Procura, amigo Tulio, que una subvención no te solucione la vida

 

 

Como de costumbre el hortelano anda perplejo y en estado de confusión. Tan pronto le parece que la esquina principal de la plazuela del Altozano de su pueblo es el mejor observatorio para palpar el universo, como  cree que, para mejor entender el microcosmos de su aldea, habría que pedir ayuda a un Instituto de Sociología Aplicada  para comprender los  comportamientos de esta tierra, antes de que a los viejos nos saquen la tarjeta morada. O lo que es lo mismo: si un equipo de sociólogos quisieran investigar cómo eran las sociedades antiguas, les diría: vengan ustedes conmigo que les voy a dar un paseo por mi aldea. Comprobarán cómo existen todavía vestigios, -¡qué digo vestigios; vigas maestras!-  de cuando la sociedad extremeña era un feudo. Confirmarán la razón principal de que esta Comunidad viva todavía una etapa preindustrial sin visos de sostenibilidad ni en lo económico ni en lo social.  Tampoco sé cómo se puede compaginar el interés que en el hortelano despiertan las costumbres de estos pueblos con la necesidad de pasar página en la historia y enfilar nuevos derroteros. No vaya a ser que el folclore y las capeas y los santos patronos y las liricas populares sean elementos retardatarios de la evolución o de la revolución que los pueblos necesitan para sobrevivir. Por ejemplo, cuando el hortelano ve, este mes de agosto, la televisión autonómica llena de jolgorios de fiestas patronales, de paisanos felices de reencontrar sus tradiciones o de gentes muy ordinarias que dicen banalidades, no sabe si festejar también las tradiciones o de rebelarse contra la historia.

En los ratos que le deja libre la huerta, el hortelano colecciona en estos días biografías de paisanos heterodoxos, todos aquellos de la “cáscara amarga” que tuvieron la osadía de rebelarse. Le ha bastado ir un rato a la capital y dedicar el tiempo que le quedó libre de comprar un líquido contra la araña roja y entrar en aquella tienda que huele a libro antiguo y a inteligencia y pedir “dame cuarto y mitad de heterodoxos” y se trajo un tesoro. Leyendo la vida de santos heterodoxos extremeños, el hortelano ha llegado igualmente a la conclusión de la pervivencia en la actualidad de rasgos y atributos de la Extremadura feudal. El escribidor ha  descubierto a un médico rural, Antonio Elviro Berdeguer (Salorino, 1892-1936), comprometido en la defensa de los campesinos sin tierras y  en la lucha contra los latifundios y los absentistas, regeneracionista más que socialista, cuya memoria ojalá no se hubiera extinguido. De la lectura de su biografía, el hortelano conserva aún el sabor de los tiempos republicanos preludiando la guerra civil. Lo mismo que conserva también el recuerdo de otro regionalista converso al régimen (¡qué remedio, el pobre hombre, represaliado por masón y socialista!), Juan Luis Cordero, y autor de un bellísimo poema campesino  que sirvió para la letra del himno de la patrona del pueblo del hortelano. Y si hubiera tiempo para contar las peripecias de Juan Luis Cordero, escribiría también algo de la historia del bisabuelo zafrense de Antonio Machado (el definidor de las dos Españas), José Álvarez Guerra, recién nombrado “jefe político” de la provincia de Cáceres, autor de manifiestos extremeñistas liberales que soñaba, en el año 1822, que Extremadura igualara pronto el nivel de riqueza de las otras regiones  y “aun superarlas si fuera posible”. ¿Cuántos años han transcurrido desde aquella fantasía?

Ya ven cómo, con tanta lectura republicana y liberal en el portalillo de la huerta, al hortelano le ha dado por pensar en aquello de las dos Españas y en las dos Extremadura porque cada vez está más convencido de la existencia de dos Españas, como convencido está de las dos Extremadura, que así de reduccionistas se ha sorprendido mientras cogía higos de la higuera -hay que cuidar de no caerse de la higuera, que encierra mucho más peligro que resbalarse de un guindo-. Tan pronto clarea, el hortelano registra su higuera, de ella toma nada más que los frutos coronados de gota de miel, los deposita en un cubillo de zinc y son, cada día, su primer trofeo hortelano. Volviendo al tema de la República y de los heterodoxos extremeños, pienso , amigo Tulio, que, aunque no son tiempos de guerras, sí lo son de graves conflictos que afectarán a nuestros hijos. La situación política de España bien merece una comparanza con la de la República hasta el punto de decir que si don Manuel Azaña y don Nicasio Alcalá Zamora se hubieran tomado un café en tiempo y forma  y  hubieran invitado a don José María Gil Robles, los españoles nos hubiéramos ahorrado un montón de muertos y el retardo de 40 años en el ejercicio de la democracia. Lo mismo que si ahora mismo Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera se tomaran una cerveza a solas y en mangas de camisa, otro gallo nos cantara. De Pablo Iglesias, el usurpador del nombre de un hombre importante de nuestra historia, les diré que su pervivencia depende de no suscribir ningún acuerdo con los partidos turnantes. Representa al mundo de los airados y los cabreados no están para ser “abajofirmantes”. ¡Vaya que si existen las dos Españas! y por desgracia cada vez más irreconciliables: la España que tolera o justifica o ejerce la corrupción, y la España que la detesta; la España tolerante y laica y la España confesional y arrogante; una España doctrinaria y sectaria y una España abierta; la España activa y la España subvencionada; la España que cree en la igualdad y la España que suspira por la castas; la España de la meritocracia y la España del chalaneo, y así sucesivamente. En pleno ejercicio de impertinencia, el hortelano podría clasificar a cualquiera de sus conocidos en cada una de estas categorías, pero no lo hará –tranquilo, amigo Tulio- por aquello de vivir pacíficamente en su aldea durante el tiempo que la providencia lo consienta.

Si hay dos Españas, ¿cómo no va a haber dos Extremadura? Las hay y cada una de ellas se representa en la máxima pureza. Donde antes había grandísimos latifundios, propietarios absentistas y tierras sin labrar, jornaleros y braceros empobrecidos, hoy se llaman empleos campesinos precarios, trabajo social , es decir  subvencionado, sujetos a la renta básica, rentas activas de inserción, contratos de primera experiencia, ayudas para atender a la dependencia, etc., toda una intrincada gama de subvenciones. El hortelano se asombra y se escandaliza de ver cada día a esa pandilla de jóvenes sujetos al trabajo social apenas productivo. Hay pues, una Extremadura dependiente y una Extremadura autónoma; una Extremadura de empleados y una Extremadura del paro o del trabajo subvencionado; una Extremadura de funcionarios y una Extremadura de empleo precario; una Extremadura de gente instalada y una Extremadura en estado de permanente necesidad; una Extremadura de hombres y mujeres autocomplacidas y encantadas de haberse conocido,  y otra Extremadura de gentes sufridas y resignadas.

¿Existirá una Extremadura rebelde o como en los tiempos de Antonio Elviro Berdeguer una Extremadura sumisa y claudicante?  El hortelano se ha puesto a buscar en su memoria versos de Cernuda sobre la idea de la revolución que siempre llega y, afortunadamente, los ha encontrado en una antología que tiene a mano, tan a mano que ha de cuidar siempre que la abre para que los hojas del libro no alfombren el cuarto de baño:

La revolución renace siempre, como un fénix/Llameante en el pecho de los desdichados./Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles/ de las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro./ Silbando entre las hojas, encanta al pueblo/ robusto y engañado con maligna elocuencia,/ y canciones de sangre acunan su miseria (La visita de Dios, Luis Cernuda)

Mira, Tulio, si en Extremadura no existiera una sociedad subvencionada, muy amplia y muy dilatada, a esta hora estaríamos de nuevo exhumando no solo los versos de Cernuda, también los del niño yuntero de Rafael Alberti (“Los niños de Extremadura/van descalzos/Quién les robó los zapatos”), o los de Miguel Hernández en el frente de Extremadura, aunque la revolución se llame ahora “campamentos de la dignidad” o “Podemos”.

Pero el hortelano impertinente reniega del bando de los demagogos y del de los autocomplacidos; se encuentra más cómodo entre aquellos que inventaron el regeneracionismo, y se pregunta por la razón de que 354.000 extremeños (más de un 30 por ciento de la población) vivan en hogares con rentas inferiores a mil euros mensuales, según datos del Instituto de Estadística de la Comunidad, y todo ello a pesar del empleo protegido, del empleo subsidiado y de la renta básica. No me atreveré yo a decir que la responsabilidad de esta situación sea también de quienes han sido incapaces de promover el desarrollo económico, y de quienes se  hallan cómodamente instalados en el sistema de subvención, que no de protección social.

El hortelano se ha quedado con el regusto de los versos de Cernuda, este sí plenamente heterodoxo, que reflejan la perplejidad y la incertidumbre entre el regreso feliz a su Ítaca, es decir a su huerta, o seguir andando camino aunque sea apoyado en una vara de olivo o de granado: “¿Volver? Vuelva el que tenga, /tras largos años, y tras un largo viaje,/ cansancio del camino y la codicia/de su tierra, su casa, sus amigos/ del amor que el regreso fiel le espere…./Sigue, sigue, adelante y no regreses,/fiel hasta el fin del camino y tu vida,/ no eches de menos un destino más fácil,/ tus pies sobre la tierra antes no hollada,/tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Pero estos veros de Cernuda no son de claudicación, ni nacidos de la soberbia de la edad a punto de cruzar la otra orilla, son versos de rebeldía, de continuar el camino, sin hijos que te busquen, sin esperar a Ítaca ni a penélopes que te aguarden, sin confiar –dice el hortelano impertinente- que una subvención te solucione la vida.

