¡Incompetencia, Tulio, incompetencia!

Bajo el portalico del chabuco de la huerta, leyendo los papeles del día, el hortelano tuvo una visión. Fue como si alguien, de repente,  le hubiera infundido el don de la adivinación o de la clarividencia, como dicen que ocurrió cuando alguien vio caer una manzana del árbol y le bastó aquello para descubrir la ley de la gravedad, o como aquel enfurecido perseguidor de cristianos al caerse del caballo. Les aseguro que el hortelano no hizo nada por merecer el don  que le había sido revelado a la puerta del chabuco, aunque tuviera tan próximo  un manzano, que, ¡maldita sea!, tiene en tierra toda la cosecha. Ni tampoco estaba ebrio, a pesar de que siempre que menciona la palabra don, le viene a la memoria el “don de la ebriedad” de Claudio Rodriguez, mozalbete rural que con solo 18 años escribió uno de los versos más estupendos de la lírica española de todos los tiempos.

Es hora de decir en qué consistió la visión del hortelano. En solo un instante supo a ciencia cierta cómo se soluciona de raíz del problema de Extremadura, no un problema cualquiera, no, digo el problema de Extremadura.

Y ya estoy esperando la voz de Tulio recriminando la pedantería del hortelano. La solución se llama Juan Roig, el hombre de Mercadona, al que el hortelano conoció hace muchos años, y ya entonces hablaba como si también él hubiera sufrido un ataque de clarividencia. Si este hombre, digo, en lugar de Valencia hubiera puesto en marcha en Extremadura su fábrica de empresarios, se terminaron los problemas, los del paro y del escuálido desarrollo, y hasta nos solucionaría el complejo de inferioridad que aqueja a los extremeños.

La idea es muy sencilla y parece un sueño. Juan Roig debió decirse algo parecido a esto: montemos una Escuela superior para formar cada año un puñado de empresarios. Seremos rigurosos en la selección: jóvenes decididos y con talento. Toda la teoría económica estará enfocada a crear y hacer rentable una empresa. Una vez formados, para obtener el título se les exigirá presentar un proyecto de empresa. Un jurado experto determinará si el proyecto reúne todos los requisitos, desde la financiación a la comercialización. Quien obtenga al fin el título tendrá que defender el proyecto ante un tribunal. El tribunal elegirá un número determinado de proyectos cada año. De inmediato, los proyectos seleccionados se llevarán a la práctica, con aportaciones de capital del propio Roig. Les aseguro que allá donde el dueño de Mercadona ponga un euro, la empresa será cosa seria. Al cabo de unos años, nacerán empresas como hongos, es decir se creará trabajo productivo, no trabajo subvencionado. La solución, -y es aquí donde el hortelano tuvo la revelación-, es convencer a Juan Roig de que se venga a Extremadura. Extremadura es tierra virgen para hacer negocio. Tenemos talento, recursos, y una paciencia infinita para recoger los frutos.

– Mi querido amigo –dijo al fin Tulio- , te ofuscas con lo ajeno e infravaloras lo propio. En Extremadura ese modelo de emprendimiento no funcionaría y, además, algo parecido tenemos en Extremadura, y lo hacemos con dinero público, en lugar de privado, y en colaboración con la Universidad. Tenemos una Escuela de Emprendedores, ese fue el objetivo principal del presidente Monago en la pasada Legislatura, aunque le pusiera un nombre inglés y también una prioridad del presidente Vara. Lo acaba de decir en la inauguración de la Feria de la Alimentación…

