¡Qué mala suerte la nuestra, otra vez nos pilla la historia con el pie cambiado!

El hortelano se ha puesto a escribir la impertinencia que le marca el calendario, y está pensando que no debiera distraerte, amigo Tulio, con cualquier bagatela que se le ocurra teniendo en cuenta lo que está pasando en esta heredad común que se llama España y que, en consecuencia, no es el momento de embeberse en los asuntos de tu tierra y de mi tierra; que estas son cuestiones menores -bagatelas había escrito- comparadas con la torrentera de problemas que vomitan a cada hora los papeles. ¡Mala suerte tenemos los extremeños, ahora que parecía que comenzábamos a poder plantear propuestas para regenerarnos, cambia la historia! Han llegado de nuevo los demonios familiares -separatismo, corrupciones, la “España se nos descose”-, se alborota el cotarro y otra vez nos dirán que no es este el momento oportuno, que no es la coyuntura más afortunada para recuperar el tiempo perdido. Ya verán ustedes cómo nuestros gobernantes -¡va por usted, señor Fernández Vara!-, tendrán servida la excusa de ocuparse más de los temas nacionales que del desarrollo de los extremeños. ¡Vaya, por Dios, qué mala suerte, la nuestra! Y vosotros y nosotros, amigo Tulio, entretenidos, inquietos, alarmados con la suerte de la nación, mientras esta Extremadura nuestra no levanta cabeza.

Pero el hortelano, desde su rincón, erre que erre con su saco de impertinencias, y no se explica la razón por la que sus presidentes –Ibarra, Vara y Monago- han gozado de una proyección nacional y, en parte de reconocimiento, muy por encima de la imagen de su Comunidad. Pregunta en la Gran Vía de Bilbao o en la calle Sierpes por el nombre del presidente de Aragón o de Baleares, y verás qué careto se les pone. Repite la pregunta sobre el presidente de Extremadura y comprobarás cómo, a poco que vean los telediarios, te dirán que Fernández Vara o tal vez Ibarra. Y sin embargo, el hortelano se reafirma en su opinión de que Extremadura no ha tenido suerte con sus gobernantes. Tratará de explicar esta aparente contradicción.

En pocas otras ocasiones como en los últimos días el nombre de Extremadura ha lucido tanto en las pantallas de los televisores de toda España. Vean al presidente de los extremeños, un socialista atípico pero sincero, antiguo alumno del colegio de los jesuitas de Villafranca en el que se formaron los hijos de la burguesía extremeña, proclamando con arrojo su discrepancia con el secretario general de su partido para impedir que pueda pactar con los independentistas. Al mediodía, por la noche, en todos los telediarios, Fernández Vara y, detrás, de forma muy notoria, el nombre de Extremadura. Si se contabilizara en términos monetarios la publicidad de Extremadura, sería una fortuna. ¿Algo que objetar? Ni sí, ni no, ni siquiera depende… Porque de lo que se trata es de reconocer que Extremadura ha tenido desde la Transición un plus de imagen muy notable a través de la celebridad de sus presidentes autonómicos. Como marca, Ibarra, Vara y en parte también Monago han gozado de fama y de celebridad muy por encima de su territorio.

Si esto es así, ¿cómo se compadece esta realidad con tu afirmación de que Extremadura no ha tenido suerte con sus gobernantes?