 

El sueño de una noche de verano y el cuento de los dos tomates

 

 

Cuando el calor me echa del portalillo de la huerta para buscar cobijo en el zaguán de la casa junto al escaño y la toza  -¡manda carajos que fuera este el lugar más calentito en los inviernos y de más frescor en verano o qué listos eran mis muertos que sabían construir en un mismo espacio un único lugar para el sosiego y el descanso!-, decía, Tulio, que la calorina de estos días me ha hecho pensar que deberíamos de aprovechar las oportunidades que el buen dios de la huerta nos concede a los más pobres que ni tenemos industria y apenas comercio y aparecemos cada día en las estadísticas en posesión perpetua del último taburete.

Si el hortelano tuviera competencia estaría ahora mismo convocando, a concilio en su huerta, a economistas y sociólogos y tecnólogos y productores de cine y de televisión, y a expertos en turismo, en marketing y en nuevas tecnologías, también a arqueólogos e historiadores –¡por favor abstenerse políticos y burócratas!- para redactar juntos un plan estratégico sobre cómo aprovechar y rentabilizar el éxito del fenómeno social que domina la actualidad extremeña este verano. ¿Quién iba a pensar que los cascos antiguos de nuestros pueblos y ciudades terminarían convirtiéndose en platós al aire libre para ambientar series de televisión, películas y material variado para abastecer a la industria nacional, y quién sabe si no también a la mundial? Ahorro la lista de las grandes producciones audiovisuales que en estos días reservan hoteles y restaurantes y acuden a todo género de artesanos para completar sus producciones, pero sepan todos ustedes que Trujillo, Cáceres, Plasencia, se están convirtiendo en una fuente de promoción y de ingresos insospechados. Y no es esto lo más importante -aunque de verdad nos importen mucho los ingresos que las producciones audiovisuales ocasionan-, sino la seguridad de que estas películas y capítulos de series de televisión van a significar la mayor promoción turística de nuestra historia. En todo el mundo, o al menos en la mitad del mundo, existen ejemplos muy interesantes de cómo los mitómanos de una película o de una serie, pasados los años, hacen peregrinación a aquellos lugares que sirvieron para el rodaje de las escenas que nos conmovieron en la pantalla. Y mientras recorren los escenarios, comen, se entretiene o se divierten después de haber reservado habitación en el hotel o en la casa rural más próxima.

Es decir, amigo Tulio, tenemos que ser capaces de aprovechar y de rentabilizar las oportunidades que cada vez en mayor medida se nos presentan por mor de la calidad de los escenarios naturales de nuestros ciudades y paisajes, y esta es la razón de la ensoñación de este hortelano, al que tal vez un golpe de calor le ha provocado la ilusión de organizar un think tank sobre Extremadura y las oportunidades de promoción y progreso derivadas de sus potencialidades en el sector audiovisual.

Y el hortelano debiera abstenerse de mostrar su escepticismo sobre el particular advirtiendo que cómo se va a conseguir esa entelequia, si no hemos sido capaces de promover la imagen de Hernán Cortés en su pueblo y apenas la del emperador Carlos en La Vera, ni la de Guadalupe en toda Iberoamérica, ni el legado de Zurbarán, ni el del Divino Morales, ni el de Valdivia y, si lo hemos hecho, lo ha sido de forma torpe e incompleta, aunque hace solo unas semanas se hablara de estas cosas en Guadalupe en una iniciativa tan atrevida e insólita como fue la organización de un curso de verano de la Universidad de Extremadura desafiando el poder de la mitra toledana. Y debiera ser más prudente si se refiere al escándalo de Valdecañas; que para una vez que un grupo inversor se atreve a apostar por Extremadura para hacer un desarrollo turístico de largo alcance, van los políticos y lo estropean, porque los responsables del fiasco de Valdecañas no han sido los promotores de la urbanización, ni las asociaciones ecológicas que lo objetaron, sino los políticos que hicieron mal las cosas a sabiendas. ¡Tendría gracia que fuéramos los extremeños los que termináramos pagando la prevaricación o la torpeza de quienes lo aprobaron!

Hace unos días, comentábamos en la huerta cómo en la Toscana aprovechan los flujos turísticos parta sacar el máximo rendimiento de quienes llegan atraídos por el patrimonio monumental de una región incomparable. Han conseguido convertir en viajero al que llegaba como turista. Llegaban buscando el esplendor del Renacimiento y de los Medicis, y han terminado cautivados por el paisaje, la gastronomía y el estilo de la Toscana. Han conseguido fabricar un producto, que se llama toscana.  El viajero se hospeda, no solo en hoteles, sino en establecimientos rurales o en las villas diseminadas por toda la comarca, homologadas y de calidad contrastada. El toscano trabaja con orgullo y calidad toda la gama de productos que el viajero pueda consumir: el vino y el aceite, el pan y la pasta, la aceituna y sus derivados, la carne y los quesos, hasta el calzado es de la región. El vino es de la viña con nombre propio y el toscano sabe decantar el aceite y cosechar la hortaliza y la fruta y producir plantas aromáticas en las colinas. Cuida su patrimonio rural, la casa y el cercado y es el primer interesado en conservar el paisaje; no se puede contaminar con hormigón el horizonte de un sendero de cipreses ni la visión de una colina de olivos o de vides. Algo similar era lo que proponía para Extremadura en una de sus columnas más recientes mi amigo el pionero de la agricultura ecológica u orgánica, si es que no lo impedía el ejército de burócratas siempre dispuesto a controlar, más que a incentivar, las iniciativas emprendedoras.   

Al contrario de Toscana, te hablaría, Tulio, de cómo nosotros no hemos sido capaces de aprovechar los recursos que nos legó la historia; de cómo un pueblo lleva cinco años luchando para proteger una plaza porticada que si estuviera en Toscana, harían cola para visitarla; de cómo en muchos bares se maltrata al viajero, y como en restaurantes que en la Toscana serían lugares con encanto, se abusa del comensal. Hace unos días, el hortelano recorrió el Valle desde Plasencia a Tornavacas. ¡Qué maravilla de paisaje, de cascos antiguos bien conservados, de frescor, de agua embalsada! ¡Que atrocidad de urbanismo en los bordes de la carretera! ¡Qué forma más bárbara de destruir riqueza de ahora mismo y, sobre todo, para el futuro! ¿Hablamos de los bares y de los restaurantes? Al hortelano se le ocurrió pedir a los postres fruta y, a poco, lo ajustician con la mirada. ¿Picotas, en Jerte? ¿Recuerdas, amigo pionero de la agricultura biológica, cuando el escribano pidió fruta en la capital frutera extremeña: melón, melocotón, nectarinas, ciruelas, paraguayas…  y lo miraron como se mira a un marciano? ¿Qué habría pasado si en aquel restaurante de Miajadas hubiera pedido un plato de tomate? ¿Se les ha ocurrido comprar alguna vez vino, sea o no extremeño, en alguna tienda de las charcuteras que han florecido como hongos y lo conservan a no menos de 36 grados? Un “por cierto”: el hortelano anda pregonando la calidad de un verdejo excelente cosechado y criado en Cañamero. Así, amigo Tulio, no vamos a ninguna parte por muchas escuelas de hostelería que subvencionemos. No es extraño: cuando la Junta programó crear en Extremadura una Escuela Superior de Hostelería al estilo de que la creó, en Galicia, Fraga Iribarne (que de turismo supo siempre más que de política), tuvo la feliz idea de encomendar el proyecto a la de Santiago de Compostela. ¿A quién encargó la Junta la dirección de la Escuela de Mérida? ¿Buscaría a una experto/a de alto nivel, de experiencia contrastada o a la mujer de un alto cargo de la Junta que sabía de hostelería y de turismo tanto o menos que el hortelano? (Elemental, mi querido Watson). ¡Lástima que la raza de Toño Pérez haya producido tan pocos imitadores en la tierra de los ibéricos! ¿Sabes, Tulio, dónde han de ir a matar los guarros belloteros mis paisanos? Por supuesto, a Castilla y León.

No sigamos enristrando calamidades, soñemos en esta noche de verano cómo construir pequeñas “toscanas” en Sierra de Gata, en el Ambroz, el Valle, en la Vera, y para el otoño de en las dehesas de Jerez, en Tentudía, en la Campiña. Encarguemos a un equipo de expertos que nos diseñen un producto integral para cada una de ellas desde el hospedaje a la gastronomía, pasando por la historia y la ecología; desde cómo y dónde se fabrica el pan a cómo se hace el vino de productor, el queso artesano, la legumbre y la hortaliza y el aceite de almazara de la comarca. Hagamos rutas por la dehesas, enseñemos el ecosistema del ibérico, con profesionalidad, exigiendo que allá donde haya un euro de financiación haya una exigencia de calidad. Y es aquí donde mi amigo el experto, en una tribuna muy reciente, recelaba con razón de que, al final, los burócratas terminarán por ahogar las iniciativas de desarrollo. Y es aquí donde el hortelano saca del baúl un suceso que ocurrió en el verano de 2012 y fue así como lo cuenta:

 

El cuento de los tomates y de  los funcionarios que fumaban puros

¿Saben ustedes qué tiempo transcurre hasta que se pasa un enfado? Depende. Efectivamente depende de la categoría del enfado y de cómo cada cual aguante el enfado en cuestión, máxime si se convierte en cabreo. Porque hay cabreos de intensidades tan severas que son como tormenta de verano. Un trueno basta para deshollinar el ánimo y hacer que el enfado se disuelva. Otros son de incubación más lenta y se necesita tiempo para superarlos. Hay también personas que los toleran mejor y ciudadanos, proclives al enfado. Y además como las experiencias son intransferibles, difícilmente sabré la categoría de su enfado y usted del mío. En definitiva, y perdonen el prólogo, no se ha inventado un  medidor de enfados de modo que yo pudiera decir tengo un cabreo tipo 4 o mi enfado es de categoría 6,5. Por último, y en relación con este tema, cada cual tiene un sistema de evacuar un cabreo. Este ciudadano/cabreado ha elegido el de relatarlo.