-Amigo Tulio, no, rotundamente no. O no me explico o no me quieres entender. Borra de un plumazo ese remedo de escuela de emprendedores que no funciona ni funcionará en la vida. Borra de tu memoria toda esa farfulla demagógica que cuanto más promete más se achica el mundo de la empresa y del trabajo. De lo que me hablas no es más que un refugio de burócratas incompetentes que en su vida han creado un puesto de trabajo ni dirigido una empresa. Hablando de incompetentes, repara, Tulio, en este dato. Hace unos días dimitió el consejero de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio. ¡Ahí es nada! Este departamento de la Juntas es, con diferencia, el más importante o, al menos, el que goza de mayores oportunidades para el desarrollo y el bienestar de los extremeños. Tiene competencia sobre el Programa de Desarrollo Rural dotado con más de mil millones de euros y que es el proyecto clave de Extremadura para los próximos años. Si fracasa el llamado PDR -y no va por buen camino- sería la ruina de todos los pueblos de la región. De la gestión de este Departamento depende el futuro del principal yacimiento de empleo y de desarrollo industrial: el sector agroalimentario. Su titular ha de negociar en Bruselas y en Madrid. Es con diferencia el cargo más importante y trascendente de toda la administración extremeña, en un momento trascendental como es el de la puesta en práctica del PDR. Pues, bien, amigo Tulio, ¿a quién han nombrado para tan alta responsabilidad y competencia? Pues a una persona incompetente en la acepción más genuina de la Rae: persona que no tiene la capacidad suficiente para hacer cierta cosa, especialmente un trabajo, o para ocupar un determinado puesto. ¿Qué cómo lo sé? Muy sencillo, leyendo con atención su curriculum: concejal de su pueblo (un pueblo de 6.000 habitantes)  y haber gestionado la mancomunidad de una comarca, por cierto, una de las menor renta de Extremadura. ¡Bingo!

-Lo cual, no significa, amigo hortelano, que la persona nombrada sea necesariamente incompetente. No todo tiene que ser títulos, masters y otras lindezas. Con frecuencia, personas por la que nadie apostaba un duro, se revelan finalmente como dirigentes competentes. Además, olvidas decir que esa persona desempeñaba la secretaría general de la Consejería, bien es cierto que lo ha sido solo durante unos meses y a instancias del dimitido, alcalde del pueblo en el que la nueva titular ejercía de teniente de alcalde. Peor que un curriculum escaso como el que comentas, son otros curriculum que ocultan intereses bastardos.

-Es decir, ¡encomendemos al azar y a la providencia el futuro de los extremeños! ¿Es posible que en Extremadura no exista un mejor candidato: alguien con mejor formación, con experiencia en economía rural, en industria agroalimentaria, en la gestión de los asuntos europeos? Lo malo, amigo Tulio, es que el nombramiento de la titular de ese macro departamento no es un caso único. Estoy convencido que la política de nombramientos es una de las razones principales del atraso económico de Extremadura. Si encomendásemos a un tribunal experto que auditara desde el punto de vista técnico la idoneidad de los altos cargos de Extremadura, descubriríamos un panorama aterrador. ¿Recuerdas aquella campaña del paleto puesta en marcha por un señor consejero para atraer turismo a Extremadura? O la responsable de Música de la Junta, a la que hubo que explicarle quién era el músico extremeño más importante del Renacimiento. Así no hay quien remedie las cosas. Seguiremos en la cola del desarrollo mientras tu amiga, con una carrera técnica terminada, con un expediente brillante, seguirá fregando escaleras en la capital.

A punto ha estado el hortelano de llamar a alguno de sus amigos para que le ayuden a completar la nómina de cargos políticos incompetentes. Y me dirás que ocurre en todas partes; que en todas las Comunidades priman las miserias políticas más que la razón de la competencia, que los escalafones se nutren de la nomenclatura de los partidos. Y te recordaría el caso de aquella ministra que cuando le preguntamos al cabo de unos meses cómo se sentía en el ejercicio de su cargo, respondió que “encantada, estoy aprendiendo una burrada”. Efectivamente, en todas partes cuecen habas. En unas más que en otras. Pero no siempre fue así, porque en Extremadura en años más aciagos tuvimos unos cuantos hombres de la misma condición que Juan Roig. El primero y tal vez principal, José Fernandez López, que en solo unos años creo el Matadero Industrial de Mérida, Corchera Extremeña, o el de Manuel Díaz de Terán, de Zafra, que se inventó en Extremadura una fábrica de motores que se exportaban a todo el mundo, o el de Eusebio Gonzalez Martín, otro genio del escasísimos empresariado extremeño, que crearon cada uno de ellos miles de puestos de trabajo, aunque ninguno  nació en Extremadura: José Fernández, en Galicia, Díaz de Terán en Sevilla y Eusebio Gonzalez en Salamanca. Si esa estirpe no se hubiera extinguido, Extremadura sería hoy la California de España. Pero son nostalgias del pasado, y no es conveniente entregarse a la melancolía repasando la lista de los incompetentes que gobiernan la cosa pública de esta tierra.

