueza. El desarrollo de Extremadura no depende de sus gobernantes. Bastante hacen con administrar unos presupuestos que les vienen dictados por el Estado. Extremadura por sí sola no puede revertir una situación de crisis o de subdesarrollo. Y tal vez por eso acaban de descubrir que el origen de los males de Extremadura es el ferrocarril. ¡Albricias!

Imaginemos, por el contrario, que aún reconociendo lo anterior, los gobernantes extremeños disponen de instrumentos importantes para producir un cambio de modelo económico en la Comunidad. El Estado le aporta importantes fondos de solidaridad y Europa, en los últimos veinte años, ha hecho un aporte extraordinario de recursos para favorecer el desarrollo. Si Extremadura, a pesar de ello, no adelanta en el proceso de convergencia con el resto de las Comunidades Autónomas, debiéramos pensar que la cosas se están haciendo mal o, lo que es peor, que el tratamiento que se aplica es incorrecto, y en lugar de corregir la enfermedad, la agrava.

Imaginemos que por mucho que nos empeñemos, la “cosa” extremeña no tiene solución ni a corto ni a medio plazo. Prosperaremos, más o menos, al compás que lo hagan las Comunidades vecinas. Dejemos de una vez por todas de preocuparnos de la EPA, del PIB y de PISA. Somos como somos y punto en paz: “más duros que los alcornoques y más que los jierros de las jerramientas” según los versos del poeta de Guareña.

Imaginemos que la responsabilidad del atraso y del paro la tuviéramos los extremeños en general y en particular. Los empresarios por ser poco o nada creativos; los profesionales por acomodarse a la situación de supervivencia; los sindicatos por sometimiento; los colectivos y asociaciones por pura endogamia política; los particulares porque bastante hacen con subsistir.

Cuando lleguen los idus de marzo, antes de que el INE nos vuelva a colocar el espejo ante las narices, este hortelano, que lo es de vocación y dedicación, ofrecerá las primicias de su huerta al dios de la prosperidad convencido como está que los problemas de Extremadura son de incumbencia de los dioses.

 

DE SI SEMBRAR TOMATES AUTÓCTONOS NO SERÁ COLABORAR CON EL “INCONSCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

 

¿Quién le mandará a este puñetero hortelano ocuparse o preocuparse en estas fechas navideñas en saber si a su tierra, en el año recién terminado, le ha ido bien, mal o regular? Bien del todo no le ha podido ir porque no hace falta acudir a los papeles para conocer que los jóvenes extremeños, en general y en particular, no tienen fácil, y para muchos será imposible,  encontrar trabajo en su tierra en el año que comienza. Mal/mal tampoco nos ha ido porque, fíjate, amigo Tulio, que en los últimos doce meses hay 12.000 extremeños menos en paro. Y la cifra se exhibe en los periódicos, y hasta la oposición pasa de puntillas acudiendo a los tópicos habituales: que si el empleo es precario, que si el paro de los jóvenes, que si…¡Mira que debe ser difícil ser portavoz del gobierno o de la oposición! Dicen lo que le mandan decir en los “argumentarios”, que es una cosa que se inventaron los cuarteles generales de los partidos políticos para evitar que sus portavoces en las provincias dijeran gansadas…Porque, ¡vamos a ver!, ¿de quién es el mérito si hay menos parados? ¿Del Gobierno de Madrid o del de Mérida? ¿De quién la culpa de que sigamos siendo los más parados? ¿De Rajoy o de Fernández Vara? Y si no fuera culpa de ninguno de los dos, sino de nosotros los extremeños…

Como el hortelano no se fía de los portavoces, ni siquiera de los periódicos, ha buscado un hueco para leer con lupa los balances oficiales y tratar de descubrir cómo le ha ido a Extremadura en el año recientermiando. Y mira, Tulio, lo que he descubierto en relación con el problema principal de los extremeños, de los españoles y hasta de los habitantes de Pensilvania: el paro. Te había dicho que, en 2016, 12.000 extremeños menos sufrieron el paro. ¡Estupendo! Y me pregunto: siendo así que Extremadura, junto a Andalucía, son las dos comunidades autónomas con más paro y con menos renta, cómo nos ha ido respecto al resto de las regiones, porque en todos ellas ha disminuido, afortunadamente, el paro. Cabría esperar que en Extremadura y en Andalucía que parten de muy abajo en la carrera por crear empleo, el paro hubiera disminuido más que en el resto. ¡Pues, no! Extremadura ha sido la Comunidad Autónoma donde menos ha disminuid el desempleo en 2016 (un -6,81 %). ¿Lo has leído en alguna parte, amigo Tulio? ¿Se atrevió a decirlo el presidente extremeño en su mensaje de final de Año a todos los extremeños? Me dirás que no sea ingenuo; que qué cosas escribo…Repito: las tres provincias españolas en las que menos disminuyó el paro fueron, por este orden: Cáceres, Santa Cruz de Tenerife y Badajoz, estas dos ex aequo. Lo normal sería que durante 2016 Extremadura hubiera acortado el diferencial de paro que la aleja de las otras Comunidades. Pues, no. El diferencial ha empeorado. ¡Mal, muy mal, señor Rajoy! ¡Mal, muy mal, señor Fernandez Vara! ¡Mal, nosotros todos los extremeños, que todos somos responsables! No vamos en buena dirección…

Recuerda ahora el hortelano lo que ya escribió en estas emborronaduras a propósito del discurso del bisabuelo zafrense de don Antonio Machado, José Álvarez Guerra, en su toma de posesión, en 1822, -¡ya ha llovido, desde entonces, Tulio!- del cargo de “jefe político”  de Cáceres, una especie de gobernador civil para toda Extremadura, cuando se fijó como meta de su mandato que Extremadura igualara lo antes posible el nivel de riqueza de las otras regiones y “aún superarlas si fuera posible”.

Ya ves, Tulio, que el género de los ingenuos viene de lejos y con precedentes tan ilustres como la estirpe de los Machados; el género de los ingenuos y el de sarcásticos, porque escribir “nivel de riqueza” aplicado a los españoles y a extremeños de aquella época era algo más que una ironía.

A propósito de la pertenencia al género  de los impertinentes o de los ilusos, dispensa, Tulio, que te dé la vara recordando a otros ilustres miembros de esta Hermandad, porque uno admira a quienes a lo largo de la historia han aportado a la sociedad alguna invención que trascienda a sus vidas. Y mucho más si se trata de personajes extremeños. Está claro que el hortelano siente predilección por quienes crearon en su tierra bienestar, trabajo o pensamiento. Los hubo y los hay, que nadie lo dude. Lo que ocurre es que no son suficientes para recuperarnos del atraso de siglos por los siglos, amen. Y seguimos todavía en tiempo de  amenes, instalados en los síes, cuando tantas veces habría que haber dicho  no/no/y no… Pero ejercer de continuo el pensamiento crítico no es bueno para la salud; cuídate, amigo Tulio, de los excesos críticos, así sean bienintencionados, que luego pasa lo que pasa… Te recuerdo, Tulio, que en su otra vida, el hortelano frecuentaba las librerías de viejo. En cuanto se descuidaba, es decir entre tabarras y monsergas, se sorprendía arrastrando el tranco por la cuesta de Moyano o por la calle del Ateneo o sus aledaños. Como un aprendiz de Baroja, aunque sin  txapela. O como Azorín, con abrigo y paraguas. A Azorín el escribano lo vio metido en la caja de pino en su casa de la calle Zorrilla. Es tiempo pasado. Pero no olvido que una vez encontró por allí una edición de Platero, de las de la Residencia, garabateada por un combatiente en la batalla del Ebro mezclando líricas y pólvora. Y el hortelano, más joven entonces, se emocionó. Y sin embargo ahora mismo, cuando abandona la huerta, vuelve al pasado y mire usted por dónde se ha traído en el gabán un librejo de aquellos que alegraban los ojos a mi amigo de Cañaveral, que, uno a uno o a brazadas, logró reunir doce mil libros e impresos referidos a Extremadura. Él decía que los libros no los encuentras, te encuentran ellos a ti. Al hortelano esta mañana lo ha encontrado uno que dice tal cual así:

La generalidad de los pueblos de la provincia de Cáceres arrastran vida pobre y miserable, de lo cual es ya indicio su escasa densidad de población…He dicho que en ella malviven y mueren sus habitantes, porque en efecto la raza está allí depauperada…¿Y sabéis, señores, por qué está aquella raza tan empobrecida y tiene tan pocas resistencias orgánicas? Pues sencillamente porque no come, porque no gana para comer…, una gran parte de lo que da de sí la tierra trabajada por aquellas pobres gentes, sale de allí, viene principalmente a Madrid por obra y gracia del absentismo que es una azote…”

¿Te imaginas, Tulio, quién escribió -lo escribió en 1921- esta denuncia que en aquellos tiempos ni era prudente ni honorable? ¿Un componente de aquellas minorías que, en ese mismo año, fundaban en Madrid el Partido Comunista de España o de aquellos socialistas que ya estaban peleados? Ni siquiera era uno de aquellos primeros sindicalistas ferroviarios que sembraban acólitos en Mérida o Plasencia/Empalme. Era un católico ¿progresista? que se rebeló contra el contubernio de los terratenientes.

Por supuesto que son, Tulio, tiempos pasados, superados, olvidados. Como lo está el autor de aquellas líneas. Se llamaba León Leal Ramos, uno de los prohombres del Cáceres de la primera mitad del XX. En lo que el escribidor conoce de él -otro libro “viejo” de pequeñas semblanzas cacereñas y éste mismo de color no solo sepia sino de paja de barbecho- debió ser hombre valiente e impertinente en aquella Extremadura, entonces sí, de siervos y de señores.

Mira, Tulio, cómo se quejaba en 1915 del comportamiento de sus paisanos, los parientes próximos de quienes hoy también miran para otra parte cuando se les recuerda las enormes carencias de nuestra tierra:

“No me importa, por mí, que mis palabras caigan una vez más en el vacío. Aunque eso implicare un desaire o un desprecio para mí, yo hablaría porque quiero a mi pueblo y no quiero ser de esos muchos que en tertulias y cafés censuran indignados los desaciertos de los Alcaldes, Ayuntamientos, particulares, y comisiones, y no hacen más que esa labor negativa, de censura, , que a ellos por su pasividad, les cuadra mejor que a cuantos, si no aciertan, arriman al menos el hombro”

No sabía yo que el tal León Leal Ramos, con calle de importancia en la capital del hortelano, y con una muy importante labor social en los años tremendos de las vísperas de la Guerra Civil, ejerciera la virtud de la impertinencia con tanta maestría. Y vistas así las cosas, es por lo que este modesto cofrade piensa de nuevo qué lentos pasan los tiempos para la regeneración de los extremeños. No digo ya que fueran ingenuos Jose Álvarez Guerra en 1822 y León Leal Ramos en 1921, que soñaban con la idea de que Extremadura igualara “la riqueza” del resto de las regiones, sino que continúe siéndolo, casi dos siglos más tarde, un puñado de ilusos que seguimos preguntándonos que nos pasa a los extremeños para que, de las cincuenta y una provincias españolas, sean las dos extremeñas las que menos redujeron el paro en 2016.

Olvidaba dos cosas, amigo Tulio. La primera es decirte que los párrafos que he transcrito de León Leal corresponden a la conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid, el día 17 de mayo de 1921. En el texto figura la denuncia de la situación bochornosa de los latifundios en unos diez términos municipales cacereños , con indicación del porcentaje que ocupaban respecto al que estaba en manos de los residentes. ¡Qué escándalo, Tulio! Porcentajes que fluctúan entre el 60 al 80 % de los términos en poder de terratenientes absentistas.

Lo segundo es todavía más importante: te digo que ya están en los semilleros de la huerta las simientes de los tomates de verano. ¡Qué despaciosamente progresa la naturaleza: sembrar en enero para cosechar un puñado de tomates en verano! Hemos plantado morunos, negros de Crimea y rosados de los que sembraban los campesinos de mi pueblo a lo largo de los años. Pero el hortelano tiene una duda respecto a estos últimos: si acaso sembrando los autóctonos no estará de alguna forma colaborando a mantener el inconsciente colectivo de los extremeños; es decir, si, sembrando tomates de los de toda la vida, no estará acaso favoreciendo los condicionantes biológicos del atraso de todos nosotros. Decía León Leal, un hombre culto y cultivado, que “la raza está allí depauperada” por el hambre. ¡Qué fuerte!, que dicen mis nietos adolescentes.

El riojano que puede inscribir su nombre en la historia de Extremadura, o de cómo fabricar “mitos” que nos ayuden a sostener la identidad de los pueblos

En una ocasión el impertinente le dijo al alcalde de su pueblo que con el tiempo fundaría un sindicato de hortelanos en su aldea. Al estilo de la hermandad de San Gregorio de Plasencia, cuyos cofrades, desde hace seiscientos años, sacan en procesión al santo para que bendiga in situ las huertas de la margen derecha del río. ¿Y los de la izquierda, qué? O como en aquella estampa (La bendición de los campos, de Salvador Viniegra) que los niños de la posguerra vimos en los zaguanes de nuestros abuelos, con un cura horondo “guisopeando” los barbechos. El preboste pensó que la fantasía del hortelano iba en serio, y doy fe de que no le gustó nada aquel sueño de verano.

En otra ocasión invitaron al hortelano a hablar sobre los periódicos de su región. Los criticó porque dijo que ninguno de ellos -uno era del obispado y el otro de una compañía que se apellidaba “católica”- representaba a los sectores de izquierda, y no gustó que alguien de afuera opinara sobre “lo nuestro”. Como no fue ésta la única ocasión que sufrió reprimenda, el hortelano se dedicó en sus ratos libres a otras cosas. Pero, pasado el tiempo, tomó los hábitos de la impertinencia -“vuelta la burra al trigo”- y volvió a atreverse a tener opinión sobre los asuntos que comienzan en el kilómetro 170  de la A-5, allá donde un buen amigo del hortelano toca la bocina siempre que cruza la frontera. Y recuerda –qué manía de recordar…- que en una ocasión que viajaba en un autobuses cargado de personas de mucho rango, cuando el bus pisó aquel kilometro y comenzó a trepidar su carrocería por el mal estado del pavimento, alguien preguntó qué pasaba y otro respondió que nada, “hemos entrado en Extremadura”.

Decía, Tulio, que el hortelano ya se atreve a opinar de las cosas de la tierra y en alguna ocasión habría que reflexionar, sirviéndose de tu tocayo Cicerón, de lo que ocurre a las personas provectas cuando, a una determinada edad, desarrollan la manía de ejercer la libertad de pensamiento. De mayor, Tulio, cuídate de este achaque; no vaya a ser que destruyas las amistades que forjaste a lo largo de tu vida. Aunque ocurre, las más de las veces, que a otros muchos, acostumbrados a no ejercer la libertad de opinión, se les acaba la vida sin haberla ejercido.