Segundo tema importante: ¿qué hace un conjunto de funcionarios a las 9 de la mañana, vestidos de bata de laboratorio, fumando puros a las puertas del trabajo, una mañana de viernes del mes de julio en la Consejería de Agricultura de la Provincia? ¿En qué porcentaje fuman puros los funcionarios? ¿Influye esta circunstancia en el rendimiento laboral de los funcionarios? ¿Se atrevería usted a describir a un funcionario con bata blanca que fume puros a las nueve de la mañana, a la puerta de su trabajo?

Ocurrió que, en tanto clareaba, el ciudadano en riesgo de enfado se fue a la huerta, cortó dos tomates de otras tantas tomateras, los envolvió con cuidado, tomo el coche y 45 minutos más tarde llegó a la Delegación de Agricultura con la esperanza cierta –lo había confirmado por teléfono- de que analizarían sus tomates. La Delegación de Agricultura ocupa todo un campus en la falda de la Montaña. Quiere ello decir que de pabellón a pabellón hay un buen trecho y se recomienda hacerlo en coche. Parecía lógico seguir la indicación de “Laboratorio de Sanidad Vegetal” para llevar a inspección sus dos tomates. Empeño inútil. Sin embargo, a la puerta de este establecimiento se hallaban dos funcionarios con bata blanca, ambos fumando un puro. Debían ser las 9 y cuarto de la mañana. El ciudadano explicó su problema, le hicieron enseñar la mercancía para decirle que allí no era, pero que le explicara el problema. Lo explicó. El del puro farias -el otro era un purillo más insignificante- le adelantó  que no había problema. Si había tratado las plantas tal cual lo explicaba, no había impedimento para comerse los tomates. Y le puso un ejemplo gráfico: mire usted, la “abamecticina”  vale para todo; lo limpia todo y no es especialmente dañina para las personas. Abamecticina es lo que se le inyecta a las ovejas para corregir cualquier problema de ácaros y de inmediato  tiran por el culo todo lo malo. Váyase tranquilo, pero si quiere que le examinen sus tomates, hágalo, pero le van a cobrar muy caro. ¿Ve aquel pabellón?, pues el siguiente, uno de ladrillo pintado a rayas de blanco.

Envolví de nuevo mis tomates, tomé el coche y marché ligero al otro lado del campus. Había un aparcamiento techado, pero le indicaron que estaba reservado para los funcionarios. Desandó el camino, aparcó donde pudo y se acercó al pabellón de ladrillo con ribetes de cal blanca. A la puerta había tres funcionarios con bata blanca, dos de ellos fumando puros. Por un momento el ciudadano a punto de enfado pensó si serían los mismos que le había atendido en el pabellón sur del campus. Eran distintos aunque fumaran puros. Como parecían detener al ciudadano con la mirada, el ciudadano optó por explicar el problema antes de que fuera instado a hacerlo. Me pidieron ver los tomates. Los mostré y expliqué el problema. No podían resolverlo. Dos tomates eran una muestra insuficiente para calibrar el problema. Efectivamente, dos tomates –uno grande y otro mediano- no hacen ensalada, pensó para sí el ciudadano a punto de enfado. Había una solución. Si acaso conociera el nombre del producto con el que los tomates habían sido tratados, harían los cultivos rastreando exclusivamente su huella. ¡Albricias!. El ciudadano lo había conseguido. Para entonces, el ciudadano pronunciaba ya con cierta facilidad el nombre de “abamecticina” que tanto trabajo le había costado deletrear en los primeros envites. El señor del puro parecía apiadado del ciudadano de los tomates y le dio consejos. No debe de abusar de la “abamecticina”, sino combatir a la araña por medios naturales. La araña roja no se desplaza por el aire, avanza de planta en plata. Está en las hierbas del campo y, cuando estas se secan, pasan a los cultivos. Solución: arrancar las hierbas antes de que el sol las abrase. Lo mismo tiene que hacer con el mildiu y el oídio. ¡Oiga usted!: aquel funcionario del puro gordo era feliz explicando al ciudadano su sabiduría. A punto estuvo el ciudadano de los tomates de sacar un purillo, de haberlo llevado, y quedarse allí tan ricamente conversando primero de la raña roja, de todas clases de araña hasta llegar a la prima de riesgo. Cuando agotó su repertorio de consejos, le comunicó que se había equivocado de puerta. Debía dirigirme antes al Registro y anotar la solicitud. ¿Dónde? Usted da la vuelta al jardín y allí encontrará la puerta principal. Envolví mis dos tomates, uno grande y el otro más pequeño, y me dirigí a la puerta principal. En ella ¿quiénes estaban? Tres funcionarios con bata blanca fumando; dos, cigarrillos;  y el tercero, uno de esos purillos que son como un mondadientes engrosado. Si preguntas por “registro”, te responderán que qué quieres. Miren ustedes, traigo dos tomates, uno grande y gordo y lustroso, el otro más pequeño para que me analicen si tienen restos de “abamecticina”. ¿Qué les pasa a sus tomates? Que los hemos curado de araña roja. ¿Con qué producto? Como el ciudadano conocía ya cuarto y mitad del tratado, le espetó de inmediato y con energía: con abamecticina. Y ¿eso qué es? ¿Cómo que qué es? Pues si lo sabe, pase al Registro.

En el Registro una funcionaria con bata blanca hablaba por teléfono. Terminó y me atendió. Mire usted traigo aquí dos tomates, una gordo y otro mediano. ¿Qué les pasa a sus tomates? Pues mire usted, mis tomates… El ciudadano explicó todo cuanto sabía y había aprendido en aquella mañana temprano de viernes, vísperas de agosto. La funcionaria replicó ¿con qué los ha tratado? Con abamecticina. La señora sacó de una funda de plástico unos folios. Inquirió de nuevo, cómo se llama el producto. Abamecticina. Pues no le podemos atender, eso no está en esta lista. ¿Cómo, si todos sus compañeros la conocen? ¿Qué compañeros? A punto estuve de decirles que los señores del puro. Todos los que fumaban puros aquella mañana, sabían de la abamecticina; ellos mismos me lo habían enseñado. Vamos a ver señora…, llamé usted a alguien que nos saque de este enredo. No señor. Eso no está mi lista; no se los pueden analizar. En ello estábamos cuando uno de los fumadores de la puerta debió de compadecerse, entró, se situó en el mostrador junto a la funcionaria de bata blanca, tomó un teléfono y preguntaba primero por María José, después por Fernando. ¡Ah; que no han venido! ¡Qué vuelva usted otro día! ¿Podía dejar mis dos tomates? No podía dejar mis tomates. Los envolví de nuevo, los metí en una bolsa de papel y les dije: ahora comprendo el problema, pero no me atreví a preguntar por el jefe del departamento; mis dos tomates no merecían tanto trámite.

Y fue así como fui amasando un enfado sordo, y tomé la decisión para ahuyentarlo de escribir el cuento de mis dos tomates y los funcionarios que fumaban puros un viernes temprano, vísperas de verano. Pero en el camino el cabreo no disminuía, sino que aumentaba porque pasé por el pueblo de las pistas de tartán desiertas y vi, se si fue una fantasía causada por el cabreo, que de la charca de las tengas convertida en paseo marítimo salían aquí y allá surtidores de agua. Y fue así como durante todo el trayecto me constituí en ciudadano cabreado, eso sí: juro por Dios bendito que me comeré en ensalada dos tomates, uno gordo y lustroso y el otro mediano.

27.7.12

 

 

 

 

Regresando de asistir a los burros el hortelano se encontró a Diógenes, el griego que buscaba con un farol un hombre honrado

El escribidor ha encontrado los domingos un nuevo entretenimiento: leer con atención las necrológicas en el periódico de su tierra. No esperes grandes aventuras ni heroísmos en estos muertos provincianos tal cual ocurre en los obituarios de los periódicos nacionales. Nosotros somos gente modesta: el farmacéutico, el maestro o el carnicero de los pueblos cuyos deudos alardean de la herencia publicando una esquela y, como compensación, el periódico facilita a sus nietos que alaben en letra impresa lo estupendo que eran sus abuelos “donde quiera que estén”, que es una forma laica de honrar la memoria de los muertos. El hortelano, que reconoce su debilidad por las biografías ajenas, y, en parte, también por la propia, siente una especial predilección por estas historias de gentes del común que ni han sido héroes y, seguro, que tampoco villanos. ¡No vean, ustedes, la cantidad de noticias sorprendentes que encubren estas aparentemente menudas anécdotas familiares! A veces, el hortelano tiene la tentación de ponerse de pronto a imitar a aquel escritor de Aracataca y, en lugar de la vida de la cándida Eréndira y del último de los Buendía, les contaría la historia de un cura ultramontano que ejerció al tiempo de consiliario de la policía y del equipo de futbol de la capital de la provincia y, además, se llamaba don Apolonio. Lo que sí les digo es que cualquiera de los personajes que aparecen en los modestos obituarios del periódico de la provincia, a poco que pongas interés, descubrirás un mundo lleno de minúsculos/grandes acontecimientos. No olvides que uno de los relatos que mejor reflejan la complejidad de los hombres es el que escribió Juan Rulfo sobre un rústico llamado Pedro Páramo.

