Cuerpo a tierra: el Prior ataca de nuevo

¿Pues no me decías, Tulio, que el prior/guardián de Guadalupe no volvería a firmar en la revista mariana del  Monasterio? Aquí lo tienes de nuevo, repartiendo mandobles sin cuento. Recordarás que en la entrega anterior le tocó el turno de burla y escarnio a la gente de Ciudadanos. Hoy corren varilla, los de Podemos. Antes sufrieron los denuestos del fraile los socialistas y hasta los populares. A cada cual según su condición y el humor del clérigo. ¿Qué no conoces la revista? Es una revista religiosa llena de vírgenes y santos, de comentarios piadosos, de incursiones históricas al hilo de Guadalupe, fundada en 1916, y dirigida ahora por un fraile inmisericorde, que, de haber vivido siglos atrás, habría hecho maravillas inquisitoriales. ¡Una joya, amigo Tulio! Como te decía, los escritos del prior/guardián podrán estudiarse en la Facultad de Filología hispánica como ejemplo depurado del noble arte del insulto y del escarnio. ¡Ya me veo a los alumnos en la planicie del campus cacereño sacando brillo, por ejemplo, a estos vocablos que el padre prior escribe en este número de la revista de la orden franciscana: “bufa catalana”, “menina madrileña”, “chirigota gaditana”, “populismo miliciano” “golpistas gorilones”, “cretinos” “aviesa”. Así y más tilda a las alcaldesas de Barcelona, de Madrid, al munícipe de Cádiz y no contento con toda la fauna de Podemos, amplia sus invectivas a Alfonso XIII (“Alfonsito”) y a Azaña. ¡Jó, qué palo le arrea el fraile franciscano al obispo de Solsona! ¡Fíjate, Tulio, qué observador es el buen fraile que cuando le toca el turno del zarandeo a la concejala madrileña que irrumpió en la capilla de la Facultad, repara que iba sin sujetador. Creo recordar que en la entrega anterior algo malo decía también de los pechos de Rosa Díez. ¿Será fijación, la de este fraile con las tetas de las señoras?

Pues sí, Tulio, tienes razón. Dejemos en paz, mejor dicho en guerra, al Prior franciscano puesto que se lo toleran sus superiores y los obispos extremeños -me dice-, no se han enterado del portento que tienen en su jurisdicción. ¿No es su jurisdicción? ¿Es jurisdicción de Toledo? ¿Qué más da? Hace unos días este hortelano errante puso pie en otro monasterio por aquello de refugiarse de la lluvia junto a sus cofrades serranos. Íbamos a la cata de setas –boletus, níscalos-, y como llovía y nos sobraba tiempo, entramos en el monasterio y allí encontramos a un monje cultivado y dicharachero, y eso que había sido convento de cartujos. ¡Qué diferencia del benedictino con el franciscano! Aquel era, aparte de culto, misericordioso. Este nuestro… este nuestro ¡es un fraile trabucaire!

Tulio, hoy, el hortelano se ha desayunado con la lectura en el papel del día con una de las cosas mejor escritas que haya leído nunca referidas a Extremadura. La firma uno de los autores predilectos de quienes amamos el campo y los pueblos, Julio Llamazares. Un texto digno de Azorín, que es, para este escribano, quien mejor pintó con letras los paisajes. ¡Qué hermosura de descripción del otoño en los campos de Trujillo! Para mí que Llamazares ha debido de ser huésped de otro autor al que Extremadura le debe que mucha gente de las letras se haya interesado por nuestra tierra. Me refiero a Andrés Trapiello, leonés como Llamazares. Con este texto y con otros muchos de Trapiello, el hortelano se atrevería a montar una antología de prosa y paisaje en Extremadura, “la región más desconocida por los españoles y a la vez una de las más hermosas”. Te equivocas, Llamazares. Es la más hermosa. Ojalá la maquinaria no me juegue una mala pasada y seas capaz de leer, amigo Tulio, este texto que, repasado de nuevo, me ha hecho olvidar la fetidez de lo escrito por el Prior de Guadalupe http://elpais.com/elpais/2015/11/11/opinion/1447243348_911581.html

Si alguno de los que se entretienen con las impertinencias del hortelano quisiera ampliar lo que otros han escrito sobre la bellezas de esta tierra, el escribidor, por mor de ser viejo letraherido, le recomendaría un libro escrito durante la Dictadura, en el que medio centenar de escritores de aquella época hicieron un viaje literario por tierras extremeñas con la condición inexcusable de que cada uno escribiera sus impresiones. El libro se publicó en 1955 y en él firmaron gentes tan importantes como Ignacio Aldecoa, Pedro de Lorenzo, Gómez de la Serna, Fernández Figueroa, Gonzalez Ruano, García Pavón, etc. ¡Con la de cosas insulsas que se publican en Extremadura con dineros públicos, y tener estos textos en el olvido! Y tuvo que ser un editor extremeño benemérito y al que no se la he hecho justicia, José María Casado, el que pusiera en la calle con prologo de mi cofrade hortelano Manolo Pecellín, un volumen titulado “Extremadura vista por…”, con referencias de Miguel Hernandez, Casona, Ortega, Ferlosio, Cela, Neruda, Alberti, Brenan, Unamuno…El hortelano está dispuesto a dejar la podadera y el sachillo en el surco y llegar a Madrid mañana sin falta para ser testigo de la entrega del premio “Raíz de Oro 2015” a la persona que más ha colaborado a prestigiar las letras extremeñas. ¿Qué quién es? Muy sencillo: el que me enseñó hace cuarenta años a honrar a los escritores y a los pensadores extremeños. Nació en Monesterio y debe andar por los 72 años. Hay por otra parte un escritor húngaro, de apellido impronunciable (László Krasznahorkai), eterno candidato al Nobel, que se paseó por Extremadura hace unos ocho o diez años invitado por la Fundación Ortega Muñoz, también con la condición de que escribiera un relato sobre Extremadura. Es un libro inencontrable y el hortelano sudó tinta china hasta encontrarlo. Es el relato del último lobo de Extremadura antes de que se extinguieran. Hace unos meses el húngaro ha publicado en España una obra sobre los lugares mágicos que visitó a lo largo de su vida. Este modesto escribidor buscó la huella extremeña y apenas si ha encontrado un leve vestigio de su presencia en la sierra de San Pedro investigando la muerte del último lobo extremeño.

Si el hortelano tuviera pluma trataría de emular lo que escribieron los que antes ha citado sobre el paisaje extremeño y contaría la hermosura de lo que vio en su aldea en buena compañía. Fue una mañana tal cual la describe Llamazares, siguiendo las huellas de los molinos harineros del Morisco en tierras quebradas de jaras y lentiscos, arqueología  artesana para convertir en harinas el sudor cereal de mis abuelos. Junto a las pizarras que todavía guardan los vestigios de la  lucha del hombre para sobrevivir, aquí y allá, bancales para sostener la tierra de cultivo, una breve huerta, un puñado de olivos, tronconeras de lo que fueron perales o manzanos, vides, un chozo abrazado por el meandro del arroyo. Y sonaba el agua y atronaba el silencio de una mañana de otoño generoso.

En fin, Tulio, que, entre paisajes y buenas letras, atrás quedan otros sinsabores.

 

 

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