Definitivamente voy al grano, que así debiera haberlo hecho desde el principio. Y es que el hortelano está a la espera de que amanezca y se entretiene trasteando en la maquinaria y ve en la pantalla que el arzobispo de Mérida-Badajoz ha propuesto al Vaticano crear una “prelatura”  para poner fin a la sinrazón de que el principal símbolo religioso e histórico de Extremadura, Guadalupe, regrese a territorio extremeño del que nunca debiera haberse escindido. El hortelano, así que había amanecido, se fue directo a los papeles regionales para ver cómo abordaban la noticia “histórica” de que al fin los obispos extremeños se hubieran atrevido a reivindicar  Guadalupe. Imaginaba que aquel anuncio llenaría las portadas, habría encuestas, declaraciones, hasta editoriales. ¡Qué le vamos a hacer! Nada de nada o casi nada, que así se las gastan los periódicos de mi tierra. Lo de la “prelatura” aplicado a Guadalupe puede no ser la mejor de las soluciones a un agravio después de tantos siglos de dominio feudal toledano de tan atrabiliario origen que con solo denunciarlo debería remover las conciencias religiosas, si es que fueran religiosas las conciencias de la mitra toledana. El hortelano escuchó hace algunos años, sentado a una mesa camilla más honorable que la mitra toledana, a un periodista devenido en arzobispo de cómo lo engañaron en Roma cuando se creó la provincia eclesiástica extremeña en 1994. Resultó que don Antonio Montero regresó de Roma con la convicción de que, junto a la jurisdicción -los territorios-, venía también Guadalupe. ¡Ojalá, el buen dios inspire al arzobispo-periodista a dejar por escrito la treta toledana. Y ojalá se atrevan a contarnos los obispos de hace la tira de años el acuerdo al que llegaron con Toledo para crear una especie de nueva jurisdicción eclesiástica teniendo como cabecera Guadalupe en la que estuvieran presentes las tres diócesis extremeñas y la de Toledo. Era un solución salomónica, pero, al fin, un paso importante para poner fin a la ignominia toledana. Pero, de nuevo, triunfó la soberbia feudal y la irrelevancia de los obispos extremeños, y nos quedamos compuestos y sin novia

-Amigo Tulio, busca en los papeles o en la maquinaria lo que este hortelano te está contando y ya verás cómo no existe ni rastro. Y es que en tu tierra, Tulio, todo aquello que importune a la autoridad competente no deja huella. Y paso a responder a ese reproche permanente que me haces sobre mi fijación mental con Guadalupe. Ya sé que piensas que Guadalupe ya no interesa o interesa sólo a una minoría confesional y que incluso, dentro de esta, muchos se encuentran más satisfechos con la militancia radical del clero toledano que con el extremeño, tan decaído que no tendría entre sus filas individuos suficientes para atender a las necesidades de los 30 pueblos extremeños en jurisdicción manchega. Aunque hortelano de un modesto pegujal, este escribidor entiende que los pueblos, cualesquiera que sean, necesitan símbolos o referencias que les ayuden a reconocerse como miembros de una comunidad. ¿Qué me une a mí con las naturales de la Siberia extremeña -¡que vaya, “nombrajo”, por otra parte!- siendo como soy de las tierras del Tajo? ¿Qué suceso o invocación histórica de autoridad puedo argumentar para que un ciudadano de la Serena se identifique con otro de la Sierra de Gata? ¿Otra vez los  Conquistadores, denostados por la autoridad competente? ¿Las monsergas aldeanas que pregonan desde la televisión autonómica? ¿El sentimiento victimista de sentirnos expoliados por Madrid? ¿O es que acaso nos sentimos extremeños porque así lo han querido nuestras autoridades? Ni el “candil” ni el “redoble” dan sentido de unidad emocional, y mira por dónde el elemento moderno más aglutinador, el himno de Extremadura, con seguridad la música de más valor de cuantas se crearon a partir de 1978 para fomentar los sentimientos autonomistas de los españoles, está siendo maltratado por las Administraciones.

El hortelano ha llegado con algún retraso a los libros del profesor judío Yubal Noah Harari (Sapiens: de animales a dioses). Pocas veces se ha expresado con tanta claridad el valor de los símbolos en la creación del sentimiento colectivo de los pueblos. ¡Vaya, otra vez con el inconsciente colectivo de los extremeños! ¡Si lo sabrán los vascos y los catalanes, por ejemplo! Dice el profesor de la Universidad de Jerusalén que a los hombres nos influyen el medio físico en que vivimos y también las emociones compartidas. A través de las emociones y del espacio físico, los hombres, para reconocernos y defendernos, hemos ido fabricando mitos y ficciones. En este capítulo, metan ustedes también las creencias religiosas. ¿Para qué sirven las emociones compartidas, querido Tulio? Muy sencillo, sirven para cohesionar a los grupos, a los colectivos, a las tribus; ahora también diríamos a las naciones, a las comunidades autónomas. Si nuestras emociones comunes fueran “reconocibles” y tuvieran sustento en la historia, estaríamos en disposición de mantener un “relato” que nos ayudara a crear una “unidad colectiva”. O lo que es lo mismo: sin “mitos” sin “un relato común de emociones”, los pueblos no tienen sentido ni futuro. Es decir, que como Extremadura no encuentre  su propio “relato”, será imposible mantener esa ficción en el tiempo y no dejará de ser un puro artificio administrativo, creado para mantener un interés político o personal, al calor de los recursos públicos. ¡Qué le pregunten a la Junta de Extremadura cuánto ha invertido en tratar de crear el “mito” de lo extremeño! Pero lo ha hecho mal, rematadamente mal, fomentando tan sólo el sentido victimista y folclórico.

-Ni antes ni después, amigo Tulio, Extremadura encontrará un “mito” más poderoso que Guadalupe para identificarse. Ningún otro tan importante desde el punto de vista histórico, cultural, emocional, que Guadalupe. Guadalupe tiene un potencial extraordinario como ingrediente aglutinador de los extremeños, incluso para los sectores laicos y aconfesionales. Pregúntaselo a nuestro común amigo, el promotor del principal movimiento laico extremeño, y no te librarás de una charla bien documentada sobre el valor de integración emocional de Guadalupe.

 

Por eso no comprendo la indiferencia con la que los medios de comunicación han acogido el anuncio del arzobispo Morga de solicitar al Vaticano la creación de una “prelatura” para Guadalupe. El arzobispo ejerció antes en Roma y debe conocer bien cómo funcionan los pasillos del Vaticano. Cuando lo nombraron, se expresó con una ingenuidad entre temeraria y asombrosa. Reconoció que conocía Extremadura de nombre, sabía que era una región “al sur de Madrid”. Ahora este arzobispo riojano, Celso Morga Iruzubieta, puede inscribir su nombre en la historia de Extremadura. Pero no sé a qué viene tanta sorpresa, acostumbrado el hortelano a presenciar la indiferencia de los extremeños con todo cuanto no venga dirigido desde Mérida, como en tiempos sucedía con aquello que no viniera decretado desde la Corte.

Leyendo al profesor de la Universidad de Jerusalén al fin he entendido que el impulso del hortelano de crear un sindicato, la emoción de mi amigo cuando toca la bocina al entrar en territorio extremeño y la reivindicación del arzobispo Morga tienen el mismo origen e interpretación: la necesidad de crear y sostener en el tiempo el mito que permita el “relato” principal de los extremeños. Y si no lo hacemos, ahora que estamos a tiempo, corremos el riesgo de que otras circunstancias políticas terminen por arruinar la endeble cohesión de los extremeños.

