El hortelano visita los palacios el día que los “hormigones” abandonaron el hormiguero

Las del alba sería cuando el hortelano vio los primeros hormigones. Como eres hombre de asfalto, te diré, amigo Tulio, que los hormigones, son hormigas que, tan pronto como barruntan las primeras lluvias del otoño, salen de sus escondrijos convertidos en seres alados. Copulan en los charcos de los caminos; los machos fenecen, las hembras, preñadas, se desprenden de las alas ocasionales, forman nuevos hormigueros y, así, la continuidad de la especie está asegurada. Poco más te puede contar sobre estos seres prodigiosos este hortelano al que le sobra curiosidad y le hace falta, como en tantas otras cosas, conocimiento. Sí te digo, Tulio, que mis amigos, los hombres de campo, se alegran hasta el infinito cuando, como a mí me ha sucedido esta mañana, ven los primeros hormigones como heraldos de la sementera. Ya sé que tendría que explicarte lo de la sementera y cómo en la tradición campesina las hormigas aladas van asociadas a la prosperidad, como me imagino sucederá a las gacelas en el Serengueti cuando presienten la llegada de estación de las lluvias ¡Cosas inútiles que aprendió este pobre hortelano!

Pero el hortelano, henchido del entusiasmo que le ha producido la aparición de los hormigones, anda embebido en un pensamiento que le inquieta. Te prevengo, pues, amigo Tulio, sobre lo que ando rumiando, pues sabes que los de mi especie, sean o no impertinentes, somos gente concreta y nos gusta las cosas claras y el estiércol verdadero. Acaso yo sea una excepción cuando me enredo en la elucubración, pero te aseguro que mis colegas, los del sacho y rastrillo, son personas, de principio a fin, sin atajos. Ocurrió que, en estos días, el hortelano abandonó su parcela y bajó a los palacios. Encontró a una legión de políticos ocupados en solucionar la vida de todos nosotros: preparan leyes y reglamentos, se afanan y se pronuncian sobre todas las cosas que necesitamos desde que nacemos hasta que, en nuestro recuerdo, doblen las campanas, un honor -no sé si lo has reparado, amigo Tulio- que el destino nos ha reservado a los aldeanos. ¡Cuánto saben los hombres que habitan los palacios! Entienden de puentes y de escuelas; dominan todos los conocimientos; nos aleccionan y nos reprenden, empeñados como están en solucionarnos la vida y la muerte y, a lo mejor, nosotros, las gentes del común, somos tan ingratos que ni siquiera les agradecemos sus desvelos.

Y digo yo, amigo Tulio, ¿de dónde les vendrá a los políticos esa especial vocación por solventar los problemas ajenos? ¿Por qué ni tú ni yo hemos tenido la tentación de solucionar la vida de los otros, mientras ellos, los políticos y los funcionarios, se afanan, trajinan día y noche dedicados al “servicio público”? ¡Misterios de la vida, Tulio, misterios! Algún día se lo preguntaré al séneca que a veces baja a la huerta en los tiempos de cosecha, y el muy precavido se trae en el bolsillo una bolsa del carrefour para llevársela llena de tomates, pimientos, y no ahorra ni el perejil ni la hortelana. Es como los políticos, te dan unas cuantas consejas y, a cambio, se cobran en especie. Pero tú sabes cuánto lo aprecio y lo respeto, porque habla con la sabiduría de quien gobierna el mundo de la naturaleza: ahora que salgan los hormigones, ahora que germinen los bulbos o que un bando de mariposas amarillas liben la flor del romero, que es lo que el hortelano está observando mientras se le está trabando otro pensamiento, pero no sabe cómo llamar a eso que consiste en olvidar la razón de las cosas. Es decir, cómo algunas personas pierden el sentido de la realidad de modo que cabalgan sobre un mundo irreal, y, sin embargo, siguen convencidos de que los intereses de los demás coinciden con los propios. Como los políticos, la mayoría de los políticos, sin ir más lejos. En tiempos, el mejor ejemplo de este síndrome era el “complejo de la Moncloa”, una dolencia que se inventó en tiempos del mejor presidente de la democracia y que se ha extendido de presidente en presidente y que heredarán los iconoclastas de la “casta”. Esta especie de “irrealismo” es lo que ha percibido el hortelano visitando los palacios que habitan los hombres y mujeres que han decidido sacrificar sus vidas en bien de sus prójimos.