Créeme, amigo Tulio, que no hago letras aldeanas si te cuento el otro gran acontecimiento del día. Cuando el calor me había echado fuera del chabuco, hice cháchara con mi colega del Altozano que vende sandías y tomates. No le afectan tanto el TTPP como la competencia de los gitanos que pregonan por las calles sandias a 0,80 e. Aquellas son sandias de regadío, las de mi amigo, de autor, y las defiende con astucia de los cuervos y de los meloncillos que merodean por las noches y refrescan el gañote en su pulpa deliciosa. ¿Cómo hace mi amigo para evitar el ataque de las alimañas? Fácil, poniendo debajo de cada sandía un periódico. El ruido o el desplazamiento de las hojas, los pone en retirada. ¿Ves, Tulio, cómo todavía el papel resiste el envite de las ediciones digitales? ¡Cuánto ingenio se necesita para llegar a la conclusión de que el papel de los obituarios sirve además para defender las sandías de mi colega! Pero la noticia del día es el descubrimiento de un tomate que llevas años buscándolo. Junto al capacho de sandías, un cesto de tomates rosas delataba su nobilísimo linaje, y engrosarán, a partir de ahora, la nómina de las pasiones del hortelano. Me está contando con convicción que este tomate es el de “toda la vida”; que las hijas o las nietas del apicultor que te refería historias maravillosas, un hombre de carácter siempre dispuesto a llevarte la contraria, les legó la semilla de los tomates rosas de “toda la vida”. El apicultor, tan propenso a enojarse, posiblemente pase a mi historia más personal por haber dejado a la posteridad un centenar de semillas de un portentoso “rosa”, el mismo que tomaría mi abuelo cuando se embarcó para defender al rey de España en la guerra de Cuba.

 

Así como el Pedro Páramo de Juan Rulfo, en la insignificante opinión del hortelano, es la mejor expresión del drama en que se debaten los hombres desde que Abel y Caín inventaron el arte de la guerra, de igual manera estás convencido de que la aldea es la más perfecta representación del universo, y que, por ser pequeña y sus gentes abarcables, a través de ella puedes contar mejor y con mayor precisión la endiablada complejidad del mundo que por momentos parece decidido a despeñarse. Esta es la verdadera razón, amigo Tulio, de que este hortelano esté libre de complejos cuando cosecha los pepinos de su huerta o cuando, bajo el portalillo, intenta comprender qué nos va a suceder si Trump gobierna desde la Casa Blanca o se interroga si el papa Francisco, en su visita a Auschwitz, sintió remordimiento de lo que pudieron hacer y no hicieron sus colegas para evitar el exterminio de la raza de los inteligentes. Tampoco hace falta cosechar pepinos ni rascarse la sesera bajo el portalillo de la huerta para estar seguro de que los políticos que aparecen en la portada de los papeles no llegan a la suela de los zapatos de los que se inventaron la Transición. La razón ya nos la dio don Juan Belmonte: a eso se llega degenerando. ¡Hay que ver lo que ha sido capaz de degenerar la raza de los políticos en poco más de 30 años! Te lo habré contado mil veces, Tulio: yo creo que, en el portalillo de la huerta, este hortelano se siente menos incompetente de lo que es en su estado natural. Y es aquí donde al hortelano se le ha ocurrido una idea inquietante: los mejores políticos europeos de la historia surgieron tras la II Guerra Mundial; los mejores políticos españoles, de los rescoldos de la Guerra Civil, como si los humanos necesitáramos la adversidad para perfeccionarnos, como ocurre en mi huerta, amigo Tulio, que las mejores hortalizas nacen allá donde el hortelano ha sido más pródigo con el estiércol.

 

Y es que en la aldea ocurren cosas asombrosas. ¡Que admirable que, veinticuatro horas más tarde de haberlo pedido, te haya llegado el libro que has encargado por Amazon! Y sin embargo todavía no te has recuperado del remordimiento que estás sintiendo por haber acudido a ese monstruo de la distribución en lugar de haber ido a la librería de la capital y solicitar el “Letras viajeras” de Manuel Rico. Lo podrían haber encargado al distribuidor o a la editorial, pero te habrían dicho al cabo de 15 días que no “sirven” en verano. ¡Acabas de traicionar la memoria de la librería Cervantes de Plasencia en la que compraste tus primeros australes y a Bujaco de Cáceres, en la que, casi adolescente, compraste tu primera antología de poesía, y en ella, aquellos versos de JRJ que han sido bandera en tu vida: El sol te empuja hacia mí/por la espalda/Ven tu que vienes del alba…Llega, ven,/ tú que vienes del alba…Llega, ven/ no te pierdas en tus llamas/ por los detrás, por los cruces de la luz!/¡Ven tu que vienes del alba! Al cabo de los años, esperando que algún día llegue aquel heraldo del alba, necesitas el libro para que te sirva de guía para completar la relectura que estás haciendo sobre la España del interior, la España vacía, la España rural, a través del Viaje a la Alcarria   de Cela y el Viaje a Portugal de Saramago. Mucho mejor el de Cela que el del portugués, pero no está mal que los dos Nobel ibéricos se hayan dedicado a contemplar las aldeas a punto de que desapareciéramos los aldeanos. ¡Ya le hubiera gustado a este hortelano perplejo y confuso haber hecho lo mismo que Manuel Rico: darse un paseo por la España rural a través de las prosas de Unamuno y Azorín, Machado, Dionisio Ridruejo o Cela, o haberse internado por las tierras tan próximas de Portugal siguiendo las letras de Miguel Torga (inolvidables sus Diarios) o de Eugenio de Andrade (imborrables sus versos horacianos).

Poco consuelo tratar de plagiar ahora lo que no supiste  hacer a tiempo, como lo hizo, por ejemplo, don José Ortega aquella mañana de 1916 en la Alcarria a lomos de una mula enseñándonos a contemplar España de otra manera. Al hortelano le gustaría comenzar su crónica viajera de esta guisa: Las mañanas comienzan indefectiblemente echando en un cubo la ración de cebada y de pienso para llevarla al olivar de los burros. Los acaricias mientras toman la porción de heno que tú mismo les has servido en tanto sientes el peso de la historia. Sin ellos, tu gente, tu aldea, no hubieran sobrevivido a las épocas de hambre y de miseria. Ninguna otra compañía más fiel y eficaz que la del pollino. Como está todavía clareando, el viajero observa con qué rapidez el sol se ha encaramado a la torre del campanario porque, desde el olivar de los burros, la perspectiva del amanecer es un espectáculo impagable. Asistidos los borricos, el viajero encuentra en la calleja a dos aldeanos cada uno con su cubo de desperdicios para el ganado (¿consistirá en esto la “economía circular” del presidente Vara?). Repara en la debilidad de sus pasos. Si te atrevieras a preguntarles por su misión en la vida, que no debe ser larga a juzgar por la dificultad con la que arrastran los pies, te dirían que se resignan a que nos les falten cada día los huevos de sus gallinas para complementar la pensión. O tal vez caminan hasta el cercado y comprobar si han madurado los tomates para hacer la sopa. Si el viajero tuviera con ellos alguna confianza le contarían que llevan quince, veinte años de pensión; que criaron a los hijos en Cataluña o el País Vasco y ahora cultivan un palmo de hortalizas o apacientan, como tú a los dos burros, un puñado de gallinas y apuran los días aguardando que otros lleven por este mismo camino sus despojos al “blanqueao” sin esperar a que sus nietos publiquen su necrológica en el periódico. Probablemente no les preocupe tanto el porvenir de los políticos que degeneraron la raza de los de la Transición, como el que les bajen la pensión, cosa que se escucha en todas las esquinas de la aldea. Y como el sol está ya por encima de la torre, el viajero debiera parar la atención en el color que el sol ha puesto sobre las ruinas del Convento. Debe llevar cinco siglos aguardando cada día que el sol las dore. Y luego hablaría de los ruidos de la amanecida: el canto todavía desafinado de los gallos, los primeros chillos de los vencejos y la bulla ya muy apagada de los gorriones…Tendrías que contar la templanza de esa mujer a la que ves todas las amanecidas camino del Cristo, al que muy probablemente le llore el drama de los hijos en paro o de los nietos descarriados. El viajero al fin terminaría su jornada yendo al ayuntamiento a que le confirmen si es cierto que de las veintinueve parejas que contrajeron matrimonio hace cincuenta años, ninguna de ellas ha estado empadronada en el pueblo, aunque alguna de ellas a la postre sea de las que pasean por las mañanas el cubo de los desperdicios a cambio de cinco huevos cada día para ayudar a la economía de los nietos.