DEL QUÉ NOS PASA A LOS EXTREMEÑOS (segunda parte) Y EL RIESGO DE ESQUIZOFRENIA DE LOS ECOLOGISTAS

 

El hortelano tiene uno, dos y, a veces, hasta tres lectores, lo cual, en los tiempos que corren, le produce un placer inenarrable. El caso es que mis tres lectores me vienen dando la tabarra sobre lo que escribí del qué nos pasa a los extremeños y el inconsciente colectivo, que de forma impertinente el hortelano abordó hace unos días. Lo del inconsciente colectivo debe ser como la mochila que cada uno traemos a este perro mundo, llena de nutrientes biológicos y psicológicos que condicionan nuestras vidas. Vamos, una especie de códigos que nos empujan a pensar o actuar de una determinada forma, una teoría que se inventó, hace exactamente cien años, un señor que por ello ha pasado a la historia. O más bien, una excusa para tener a quien echarle las culpas si los extremeños fuéramos por naturaleza indolentes o resignados: que somos los últimos en PIB, en renta per cápita o en PISA…, la culpa del inconsciente colectivo que heredamos de nuestros padres y, además, habríamos descubierto un argumento poderoso a la hora de negociar los fondos de cohesión y de solidaridad territorial con el ministro Montoro, que él también tiene que tener un inconsciente colectivo del carajo, siendo, como es, de una provincia hermana en lo de la renta per cápita.

Fíjate, Tulio, hasta dónde han llegado los ecos de la impertinencia que el tercero de mis lectores, un experto en psicoanálisis, se está ocupando de crear un grupo “interdisciplinar” para proseguir la cavilación sobre el inconsciente colectivo de los extremeños. Ya le he dicho que si la reflexión se hiciera cabe la higuera, habría que esperar al mes de mayo cuando canta la calandria y cuando ella se viste de primavera. Lo mismo ocurriría si lo hiciésemos bajo la parra, mejor bajo el nogal, que es sombra más fresca y apacible, porque bajo el olivo no debiéramos hacerlo pues a su vera están creciendo las coles que acompañarán el “buche”  de los samblases. Te aclaro, Tulio, que en mi aldea las fiestas, pasadas la Navidad, se inician en San Blas y en San Blasino, y de fiesta en fiesta, en un plisplás, llegamos al verano, Dios mediante.

Y así, nombrando a este invento de la prehistoria gastronómica comenzaría el capítulo primero de la primera mesa redonda del que nos pasa a los extremeños, pues tengo para mí que el “buche”, que en las tierras leonesas llaman botillo, lo trajeron los mesteños o acaso lo inventaron en las dehesas extremeñas y lo exportaron a sus lares llevándose el copyright. De cualquier forma lo del “buche” y, sobre todo, lo de la dehesa nos serviría, como digo, para introducir la mesa de los historiadores en el simposio del qué nos pasa

La dehesa, el paisaje más admirable de cuantos existen en el mundo, es también la primera de nuestras desgracias. ¡Pura contradicción! O un perfecto oxímoron como hubiera dicho mi amigo el Gramático si no nos hubiera dado el disgusto de morirse. Considerada así, la dehesa fue un invento infernal. La inventó la gran nobleza, los poderes fácticos de la época, para aposentar sus miríadas de merinas y llenar sus despensas. Los enormes territorios adehesados impidieron la labranza y las tierras se despoblaron. De aquellos latifundios vienen nuestros lodos, es decir, la pobreza, la emigración, el espíritu vasallo de los extremeños. Lo malo es que el latifundio y cuanto significa es materia de presente, aunque todavía los extremeños no nos hayamos recuperado de otro de nuestros oxímoron más clamorosos: que fuera el dictador Franco quien firmara en 1952 el decreto de creación del Plan Badajoz y de paso destruyó cien mil hectáreas de dehesas, en las que antaño se alimentaran los rebaños de la iglesia y de la nobleza y en ellas hoy se asientan los extremeños con mayor renta per cápita de toda la Comunidad. ¡Buen tema para cavilar, amigo psicoanalista!

Fíjate, Tulio, en la noticia que tú y yo hemos leído en el papel principal de la tierra. El heredero de uno de los imperios más importantes del sector farmacéutico mundial, Leandro Sigman, ha comprado un latifundio en Extremadura. Digamos que un latifundio pequeño, que en esto también hay categorías, pero de enorme valor histórico, la Granja de Mirabel en Guadalupe, aquella que, en 1910, le causó a don Miguel de Unamuno un trance casi místico: “…unos de los más espesos y más frondosos bosques de que en mi vida he gozado. Jamás vi castaños más gigantescos y tupidos. Y nogales, álamos, alcornoques, robles, quejigos, encinas, fresnos, almendros, alisos junto al regato y todo ello embalsamado por el olor de perfumadas matas…”

-Un por cierto, amigo Tulio: al gran Unamuno lo ha zaherido a bandera batiente hace solo unos días un escribano en uno de los periódicos regionales, por aquello de que se atrevió a criticar la indolencia de los extremeños. Vamos, un heroico patriota el periodista, decidido a no permitir que nadie mancille el buen nombre de los extremeños…

Mejor nos hubiera ido si el nuevo magnate e inquilino de las tierras de Guadalupe, en lugar de comprar un latifundio, se le hubiera ocurrido plantar en tierra extremeña una de sus innumerables fábricas o factorías que figuran en su agenda. Dicen además los periódicos que el tal Leandro Sigman es persona de mucha confianza de Felipe Gonzalez, que tiene -es sabido- parada y fonda también en los campos guadalupanos.

-Digo yo, Tulio, que qué extraño placer deben sentir los latifundistas dueños de inmensos territorios. Me los imagino llegando en sus potentes maquinas levantado nubes de polvo en los caminos de su heredad, sintiéndose señores de horizontes infinitos para calmar sus espíritus cansados de ajetreos urbanos y millonarios. Debe ser algo parecido a lo que le sucede a este hortelano afortunado cuando descorre el cerrojo de su pegujal. Un día tenemos que hacer entre los dos la nómina completa de los latifundistas para llevársela al presidente de la Junta de Extremadura, y les escriba a todos y a cada uno una carta señalándoles el compromiso que tienen con el desarrollo y la prosperidad de los extremeños. De lo contrario, si no crean riqueza en la patria de sus condados, les condenaríamos a ingresar en la Orden de Los Santos Inocentes. ¿Sabes quién es Isidro Bergel Sainz de Baranda, uno de nuestros últimos  latifundistas? Un tío listo, Tulio… Por otra parte, ¿qué fue de aquel latifundio que compró un jeque árabe, recibido a pie de las escalerillas del avión por todos nuestros jerarcas en uno de los espectáculos de vasallaje más esperpéntico  de los muchos de nuestra historia?

Hablaba de la dehesa y que era causa y razón de lo mucho que nos pasa a los extremeños y mira por dónde lo que hoy nos admira y nos recrea, y hasta lo consideramos como el paisaje que mejor nos representa, es, a la par, origen de nuestras desgracias. Compadezco a los ecologistas, a punto de entrar en trance de esquizofrenia ante el dilema de admirar o denostar la dehesa, y es que en esto de las contradicciones –otra vez los oxímoron- nos lucimos los cristianos, diestros en aprovechar las contradicciones. Sin nuestros pecados de cada día no existirían las Pasiones de Bach, ni escucharíamos el Mesías de Handel como lo voy a hacer mañana oyendo a la escolanía de mi nieta, y el que suscribe da por bien empleados sus muchos pecados con tal de poder seguir escuchando el miserere de Gregorio Allegri. Cómo sería la fama de la tal pieza –el miserere- que solo se podía escuchar en la Capilla Sixtina y hasta se dictó un laudo de excomunión a quien se atreviera a interpretarla en cualquier otro sitio, algo parecido a lo que sucedía con las merinas en tiempos de los Trastámara prohibiendo exportarlas fuera de sus reinos hasta que el rey ilustrado, Carlos III, regaló a sus parientes de Francia un rebaño de 334 ovejas y 42 carneros.

-Ya ves, Tulio, cómo de nuevo vuelven a coincidir los extraños gustos del hortelano por el miserere de Allegri con las merinas que poblaron las dehesas extremeñas que gobernara el Honrado Concejo de La Mesta, origen de todos nuestros males. Pero estoy perdido, amigo Tulio, no sé cómo volver al tema con el comencé, el del inconsciente colectivo de los extremeños, y he desembocado en  la historia del miserere, aquella partitura protegida por una excomunión hasta que el niño Mozart se la aprendió de memoria y consiguió sacarla del imperio de los papas.