-Trataré de explicarlo, amigo Tulio, o al menos esta es mi opinión. Por razones que no vienen al caso, Ibarra y Vara han sido figuras muy importantes en el partido de los socialistas españoles. En la coyuntura actual, Vara es sin duda uno de sus dirigentes más destacados. Raro es el día que Vara no abre un telediario o que Ibarra no se constituye en intérprete del antiguo testamento de los socialistas hispanos. Junto a ellos, adheridos a su nombre, el de Extremadura. Preocupados, ocupados, en salvar no solo a su partido sino también la unidad de todos sus territorios. ¡Repara en el presidente Vara devorando kilómetros, tan pronto en Madrid como en Mérida o en Azuaga, entrando en cualquier emisora a todas horas desde la carretera! ¡Admirable, Tulio, admirable! Y al tiempo que esto sucede, la tierra que gobierna no levanta cabeza. ¿Quién se atreve a decirle que haga un alto en su frenesí carretero y observe por ejemplo, a la altura del kilómetro 164 de la A-5, en su diario peregrinar Mérida/Madrid/Madrid/Mérida/Madrid/Madrid/Mérida/M…, que en ese vehículo que acaba de adelantar, o en el Auto Res en ruta, van jóvenes a los que su tierra sigue expulsando porque no hay ni trabajo ni horizonte cierto? Díganle que ese tráiler de gran tonelaje que deja atrás lleva materias primas extremeñas –concentrado de tomate, fardos de tabaco, terneros, corderos, guarros…- y que en cada tonelada se escapan no sé cuántos miles de unidades de trabajo que rendirán fuera empleo y riqueza. Y que observe mientras habla por teléfono con los informativos de todas las emisoras que los kilovatios del tendido eléctrico que acompaña su ruta tributan fuera y sirven para alumbrar los televisores en los que él seguirá pregonando su dolor por el sufrimiento de la España que se rompe …

¡Qué mala suerte tenemos los extremeños: tan buenos dirigentes para las causas nacionales y tan despreocupados de gobernar las necesidades propias! Les sucede algo parecido -probablemente se trate del mismo virus- que les pasaba a los presidentes asentados en la Moncloa, que se interesaban más por el estrecho de Ormuz o por los problemas de Bruselas que por los propios.

Atrévete a decírmelo, Tulio. Dime de nuevo que soy injusto e impertinente y que trenzo en cada entrega un rabiche, como aquellos que hacíamos con juncos los niños de aldea, mezclando realidad, ficción y demagogia. Dilo, porque así me permitirás replicar con estas otras dos reflexiones.

La primera es que, en tanto el presidente Vara realiza un esfuerzo extraordinario a nivel nacional para reconducir a su partido hacia la moderación y la centralidad, la gestión administrativa y de gobierno de la Junta es lamentable: equipos de gobierno mediocres, escasamente coordinados, atareados en administrar pequeños programas que solo sirven para remendar los rotos que la crisis ha producido, pero inútiles para provocar el cambio de modelo económico y social que Extremadura necesita. Y, para colmo, no existe a nivel público, y menos a nivel privado, un órgano que sirva para chequear la realidad extremeña y contrastar soluciones de futuro. ¡Qué curioso lo que sucede en nuestra tierra: no existe otra voz que la de los políticos para proponer soluciones técnicas a los problemas económicos y sociales! En Extremadura pueden ocurrir sucesos tan sorprendentes como el que un día nos despertemos con la noticia del cierre de la mina de Aguablanca y se vayan a la calle cuatrocientos trabajadores sin que nadie hubiera detectado el problema o que reparemos en solo unas horas de que se puede ir al traste el mayor consumidor de los tabacos en rama de la Vera. ¿Acaso no conocían en la consejería de Industria que el precio del níquel en los mercado internacionales se habían desplomado y que el tabaco está ya en el capítulo final de la historia que mejor representa la ineptitud industrial extremeña? ¿Nadie alertó de los problemas de Acorex y de la mangancia con la que se administraba Caval?

La segunda reflexión es sobre el sentimiento de frustración derivado de la pérdida de una de las últimas oportunidades que Extremadura tiene para acortar la distancia de convergencia no solo con el resto de las regiones europeas, sino con las españolas. La ejecución del Programa de Desarrollo Rural para Extremadura (2014-2020), con una inversión de al menos 1.200 millones de euros, transcurre con más pena que gloria. Los millones de que está dotado no servirán para producir un cambio de las estructuras productivas, solo para remendar las viejas rutinas agrarias.