-Insisto, no puedes llamar incompetentes de forma tan gratuita. Y no es cierto que la estirpe de los empresarios se haya terminado. Te olvidas o no quieres recordar que en Jerez de los Caballeros Alfonso Gallardo ha levantado un emporio industrial, y que allí mismo Ricardo Leal gobierna una multinacional de la bisutería, o que, a muy poca distancia, un amigo tuyo, Diego Hidalgo, ha puesto en marcha una Fundación para el desarrollo económico de la comarca en la que nació su padre, tú mismo amigo, Juan Antonio Gallardo, un industrial quesero con prestigio nacional, aunque dentro apenas le hagan caso. O tantos otros que han fundado cooperativas…

-No mientes la bicha, amigo Tulio, en casa del hortelano. Acabas de decir cooperativas y todavía sangran los papeles por la ruina de Acorex, cuando aún no se habían apagado los ecos de la otra hecatombe cooperativista de Extremadura: Caval. ¿Cómo es posible que la administración pública extremeña, a la que no se le escapa ni un pelo de cuanto ocurre en la región, no haya sido capaz de evitar la ruina de dos de las cooperativas de referencia? ¡Incompetencia, amigo Tulio, incompetencia! Y a punto ha estado de dar al traste con Caja Rural y desguazaron las dos Cajas de Ahorros, sin que nadie arqueara las cejas. Y mientras tanto gastan fortunas en enseñar a emprender a gentes que suspiran por una nómina o tienen, como la mayoría de los extremeños, vocación de funcionarios, y nombran para promover el desarrollo empresarial a personas que nunca/nunca gestionaron una cuenta de resultados. ¡Incompetencia, Tulio, incompetencia!

Cuando el hortelano terminó de leer el papel y de elucubrar un rato a propósito del dueño de Mercadona, cerró la puerta y se fue a la feria de su pueblo, y ¡mira por dónde! pegó la hebra con un paisano que vendía cervezas extremeñas, premiadas en cuantos certámenes se han presentado. El paisano le contó que uno de sus sobrinos, hijo de emigrantes, “hizo el erasmus” en Alemania, se aficionó al mundo cervecero, y allí, como el hortelano bajo el portalillo, tuvo una visión. Regresó a su pueblo, Zarza de Granadilla, se puso a cervecear y ahora la exporta a media Europa. ¡Competencia, Tulio, competencia! Y digo yo, ¿no podríamos llamar a Juan Roig para que nos ayude a montar en Extremadura una sucursal de su escuela de empresarios? ¿Qué dirían en Mérida, amigo Tulio? jjbb

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La mujer del pelo blanco, un discurso extraordinario, y el prólogo para una polémica