Trataba de decir que uno de mis colegas en la secta de La Cachava pretende crear un grupo interdisciplinar -dice que de psicólogos, sociólogos, historiadores, un economista, un pedagogo, un estadístico, un politicólogo, hasta un filosofo- para investigar qué nos pasa a los extremeños que no prosperamos o avanzamos en muy pequeñas dosis en el camino del progreso.

-Repara, Tulio, que la cuestión tampoco es novedosa. El presidente Fernández Vara anda por esas tribunas predicando la necesidad de repensar Extremadura y será –digo yo- algo equivalente a lo que mi amigo pretende con lo del qué nos pasa. No sé si el señor Fernández Vara ha reparado en los peligros del pensamiento. Una vez tuve un pensamiento sobre el origen de los males que acontecen a los extremeños y me retiraron el saludo los próceres de mi tierra. Y solo dije que una de las razones más importantes del atraso de mi región era la incapacidad de la mayoría de sus dirigentes para la gestión de los asuntos públicos.

Puede ocurrir también que a los extremeños no nos pase nada original, que el inconsciente colectivo de los extremeños sea igual o parecido al de los andaluces o al de los murcianos. ¡Vaya consuelo! Pero por qué la estadística oficial dice que el 60 %  de los jóvenes extremeños están en paro. No hace mucho el hortelano preguntó a un gerifalte de la Junta cuántos jóvenes de los que terminaban los distintas grados de la enseñanza profesional encontraban trabajo de su especialidad en Extremadura. El gerifalte se rascó la nariz. Hizo la misma pregunta a un jefazo de la Universidad: cuantos licenciados o graduados de las dos últimas promociones encontraban salario en Extremadura. El jefazo miró por la ventana.

-¿Sabes lo que te digo, amigo Tulio? Que voy a decirle al de La Cachava que bien merece que sigamos pensando en el inconsciente colectivo de los extremeños y cuando terminen las sesiones del Qué nos pasa…, pongamos por escrito las conclusiones. Yo me comprometo a recluirme este invierno en la chimenea de a once céntimos el kilo de leña y hacer una antología de lo que se ha dicho de nosotros los extremeños desde Estrabón a Andrés Trapiello.

 

LA REBELIÓN DE LAS MASAS Y EL “INSCONCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

Mi amigo el de Industriales  -¡un lujo de amigo, señores!- anda leyendo La rebelión de las masas de don José Ortega y, al hilo de la lectura, reflexiona sobre lo que nos acontece a los españoles y a los extremeños casi noventa años más tarde de lo que escribiera el bisnieto de la placentina Pilar Munilla, de los Munilla placentinos de toda la vida.  Decía que mi amigo el lector de Ortega anda, estos días, por lo que veo, embebido en lecturas esenciales y medita sobre qué nos pasa para que también los redactores del informe PISA nos coloquen en el pupitre de los torpes. Y el hortelano le ha amenazado con enviarle no menos de veinte folios con sus cavilaciones sobre las razones que pudieran explicar por qué los extremeños nunca fuimos alumnos aventajados ni en renta per cápita, ni en PIB, ni siquiera en los aprovechamientos académicos.

¿Por qué será, amigo Tulio? ¿Razones históricas? ¿Razones culturales? ¿Biológicas? ¿Políticas? ¿De todo un poco? ¿O acaso tendrá razón el secretario general de Educación de la Junta de Extremadura que se despacha diciendo que la baja calificación que el informe PISA otorga a los extremeños se debe a la herencia recibida del gobierno del PP? Un genio, el tal secretario general…

Si por el hortelano fuera, organizaría en la huerta un simposio para dilucidar por qué los extremeños somos siempre o casi siempre los últimos de la clase. No para lamernos las heridas, sino para consensuar un diagnóstico que nos sirviera para remediar nuestros males. Los sentaría a platicar cabe el olivo centenario injertado de manzanilla, por aquello de que la cosa viene de lejos. Invitaría a un historiador para que nos hiciera el relato de esta tierra como territorio de conquista y de reparto, habitado por gentes sumisas, -nuestros abuelos, amigo Tulio- súbditos de nobles y de caciques, gentes de leva. Ofrecería tribuna a un sociólogo para que describiera el desgarro social que han supuesto todos los procesos de emigración, con especial atención a la diáspora de los años sesenta; convocaríamos incluso a un biólogo para aclarar los procesos de empobrecimiento genético derivados de la huida en masa de los más fuertes o los más talentosos. Haría lo mismo con un experto en psicología social para que reflexionara sobre las huellas que producen en los ciudadanos los siglos de sometimiento y vasallaje. No me olvidaría de invitar a quien gobernó Extremadura durante 24 años para que nos contara aquello de que la culpa fue de la dictadura de Franco, y, si todavía encontrásemos con lucidez a algún sobreviviente de la Dictadura, le concederíamos la palabra para que disertara sobre los males que trajo a Extremadura la partitocracia de la República. Tras de Ibarra, Monago expondría su opinión sobre lo mal que lo hicieron los socialistas en su largo imperio de casi un cuarto de siglo. Y al final, convocaríamos a Fernández Vara y a su secretario general de Educación para que reiterara su teoría del “y tú más…”

Para cerrar el simposio, el hortelano invitaría a aquella mujer valiente y esforzada –anoten su nombre, María Ángeles Durán Heras- que se atrevió a decir, una noche en el teatro romano de Mérida, aquello que parecía un versículo del Eclesiastés y que, convenientemente adornado por el hortelano, fue algo parecido a esto: “pasan los gobiernos de uno u otro color, pasan los siglos, los regímenes, las monarquías, las repúblicas y hasta las dictaduras, pasan los gobiernos de derecha y de izquierdas, pero los extremeños seguimos…”

-¿Qué nos pasa a los extremeños, amigo Tulio? Efectivamente, nos pasa lo que nos pasa. A ver si mi amigo el de Industriales termina de leer La rebelión de las masas y podemos discutir sobre lo que nos sigue pasando a los extremeños.

El hortelano andaba estos días con la mosca detrás de la oreja rumiando una cierta teoría sobre la razón de que el informe PISA nos sitúe de nuevo a andaluces y extremeños, extremeños y andaluces, en el pelotón de los torpes. Y ya se sabe lo pesadas que son las moscas en los comienzos de los inviernos. Los extremeños y andaluces no estamos entre los españoles con menores presupuestos en Educación, y sin embargo, otras Comunidades, con poco más renta que nosotros, están muy por encima en los ranking escolares. A otro amigo de este escribano le ha dado por dividir el monto total a que ascienden los Presupuestos de varias Comunidades Autónomas por el número de habitantes de cada una de ellas, y, ¡oh, milagro!, los extremeños somos los que más tocamos en renta presupuestaria, los más ¿subvencionados?