Ya sé, Tulio, que me estoy yendo por las ramas ahora que el otoñó está poniendo estas tonalidades maravillosas en la de los frutales. Déjame, pues, terminar este soliloquio. Y es que escuchando a la gente que habita en los palacios pienso que, de tanto pensar en el bien de nosotros sus prójimos, han perdido el sentido de la realidad. Viven en un mundo fantástico, poseedores como son de la llave del cofre del tesoro, y, como hablan día y noche del bien común, han segregado una substancia viscosa que les impide columbrar la realidad, y así muchas veces confunden lo público y lo privado, sobre todo en sociedades en las que no existe más tejido social que el que ellos mismos han creado para perpetuar su especie ¡Como los hormigones, Tulio, como los hormigones! Solo se excitan cuando entran en combate frente a sus adversarios, contra aquel que intenta apearlos de la hembra en la que han fijado sus aguijones.

-Amigo hortelano –interrumpió al fin Tulio la deriva del discurso del hortelano impertinente-, te excedes y te ofuscas, y lo peor es que te viene ocurriendo con más frecuencia en los últimos tiempos. Como sigas por ese derrotero, no vas a tardar en poner en duda la razón de la democracia a la que tantas veces has alabado. Dime, si no, ¿cómo se gobiernan los pueblos si no es con representantes y funcionarios? ¿No querrás que quienes habitan en los palacios, como los llamas, no reciban estipendio, o no cuiden de los intereses de quienes los apoyan, o que quienes se ponen los manguitos en las oficinas, -los palacios alicatados- dejen morir de hambre a sus hijos. Me da la impresión, hortelano, que quieres decir algo que no logras o no te atreves, y te estás perdiendo en el preámbulo. Dilo por lo llano y tal vez luego podamos discutir con provecho.

-Lo diré, lo diré… y es que noto que las ideas, cuando las pienso en la huerta, se curvan y culebrean y, como esa enredadera que ha terminado por colonizar el tronco del granado, van tomando adherencias de todas partes. Quería decir, en primer lugar, que, en esta nuestra tierra, la política y la Administración ocupan todo el espacio cívico y social. Y si quedara alguna molécula libre, está contaminada por la omnipresencia de lo público, y que, además, lo público está determinado por los intereses privados de los partidos que gobiernan. Quería decir, en segundo lugar, y en consecuencia, que diría Felipe González, el segundo mejor presidente de la democracia, que no existe sociedad civil; que, fuera de la política y de las administraciones, lo demás, todo lo demás, es un tremendo agujero negro. Y ya sabes lo que ocurre en los territorios donde no existe sociedad civil. Quería decir, en tercer lugar, que el problema de Extremadura, (el atraso y, como corolario, el paro) es que no existen planteamientos técnicos y profesionales en los programas de gobierno. Quería decir, en cuarto lugar, que la responsabilidad de lo que ocurre –el atraso y el paro- corresponde a todos nosotros, a los políticos y a las minorías que tengan conocimiento y responsabilidad. Quería decir, en quinto lugar, que, como no se active la sociedad civil, no habrá solución en muchas décadas. Y que de todo ello es responsable, la Universidad; responsables, los colegios profesionales; responsables las Fundaciones; responsables las asociaciones de toda clase que se limitan a limosnear en los palacios; responsables todos los que con entendimiento soportan y toleran que la única voz, sea la voz de los políticos.

-¡Hombre!, ¡Hombre! No será para tanto… Y sobre todo, ¿qué es la sociedad civil?