Esto es cuanto te quería decir, amigo Tulio, para que al menos por mi parte sirva de discusión en nuestra próxima tertulia. ¡Qué mala suerte tenemos los extremeños: siempre nos pillan los acontecimientos con el pie cambiado! Por eso te decía al comienzo que tal vez no debiera distraerte con las minucias extremeñas cuando viene tan cargada la tormenta que amenaza la tranquilidad y la dulce rutina democrática de la que hemos gozado los españoles durante los últimos cuarenta años. Ya sé que es mucho decir lo de gozar desde esta tierra que se despertó un día sin ser consciente de que se le podría terminar el estado del bienestar en que vivía, pero esta mi gente no se da por vencida. Escucha, si no Tulio, la algarabía de los ensayos del carnaval que nos llega. Escucha, están ensayando las fanfarrias del desfile y en las casas se tejen los disfraces: curas o monjas, reyes o pajes, y también rufianes, y déjame a mí que explore lo que esta sucediendo en los bancales de la huerta; mira cómo se está vistiendo de colores la tierra. Son las primicias de lo que está por llegar, los colores de las huerta/jardín. ¡Como reconfortan estos adelantados de la eclosión de los bulbos de flor! Dentro de nada, en su pequeñez y modestia, este será mi Giberny particular. No hace tanto que descubrí el paraíso de Monet al borde del rio Hudson y regresé con los ojos escocidos de tanto admirar el jardín de Monet de modo traté de encontrar aquel librejo de las conversaciones con Monet en el que se recordaba cómo el pintor se pasaba las horas observando el color de Giberny, o tratando de recuperar la tonalidad exacta de la luz del día anterior para llevarla al lienzo. Y como no lo encontraste, te sumergiste en los abismos de la ciudad hasta hallarlo de nuevo. Ahora comienza el tiempo hortelano propicio para saciarte con la explosión de color que se anuncia en cada parcela, y si, además, tuvieras la suerte de encontrar la cita aquella de Messiaen que decía que siempre que escuchaba música veía los colores, podrías pedirle a la maquinaria que te diera, por ejemplo, el canto de los pájaros del propio Messiaen para ver mejor los colores de tu huerta. ¿Cómo se llama ese fenómeno que consiste en equivocar el orden de los sentidos, tal como le ocurría al compositor de la música más sobrecogedora, el cuarteto para el fin de los tiempos, escrito en un campo de concentración esperando la muerte? Efectivamente, sinestesia. ¿Estará aquejado de sinestesia el presidente Vara y esté equivocando la razón de su cargo y crea que los extremeños lo eligieron para salvaguardar la unidad de todos los españoles? Y, a lo mejor, mis paisanos me retiran el saludo, felices como están de que su presidente se les aparezca todas las noches en las pantallas de televisión defendiendo el solar patrio.

 

¡Qué tendrá que ver el tabaco, la pintura de Barjola con el historiador de La Habana!