No seré yo quien lo diga, pero, si alguien se atreviera a decirlo, este servidor impertinente lo aplaudiría. Si dijera, por ejemplo, que qué fatalidad esto que parece demostrar el informe PISA: ya que no somos capaces de crear empleo, y por ello nuestros jóvenes emigran a raudales, al menos que se marchen en las mejores condiciones académicas posibles;  que si se tienen que ir los más jóvenes y con mejor formación, al menos que se vayan no siendo los últimos de los ranking académicos. En tiempos, los extremeños emigrábamos con la maleta de cartón y las cuatro reglas por todo bagaje. ¿O no? Ahora, los jóvenes emigran con títulos académicos. ¡Vaya que si hemos progresado! Hubo otro tiempo en que era fácil escuchar aquello de “he sido el primer universitario en mi familia”. Hoy, afortunadamente, cada familia extremeña tiene uno o varios en sus filas, pero lo que a este hortelano impertinente le subleva es conocer cómo los universitarios que se quedan esconden sus títulos académicos para acceder a los puestos más bajos, porque ya me dirás, Tulio, cómo pongo en el curriculum que soy licenciado en Económicas o titulado en Obras Públicas si de lo que se trata es de tener una ínfima soldada como empleada en un call center o reponedor en el Carrefour…

-Imagínate, Tulio, que llega a ti un joven de Mérida o de Plasencia, recién titulado, pongamos que en alguna disciplina técnica, y te dice que en Extremadura no encuentra trabajo. ¿Qué le recomendarías? ¿Le dirías: hombre no tires tan pronto la toalla, busca plaza de economista en alguna empresa extremeña, de abogado en algún despacho, de ingeniero de obras publicas…  O le dirás, por el contrario, mi querido joven: no esperes a mañana, coge el petate y márchate como hicieron tus mayores.

Pero con todo esto no llegamos a ninguna parte…, la casa seguirá sin barrer. El hortelano continúa con la idea del simposio titulado “qué nos pasa a los extremeños” y en ello estaba; mejor dicho iba con el carretilla de la leña para la chimenea, no tanto para calentarse como para crear un ambiente de invierno en el rincón de las lecturas, y, al torcer en el Altozano, se le ocurrió que, ahora que se cumplen cien años de la muerte de quien inventó la teoría del “inconsciente colectivo”, podría intentar aplicar aquella teoría a qué nos pasa a los extremeños.

-Atiéndeme, Tulio, que tal vez merezca la pena. Si el “inconsciente colectivo” fue un hito en la historia de los descubrimientos tratando de explicar lo que les ocurre a determinados colectivos teniendo en cuenta los substratos más íntimos y persistentes que a lo largo de los siglos se han ido depositando en la genética de sus componentes, ese mismo descubrimiento nos podría ser útil para comprender lo que nos pasa a los extremeños.  El descubrimiento del hijo de un párroco rural suizo -luterano por supuesto, que aquí nuestros párrocos se acomodan de forma diferente-, el señor Carlos Gustavo Jung, explicaría lo que nos pasa a los extremeños. ¿Nacemos, pues, los extremeños de pura raza -los nietos de vetones, lusitanos, árabes y con cuarto y mitad de judíos- con la naturaleza y la voluntad predeterminada? ¿Predeterminada a qué? Predeterminada a que me lo den resuelto.

-Me dirás, Tulio, que eso son fantasías, puro determinismo, o ganas de darle a la hebra en una atardecida de chimenea con una copa al alcance de la mano. Eso sería compararnos con mis gallinas o con los gorriones de mi huerta, cuyo “inconsciente colectivo” les lleva a no admitir en el gallinero a dos nuevas pollitas y las persiguen como locas por los rincones del corralillo  mientras el gallo presencia divertido la pelea de las hembras, o cómo los gorriones no han vuelto a picotear en el bancal de las espinacas desde que le hemos puesto en los surcos tres culebras de plástico, de esas que venden en las “chuches”, en la plaza de mi aldea. El “inconsciente colectivo”.

-Ya verás cómo mañana mismo, ahora que no queda otra que arrebujarse junto a la chimenea, se me ocurren otros cuatro folios que añadir a los muchos ya emborronados sobre el qué nos pasa a los extremeños y se los envío a mi amigo el de Industriales, tal vez antes de que termine de leer La rebelión de las masas. Es decir, a pesar del “inconsciente colectivo”, los extremeños también podrían hacer lo que nunca hicieron: rebelarse contra su propio inconsciente.

Sobre los catorce extremeños que dejaron huella en la historia de España

Resulta que los extremeños somos también los que menos helados consumimos: 172 bolas por habitante y año, muy lejos de lo que consumen las Comunidades ricas. ¡Lo que nos faltaba! Solo por delante de Melilla y Ceuta, que nunca sabemos si son ciudades autónomas o territorios prestos a cualquier cambalache diplomático. Hasta los cántabros, hasta los gallegos, que habitan tierras de neblinas y más frescas que las nuestras nos superan en el consumo de helados. Se preguntarán ustedes, como yo mismo lo estoy haciendo, que quién se dedica a contar las bolas de helados que consumimos los españoles, y además las distribuyen por cápita y por territorios como si fueran las balanzas fiscales. Y les digo que son estadísticas oficiales del Ministerio de Agricultura que también es de Alimentación y Medio Ambiente. ¡A qué cosas tan extrañas se dedican los burócratas en este país! Un amigo mío decía que los mejores chistes que circulaban por el territorio patrio salían del Ministerio de Sanidad y Asuntos Sociales. Como mi amigo se murió antes de que las redes sociales nos dominaran, no sé si los mejores tuits y los mejores facebook salen también de sedes ministeriales o de las consejerías o de las diputaciones, que de todo hay en la huerta del Señor.

El hortelano intermitente ni tiene tuits ni facebook, y como ya es otoño, y las coles y las lechugas de invierno están sembradas, el escribidor tiene tiempo de llenar unos folios que le han pedido sobre los hombres extremeños que han dejado huella en la historia de España. ¡Extremeños en la historia de España! Ahí es nada… Y ha comenzado por hacer recuento, como mi amigo el pastor recontaba las ovejas con ubres para separarlas en el redil las  preñadas. Y me han salido nada más que catorce, quince, de clase superior, excelentes, sean cuales fueren sus ideas, quince personajes que han dejado huella en la historia. El problema es que el hortelano no sabe a qué Ministerio acudir para que le comparen los quince extremeños sobresalientes con la renta de celebridades de otras Comunidades. No vaya a ser que también en esto estemos a la cola de los torpes.

Casi todas nuestras celebridades se me acumulan en los siglos XVI y XIX y así me ha dado por pensar que nuestra tierra está aquejada de una especie de síndrome pendular, que, junto a momentos de brillantez, de inmediato entramos en fase de depresión o de oscurantismo, y que son muchas más las épocas de soterramiento que de gloria. Al hortelano le salen 14 extremeños excepciones: Hernán Cortés, Pizarro, Orellana, tal vez también Valdivia, Pedro de Valencia, “El Brocense”, Benito Arias Montano, Bravo Murillo, Godoy, Zurbarán, Morales, Pedro de Alcántara, Muñoz Torrero, Donoso Cortés… ¿Muchos o pocos? No vale hacerse trampas en el solitario: hacer pasar por genios lo que solo son personajes de mérito.

Por mucho que tratemos de ocultar nuestro pasado en América, por mucha vergüenza que les de a nuestras autoridades reivindicar la “gesta” extremeña en América, el siglo XVI extremeño apenas si admite comparación con otras regiones o nacionalidad. Pero no solo con colonizadores y conquistadores; el XVI español está repleto de humanistas y figuras excepcionales nacidos en esta tierra. No vaya a ser que el silencio y el complejo con el que se aborda la herencia extremeña en América dé la razón a un pensador del XIX, llamado Luis Bello, que vino a decir que nuestras glorias extremeñas en la descubrimiento y en la conquista de América no nos pertenecen, que aquellos extremeños de la Conquista no eran en realidad extremeños, de sangre y raza, sino gentes afincadas y establecidos en nuestro suelo, vamos usurpadores o invasores de nuestra tierra. Digo yo si no pensarán lo mismo Ibarra/Vara/Monago/Vara cuando no reclaman ni reivindican la gloria de aquellas gestas.