En su otra vida el hortelano desarrolló un sexto sentido para conocer la honradez de los discursos de los políticos. Tan pronto como un personaje cualquiera subía a la tribuna y fijaba sus ojos en los folios, el hortelano sabía si lo que escuchaba era letra de gabinete, música de trombón o acaso melodías ajenas. Si el político improvisaba, es decir, si no se sacaba los folios del bolsillo de la chaqueta, el bolsillo contrario al de la cartera, se podía esperar alguna cosa.  ¡Qué apuros pasó este hortelano escuchando discursos que el orador ni siquiera comprendía o compartía! Y el hortelano debiera abstenerse de confesar si alguna vez o con frecuencia, escribió prosa para bocas ajenas. Y no debiera detenerse en explicar que a punto estuvo de llenar folios sobre los discursos políticos en los tiempos de la Transición, pero se deslumbró con el discurso más sobresaliente de cuantos los políticos españoles pronunciaron. Si algún incauto se dejara llevar por el consejo del escribano, lea el que pronunció Manuel Azaña en la campa de Comillas en el año 35. Verán lo que sucede cuando se juntan la buena palabra y la inteligencia. Efectivamente, para hacer un buen discurso se necesita vivir en tiempo de épica.  Sin épica la vida es aburrida y todo se tiñe de una grisura insoportable. Por este camino, el argumento se le escapa al hortelano porque ahora debiera decir algo sobre la bondad de la normalidad y de la bendita mediocritas. Y, a lo mejor, le daría por rebuscar en la memoria un verso de Horacio para alabar la vida sencilla y explicar que hay hombres propensos a la épica y otros enamorados de la serenidad.

Resumiendo: que casi el cien por cien de los discursos que mis vecinos escuchan en las pantallas o por la radio o leen en los periódicos, en el caso de que escucharan o leyeran estas cosas, son discursos impostados, falsos, o en el mejor de los casos construidos para arañar un puñado de votos. Ahora, en la hora presente, el hortelano ha sabido de buena fuente que el partido político que nos gobierna ha comprado un robot para difundir en las redes sociales los eslóganes que cada madrugada construyen una legión de mercenarios. Este aburrido monólogo del hortelano solo pretendía decirte, querido Tulio, que hace unos días, escuché un discurso honrado y honesto. ¡Milagro! Lo escuchó en boca de alquien que no conoce, pero de la que ha oído hablar sobre todo en los últimos tiempos. Lo ha escuchado a través de la “maquinaria”, es decir en uno de esos artilugios que recogen lo que otros han dicho a kilómetros de distancia. Hablaba una mujer añosa, de inteligencia intacta o tal vez potenciada por la edad, que cultiva un jardín en Sierra de Gata, y rehabilitó una casa para cobijar una miríada de libros. También aquella mujer tuvo otra vida muy larga en saberes y cosechó el respeto de los sabios. Hablaba desde el  teatro romano de Mérida y decía cosas tan notables como las que más adelante diré. Escuchando aquel discurso salido de la inteligencia y también del corazón, al hortelano le dio por pensar en la importancia de las minorías, como es el caso de esta mujer extremeña, nacida en Cilleros, y a la que muy probablemente Extremadura ha desaprovechado. Hemos descuidado inteligencias y hemos soportado mediocridades apabullantes. Cuánto daño nos ha hecho aquello que un preboste puso en circulación de que para opinar sobre Extremadura había que mojarse y mojarse significaba empadronarse. Empadronarse era el camino más corto para ejercer el control de los empadronados en un tiempo de mucha autoridad y disciplina. El hortelano tuvo un amigo romántico que cultivaba limos a la entrada de su casa, se pasó la vida ayudando desde fuera, vino, se empadronó, pero se murió sin que le hicieran caso, y recuerda a otro, que dejó cátedra de mucho rango, regresó y volvió a marcharse sin explicarse por qué su presencia levantaba tantas susceptibilidades, o aquel otro intelectual que encontró cobijo en la Universidad pero salió escopetado.

Resumiendo: que Extremadura, al contrario de otras regiones o territorios, ha desaprovechado el caudal de talento que aventó fuera. El hortelano que emborrona este folio conoce cómo Cantabria o Galicia o Asturias o Aragón han sabido aprovechar el talento que también a ellos se les escapó entre las costuras de la emigración. El franquismo, por naturaleza, y la democracia que ha gobernado Extremadura, por complejo, ni quisieron ni han sabido utilizar en su provecho el capital profesional y de prestigio que en su tiempo alumbraron pueblos y ciudades. Al grito de ¡que se empadronen!, la mediocridad no tuvo competencia.