-Todo lo que no sea Administración y política de partido. Todo lo que no dependa de los dineros o del favor de los que gobiernan. Di en público, amigo Tulio, eso que a veces te he escuchado, de que en Extremadura gobiernan los “cuñados”, entendiendo por “cuñados” los amigos y los amigos de los amigos. O lo que me dijo aquel ejecutivo de una multinacional que en Extremadura nunca sabía dónde comenzaba lo público y terminaba lo privado. Cuenta en público aquella anécdota que nos contó un amigo común sobre la reunión que mantuvo en un despacho de abogados. Se trataba de interponer una querella por corrupción contra destacados prohombres de la provincia. Los letrados cavilaban en qué tribunal presentarla. Y es aquí donde surgió el pasmo del amigo cuando presenció la discusión “técnica”: si la presentaban en aquel juzgado, resulta que el fiscal o la fiscala estaba casada con uno de los prohombres; pero si la encaminaban a aquel otro juzgado, el magistrado tenía algo más que relación ante tal o cual fuerza política, y si lo hacía en otra instancia, su cuñado… Y fue aquí donde mi amigo llegó a la penosa conclusión de que Extremadura es “tierra de cuñados”. Y acuérdate, Tulio, de aquel otro amigo que nos refería otra anécdota -¿categoría?- todavía más sabrosa: el dirigente de una entidad puntera de la región que dejó de confesarse en aquella circunscripción porque el regente del confesionario trataba de colocarle a toda su parentela poco antes de la absolución.

-Dicho así, efectivamente los pueblos prósperos tienen una sociedad viva y estructurada. Están organizados. Existen entidades, círculos, academias, colegios, con autoridad y prestigio.

-Aunque nada más fuera colaborar para encontrar las mejores soluciones, para confrontar alternativas, habría que crear debate público, no solo en beneficio de los ciudadanos, sino para el éxito y en interés de los gobernantes. Mira Tulio, antes hablábamos de la administración y de los funcionarios. ¿Quiénes toman las decisiones que atañen al futuro de Extremadura y de qué forma se adoptan? ¿Es posible que los políticos y los funcionarios sea tan inteligentes, tan documentados, que no precisen ni siquiera de la opinión de la Universidad – “ni está ni se la espera”-, de los Colegios Profesionales, de las Cámaras de Comercio, de los Círculos si los hubiera…

-¡Colegios Profesionales!, no seas ingenuo. Si ellos mismos viven del favor de las Administraciones. ¿Qué quieres, que no los contraten o que sus informes decaigan en los órganos oficiales? ¿No recuerdas el caso -te podría dar el nombre- de quien para pleitear ante la Administración hubo de buscar en otras Comunidades Autónomas quien les firmara los dictámenes técnicos?

-Me lo estás poniendo peor de lo que yo imaginaba, amigo Tulio. Dejémoslo estar y dediquémonos a la contemplación de esta tierra maravillosa, que tiene, en estos días de otoño, atardeceres extraordinarios, como esos que ilustran las campañas de turismo que llenan las páginas de los periódicos y se asoman a los programas de televisión: “Sencillamente, Extremadura”. No vayamos a estropear los buenos propósitos de nuestros gobernantes. No nos compliquemos la vida, amigo Tulio. ¿Has leído, por cierto, lo del ferrocarril de mercancías que Portugal construirá hasta la frontera? ¡Y nuestros políticos afanosamente tirándose el AVE a la cabeza! ¿Has leído el discurso del presidente Vara en la Feria de Zafra anunciando una lluvia de millones europeos a cargo del PDR?

-¿Qué es el PDR?, por cierto?

-¡Los hormigones, amigo Tulio, los hormigones, que al menos una vez al año abandonan el hormiguero para preñar a las hormigas aladas

-Pero decías que los hormigones machos mueren después de fecundarlas…

-Los hormigones, Tulio; ya están aquí los hormigones. Ojalá los hombres de pensamiento abandonen, igual que ellos, el hormiguero. Solo así sobrevivirá la especie de los hombres libres y prósperos. “Sencillamente, Extremadura”. jjbb

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Un comentario en “El hortelano visita los palacios el día que los “hormigones” abandonaron el hormiguero

  1. Post data.- Amaneció con lluvia y el hortelano se fue a su parcela con el papel bajo el brazo a ver llover. En la portada del papel extremeño este texto de uno de los pensadores más respetados del momento, el filosofo Emilio Lledó: “Lo grave es que haya ignorantes con poder que organicen nuestras vidas”. Lledó, obviamente, no se refiere a ningún ignorante extremeño. De haberlo referido, no sabemos si hubiera subrayado el dicho o lo hubiera suavizado. Qui lo ça?

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