 

Si lo del siglo XVI fue sorprendente, lo del XIX en Extremadura parece arte de magia. Miren ustedes lo que ha descubierto el hortelano rascándose la cabeza: en unos pocos años cinco de los presidentes de España, nacieron en Extremadura Manuel Godoy, Juan Bravo Murillo, José María Calatrava, Antonio González y González y Álvaro Gómez Becerra. Y se dio la circunstancia de que a un presidente de España nacido en Badajoz le sucedió otro de Cáceres. Como lo de Rajoy y Núñez Feijoo si llegara a producirse.  Y los máximos líderes de los partidos en litigio durante el XIX, liberales y absolutistas, eran extremeños, como lo era o lo fue el personaje con más poder de la centuria (Godoy), uno de los  pensadores más influyentes de la ideología conservadora (Donoso Cortés), el ministro con mejor gestión administrativa de aquellos tiempos (Bravo Murillo), el padre de las libertades en las Cortes de Cádiz (Muñoz Torrero) y algunos más que citaría y que el hortelano no lo hace para que no le tachen de petulante.

-Sí, amigo Tulio, tendríamos que preguntarnos por qué todos nuestros personajes excepcionales se nos acumulan en los siglos XVI y XIX, como si esta tierra, después de esas explosiones de talento, se volvió yerma y reseca. Ya ves cómo el siglo XIX en Extremadura fue una excepción, una rareza, y qué ocurrió a continuación y cuáles fueron las razones para que esa llamarada de talento se extinguiera tan pronto como se inicia el siglo XX, y te respondería con una reflexión que el hortelano ha encontrado en los libros de viejo. Una persona nada propensa a exagerar la imagen de nuestra tierra, un deán del cabildo de Plasencia, don José Polo Benito, promotor del viaje de Alfonso XIII a las Hurdes y declarado beato en 2007, describió en 1920 a nuestros paisanos:  resignado el pueblo a las venganzas del caciquismo, tan endémico aquí como las calenturas, lo han enseñado a ser manso y paciente; pues ¿no lo veis cruzado de brazos contemplando el desfile aparatosamente procesional de los mandarines de turno, prontas las espaldas a los golpes de la represalia, que en los repartimientos de los cargos municipales , sin citar otros, se llevan a cabo con espantosa impunidad?

Algo muy parecido escribió, años más tarde, el ya citado Luis Bello en aquel viaje por las escuelas de España y que, en lo que concierne a Extremadura, hizo observaciones de extremada dureza. Decía Luis Bello que en sus correrías por los pueblos extremeños habían observado lo mismo que el deán de Plasencia dejó escrito: el carácter resignado, pasivo y blando de los extremeños. Llego a creer –afirma Bello– que así fue siempre en su ser natural el extremeño, y que el ánimo dominante de los jefes, cabezas o caciques opresores triunfa precisamente por la blandura de la masa.

-Volvamos, Plinio, para no caer en melancolía, a la época remota de cuando nuestros talentos llegaban arracimados y te diré por cuál de ellos siento especial predilección: por el  hombre sabio de Fregenal de la Sierra, humanista, científico, biólogo, médico, traductor, hebraísta, teólogo, bibliotecario, hasta diplomático, que en plena lucidez y celebridad se retiró a su huerta, unos dicen que para observar las estrellas y otras para seguir estudiando los salmos, y al que otro poeta extremeño, al menos de origen, le dedicó unos versos proverbiales que están en las antologías  de los mejores versos del Renacimiento:

 

Pienso torcer de la común carrera / que sigue el vulgo y caminar derecho / jornada de mi patria verdadera; / entrarme en el secreto de mi pecho / y platicar en él mi interior hombre, / dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho. / Y porque vano error más no me asombre, / en algún alto y solitario nido / pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre / y, como si no hubiera acá nacido estarme allá, cual Eco, replicando / al dulce son de Dios, del alma oído (Epístola a Arias Montano de Francisco de Aldana)

 

Pero como Arias Montano es de época remota, el escribidor muestra también sus preferencias por otro personaje extraordinario y casi olvidado, el cura Muñoz Torrero, el español que se jugó la vida defendiendo la Constitución y las libertades en las Cortes de Cádiz, el que abolió la Inquisición, el más decidido promotor de las libertades y murió pobre, desterrado y torturado en una prisión portuguesa. Y ahora repara que no estaría mal que confesara también su admiración por Francisco Sánchez, casi paisano, tres veces procesado por la Inquisición por defender el predominio de la razón sobre todas las cosas.

 

El hortelano tiene sobre la mesa dos libros de otros dos extremeños que mejor representan la doble cara del pensamiento regional, el de la autocomplacencia y el espíritu crítico. La Extremadura y España de López Prudencio  y Extremadura en la encrucijada de Adolfo Maíllo, el uno de comienzos del XX, el otro escrito en sus postrimerías. El primero, autocomplacido en la brillantez de los extremeños en todas las épocas de la historia. El segundo, dolido por el daño que han hecho a Extremadura los eruditos “invitando a sus habitantes a dormir el sueño del presente arrullados por las viejas glorias sin proyectos para el futuro”

-¿En qué bando militas, amigo Tulio, en el de Lopez Prudencio o en el de Maíllo? ¿En el del pacense o en el del chinato? En el bargueño de Prudencio, el escribidor aprendió a gustar las saudades de su tierra. Maíllo le dejó al escribidor en su testamento la facultad de elegir un libro de su biblioteca y siempre pensó que fue aquella una de las herencias más emotivas que ha recibido en su vida.

Más allá del número de helados que nos toca a los extremeños en el reparto nacional y hasta del PIB y de la renta per cápita -¡negativo, siempre negativo!-, el hortelano siente un contento muy especial cuando ve en la mesa de novedades obras de Luis Landero y de Hidalgo Bayal o de Álvaro Valverde o de Javier Cercas, pero al mismo tiempo piensa en cuán prolongada y persistente es la huella que de los extremeños señaló el deán de la catedral de Plasencia: “extremeños mansos y pacientes” o en el “carácter resignado, pasivo y blando” en la apreciación de Luis Bello.

 

Procura, amigo Tulio, que una subvención no te solucione la vida

 

 

Como de costumbre el hortelano anda perplejo y en estado de confusión. Tan pronto le parece que la esquina principal de la plazuela del Altozano de su pueblo es el mejor observatorio para palpar el universo, como  cree que, para mejor entender el microcosmos de su aldea, habría que pedir ayuda a un Instituto de Sociología Aplicada  para comprender los  comportamientos de esta tierra, antes de que a los viejos nos saquen la tarjeta morada. O lo que es lo mismo: si un equipo de sociólogos quisieran investigar cómo eran las sociedades antiguas, les diría: vengan ustedes conmigo que les voy a dar un paseo por mi aldea. Comprobarán cómo existen todavía vestigios, -¡qué digo vestigios; vigas maestras!-  de cuando la sociedad extremeña era un feudo. Confirmarán la razón principal de que esta Comunidad viva todavía una etapa preindustrial sin visos de sostenibilidad ni en lo económico ni en lo social.  Tampoco sé cómo se puede compaginar el interés que en el hortelano despiertan las costumbres de estos pueblos con la necesidad de pasar página en la historia y enfilar nuevos derroteros. No vaya a ser que el folclore y las capeas y los santos patronos y las liricas populares sean elementos retardatarios de la evolución o de la revolución que los pueblos necesitan para sobrevivir. Por ejemplo, cuando el hortelano ve, este mes de agosto, la televisión autonómica llena de jolgorios de fiestas patronales, de paisanos felices de reencontrar sus tradiciones o de gentes muy ordinarias que dicen banalidades, no sabe si festejar también las tradiciones o de rebelarse contra la historia.