Ten cuidado, hortelano impertinente, que la razón que tratas de defender se te puede volver en contra. Muchos trataron de aprovechar en beneficio propio lo que llamas capital profesional, si es que no vinieron a pavonearse luciendo galones en las aldeas. No se puede tratar de influir si no se comparten los mismos problemas

-¿Podré decir, amigo Tulio, con sinceridad y con libertad, que la norma ha sido la contraria?  Levantar barreras, y la mayor barrera con frecuencia ha sido la ignorancia, para evitar que “otros” opinaran o influyeran. Te lo diría en el lenguaje que corresponde a la condición rústica del escribiente: muchos gallos para un único gallinero.

-Te ha faltado decir que el gallinero era estrecho y que el gallo era tuerto…

-No caeré en tu provocación, amigo Tulio. Pero te digo que hay extremeños repartidos por el mundo que ejercieron de presidentes de multinacionales, consejeros delegados de grandes empresas, catedráticos respetados en las grandes universidades, profesionales de prestigio en la mayoría de las disciplinas que nunca/nunca recibieron una llamada, si no para pedir un consejo, al menos para felicitarlos por su éxito. Y te daría ejemplos concretos desde hace lo menos cuarenta años. Y en sentido contrario: te explicaría como funcionan grupos de influencia de otras regiones y cómo esas personas sobresalientes han participado con normalidad en los procesos de desarrollo de sus tierras de origen sin que provoquen “urticaria” de sus paisanos. Pero déjame céntrame en el hecho excepcional que es el que da título a este comentario.

Decía que el discurso de la dama que hablaba la otra noche en el teatro romano de Mérida pertenecía a esa minoría con capacidad de torcer el pulso al pesimismo  de los extremeños. Escuchándola días después en la maquinaria, el hortelano se reconcilió con el político que haya tenido la idea -¡felicidades presidente Vara!- de encomendar el discurso del Día de Extremadura a una personalidad que emigró de su tierra y que regresó para dar cobijo a sus libros en la Sierra de Gata. Aquella dama de pelo blanco que hablaba desde el corazón y desde la inteligencia conmovió a los presentes y a quienes hemos tenido la suerte de escucharla en los artilugios. Cuando esta señora dijo aquello, con voz de las entrañas, ¡Extremadura me duele y me duele mucho. Me encanta y me duele porque la quiero mucho!, el hortelano sintió de nuevo la épica de los mejores discursos. No había retórica, no había “literaturismo”. Sus palabras eran tan sinceras que parecían residuos de una de las tragedias que allí mismo acabara de interpretarse. Porque el dolor que a la mujer del pelo blanco le provocaba la situación de su tierra no era un dolor de plañidera ni de impotencia, sino el clamor de tantos que piensan que la tierra tiene potencialidades para no ser la última de todas las estadísticas de renta per cápita, y que atesora riquezas y calidades de trabajos extraordinarios.

La dama del pelo blanco se atrevió a decir en presencia de todos los poncios, lo que tú, amigo Tulio, tantas veces me has refutado: pasan los gobiernos, los gobiernos de un color, los gobiernos de otro, y seguimos estando los últimos en la cola. Cuando lo dijo ¿pestañearon Ibarra, Vara, Monago, allí presentes? ¿Te atreverías, amigo Tulio, a echar una mano a los del club de los seniors para organizar un debate sobre esta cuestión en particular: “Razones del retraso económico de Extremadura”? Invitaríamos a Ibarra, a Monago, a Vara, y también a otros extremeños de entendimiento largo.