Según se sale del chabuco, en el arriate de la derecha, junto al granado y frente a la pared de pizarra, allí crecía mi tabaquera. Tan pronto llegaban los primeros escozores de primavera y se escuchaban los primeros gorjeos de los verderones, mi tabaquera asomaba su melena, y era cosa admirable ver cómo prosperaba, y no como aquellos bulbos asilvestrados que desaparecían de un año para otro sin que aquello respondiera a lo que los libros le enseñaron al hortelano/jardinero. El caso es que mi tabaquera tenía una fortaleza prodigiosa y lucía su esplendor incluso por encima del lindero. Hasta que un año, en uno de esos impulsos destemplados que a veces nos asaltan a los hortelanos, viendo cómo su vigor complicaba la vida de un rosal oloroso, la sacrificó y todavía no me he recuperado de aquella tropelía. Porque, además, mi tabaquera era como un símbolo de vida renovada. Cada año rendía sus flores, se secaba, pero, al año siguiente, renacía con renovado vigor. Nos conmueve ver sobre el surco un pájaro muerto o un pobre gato despanzurrado en la calleja, pero no te inquietas cuando siegas la vida de los vegetales. Además conocías otras tabaqueras en los huertecillos de los pastores en el arroyo al borde de Araya. Huertos minúsculos -cuatro tomates, unas lechugas, tal vez unas pimenteras-, apenas defendidos del hambre del rebaño y siempre a punto del desastre por culpa del jabalí o de los lirones. En el mejor de los sitios, la tabaquera. A punto de que floreciera, el pastor la cosechaba con mimo y la colgaba como un trofeo. Cuando ya amarilleaba desmigaba hoja a hoja, las mezclaba con la picadura y era un pequeño tesoro. Una buena cosecha de tabaqueras aseguraba el suministro si no para todo el año, al menos para aminorar los rigores de la pobreza. Yo he fumado picadura de tabaqueras y he liado el pitillo junto al pastor después de terminar el ordeño de la mañana o de recoger las cabras en el aprisco, y te puedo decir, amigo Tulio, que pocos placeres más gustosos que pasear la vista por el campo, fumando en compañía, en la vasta soledad del horizonte. Fumar era un placer, señora Montiel, y era también un salvoconducto para entablar una charla con confianza o para templar los ánimos sobresaltados. Hasta que alguien nos puso ante las narices la devastación de los pulmones y supiste a ciencia cierta que todos nos íbamos muriendo lenta pero inmisericorde con el placer del fumando espero. El hortelano comprendió que el asunto antitabaco iba en serio precisamente en La Habana a donde lo habían llevado para conmemorar los quinientos años del día en que Colón anotó en su diario el descubrimiento de unos indios con un tizón encendido en las manos y echando humo por la boca. La propaganda a favor del tabaco no logró en aquel viaje despejarle la idea de que el tabaco tenía los años contados. Ni siquiera lo consiguió la garganta más dotada para transmitir sensaciones que nunca hayas conocido. Se llamaba, y creo que se llamaba todavía, Eusebio Leal, y ya quisiera guardar en la memoria la pintura habanera que describió ante el Morro: imaginen ustedes –decía- que están mirando el malecón desde cualquiera de los miradores de las mansiones que tienen vista al puerto. Vean cómo se acercan los veleros y cómo están a punto de zarpar otros, camino de Sevilla, de Cádiz. Cierren los ojos y traten de recrear los olores de las dársenas. Tabaco en rama, caoba, café…Imaginen los vestidos de las damas en los miradores y adivinen sus conversaciones. Y uno cerraba los ojos, y efectivamente vi hasta a mi abuelo Juan, soldado de infantería enrolado en los ejércitos del rey de España. Desde entonces acá, el tabaco ha producido en muchos sitios enormes fortunas, imperios económicos inabarcables, menos en el territorio de España que se especializó en producir “tabaco en rama”, porque a los extremeños nos daba urticaria montar una fábrica. Montar una fábrica no era ni es lo nuestro. Lo nuestro era meter la vertedera o el tractor y dejar que los fardos produjeran riqueza fuera.

Viene a cuento porque acabas de ver en el papel la fotografía de una especie de concilio en el despacho oficial del presidente Vara. Un grupo de personajes que, por lo que deduces, son los señores del tabaco en las fértiles tierras de La Vera. Lees que han conversado sobre los peligros que se ciernen sobre sus legítimos intereses ante el cierre de la última fábrica de cigarrillos en Logroño. Dicen que el citado establecimiento manufactura tabaco extremeño como no puede ser de otra forma. Con una parte del tabaco producido en Extremadura en Logroño trabajan 1.000 empleados fijos y bien remunerados. ¿Cuántas fábricas hay en Extremadura con mil empleos directos y de calidad? Estos son los verdaderos agravios, y no los que con tanta frivolidad acostumbraban a agitar Ibarra/Vara/Monago/Vara. Pero no dicen que los responsables de esos agravios hemos sido los extremeños. Y te preguntas cómo administra en su cabeza el presidente Vara el hecho de defender los intereses de los cultivadores de tabaco con su condición de médico forense acostumbrado tal vez a ver por dentro los estragos que causa el tabaco en los pulmones de los muertos. Aparte de una impertinencia, lo que acabas de escribir no viene a cuento. Si aplicásemos esta arenga a todos los políticos en ejercicio, difícilmente podrían gobernar los intereses generales. De modo que para hablar de política y de tabaco, o, mejor dicho, de los intereses de Extremadura en los campos de tabaco, debes contemplar el asunto de otra manera.