El hortelano renuncia a garabatear sus impresiones viajeras. A cambio se dedicará, en el portalillo de la huerta, a imaginar no grandes viajes a lugares lejanos, sino a figurarse que emprende cada mañana, cuando camina con el cubillo del pienso de los burros, un viaje por la España del interior como lo hicieron las gentes del novecientos para censar sorpresas y asombros. O tal vez, consciente de la dificultad de mantener la fantasía viajera, busque de nuevo la cita del francés aquel que dijo que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa. Sí recuerda que el autor fue un científico reconvertido en filósofo o poeta. Mejor memoria tiene de Diógenes, el sabio griego que inventó el universalismo y la globalización recluido siempre en una tinaja. ¿Qué haría en estos tiempos el pobre Diógenes, él que buscaba por las calles de Atenas hombres honrados alumbrándose con un farol? Y tampoco olvidaría a otro francés poco aventurero, Michel de Montaigne, encerrado en su torre desde la que cambió el curso de la historia.

 Tampoco aspira a cambiar apenas nada; se contenta con pasar las páginas de los libros. Ha completado pues su viaje y su aventura de este día. Ahora se siente reconfortado para abrir los periódicos y comenzar su cabalgada por los asuntos que preocupan a los hombres de pensamiento de todas las latitudes. Pero como yo, amigo Tulio, tengo necesidad de cumplir mi misión de impertinencia, leyendo como estoy leyendo que en esta tu tierra cincuenta mil personas han solicitado acogerse a la renta básica, es decir a la renta de subsistencia, me pregunto si el presidente de los extremeños, hombre reflexivo y cauto, se habrá creído alguna vez que en base a la “economía circular” o con “la estrategia de Economía Verde Ciudadana Extremadura 2030”, los extremeños llegaremos alguna vez a abandonar el furgón de cola. Yo le he escuchado decir que tan peregrina teoría sería “una gran palanca de riqueza y empleo” (sic).

 

Un elogio y dos impertinencias sobre la Universidad extremeña

 

Te contaré esta mañana de verano, amigo Tulio, la razón de mi contento. Y te advierto que si notas en mis palabras algún artificio, es decir, si emborrono la pantalla imitando con torpeza, qué sé yo si a Sancho el escudero o a Baltasar Gracián, el patrón de los impertinentes, es sin duda porque este hortelano viene estos días leyendo tratados sapienciales u otras prosas de mucho sustento. Y ocurre como cuando, cualquier mañana, te levantas con una cantinela entre los labios y te pasas las horas tarareando la copla. Acabo de leer, amigo Tulio, en el papel de mi provincia un artículo crítico desvelando el desafuero con el que se gobierna la Universidad de nuestra tierra. Tengo la sensación, acrecentada por la lectura de esta crítica que firma un tal catedrático de Microbiología, que las poltronas académicas se conceden en Extremadura de la misma forma que se hacían los tratos en el patio de Monipodio, citando otra vez a Cervantes. Si el hortelano recuerda bien el célebre patio sevillano, en él había estudiantes que trataban de doctorarse en el arte de la picardía. Es decir la comparanza entre la Universidad y el patio de los trúhanes, viene a cuento al menos en la forma en que se otorgan las cátedras. Y si hubiera espacio trataría de recordar cómo en el lugar de Monipodio –¡genial otra vez don Miguel de Cervantes!- había un tiesto de albahaca y tengo para mí que la planta de albahaca en aquel lugar fétido jugaba un papel de sugerencia  moral o espiritual

Ayer por cierto, amigo Tulio, en el mercadillo de mi aldea compré varios “pies” de albahaca y mira por dónde esta mañana me ha venido a la cabeza el patio de Monipodio. Comprenderás que este hortelano se sienta especialmente cauto al escribir de la Universidad porque, aunque modesto pegujalero, tiene amigos admirables y admirados en casi todas las facultades extremeñas y en su reconocimiento y homenaje debiera ser excepcionalmente prudente cuando escriba, por ejemplo, que siente bochorno de cómo se han cubierto muchas cátedras y departamentos por razón de credo político o por motivos más inconfesables. Gentes que en otras Universidades habitarían los escalafones docentes más ínfimos, en la de tu tierra, amigo Tulio, lucen antorchados. Es lo que viene a decir este de Microbiología que se ha atrevido a poner hoy en solfa al estamento universitario extremeño. Esta era la razón de mi contento mañanero: comprobar que, al menos, alguien se atreve a poner por escrito lo que piensa de su tierra. ¡Bienvenido, señor catedrático de Microbiología don Germán Larriba a la cofradía del nobilísimo arte de la impertinencia!

El hortelano bajó el otro día a la Universidad a escuchar cómo medían las actitudes y aptitudes de los jóvenes universitarios para ser en el futuro empresarios, que uno no sabe si la Universidad debe asumir también esta competencia. Lo cierto es que en aquella Facultad da clases uno de las personas más activas en promover el desarrollo de Extremadura y el hortelano no se cansará nunca de alabar la inquietud de este catedrático que, además, ejerce con independencia. Resulta que aquella mañana, de una forma solemne, con tantos periodistas como asistentes, el Rector y el presidente de la Comunidad se dedicaron a alabar el trabajo que la Universidad realiza en la promoción de las vocaciones empresariales. ¿Quién se va a atrever a criticar que alguien, así sea la Universidad, se dedique a promover vocaciones empresariales? Y como al hortelano alguien le pidiera opinión, no se le ocurrió otra impertinencia que lamentar que en un acto con tanta ceremonia promocionando la actividad empresarial o emprendedora, no hubiera ni un solo representante de la sociedad civil más directamente relacionada con el mundo de las empresas: ni las patronales, ni las Cámaras de Comercio si es que existieran, ni las organizaciones de cooperativas, ni los Colegios Profesionales como tales, nadie que no fuera el llamado estamento universitario. Era una fiel representación de la sociedad extremeña: el mundo institucional –el dinero público- por una parte, y la vida real por otra. Y me dirás, amigo Tulio, que de quién es la culpa y yo te responderé a la gallega: no vaya ser que no exista sociedad civil verdadera o que tal vez el empresario privado esté también en la cola del dinero subvencionado.

El último argumento de esta crónica hortelana tiene motivo igualmente universitario y es para felicitar al señor Rector por haberse atrevido a llevar a Guadalupe uno de los cursos de verano. ¿No te asombras y sorprendes, amigo Tulio? La Universidad de Extremadura haciendo sede en el lugar de la mayor infamia y vergüenza de tu tierra, en el pueblo en que ejerce de pastor un fraile filibustero, en el territorio que gobierna un arzobispo por razones feudales…¡Enhorabuena, presidente Vara, por haberse atrevido a llevar su autoridad al espacio que mejor representa la historia de Extremadura! Al año, que viene, más, incluso mejor. A ver si los extremeños nos atrevemos a tomar propiedad de Guadalupe.

Me preguntabas, Tulio, algo más de andar por casa: cómo fabricar un menú apetecible para festejar el esplendor de la huerta. Si me haces caso, podríamos hacer lo siguiente: un gazpacho o, todavía mejor, un salmorejo. Dos kilos de tomates morunos, un tercio de pan, si es posible de horno del día anterior, bien amollecido en el caldo de los tomates, una buena rociada de aceite de Sierra de Gata. Un ajo. Pásalo por la batidora y enfríalo en el congelador. De segundo, huevos del gallinero fritos en buena aceite con dos cucharadas soperas de entomatada. El secreto de la entomatada (tomate, cebolla, pimiento verde, ajo y una hoja de laurel) es freír por separado los ingredientes y dejar borbotear el conjunto no menos de dos horas hasta que el caldo de espese. Si le añades, unos trozos de panceta de ibérico, comprobarás que el cielo está al alcance de cualquier pecador que no frecuente al prior de Guadalupe. Todo ello acompañado de un modesto tempranillo cultivado por un hortelano hedonista. Verás cómo se nos alegran las tripas pensando en la sobremesa que nos aguarda. Como dijo uno de los más ilustres impertinentes de la historia, la felicidad de cada uno no consiste ni en esto ni en aquello, sino en conseguir y gozar cada uno de lo que le gusta.

