¿Estarán subvencionados los tanatorios? Y ¿por qué no subvencionamos a los relojeros?

El hortelano pertenece a una cofradía que se prohíbe a sí misma recibir subvenciones. Ni públicas ni privadas. Y no lo hacen por ostentación, sino por respeto, un respeto casi sagrado, a los dineros públicos en una tierra que se ha acostumbrado a que el gobierno nos ponga la mesa, y sobre la mesa el mantel, y a veces también los condumios. Cuando mi amigo Generoso llevó los estatutos a la ventanilla para que el funcionario -somos también la tierra con más funcionarios per cápita- le pusiera la póliza, el empleado se rascó el cogote y le dijo que nunca nadie fue allí con semejante cosa. Debió pensar que había gato encerrado. Y lo había, y sigue habiéndolo porque pocas cosas más revolucionarios en esta tierra que renegar de los dineros públicos. Muy pocos de mis vecinos saben quién pone los cuartos -si el Estado, la Junta, las Diputaciones, las mancomunidades, los ayuntamientos, y ¡qué decir de Europa!-, pero todos nos hemos acostumbrado en esta gran aldea que es Extremadura, dicho sea con permiso del señor McLuhan, a vivir de lo público. Menos en los entierros, en lo demás, todo lo demás, hay una porción de dinero público. Y dudo mucho que en los entierros no haya también unas décimas con cargo a los Presupuestos. No vaya a ser que los tanatorios, que han proliferado como setas en este otoño que ha enverdecido las dehesas, no cuenten también con esta nómina. ¡Qué negocio deben ser los tanatorios! Por cierto, ¿estarán subvencionados los tanatorios? Si lo estuvieran, ¡qué estupenda metáfora, la de los tanatorios subvencionados, para adornar la impertinencia del hortelano!

 Hablando del negocio de los muertos, me llega perfectamente documentada la noticia de que durante el último trimestre en mi aldea nació un niño, se enterraron ocho personas. ¡Menuda noticia para comenzar la semana…! Para conjurar lo del tanatorio el hortelano se va por la vereda de su parcela para tocar madera de “palosanto”, ahora que le he ayudado a despojarse de todos sus frutos. Hasta ese lujo nos podemos permitir los rústicos: hacer conjuro sobre madera sagrada.

 Una vez, al hortelano lo montaron en un bus repleto de gentes provectas, y en el corrillo de atrás, donde en los viajes se sientan siempre los más gamberros, a aquellos señores muy sabios e importantes les dio por contar los excesos subvencionadores que ellos habían presenciado, y allí apareció una especie de monipodio de fastos y festejos a cuenta de los dineros públicos. En mi universidad, dijo uno, se ha creado un erasmus para los bedeles; en mi Comunidad se subvencionó el trabajo de las empleadas del hogar; en la mía se creó un colegio de escritores becados; en esta otra se impartió un curso se sexadores de pollos, etc., etc. Más tarde nos dimos cuenta que, entre aquellos señores tan locuaces, estaba un asesor parlamentario de la señora Merkel. El hortelano se mantuvo en silencio porque no quiso descubrir ante aquellos señores el repertorio de excesos que cometen mis vecinos. Y es que en mi tierra las verbenas se celebraban con dinero público , y las capeas, y los teatros, y se construyen pistas de tenis que muy pronto criaron matojos, y ustedes pueden ver paseos en las carreteras de muchos pueblos con luminarias esplendorosas, bancos de hierro fundido y papeleras por donde no pasa nadie, y pistas de tartán – ¿para qué sirven las pistas de tartán en la Perala?- y pistas de pádel con graderío para lucir cemento, de modo que la pobre gente terminó creyendo que por las noches unos gnomos fabricaban billetes en los sótanos de las residencias oficiales. ¡Qué más da, si lo paga el Estado!…

Amigo hortelano, estás haciendo caricatura de lo que ha sucedido en esta y en otras tierras. Gracias a lo que llamas dineros públicos, tu aldea probablemente se mantenga abierta. De lo contrario, tú no oirías la campanas que tanta ilusión te hace escucharlas, ni tendrías a mano quien te solucionara los problemas, ni médicos que te dieran seguridad de que, cuando los precises, estarán a no más de treinta minutos por carreteras asfaltadas.

Hace años, el hortelano mantuvo con un preboste de su tierra una polémica de resultas de la cual, aquella personal principal le retiró el saludo. Se trataba de dilucidar qué era más digno para mis paisanos: si un empleo comunitario en su pueblo o que, convertido en emigrante, se empleara en la empresa municipal de transportes de Madrid. Eran los tiempos del PER y aquella autoridad era un partidario acérrimo del empleo comunitario. Han pasado los años, y lo del desempleo se ha agravado. A veces, aquí en el chabuco de la huerta, cuando termino de recoger las acelgas y las espinacas de cada día, y me pongo a leer los papeles, me asombro y me desespero con la desmesura de las noticias que denotan los excesos y la frivolidad con las que en esta tierra se abusa de los dineros públicos. La inmensa mayoría de las actividades que salen en los papeles, y la inmensa mayoría de los señores que hacen declaraciones, son gente que se abastece del erario público. Si alguien inventara una coloración para detectar los dineros públicos desmesurados, el papel se teñiría de rojo. Debe ocurrir con los excesos de lo público algo parecido a la razón por la que el hortelano está inactivo en su parcela dedicado a enhebrar impertinencias. Tanto tiempo deseando la lluvia, tan feliz de ver los hormigones del otoño y la eclosión de los bulbos, que, ahora, después del temporal de las lluvias, la huerta es un lodazal y corremos el peligro de que se pudran las ajos y las cebollas antes de haber siquiera germinado. El exceso de lluvia está pudriendo las coles apenas repolladas y los malditos caracoles se han adueñado del bancal de las lechugas. Pero como no hay mal que por bien no venga, los caracoles acabarán en el puchero del hortelano, y tú y los demás cofrades nos daremos un festín cualquier mañana tan pronto escampe.