Ni tú ni yo, amigo Tulio, entendemos de tabaco ni de producciones agrarias, y menos de su manufactura. Sabes que me limito a producir unos kilos de hortalizas para uno mismo y para los amigos; cultivo rosas y naranjas y he construido un portalillo para una docena de gallinas, cada una, por cierto, de diferente color, porque las eligieron los nietos entre chuches y dulzainas. Pero desde su huerta, el muy pretencioso, se dedica a contemplar el universo, que comienza en la calleja del Altozano y termina más allá de los montes Urales. Y le ha dado por pensar esta mañana -ojo están ya florecidos los almendros- que el tabaco es la mejor metáfora de la incapacidad extremeña para aprovechar sus recursos. Mira, Tulio, cuando el hortelano estaba de meritorio, recuerda que en los Planes de Desarrollo de un señor catalán, de Barcelona según creo, se puso en solfa a este país, se intentó industrializarlo, o al menos modernizarlo, y, mal que nos pese, colocó algunos cimientos de la Transición política hacia la democracia. Decía que en tiempos de López Rodó ya se debatía la injusticia de que, siendo Extremadura el mayor productor de tabaco, no contara con una fábrica de cigarrillos. Fíjate: están cerrando la última y es ahora cuando vuelven a sonar las alarmas. Se ha cumplido o a punto está de cumplirse el ciclo histórico completo del tabaco en Extremadura sin apenas contaminarla. Nuestro amigo el estadístico me ha dicho que escriba estos datos: Extremadura produce el 95 % de todo el tabaco nacional. El sector del tabaco da empleo a unas 60.000 personas en España, de ellas 18.000 en trabajos industriales fijos y bien remunerados. El tabaco supone el 20 % de la producción agraria final de Extremadura. Pues bien: en Extremadura el tabaco (95% de la producción total de España) da empleo a 2.000 cultivadores y a unos 100 trabajadores industriales fijos y a otros 400 fijos/discontinuos. Ya es tarde para seguir la escandalera. Dentro de nada será historia, como lo fueron otros aprovechamientos del pasado. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de cuando en las campiñas extremeñas se cultivaba la morera, de los fosfatos de Aldea Moret o del volframio de mi aldea? Deberíamos meter el dedo en la maquinaria para ampliar el escaso conocimiento que este hortelano tiene de la relación del presidente del Gobierno Segismundo Moret con los fosfatos cacereños y veríamos de qué modo se ejercía la corrupción en aquella época del XIX, y de paso nos ayudaría a refrescar la memoria de las razones que sirvieron para tender las vías de ferrocarril de Cáceres a Lisboa ahora que estamos metidos en el atolladero de querer tener un AVE como lo tienen todos los demás, con la misma pataleta que mi nieto reclama el mismo modelo de consola que tienen sus compañeros de cole. Entérate, Tulio, que creo haber leído algo de un escándalo de Segismundo Moret con un asunto turbio de tabaco. Decía que el cultivo del tabaco en Extremadura pronto será un recuerdo y alguien reclamará pronto conservar como arqueología la osamenta de los secaderos. Nos quedará también la desazón de no haber sabido aprovechar -¡industria, amigo Tulio!- la ocasión de habernos redimido sacando fruto a un cultivo que enriqueció otras tierras cuando el fumando espero era una gozosa e inocente rutina. Cuando el tabaco desaparezca, ¿qué haremos con las tierras más fértiles de España, con agua abundante y con sol casi todo el año, abrigadas por el padre Gredos, más feraces que las de la huerta murciana o del Oriente de Andalucía? ¿Caerán en manos de multinacionales interesadas en continuar con los cultivos industriales de materias primas para alimentar las manufacturas en tierras lejanas? ¿Será cierto que plantarán cacahuetes, sembrados y cosechados por unas maquinas de Apocalypse Now, enormes, para exportar la pasta o los aceites sin que en Extremadura quede ni unos centavos de valor añadido?

El mejor escritor de periódicos de tu tierra, Tulio, al que se le queda corto y estrecho su  territorio literario, escribió no hace mucho una especie de correlato del potencial agrícola extremeño. Lo transcribo y, si ves mérito en ello, adjudícaselo a Alonso de la Torre. Dice así: Extremadura es la región española donde más arroz se cosecha, la que produce el 96% del tabaco en rama nacional, la primera productora de corcho, la primera de tomate, la primera de higo, soja y frambuesa, de carbón vegetal, de cereza, de fruta de hueso, la segunda productora nacional de olivo y derivados y de maíz, la cuarta de avena, la sexta de trigo, la séptima de cebada, líderes en uva… ¡Y qué decir de la ganadería! Primera comunidad autónoma de España en cría de porcino extensivo y en producción de carne de cerdo ibérico, primera criadora de ovino y de reses bravas, tercera de bovino y de caprino y líderes en equino.