Don Quijote y la doble realidad que aqueja a los políticos extremeños

 

Hay que estar tan poco cuerdo o tan aburrido de la vida como el hortelano para haberse pasado diez horas ante una pantalla de la maquinaria viendo cómo debatían los próceres extremeños de la política el estado de su región a imagen e imitación de lo que sucede cada año en el Congreso de los Diputados. El poder de la emulación hace estragos en la vida de la nación y sus resultados bordean a veces el esperpento. Además, el que suscribe está leyendo un libro extraordinario que le tiene embebido por las tardes, porque dicho está que, por las mañanas, el hortelano se dedica a recolectar en su huerta lo que la providencia le brinda esta temporada que, a Dios gracia, llega bien nutrida de mercancías. El libro se llama “¿Dónde se encuentra la sabiduría? de Harold Bloom y es un recorrido por la historia de la humanidad tratando de descubrir las huellas más sobresalientes de la inteligencia. Voy, amigo Tulio, por el capítulo en el que compara el genio de Shakespeare y de Cervantes compartiendo la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta ahora. Y no será este lector inexperto quien lo corrija porque habrás visto con frecuencia una edición del Quijote en el portalillo de la huerta junto a la tijera de poda o el rastrillo. Viene a cuento lo del libro de Bloom porque el hortelano lleva toda la mañana distraído de sus obligaciones hortelanas escuchando en la maquinaria los discursos que se pronuncian en Mérida desde el alba hasta el ocaso. Al igual que Cervantes inventó en el Quijote otro mundo, y los sucesos en él relatados no fueron reales sino metáforas de la vida humana, algo parecido ocurrió en la Asamblea de Mérida. Escuchando a los dirigentes políticos extremeños, de repente se me vino a la sesera que parecían personajes sacados de un quijote genuinamente extremeño, de modo que lo que estaba escuchando en el hemiciclo no respondía a la realidad sino a otra región o territorio inventado. Y así cuando Fernandez Vara se refería a la “economía circular”, a “monetizar el medioambiente” o a la “economía verde ciudadana” era igual o parecido a cuando don Quijote alanceaba molinos de viento o nos contaba los embustes de Ginés de Pasamonte. No creas, amigo Tulio, que fue Fernández Vara el único que levitó en el hemiciclo de Mérida porque, tan pronto se abrió la caja de las fantasías, aquello se convirtió en un torneo de inventivas y ¡vaya que si compitieron Vara y Monago, Álvaro Jaén y doña María Victoria Domínguez!  

Harold Bloom advierte que tenemos que tener presente que don Quijote estaba en guerra permanente con el principio de la realidad, pero no era ni necio ni loco aunque tuviera una doble visión de la realidad, aquella que nosotros mismos vemos más otra que entra de lleno en el reino de la ficción. Por la invención de esta doble realidad es por lo que el Quijote y Cervantes han pasado a la posteridad como grandes genios de la sabiduría y será por esto mismo por lo que los políticos extremeños están en trance de serlo. Fíjense cómo habrá sido la cosa que el presidente extremeño en un momento determinado llegó a asombrarse de que sus adversarios no entendieran la realidad de la que hablaba.

Puede ocurrir que el hortelano, dispuesto siempre a disparar una impertinencia, haya perdido reflejos para observar la realidad, bien por su incapacidad para la doble visión  o bien por sus limitaciones para advertir que donde Fernández Vara veía oportunidades de progreso para los extremeños, él solo perciba estancamiento o retroceso en el modelo de desarrollo. ¡Vaya usted a saber! Desde antiguo, es decir desde los tiempos en los que todavía conservaba mejores reflejos, el hortelano ya advertía que cuando bajaba a su aldea le sobrevenía una situación que ahora, releyendo a Bloom, repara que bien pudiera tratarse del mismo síndrome que afectaba a don Quijote: el de la doble realidad, o  mejor dicho el de la doble visión, con la diferencia de que al hortelano solo le llegaba una de ellas. Ocurría que en todas las conversaciones que manteníamos con los amigos de Extremadura, una vez que nos dábamos el parabién y reconociéramos las bondades de la tierra extremeña, el hortelano reparaba que sus interlocutores veían una realidad distinta a la que el mismo observaba. Por ejemplo, cuando, en épocas de las vacas gordas y sobrealimentadas, sus amigos le hacían ver los progresos que se estaban operando en los pueblos y en las ciudades -carreteras, casas de cultura por doquier, polideportivos, cohetería variadas-, y él preguntaba por el tejido industrial, por los índices de transformación de los recursos y por otras bagatelas económico sociales o reparaba en la desgracia de que el escaso talento disponible estuviera hinchando los escalafones funcionariales o que ellos mismos no se atrevieran a decir en público lo que con tanta llaneza expresaban en privado. En el corro de los amigos siempre que hacíamos rueda de opiniones, aquel que ya tenía vocación de hortelano impertinente comenzó a sufrir un cierto complejo de daltónico. Y ahora recuerdo un pasaje de lo que escribió Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote: siempre que se reúne un grupo de españoles preocupados por el presente y el porvenir de su patria, desciende sobre ellos el espíritu de don Quijote creando una especie de dolor étnico.

Pero ¿no veis, mis queridos amigos, que en Extremadura no se está creando riqueza por mucha fuente luminosa que inauguréis,  por mucho cemento que echéis sobre la tierra, por muchos cursos de sexadores de pollos que financiéis o por mucho que estiréis los escalafones de funcionarios?

-Pues no, Tulio. Mis amigos no sufrían ninguna clase de “dolor étnico”. Y no lo sufrían a pesar de que sus hijos se marchaban a Madrid o que las autopistas producían un efecto derivado perverso: facilitaban la exportación de sus materias primas sin necesidad de transformas dentro. ¡Calidad de vida, amigo Tulio, calidad de vida!

Fue de este modo como el hortelano derivó hacia el noble género de la impertinencia en la tierra de la autocomplacencia. Mis amigos no corrían el peligro de contagiarse del dolor étnico que tan sabiamente describió el filosofo cuyo abuelo ejerció en Plasencia de probo funcionario de justicia y allí mismo produjo la primera publicación especializada en la música culta. El hortelano no recuerda a ningún extremeño con legado intelectual en la historia al que no le haya “dolido su tierra”. Y así ha sido como esta mañana escuchando a los políticos en el debate del estado de la región ha vuelto a recordar el día en el que trató en vano de razonar el síndrome de la irrealidad que aqueja a los dirigentes extremeños desde que tengo uso de razón democrática. Me refiero a la falta de correspondencia entre la realidad que refleja la vida oficial e institucional con la realidad misma. Como si fuera una especie de ámbito surrealista, o, mejor dicho, una operación de “desrealización” de la vida extremeña o acaso, como decía, una especie de “agnosia” que afecta a las clases dirigentes de la región.

Te recomiendo, Tulio, que escuches aquel pasaje del debate en el que Vara y Monago filosofan, no sobre las dos Españas, sino sobre las dos Extremadura. Para Vara era necesario deshacer la realidad de las dos Extremadura: la Extremadura del eje de la N-630 y la del Este/Oeste, la una con un cierto desarrollo y la otra a punto de despoblarse. Y veas también la chirigota de Monago santiguándose para rebatir la doble Extremadura (Norte/Sur, Este/Oeste) que propiciaba su adversario. Y en estas estaban cuando intervino María Victoria Dominguez para señalar otra forma de ver las dos Extremaduras: la Extremadura del hemiciclo que se pelea y la Extremadura de fuera, la Extremadura real que se abochornaría de lo que estaba ocurriendo en la Asamblea.

Pero el mayor surrealismo ocurrió más tarde, cuando los representantes de los grupos políticos presentaron “propuestas de resolución” para socorrer las necesidades de los extremeños. Fue como si por arte de magia, alguien hubiera dicho: pedid, que se os concederán todos vuestros deseos, o como los feriantes extienden en el mercadillo la alfombra sobre la que colocan toda suerte de baratijas. No creas, Tulio, que los políticos pidieron apoyo a las empresas eficientes para asegurar empleos de calidad, fábricas para elaborar los productos, proyectos para favorecer iniciativas que mejoren las redes de distribución o de comercialización de los recursos. Incluso se pidió dinero a Madrid y a Bruselas por conservar las encinas y las dehesas como si fuera un impuesto ecológico. Al contrario, las decenas y decenas de resoluciones presentadas o aprobadas tenían como objetivo principal o exclusivo las subvenciones, subvenciones para todo y para todos. ¡Y nos lamentamos del tópico de la Extremadura subsidiada…!

Como el día se le fue al hortelano dedicado a fisgar en lo que ocurría en el concilio de los políticos apenas tuvo tiempo que recrearse viendo como han entrado en sazón las tomateras, despreocupado de si mi pegujal  responde o no la “economía verde ciudadana” o a la “economía circular” o si he de “monetizar” este pequeño paraíso antes de que me asalte la tentación de solicitar una subvención en la ventanilla del funcionario para el que la Asamblea de Extremadura sí ha tenido tiempo y sensibilidad de pedir una reducción de jornada.

 

Se nos están muriendo los pueblos, convertidos en geriátricos

Los semilleros de la huerta y la mesa de novedades de las librerías continúan siendo los espacios más queridos del hortelano. Pocas otras cosas tan sugestivas como ver el nacimiento de las hortalizas en aquel pequeño bancal en el que despuntan las semillas que asegurarán el esplendor de tu despensa. A veces te ha dado por imaginar tu supervivencia a cargo tan solo de tu huerta. Tienes aseguradas las hortalizas y las legumbres durante todo el año, los frutos del gallinero y de los manzanos y las peras y las uvas y harías compotas y mermeladas… mientras el mundo tiembla saturado de conflictos. Y por las tardes, tendrías libros siempre al alcance de tus manos y podríamos recitar, sintiéndolos y regurgitándolos, los versos de Gil de Biedma:EEn un viejo país ineficiente,/ algo así como España entre dos guerras civiles,/ en un pueblo junto al mar,/ poseer una casa y poca hacienda/ y memoria ninguna. No leer,/ no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,/ y vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia. Es decir, melancolía. Por esta razón te admiras y te deleitas viendo el surgimiento de las semillas, cuidando de que no las devoren las hormigas, el hermano pájaro o los caracoles siempre dispuestos a darse el gran festín en los bosques de los brotes tiernos de mis hortalizas.