Amigo Tulio, ni mucho menos hemos agotado el tema. Te emplazo un día de estos en la huerta. Ven preparado para refutar los ejemplos que voy a poner sobre la mesa para demostrar cómo, a propósito, se ha prescindido de los extremeños más despejados. Te hablaré del proceso de transferencia de funcionarios al comienzo de las Autonomías, de la constitución y de los avatares de la corporación empresarial de Extremadura, de aquel intento romántico y fallido de cuando la Junta fletó un “tren” de madrileños al pabellón de la Expo de Sevilla pero en la expedición se había colado un magistrado que pretendió empitonar al primer escándalo de corrupción de nuestro bendita democracia, y de un proyecto de pocos vuelos y algunos intereses de agrupar a extremeños notables en Madrid. No te demores para la sesión que te propongo, porque aprovecharemos para ver y admirar cómo maduran, cómo se colorean las manzanas del otoño, los membrillos, las granadas. ¡Las granadas! Pocas cosas tan extraordinarias que ver cómo enrojecen los frutos del granado. O cómo amarillean los membrillos. Como uno comienza ya a estar en precario, perdona si vuelvo a contarte aquella película excepcional sobre el proceso de dibujar el membrillero de Antonio López, y te contaré también aquella prodigiosa sucesión de acuarelas sobre el esplendor y muerte de una manzana que pintó un cineasta anacoreta que vivió durante treinta años en mi aldea, y solo al final nos enteramos de la importancia de aquel personaje que salía cada tarde a su jardín a escuchar el fragor de los gorriones antes de que se durmieran en el álamo de su huerta. jjbb

 

La parra, la televisión y el pesebre

La pena es que esta parra -la variedad de uvas que produce- no tenga nombre, porque todo lo que no tiene nombre perece. Lo podría decir invocando aquello de la Biblia cuando Dios, en los primeros días del Génesis,  tan pronto como inventaba o creaba algo, el cielo, la tierra, el día o la noche, de inmediato le daba nombre, como si temiera que, de no hacerlo, la creación se le diluyera entre las manos de alfarero. El caso es que esta parra que tanto admiras y proteges está en estos días en sazón. Además ofrece un aspecto extraordinario, sobre todo por el color de los granos, entre morados, rosados, verdes, dorados, cada uno de diferente tonalidad, conviviendo todos en el mismo racimo. No es uva de vino o de vinagres. Es uva de mesa. La recuerdas de siempre porque era la parra protectora de las casas de los jornaleros o aquella que sombreaba el corral de las gallinas o la pocilga de los cerdos. También como un mástil protector en la fachada de la gente sencilla. Y ahora la proteges o incluso la has esquejado por aquello de que intentas tener en tu huerta productos originarios, los tomates, las peras sanjuaniegas, las ciruelas claudias y las monjiles. Pero no has conseguido averiguar el nombre, y tampoco tus colegas huertanos te ayudan. Todos la reconocen, pero nadie la nombra, y a ti te fastidia no darle el nombre exacto porque todo lo que se aprecia se nombra. El sabor del fruto es mestizo, como tantas otras cosas de esta tierra, entre el dulce del moscatel y el más arisco de los emparrados que todavía pueblan las calles y que sirven para el vino de pitarra o el vinagre. Has sabido y te consuela que algunos vecinos se han juntado para proteger las fachadas de la casas mudéjar del Castillejo, y qué alegría da ver, en este final de verano, la parra en la puerta y la periquera sobre el corralillo de pizarra. Habrás notado que el perico, el humilde perico, es promiscuo y mestizo como mi parra, y que se hibrida con facilidad: unas veces amarillo o rosa y otras de varios colores en la misma corola. Hablo del valor de lo originario y se me viene a la cabeza que a veces la conservación de lo autóctono se debe a la pobreza, a que no hubo dinero para derribarlo o sustituirlo, por ejemplo el organito histórico de mi aldea o el barrio viejo de Cáceres. Las ermitas románicas perviven porque no hubo dinero para hacerlas góticas y que la mitad de la catedral románica de Plasencia subsiste porque se acabó la plata para completar la moderna. Se ha perdido el nombre de mi parra como se perdieron las semillas de los tomates de la Morisca o de los garbanzos de San Lorenzo. No resistieron el impulso de otras semillas invasoras.