-¿Ves, Tulio, cómo los excesos, hasta de las lluvias, emponzoñan la huerta! Lo mismo ocurre con los dineros públicos: los excesos de lo público adormecen al pueblo, porque, en opinión de este hortelano, el abuso de los dineros públicos provoca pobreza. 

Insisto, y lo reitero, amigo impertinente: los dineros públicos son la razón de que  estos pueblos y nosotros, los extremeños, estemos a años luz de nuestros padres y de que en tu aldea no haya hambre ni miseria, y de que a la gente le sobre un duro para gastarlo en la taberna. Este es el estado del Bienestar que afortunadamente hemos conquistado después de tantos años de carencias ¿Tienes algo en contra?

 

-Sobre el estado de Bienestar, no, querido Tulio. Sobre cómo se administra, lo tengo todo en contra. ¿Qué es el estado del Bienestar? Yo te diré lo que pienso: el estado de Bienestar es y por este orden: sanidad pública, gratis; educación pública, gratis; servicios sociales básicos, gratis; infraestructuras, a cuenta del Estado. Y nada más. Punto y final y raya roja… Si sobra algo en los cofres del Estado, mejoremos la sanidad, la educación y los servicios sociales. Y si todavía sobrara algo, todo ello para incentivar el trabajo productivo. Pero se terminaron los festejos y la gimnasia de mantenimiento y el piélago de subvenciones,  y las fuentes luminosas y las pistas de pádel con graderío, y los premios y los cursos de formación que sirven más para sostener estructuras que para financiar la emigración de los jóvenes más capacitados . Convéncete, Tulio, el peor enemigo del estado del Bienestar es quien dice que lo defiende sin reparar en su financiación. El exceso de dinero público crea adicción, tiene la virtud de inocular el virus de la pasividad y del conformismo, es el mejor aliado de la pobreza y, sobre todo y muy particularmente contribuye a crear la cultura del fraude y del despilfarro. Eso sí, los dineros públicos crean  electores leales y fieles…

Y ¿qué propones a cambio? Si suprimes lo que llamas excesos, ¿imaginas las bolsas de pobreza y de desigualdad en que se convertirían nuestros pueblos? Tú no puedes remediar en un corto plazo siglos y siglos de desamparo. Con el dinero publico hemos pasado de una sociedad casi analfabeta a generaciones de jóvenes formados y con índices de formación comparables al resto de las Comunidades.

-Y ¿hasta cuándo, amigo Tulio, estaremos achacando a la historia y a los señores feudales, y a Franco y a los absentistas los males de nuestra tierra? Te contaré lo que vi y escuché no hace mucho en relación con los jóvenes extremeños. Estaban sentados alrededor de una mesa quince o veinte representantes de la sociedad extremeña. Al hortelano le dio por considerar cuáles de entre aquellas entidades se financiaban con dineros públicos y llegó a la conclusión de que todas/todas vivían de los presupuestos. Y, como se hablaba de jóvenes, el hortelano escuchó allí mismo un dato que a punto estuvo de noquearlo. De cada cien jóvenes extremeños, sesenta están en paro, con diferencia, el índice más alto de todas las Comunidades. ¿Alguien se ha preguntado en alguna ocasión qué relación existe entre el paro de los jóvenes y la profusión del dinero público? ¿Por qué las Comunidades Autónomas más subvencionadas son, al tiempo, las que registran mayor tasa de paro? ¿Hasta cuándo vamos a seguir invocando razones históricas para justificar el atraso? ¿No será, por el contrario, que algo venimos haciendo mal en esta tierra en la que, cuando los políticos tratan de solucionar este dilema, lo único que se les ocurre es incrementar la renta de inserción o el empleo social? Mira este papel, Tulio, que hoy se vende en todos los kioscos de España. Mira qué fotos más estupendas de la dehesa extremeña en plena campaña de montanera: encinares de Fregenal y alcornocales de Sierra de San Pedro. Mira cuánta belleza en este paisaje de los cerdos, señores de la dehesa. Sigue leyendo, Tulio. ¿Ves lo que dicen? Son los cerdos que dejarán puestos de trabajo y riqueza en Joselito de Guijuelo y en 5 Jotas de Huelva. Este es el problema, Tulio. Mi amigo que siembra hortalizas en su terraza me contó la alegría de, cuando niño, llegaban los salmantinos a su pueblo llenos de fajos de billetes para comprar los cerdos después de la montanera. Y cómo sus paisanos celebraban cada año la saca de los cerdos. Y mi amigo ahora recuerda con pena que ese día de fiesta de su niñez debiera ser el día de la gran tristeza, el día en que los cerdos dejarían trabajo y riqueza fuera. Y, claro, sus paisanos tuvieron que emigrar porque no les era rentable criar los cerdos para que en enormes “jaulas” viajaran a otros territorios. Este es el problema, Tulio. El problema que nunca solucionaremos con empleo social, que no es empleo y, me temo, que tampoco social.  

Lo de las campanas -el riesgo de que enmudezcan las campanas de mi aldea si desaparecen los dineros públicos- se le ha quedado grabado al hortelano porque la otra noche escuchó en la capital que estaba a punto de jubilarse el único relojero que atendía los arreglos de los relojes de las iglesias. Y esto sí que sería un drama si, de repente, el silencio se apoderase de las torres de las iglesias de los pueblos.

Definitivamente, Tulio, tienes razón. ¡Cualquier cosa menos que enmudezcan las campanas de los pueblos!

 

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