El otro lugar feliz son, como digo, las mesas de novedades de las librerías, aquellas en que se muestran los frutos de la inteligencia, las apetecibles librerías de la ciudad, llenas de novedades y manjares suculentos. Es allí donde te han sorprendido dos novedades sobre las Hurdes, la imagen de la Extremadura más tenebrosa, el símbolo que nos ha acompañado toda la vida como un fardo pegado a la espalda, y por eso has salido de la tienda con las “Hurdes, el texto del mundo” de Fernando R. de la Flor y con la “España vacía/Viaje por un país que nunca fue” de Sergio del Molino.

Ya tengo, amigo Tulio, tarea para compaginar en este también tu pegujal el cuidado de las hortalizas con la lectura de dos libros que tal vez acrecienten mi melancolía. El primero resultó ser un texto pretencioso, un poco caótico, editado por una Fundación que lleva el nombre de aquel pintor que conociste hace muchos años y que representó mejor que ningún otro el misterio de los paisajes extremeños. Ahora se dedica a editar libros minoritarios y no sé si oportunos, como aquel que contaba la  muerte del último lobo  que pobló las sierras extremeñas con la firma de un escritor húngaro de nombre impronunciable. El de Ortega Muñoz sirve ahora para resucitar otro mito u otro fantasma extremeño, el de las Hurdes desde que a comienzos  del siglo XX un hispanistas francés y luego españolizado, Mauricio Legendre, junto a don Miguel de Unamuno, “descubrieran” para toda Europa la existencia de un espacio sórdido y  miserable, llamado Hurdes, convertido en “baldón de España” en la lejana y atrasada Extremadura. Aquel descubrimiento sirvió para que la cámara de un aragonés genial, Luis Buñuel, grabara durante 30 días  -entre el 23 de abril al 22 de mayo de 1933-  el documental, “Las Hurdes, tierra sin pan”, que ha pasado a ser el modelo del realismo social a escala universal. ¡Desgraciado, el que nos se conmueva ante este artificio de miseria al que prestó voz Paco Rabal! Recoge el autor de este libro la anécdota de Rafael Alberti y María Teresa León escuchando al propio Buñuel la descripción del paisaje desde el alto del Portillo bajando por las Batuecas: ¿Veis este valle maravilloso? Pues de aquí en adelante, comienza el infierno. Ese es el infierno, que como imagen o leyenda o metáfora, nos ha acompañado siempre que hemos pretendido reivindicar la otra imagen de Extremadura, que por desgracia ha tenido escasos y torpes valedores. Hasta la propia República, y en su nombre Fernández de los Ríos, llegó a prohibir la exhibición del documental sobre las Hurdes por “contribuir al desprestigio de España”. No olvides, Tulio, que la obra de Buñuel que tuvo un éxito excepcional en toda Europa, fue el primer peldaño del despeñadero de la imagen de nuestra tierra. Más tarde, con dinero de los extremeños, se grabó otro monumento a la sordidez regional, la película Jarrapellejos, o La familia de Pascual Duarte, hasta llegar a Los santos inocentes, una de las mejores películas de nuestra historia pero que ha servido para cincelar aún más la imagen de la Extremadura injusta y atrasada.

¿Cómo es posible que de la inteligente gestión que se hace de los fondos de la Fundación Ortega Muñoz haya salido este libro que no aporta nada nuevo a la historia del mito y la leyenda de las Hurdes? ¡Tanta erudición, tanto acopio documental que ni siquiera sirve para poner en solfa la verosimilitud y credibilidad de las imágenes de Buñuel! Porque parece cierto -y así se certifica en el segundo de los libros, el de Sergio del Molino-, que las imágenes más impactantes de Buñuel -la niña muerta, el asno devorado por las insectos, la cabra despeñada- fueron simple fabulación de la que se aprovechó el aragonés para firmar el documento que más daño ha hecho a la imagen de Extremadura.

Mucho mayor interés tiene el otro libro que el hortelano encontró en la mesa de novedades de una de sus librerías más queridas: una tesis sobre la despoblación de  España y que ha aprovechado el mito de las Hurdes para demostrar que, dentro de nada, España será un desierto en el que malamente convivirán las “dos Españas”, no en sentido político –que también lo son y lo serán-, sino en sentido territorial y demográfico. Una España urbana y europea y una España interior y despoblada, en la que, por ejemplo, se asienta mi huerta, mi mundo, mi universo, a punto siempre de sufrir la esquizofrenia de sentirte habitante de un mundo urbano y de progreso y, al mismo tiempo, diletante de un mundo rural que se acaba. Porque lo que el autor de “La España vacía” vaticina es que esas dos Españas están en conflicto; que los urbanos rechazan a los rústicos y no pararán hasta privarnos de la pequeña ventaja de estar sobrerepresentados en la política o hasta despojarnos de los recursos que necesitamos para paliar la soledad de los viejos refugiados en los pueblos. Y al tiempo, nosotros los rústicos iremos poco a poco decantando un odio sordo y rencoroso contra los urbanos, contra los que nos impulsan a vivir resignados al estipendio oficial, y por tanto dóciles y obedientes a los que nos gobiernan con lástima y compasión. Seremos por siempre y para siempre ciudadanos protegidos, como lo son en mi aldea los cernícalos primilla, condenados a ver por la tele, en las largas noches de los inviernos, cómo vive la otra España en las ciudades.  Este es el argumento de “La España vacía”  y este el entretenimiento del hortelano impertinente en este arranque del verano, viendo cómo maduran los tomates, bien abastecida su despensa de lectura y de reflexión.

Pronostica el autor que en treinta años el proceso de vaciamiento de la España rural se intensificará, y que cada vez seremos menos los aspirantes a estar enterrados en los cementerios de nuestros pueblos. Y al tiempo, este hortelano ha leído el pronóstico de Stephen Hawking alentando a continuar viajando al espacio, ya que de ello depende el futuro de la humanidad, pues los terrícolas no podremos sobrevivir otros mil años sin escapar “más allá de nuestro frágil planeta”. ¿Has reparado, querido Tulio, en la fortaleza de pensamiento de dos de los hombres de físico más débil de cuantos aparecen en las pantallas, Pablo Echenique y el propio Hawking? ¡Qué maravillosa civilización que ha hecho posible que estas dos personas tan endebles y que hasta hace unos años estarían recluidos en sus casas o en centros sociales, estén hiperactivos, al menos en mi pantalla, haciendo este alarde de inteligencia!

O sea que el planeta tierra se nos está haciendo pequeño mientras por estas latitudes hay tantos buitres negros como campesinos ordeñando las cabras o levantando las patatas. No hace mucho me contaban de un pueblo vecino, de ayuntamiento próspero por mor de las aguas embalsadas, que para retener a los jóvenes en edad de fertilidad había creado, en régimen de “gratis total”, un gimnasio, una escuela oficial de idiomas y otra de música dependiente del conservatorio provincial. El pueblo tiene instituto de bachillerato, un centro de formación profesional, un centro médico, es decir un pack completo de estado del Bienestar que para sí lo quisiera cualquier lugar de la Europa más próspera. Tiene de todo, menos trabajo productivo. Y como no tiene trabajo, la gente joven huye despavorida. El pueblo en cuestión comenzó el siglo con 2.000 habitantes, hoy va por los 1.500. En la aldea del hortelano somos poco más de 10 habitantes por kilometro cuadrado; Extremadura en su conjunto, 26; en la capital de la provincia la densidad es de 54; en Galicia, 93; en el País vasco, 300; en Madrid 850. ¡Otro record para nuestra tierra: la de menos PIB, la de menor renta per cápita, y ahora, aunque por décimas, la de más escasa densidad de población! ¡Señores de fortuna y señores de Mérida: el tiempo se nos está acabando!

¿Quiere esto decir que irremisiblemente nuestros pueblos están condenados al fracaso? ¿Queda algo por hacer todavía, antes de que, en la siguiente generación a la de nuestros nietos, alguien entregue la llave del cementerio al último mohicano? ¿O quedarán nuestros pueblos convertidos en una especie de parques temáticos para que los urbanitas aprendan a distinguir el buitre negro del buitre leonado? Al autor de la “España vacía” le han preguntado en un periódico, con la misma curiosidad que se preguntaría por los marcianos, que cómo son las gentes del campo. Y ha respondido con una teoría según la cual la “falta de estímulos enloquece a la gente y el aburrimiento acaba provocando un efecto parecido al de un daño cerebral y la gente acaba tarada”.

La “España vacía” está llena de tópicos sobre nosotros los rurales, pero tiene incontables hallazgos sobre el horizonte al que caminan, parece que indefectiblemente, los pueblos en medio del desinterés de quienes administran los recursos públicos. Lo malo no es solo que los rurales seamos cada vez menos, sino que cada vez influiremos menos. En los pueblos nadie se morirá de hambre o de desprotección, pero se consumirán por sí mismos, convertidos en geriátricos.

Hace unos años se estrenó una película que te recomiendo. “El cielo gira” es la historia de un grupo de campesinos que asumen con plena conciencia el papel de ser los últimos habitantes de un pueblo milenario. A punto de consumarse el pronóstico, un hecho excepcional los salva. ¿Qué sucesos extraordinarios tendrían que registrarse para que mi aldea se salvase? Es aquí donde el hortelano saca a pasear sus impertinencias para declarar que solo tendrían futuro si fueran capaces de retener a la población más joven. Y para ello, cada pueblo debería tener una agricultura asociada y dirigida, una fábrica o un centro de transformación de sus productos y servicios sociales mancomunados en la comarca. De contrario, el hortelano será uno de los últimos románticos en cantar la belleza, no de un mundo feliz, pero sí de un mundo que se acaba.

