Cuando un pueblo no honra a sus “héroes”

Te diré, amigo Tulio, que una de las cosas que más placer causa a un hortelano reconvertido en jardinero es ver cómo brotan de la tierra los tallos de los bulbos que sembramos hace ahora más de un año. Es como si se juntaran la felicidad de ver el alumbramiento de una materia que parecía inerte bajo la tierra e imaginar que estos pequeños tallos, que son como la punta de una espada que asomara tras los rigores del verano, se convertirán, tan pronto como pasen los rigores del invierno, en un espacio lleno de color: jacintos, iris, narcisos, crocos, más adelante, tulipanes. Llegarán los fríos, la escarcha y el vendaval, pero aguantarán y se curtirán en la batalla del invierno. Estas lluvias de otoño están haciendo prodigios sin cuento, y no es el menor ver cómo las aceitunas de los olivos centenarios rellenan su pulpa cuando estaban a punto de perecer. Pronto estarán en las orzas dispuestas a ser condimentadas con orégano, ajo y tomillo salsero. Lo demás lo hará la mano maestra de quien sabe aliñarlas tal cual Columela recomendara en su tratado de agricultura. Por eso esta mañana, tan pronto como terminó de desbrozar los arriates de malas hierbas y de las hojas secas, el hortelano, eufórico al comprobar que el agua había regenerado la tierra, decidió prolongar la felicidad llegándose hasta la escuálida despensa del chamizo, tomar una lata, trocear el pan y servirse en la soledad del huerto un vaso de vino, que tenía el perfume y el sabor de la tierra recién esponjada. Pensó agradecer la oportunidad de este vino a quien aró la tierra, podó las cepas, la binó, recogió la cosecha y elaboró este caldo generoso. Y lo mismo podrías decir del trozo de pan que tienes sobre la mesa. Es del horno del pueblo, como lo son la lechuga, el tomate o los huevos de gallinas. La dicha que los dioses nos reservan a los campesinos de  “comer de lo propio”, que no hay tarea más digna que la de cosechar lo que tú mismo cultivaste.

Ahora pienso que el “comer de lo propio”, de lo que uno cultiva y amaña, tiene su intríngulis porque, al fin y al cabo, en la base del  sentimiento de pertenencia a una tierra, a una nación, a una patria, está el condumio compartido. Quienes comparten el pan y el aceite, no es extraño que se sientan miembros de la misma tribu. Y si, por lo demás, les sobra trigo o garbanzos, lo normal es que lo intercambien por un pollino o por una arroba de aceite. Ya me entiendes. En el principio de todo sentimiento nacionalista o soberanista, y quién sabe si también en el final, está el estómago y, saciado este, la alforja o la cartera. Nada tan cohesivo como comer de la misma cazuela o compartir idénticos ingredientes. Ya ves, amigo Tulio, que a este hortelano pensativo no le costaría mucho esfuerzo trabar una teoría sobre el papel del condumio en la formación del espíritu nacionalista. Y te digo más: si algún día este hortelano se perdiera por el mundo y le reintegraran con los ojos vendados al Altozano de mi aldea, lo reconocería sin duda por el olor que desprenden las chimeneas de mis vecinos, y, si me apuran, les diría de dónde viene el olor de la fritada de tomate y pimiento o ese aroma inconfundible de la grasa del cerdo en la cazuela.  Lo demás del soberanismo, una vez aseguradas las viandas, viene rodado: el culto a los muertos enterrados en el mismo corralillo y el reclamo del paisaje. No solo el paisaje físico –la encina, la dehesa, el horizonte- que ya sería bastante, si no, además, el relato compartido. Y es así como venerando a los muertos, trabajando la tierra y platicando con los vecinos, se construyen las patrias y las identidades ahora que tan de moda están en los papeles hablar de tribus y de naciones.  A ti y a mí, amigo Tulio, nos une el paisaje, cualquiera que sea, pero sobre todo la dehesa, o esa tierra de labrantío, pobre y mísera porque la ha esquilmado durante siglos el arado para que tus abuelos y los míos no perecieran de hambre. Si no, ¿de qué otro modo justificar el apego que tenemos tú y yo a este territorio?  ¿Por qué nos alegramos tan sinceramente cuando reparamos en aquellos que a lo largo de la historia dejaron sobre él una huella? Nosotros no necesitamos inventarnos la historia ni crear artificialmente héroes patrios. Que yo sepa, en Extremadura no nació Ulises, ni Cervantes, ni siquiera Velázquez. Pero aquí, a cambio, “comieron de lo propio” otros personajes cuyos nombres igualmente están grabados en el muro de la historia. ¿Cuáles? Pensemos en quiénes sin agotar la nómica de los descubridores y conquistadores. Sin duda, Hernán Cortés, Zurbarán, Luis de Morales. Podemos discutir si son estos o añadimos otros, pero no me negarás que esta terna son personajes que han llenado un hueco en la historia si no universal, sí nacional. De Cortés, no tengo dudas. Y Zurbarán y Morales están en el partenón de las artes de este país que ahora, deprisa y corriendo, algunos tratan de recuperar.