En los ratos que le deja libre la huerta, el hortelano colecciona en estos días biografías de paisanos heterodoxos, todos aquellos de la “cáscara amarga” que tuvieron la osadía de rebelarse. Le ha bastado ir un rato a la capital y dedicar el tiempo que le quedó libre de comprar un líquido contra la araña roja y entrar en aquella tienda que huele a libro antiguo y a inteligencia y pedir “dame cuarto y mitad de heterodoxos” y se trajo un tesoro. Leyendo la vida de santos heterodoxos extremeños, el hortelano ha llegado igualmente a la conclusión de la pervivencia en la actualidad de rasgos y atributos de la Extremadura feudal. El escribidor ha  descubierto a un médico rural, Antonio Elviro Berdeguer (Salorino, 1892-1936), comprometido en la defensa de los campesinos sin tierras y  en la lucha contra los latifundios y los absentistas, regeneracionista más que socialista, cuya memoria ojalá no se hubiera extinguido. De la lectura de su biografía, el hortelano conserva aún el sabor de los tiempos republicanos preludiando la guerra civil. Lo mismo que conserva también el recuerdo de otro regionalista converso al régimen (¡qué remedio, el pobre hombre, represaliado por masón y socialista!), Juan Luis Cordero, y autor de un bellísimo poema campesino  que sirvió para la letra del himno de la patrona del pueblo del hortelano. Y si hubiera tiempo para contar las peripecias de Juan Luis Cordero, escribiría también algo de la historia del bisabuelo zafrense de Antonio Machado (el definidor de las dos Españas), José Álvarez Guerra, recién nombrado “jefe político” de la provincia de Cáceres, autor de manifiestos extremeñistas liberales que soñaba, en el año 1822, que Extremadura igualara pronto el nivel de riqueza de las otras regiones  y “aun superarlas si fuera posible”. ¿Cuántos años han transcurrido desde aquella fantasía?

Ya ven cómo, con tanta lectura republicana y liberal en el portalillo de la huerta, al hortelano le ha dado por pensar en aquello de las dos Españas y en las dos Extremadura porque cada vez está más convencido de la existencia de dos Españas, como convencido está de las dos Extremadura, que así de reduccionistas se ha sorprendido mientras cogía higos de la higuera -hay que cuidar de no caerse de la higuera, que encierra mucho más peligro que resbalarse de un guindo-. Tan pronto clarea, el hortelano registra su higuera, de ella toma nada más que los frutos coronados de gota de miel, los deposita en un cubillo de zinc y son, cada día, su primer trofeo hortelano. Volviendo al tema de la República y de los heterodoxos extremeños, pienso , amigo Tulio, que, aunque no son tiempos de guerras, sí lo son de graves conflictos que afectarán a nuestros hijos. La situación política de España bien merece una comparanza con la de la República hasta el punto de decir que si don Manuel Azaña y don Nicasio Alcalá Zamora se hubieran tomado un café en tiempo y forma  y  hubieran invitado a don José María Gil Robles, los españoles nos hubiéramos ahorrado un montón de muertos y el retardo de 40 años en el ejercicio de la democracia. Lo mismo que si ahora mismo Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera se tomaran una cerveza a solas y en mangas de camisa, otro gallo nos cantara. De Pablo Iglesias, el usurpador del nombre de un hombre importante de nuestra historia, les diré que su pervivencia depende de no suscribir ningún acuerdo con los partidos turnantes. Representa al mundo de los airados y los cabreados no están para ser “abajofirmantes”. ¡Vaya que si existen las dos Españas! y por desgracia cada vez más irreconciliables: la España que tolera o justifica o ejerce la corrupción, y la España que la detesta; la España tolerante y laica y la España confesional y arrogante; una España doctrinaria y sectaria y una España abierta; la España activa y la España subvencionada; la España que cree en la igualdad y la España que suspira por la castas; la España de la meritocracia y la España del chalaneo, y así sucesivamente. En pleno ejercicio de impertinencia, el hortelano podría clasificar a cualquiera de sus conocidos en cada una de estas categorías, pero no lo hará –tranquilo, amigo Tulio- por aquello de vivir pacíficamente en su aldea durante el tiempo que la providencia lo consienta.

Si hay dos Españas, ¿cómo no va a haber dos Extremadura? Las hay y cada una de ellas se representa en la máxima pureza. Donde antes había grandísimos latifundios, propietarios absentistas y tierras sin labrar, jornaleros y braceros empobrecidos, hoy se llaman empleos campesinos precarios, trabajo social , es decir  subvencionado, sujetos a la renta básica, rentas activas de inserción, contratos de primera experiencia, ayudas para atender a la dependencia, etc., toda una intrincada gama de subvenciones. El hortelano se asombra y se escandaliza de ver cada día a esa pandilla de jóvenes sujetos al trabajo social apenas productivo. Hay pues, una Extremadura dependiente y una Extremadura autónoma; una Extremadura de empleados y una Extremadura del paro o del trabajo subvencionado; una Extremadura de funcionarios y una Extremadura de empleo precario; una Extremadura de gente instalada y una Extremadura en estado de permanente necesidad; una Extremadura de hombres y mujeres autocomplacidas y encantadas de haberse conocido,  y otra Extremadura de gentes sufridas y resignadas.

¿Existirá una Extremadura rebelde o como en los tiempos de Antonio Elviro Berdeguer una Extremadura sumisa y claudicante?  El hortelano se ha puesto a buscar en su memoria versos de Cernuda sobre la idea de la revolución que siempre llega y, afortunadamente, los ha encontrado en una antología que tiene a mano, tan a mano que ha de cuidar siempre que la abre para que los hojas del libro no alfombren el cuarto de baño:

La revolución renace siempre, como un fénix/Llameante en el pecho de los desdichados./Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles/ de las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro./ Silbando entre las hojas, encanta al pueblo/ robusto y engañado con maligna elocuencia,/ y canciones de sangre acunan su miseria (La visita de Dios, Luis Cernuda)

Mira, Tulio, si en Extremadura no existiera una sociedad subvencionada, muy amplia y muy dilatada, a esta hora estaríamos de nuevo exhumando no solo los versos de Cernuda, también los del niño yuntero de Rafael Alberti (“Los niños de Extremadura/van descalzos/Quién les robó los zapatos”), o los de Miguel Hernández en el frente de Extremadura, aunque la revolución se llame ahora “campamentos de la dignidad” o “Podemos”.

Pero el hortelano impertinente reniega del bando de los demagogos y del de los autocomplacidos; se encuentra más cómodo entre aquellos que inventaron el regeneracionismo, y se pregunta por la razón de que 354.000 extremeños (más de un 30 por ciento de la población) vivan en hogares con rentas inferiores a mil euros mensuales, según datos del Instituto de Estadística de la Comunidad, y todo ello a pesar del empleo protegido, del empleo subsidiado y de la renta básica. No me atreveré yo a decir que la responsabilidad de esta situación sea también de quienes han sido incapaces de promover el desarrollo económico, y de quienes se  hallan cómodamente instalados en el sistema de subvención, que no de protección social.

El hortelano se ha quedado con el regusto de los versos de Cernuda, este sí plenamente heterodoxo, que reflejan la perplejidad y la incertidumbre entre el regreso feliz a su Ítaca, es decir a su huerta, o seguir andando camino aunque sea apoyado en una vara de olivo o de granado: “¿Volver? Vuelva el que tenga, /tras largos años, y tras un largo viaje,/ cansancio del camino y la codicia/de su tierra, su casa, sus amigos/ del amor que el regreso fiel le espere…./Sigue, sigue, adelante y no regreses,/fiel hasta el fin del camino y tu vida,/ no eches de menos un destino más fácil,/ tus pies sobre la tierra antes no hollada,/tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Pero estos veros de Cernuda no son de claudicación, ni nacidos de la soberbia de la edad a punto de cruzar la otra orilla, son versos de rebeldía, de continuar el camino, sin hijos que te busquen, sin esperar a Ítaca ni a penélopes que te aguarden, sin confiar –dice el hortelano impertinente- que una subvención te solucione la vida.