-No sé por dónde caminas, mi amigo impertinente, o es que hoy toca ración doble de lirica y de botánica

-Ya verás hacia dónde camino. La defensa de lo autóctono me ha creado una gran zozobra ante dos hechos que he presenciado este verano entre el ir y venir de la huerta a la casa. El primero tiene que ver con la imagen de los extremeños. El segundo, con el desarrollo económico y el empleo

El caso es que el hortelano se ha pasado el verano viendo ración doble de televisión. La razón, que la hay, no viene al caso. Y ha visto, sobre todo, la televisión autonómica. ¿Has reparado, amigo Tulio, en la calidad de los programas que emite la televisión de tu tierra? No entro en considerar si es bueno o malo que existan televisiones autonómicas, ahora que tanto se discute la cuestión. Sí digo que nunca imaginé que desde dentro, con los dineros públicos -¿saben ustedes cuánto cuesta a los extremeños mantener el invento?- se atentara de forma tan despiadada contra el prestigio de los extremeños. Menos mal que los programas que día tras día veía este hortelano impertinente no trascienden fuera de la región; de lo contrario al resto de los mortales les llegaría la zafiedad con las que unas jóvenes armadas de micrófono o unos mozuelos con desparpajo chapotean en los más bajos tópicos de lo rural o de la gente mayor provocando el chafarrinón de los incautos. Si la TV extremeña, regida con criterio político, repusiera toda la gama de películas sobre la Extremadura más rancia, desde “Tierra sin pan” de Buñuel, pasando por los “Santos inocentes” de Delibes, “La familia de Pascual Duarte” de Cela o “Jarrapellejos” de Felipe Trigo, no causaría el mismo daño que estos programas abominables que el hortelano  ha visto este verano: “el puerta a puerta”, “el mercadillo”, “nos vamos de boda”, “bravo por mi pueblo”, “al fresco”, ¡qué sé yo!, todos cortados por el mismo patrón: los más miserables tópicos del ser extremeño. Mira que existen en cada pueblo motivos e historias extraordinarias para entretener el ocio o espabilar la cultura de mis paisanos; pues no, ¡brochazo y sal gorda! Y no digamos, lo de los toros. Todos los días entre dehesas y ganaderías y estirpes ganaderas, corridas o novilladas por doquier. ¿Cuántas horas dedica la Tv extremeña a los toros en todas sus variantes? Y si no son toros, son caballos, y si no, perdices o venados. La Extremadura más rancia, más retrógrada. Cuando terminó el verano, el hortelano hubo de ir al médico, pero olvidó contarle lo que sus ojos vieron durante el mes de agosto.

El segundo tema, también relacionado con lo autóctono, tiene más miga, querido Tulio. Se refiere a los nombramientos que el presidente Vara ha hecho este verano para gobernar Extremadura en los próximos años. El hortelano no tiene ninguna objeción, aunque de verdad la tenga, para aquellos nombramientos más administrativos. Imagino que para muchos cargos, para gestionar los presupuestos, se requiere poco más que honradez y diligencia, entre otras cosas, porque las líneas políticas vienen ya marcadas. Me refiero sobre todo a aquellos otros nombramientos que puedan repercutir en el desarrollo y en la creación de riqueza, es decir en la creación de puestos de trabajo. Piensa el hortelano impertinente que una de las razones de que nuestra tierra no prospere, o lo haga tan despacio, es debido a la falta de idoneidad de algunos que la gobiernan. Si año tras año, década tras década, no se crea trabajo efectivo  y la región continúa sumida en la postración, ¿la culpa va a ser siempre de otros? Hagamos la prueba. Los dos organismos de la Administración regional más directamente vinculados con la economía productiva son, sin duda, Avante y GPEX. El primero es una macro organización en la que residen todas las competencias de apoyo al desarrollo empresarial  e industrial: creación de empresas, innovación, comercialización, internacionalización, congresos, infraestructuras comerciales e industriales, instrumentos de financiación, polígonos industriales, semilleros de empresas, etc., etc. Para los hombres y mujeres de la generación del hortelano impertinente, una especie de INI extremeño. El segundo organismo, la Sociedad de Gestión Publica de Extremadura, es otro conglomerado de organismos que tiene competencias múltiples y variopintas y gestiona desde la Red de Hospederías de Extremadura, los palacios de Congresos, el área de las Nuevas Tecnologías, Recursos Públicos, etc. , etc. Lean con detenimiento la biografía o el curriculum de las dos personas recién nombradas para presidir y dirigir estas macro estructuras administrativas y entenderán el asombro de este observador. Sí, sí, frótense los ojos y eso que las biografías oficiales están trucadas. Y nos quejamos…