 –Sé por dónde vas, hortelano, y veo que todavía no te has recuperado del disgusto que te ha causado la frialdad con la que Extremadura ha tratado recientemente a estas tres personalidades de nuestra historia. Pero el problema no es nuevo. Estamos acostumbrados a menospreciar lo propio, mientras que sacamos pecho por personas cuya vulgaridad demuestra la frivolidad de quienes los patrocinan.

Lo sabes y no me cuidaré de ejercer la impertinencia. ¿Qué se puede esperar de una tierra que cuando todo un país, y otros muchos, fijan su atención en un gran acontecimiento cultural, como lo fue hace unos meses la gran exposición de Hernán Cortes en Madrid, el presidente de los extremeños, que tuvo tiempo para viajar a islas y archipiélagos, no encontrara tiempo tan siquiera para visitar la más completa muestra de la epopeya de Hernán Cortes en América? Ni la Universidad, ni la pomposa Real Academia de las Artes y de las Letras, nadie, con la única excepción de Económica de Badajoz, acompañaron desde Extremadura el éxito de aquella muestra. Y cuando a finales de la pasada primavera, el Museo Thyssen puso en la escena de la cultura europea una exposición antológica de Zurbarán, Extremadura fue la gran ausente. Ni un solo cuadro de los frailes blancos de Guadalupe. Ni uno. Y está sucediendo lo mismo con la exposición de Luis de Morales en el Prado. Tres acontecimientos excepcionales, de rango histórico porque no se volverán a repetir en muchas decenas de años, sin que la Extremadura oficial pestañee. ¡Terrible, amigo Tulio, la indiferencia, mejor dicho la ignorancia y la necedad, de las instituciones extremeñas con la memoria de tres de sus “héroes”! ¡Pero si apenas tenemos referencias con las que justificar nuestro orgullo de región, y aquellas que poseemos -¡pocas en comparación con otras Comunidades!- las despreciamos…No entiendo, Tulio, la torpeza de los extremeños con sus “héroes”

Pues, probablemente, porque piensan que la historia no da dinero ni votos, y han optado por construir un espíritu regional a la defensiva, fundado en la aparente ofensa que otras Comunidades o el Estado infringe a los extremeños en materia de desarrollo.

Yo creo que el problema es más grave y tiene el mismo origen que el retraso económico y social. En la historia de los pueblos, la innovación y el desarrollo ha venido siempre de la mano de unas minorías que hicieron de avanzadilla para lograr el progreso. En Extremadura, las minorías han estado sometidas al interés político de unos pocos que han construido una épica falsa. Volvemos a lo de siempre, Tulio, a la falta de tejido social, oprimido por el poder político y administrativo. No hay opinión pública ni pensamiento crítico en esta tierra, y pasa lo que pasa. Pasa que hemos perdido la ocasión de rentabilizar cultural y económicamente a tres de las figuras más preclaras de nuestra historia: Cortes, Zurbarán y Morales. Han estado en el escaparate de los grandes acontecimientos culturales internacionales. En todos, menos en su tierra. Y mientras tanto, el presidente Monago prometiendo 90.000 euros para la financiación de un disco a un grupo de rock. ¡Fantástico, Tulio, fantástico! ¡Los votos, Tulio, los votos! jjbb

 

 

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