Donde se habla del AVE y de tres amigos poetas

Quiso el cielo o los cielos o los dioses que pueblan los cielos o el buen dios creador de los cielos  que el mismo día que la Universidad Complutense de Madrid anunciaba su propósito de recortar las carreras universitarias, es decir reducir su estructura, tu tierra, amigo Tulio, sufría una verdadera conmoción ante el anuncio de que se iba a crear una universidad privada con el nombre de Emérita. Y como los hortelanos bien sabemos que no hay mildiu sin oídio, ni oídio sin araña, al siguiente día, todos leíamos en el papel que la Universidad Católica de Ávila proyectaba crear en Plasencia una sucursal o algo parecido. “A la gran seca, la gran mojada”, que diría mi amigo que colecciona refranes campesinos. El hortelano que a veces tiene la mala costumbre de pisar moqueta, a la misma hora que le comentaban lo de la universidad privada, ya sé que universidad on line, preguntaba qué títulos impartiría la Privada no fuera a ser que al fin alguien hubiera descubierto alguna carencia académica de la Publica extremeña y tratara de adaptar la oferta universitaria a las verdaderas necesidades de los extremeños: por ejemplo una titulación referidas a las transformaciones agrarias, nuevas tecnologías alimentarias,  o en comercio exterior o ¡vaya usted a saber o no vaya a ser que alguien esté tramando exigir una diplomatura para cultivar tomates o un grado para injertar camelias! El hortelano se atrevió a preguntar por los títulos que pretendían impartir, al tiempo que ¡el muy osado! preguntó si conocían aquello que uno de los que fue su maestro en el arte de querer a Extremadura escribió en un libro memorable (“Extremadura en la Encrucijada”). Adolfo Maíllo García -¡salud, maestro, en el territorio de los muertos!- se lamentaba ante el hecho de que Extremadura hubiera producido una pléyade de literatos en toda su infinita diversidad, historiadores, pensadores, artistas en cualquiera de las disciplinas, hasta políticos, ¡que ya es decir!, y cuán pocos técnicos y tecnólogos y científicos, y yo añadiría cuán escasos empresarios y así nos va. ¿Qué cómo nos va? Pues vamos yendo, amigo Tulio, vamos yendo…, hoy día excitados ante el diluvio universitario que se avecina…

Pero, déjame contarte un cuento verdadero de cuando este hortelano impertinente, -últimamente, como ves, más vago de lo que acostumbra- era un rapaz influido por la doctrina cristiana en los tiempos de niños con pies descalzos en nuestros pueblos. Paseaba por las callejas entre vides y olivos y algún castaño y algún alcornoque -es decir por un territorio que era un paraíso- un anciano de luenga barba y cachaba. Como les dijeron que era hombre ateo y, si no ateo, de la cascara amarga, le apedreábamos. Aquel hombre era un raro ejemplar de científico extremeño, tal vez el hombre de ciencia más eximio que haya producido esta tierra y este hortelano conserva vivo el recuerdo de don Eduardo esquivando los gorrones de una panda de chiquillos bárbaros y desnortados. ¡Un extremeño que se atrevió a cultivar la ciencia!

Hablábamos del carácter “humanístico” de los extremeños  y del escaso interés por la técnica o por los negocios. Y miren por dónde las titulaciones que se proponen impartir los proyectos de universidades privadas en Extremadura tienen el primero de los caracteres. Claro, son las titulaciones más fáciles de impartir y más sencillas de rentabilizar. Pero ¡a ver quien les dice a mis paisanos que no son Universidades lo que más necesitan! Que incluso, si fuéramos sinceros, tomaríamos la tijera tan pronto como la soltaran las manos de la Complutense.

Con esto de las Universidades ocurre como con otras frustraciones atávicas de nosotros los extremeños. Por ejemplo, el AVE. Ya sé lo que estás pensando, Tulio: ¿es que los extremeños no vamos a poder tener AVE? Pues, no, Tulio, los extremeños no necesitamos para nada el AVE. Los extremeños necesitamos un tren moderno y rápido. Punto final. ¿Es que los extremeños no vamos a poder tener aeropuerto? Pues, no, Tulio, los extremeños no necesitamos un aeropuerto. Ni otra Universidad, ni, si me apuras, un kilometro más de autovía o autopista. Los extremeños necesitamos en primer lugar industria; en segundo lugar, industria; y, en tercer lugar, industria. Y luego me dirás que tiene que ser una industria sostenible, respetuosa con el entorno, una industria puntera, una industria que incorpore mucha investigación y mucho desarrollo. Y yo te diré que de acuerdo, y necesitamos una gran plataforma logística y un ferrocarril potente que permita el tráfico de mercancías, no sé si a Lisboa, Sines  o Huelva. Y seguirás preguntándome por qué tipo de industria. Y te diré que una industria transformadora de nuestros recursos. Nos bastaría para tener pleno empleo y empleo de calidad. Como hicieron en California, como están haciendo en Holanda. ¿Sabes lo que más urgentemente necesitamos los extremeños? Poner a trabajar nuestro talento y recortar drásticamente la nómina de los “quietos”.

En esto sí estoy de acuerdo, Tulio: ¿qué hago yo, hortelano de tomate y lechuga, pontificando sobre industria siendo como soy además un hortelano lírico que se está emocionando  escuchando la primera cigarra del verano o esperando que madure la breva de esta higuera que compraste, en un martes de Plasencia, a un colega de Mirabel, aquel pueblín a cuya estación de ferrocarril llegó a comienzos del XX la imprenta que, trasladada por la serranía a lomos de mula, sirvió  para que desde Serradilla aprendieran a leer millones de hispanohablantes, y en donde deberíamos erigir un monumento a Agustín Sánchez Rodrigo y convocar allí, para realzar el acto, a todas las Academias de Lengua. ¿O es que ya nadie recuerda que la cartilla Rayas sirvió para alfabetizar a la humanidad que hablamos el castellano?

Has mencionado a Agustín Sánchez Rodrigo, a Eduardo Hernández Pacheco y a Adolfo Maíllo García y reparas en el talento de tres personajes a los que le “dolía” Extremadura y que, si vivieran, les seguiría “doliendo”. ¿Qué pensarían ellos del complejo de inferioridad de nosotros los extremeños que tratamos de paliar nuestro complejo reclamando AVES, autopistas y aeropuertos y, ahora, Universidades? ¿AVES para poder lucir galones en Atocha? ¿Aeropuertos para que nosotros los abuelos viajemos a Nueva York para visitar a los nietos? ¿Más autopistas que faciliten el transporte de mercancías para que se manufacturen fuera? ¿Otra Universidad para seguir colaborando con otros territorios enviándoles jóvenes con formación y talento? Mis mejores amigos, casi todos, Tulio, tienen los nietos fuera.

Y mientras el hortelano está enhebrando estas impertinencias, le llega la noticia de que a uno de sus amigos poetas, -el hortelano tiene hasta cuatro amigos poetas-, le acaban de conceder un premio muy importante de poesía. De repente el hortelano siente la distancia de una tierra siempre distante y esquiva, y se ha puesto melancólico –oh, dulce melancolía-  como corresponde a todos los que conservamos la cicatriz que nos produce la lejanía. Tu amigo, el poeta de Villalba de los Barros, ahora otra vez premiado, escribió estos versos que cuándo los lee en público, notas cómo a mis paisanos ausentes se les pinzan los huesos: “Esta pena que traigo en el costado,/ que me siembra en el alma la amargura,/ es el viejo dolor de un desterrado/ que llora sin cesar su desventura./Duele tanto la ausencia de mi tierra, de sus plazas, sus calles, sus trigales…/Hoy el viento me trae de la sierra/,aromas tan del sur, primaverales” (José Iglesias Benítez)

O estos otros versos de tu otro amigo del alma, el hombre que construyó una  cosmogonía con el nombre del pueblo más bonito del mundo: Ahora que los años han ardido/ en los fuegos oscuros de la vida;/ ahora que el recuerdo es solo sombra;/ahora que los pasos son opacos/ y no encuentra su espejo la mirada;/ahora llevo turbio el corazón/ y nevado el retrato de aquel niño.”(Juan carlos Rodríguez Búrdalo)

 

Pero de la usencia de la tierra me sé yo otros versos tremendos, vindicativos, salidos de la pluma de tu otro amigo poeta: Aquí arraigó del hombre /el corazón no más; la inteligencia /ramoneó buscando pastura fronteriza, /laicos abrevaderos lejanos donde fuera /remunerado al menos el dolor. /Pero aquí a desnacer retornan todos /irremediablemente /porque está escrito /que han de reunirse /el hombre y su mirada /antes de izar las velas del último naufragio.(Pablo Jiménez)

 

Ahora que lo pienso, amigo Tulio, cuando llegue la hora de dar de mano en la huerta, me gustaría cerrar el ciclo de la añoranza y de la melancolía emborronando unas cuartillas con este título: nostalgia de Extremadura en la obra tres poetas de la ausencia. O mejor con este otro: la huella de Extremadura en la obra de tres poetas que añoran su tierra. Y es que, se mire por donde se mire, el problema de Extremadura ha sido a lo largo de la historia y lo sigue siendo en el siglo XXI el de su vaciamiento. La gente se va. Y no estoy seguro de que no se estén yendo los mejores.