-Amigo Tulio, ¿qué me dices ahora?

-(…)

-Si no respondes, te lo diré yo. Me temo que he encontrado otra razón más para explicar por qué pasan los años sin que encontremos solución al único problema que tiene esta tierra. Recuerda aquella discusión que tuvimos hace unos días sobre el empobrecimiento intelectual que todo proceso de emigración produce en los pueblos. Recuerda también lo que, en un rasgo de sinceridad que le honra, reconoció el presidente Vara en su toma de posesión al pedir la ayuda del Gobierno central para reducir la tasa de paro en Extremadura,  “porque –dijo- nosotros solos no podemos”. ¡Qué frase! Digna de figurar en el atrio de los naranjos de la Asamblea en donde fue pronunciada, cincelada sobre mármol blanco como un exvoto al emperador Augusto, señor de las eméritas.  Pero di algo, amigo Tulio. Si no lo haces, te parecerás a ese ejército de “torticulosos”, expertos en volver la cabeza cuando les señalas algo con el dedo.

-Bien, hablemos de otra cosa. Explícame, Tulio, en qué consiste el conflicto que desde este verano enfrenta al ayuntamiento de Plasencia con los hortelanos. A cambio, te recordaré lo que fue en tiempos el territorio de huertas más apacible de los reinos de España. Era como una pequeña Mesopotamia que el hortelano impertinente recuerda, allá donde el río, que bajaba rápido del valle, se serenaba y convertía en vergel las tierras que han sido pasto de la infame piqueta. Apenas se alborotaron los ecologistas, embebidos como estaban en defender la cola de los rabilargos. Mis colegas, desde los siglos más oscuros, formaron gremio y cofradía, y aun hoy pasean al santo patrono San Gregorio. Pero no lograron evitar la ruina de aquel prodigio de huertas, y han pasado de cultivar tomates autóctonos a comprarlos en el Carrefour que se asienta en donde hasta hace poco crecían perales, guindos y manzanos. Acuérdate que te cuente, amigo Tulio, la historia de un delito que cometió la reina Católica en este mismo predio. Un día del milcuatrocientos, la Reina Isabel recorría las huertas placentinas que regaba la fuente del Rey, y al presentarle un hortelano una cesta de frutas y hortalizas, le concedió a cambio el derecho a regar desde el amanecer del viernes hasta la tarde. La huerta recibió el nombre de la Merced y así ha sido conocida por los siglos de los siglos hasta que llegó la piqueta asesina. Está escrito en uno de los libros, “El parecer de un Deán”, por el que el hortelano siente más admiración.

-Pero no veo dónde está el delito.

-Fue un cohecho amigo, Tulio. La merced tuvo estipendio, y bien seguro que otro dejó de regar su parcela por culpa del hortelano obsequioso.

-Amigo impertinente, creí que ibas a contar una historia más reciente, la del único libro editado para denunciar la corrupción en Extremadura. Lo firmó un periodista, Juan Manuel Cañamero, al que parece que se lo tragó la tierra después de narrar la corrupción urbanística en Plasencia. Los sucesos ocurrieron no en tiempos remotos, sino en estos. Y efectivamente, todos, todos, volvieron la cabeza. jjbb