Al hortelano, ignorante tanto como el que más, pero otra vez en pleno acceso de clarividencia, se le sube la sangre a la cabeza cuando comprueba la falta de aptitud de su tierra para crear industria y riqueza. Parece un territorio condenado de por siempre a producir materia prima para que otros le saquen provecho. La universidad gradúa a jóvenes para que otros cosechen su talento y produce tabaco, tomate o cerdos para que, a kilómetros de distancia, otros con más ingenio saquen renta y salarios. En Davos están hablando de la cuarta revolución industrial, y nosotros regulando el rebusco… Mira, Tulio, lo que dice el papel de esta mañana. Le han preguntado al presidente Vara por sus objetivos prioritarios para esta Legislatura. Y repara en lo que responde: mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, mejorar el transporte escolar y la financiación de los libros de texto, ampliar los comedores escolares, una norma para que la gente no pase frío y un plan de empleo social. Bien presidente Vara, bien, hasta estupendo. He aquí un gobernante ejemplar, caritativo, con vocación de socorrista. El hortelano ya lo tiene escrito: estén seguros los escolares extremeños que, mientras gobierne el presidente Vara, no les faltará un libro de texto, pero no esperen que su padre se olvide de las oficinas del desempleo. No le va a quedar más remedio al hortelano que pasarse al bando de Alfonso Gallardo, que promete humo y cinco mil empleos. ¡Qué bien nos vendría a los extremeños algo más de chimeneas y gentes con algo más de estrés laboral! ¡Tabaco en rama, señores! ¡Piaras de cerdos, en jaulas por las autovías! ¡Vinos a granel! ¡Aceitunas y aceites en convoyes! Nosotros, a lo nuestro: tabaco en rama, criar los cerdos, y crear empleo social, que es tanto como reconocer nuestra proverbial ineptitud para crear trabajo. Se acabó el tabaco. Otra oportunidad histórica perdida.

Pero fíjate, Tulio, en la foto del presidente con los tabaqueros. Creo ver sobre la pared del muro de su despacho la tauromaquia de Barjola, hijo de labradores de la Extremadura más profunda y uno de los últimos genios que produjo para Madrid esta tierra. ¡Lástima que haya completado la pantalla y no tenga espacio para recordar la tarde que el hortelano lo conoció en la calle de Génova, a pocos metros donde ahora tiene sede el partido de Rajoy, recordando aquella tierra que para él no tenía remedio. ¡Qué extraña es la vida, ahora sus pinceles adornando las paredes del despacho de sus presidentes!

Fabricando demagogias a propósito del regreso de un fantasma del pasado

El hortelano tiene recuerdos difusos de su infancia en los cuarteles de la Guardia Civil. En aquellos tiempos, cuando el cielo “grulleaba”, llegaban a los acuartelamientos -Alcuéscar, Malpartida, Santiago del Campo- gentes de tricornio para guardar las fincas ajenas, y evitar que los extremeños del hambre robaran las bellotas de los terratenientes. Y mira por dónde , en estos días, el hortelano lee en las portadas de los papeles de su tierra que de nuevo la Guardia Civil vigila los olivares para que otros nietos de los extremeños de tu infancia no roben las aceitunas de los propietarios ¡Claro, que son situaciones diferentes!.

 -Pues claro, Tulio, pues claro que son tiempos bien diferentes. Distintos pero tan iguales como es el hecho de que, casi setenta años más tarde, los extremeños del hambre -no hay hambre más terrible que no tener trabajo- continúen haciendo rebusco.

Y de repente, al hortelano impertinente se le han encendido las neuronas que guardan la memoria de la infancia. Y ha recordado aquellas salas de bandera de los puestos de los cuarteles campesinos llenas de risas y de bromas de los guardias civiles que guardaban lindes y cosechas para impedir que aquellos hombres y mujeres, y niños y adolescentes, se adentraran en la espesura de los bosques de encinas y de alcornoques para hurtar el fruto totémico de los extremeños a las piaras de cerdos gordos y bruñidos, que caminarían en itinerarios interminables a las salas de sacrificio de Salamanca y de Huelva. ¡Como ahora, Tulio, como ahora! ¡Cuán lentos pasan los siglos, si es que pasan, en esta tu tierra! Llegaban los guardias concentrados al compás de las grullas y se marchaban de los cuarteles cuando habían restablecido el orden de las sagradas leyes de la propiedad. ¡Guardias civiles honorables -“el honor es su principal divisa”- , obedientes a la ley y al gobernador civil, siempre obedientes aun cuando la ley la dictaran los de siempre, desde que Extremadura fuera feudo de Castilla y de León, y luego de las Ordenes Militares y luego de los Monasterios y luego de los Desamortizadores y luego de los terratenientes y luego, otra vez,  de los de siempre!

 

¡Qué viejuna es Extremadura, Tulio! A ver cómo explico yo a mis colegas no hortelanos lo que significa la palabra rebusco y, sobre todo, su significado más antropológico. ¿Cómo les explico sin sonrojarme que mis paisanos van todavía al rebusco y que son perseguidos por la Guardia Civil? ¿Cómo, este jueves, les  cuento a mis otros colegas que estos pasajes en blanco y negro, como daguerrotipos de la Extremadura más profunda, están en las portadas de los periódicos y en los telediarios de mi tierra, mientras sus dirigentes hablan de I+D+I? Ya les explicaría yo la técnica del rebusco con nocturnidad y necesidad. Pero no debo extenderme en aquellos tiempos del rebusco consentido, que era como una especie de caridad que dejaban los propietarios para saciar el hambre de los que más tarde enfilaron la senda de la emigración. El rebusco de las espigas, de la aceituna y de la castaña, y de la bellota, parca moneda para tantas necesidades. Y les hablaría también del rebusco de trigo y de cebada que hacíamos los niños campesinos para alimentar los pollos de tórtolas, y que tu madre te lo apañaba para desviarlo a las gallinas familiares. Y te contaría además el rebusco en el alpechín de las almazaras cazando una perlita de aceite, rutilantes entre la basura líquida de la molienda, y otra y otra hasta completar el hondón del calambuco.

¡Qué viejuna es nuestra tierra, Tulio, que todavía, en los tiempos de las tecnologías, nos sirve fácil la excusa para exhumar, no solo recuerdos, sino leyes y costumbres que fundamentan sus carencias! Y es fácil que estas imágenes del rebusco en los telediarios nos ayuden a enjaretar tu teoría sobre lo profundo que son todavía los déficits intelectuales de Extremadura. Pasan los tiempos, las décadas, los cuartos y los medios siglos y -¡qué horror!-  ha vuelto a la actualidad la ancestral tribulación del rebusco. Y otra vez, la Guardia Civil de tus padres y de tus abuelos y de…, guardando las veredas y los caminos de los olivares y de las dehesas…¿No habrá nadie que se de por concernido entre aquellos que han tenido la responsabilidad y los recursos para evitar la resurrección de tan penoso fantasma?

Y el hortelano impertinente no debiera echar más leños a la hoguera ni perpetrar demagogia invocando a los Santos inocentes o al mejor Cela de los duarte. Le bastará con chascar el freno y decir de nuevo que los culpables del rebusco son la ausencia de minorías regeneracionistas y la indigencia intelectual de la mayoría de los gobernantes porque han tenido tiempo y caudales para enterrar bajo siete llaves la memoria del rebusco. Por cierto, amigo Tulio, cuando dispongas de cuatro horas no dejes de ver, por supuesto en blanco y negro, la mejor metáfora del campesinado a través de la cámara de Fukuyama en Los 7 samuráis. Ya verás como subsisten, saltando por los siglos y por las civilizaciones, las huellas indelebles del mundo rural, que son las que  han conformado nuestra personalidad.

Hablando de reliquias del pasado, a unos cuantos vuelos de perdiz de mi huerta, hay un museíto dedicado a las Misiones Pedagógicas de la República. Es una lástima que este pequeño establecimiento en las Navas del Madroño solo lo visitan algunos despistados u otros aquejados de impertinencia. ¡Cómo eran, mi buen amigo, aquellos tiempos del rebusco y de la necesidad extrema! ¡Y qué emocionante la generosidad de aquellas minorías del libre pensamientos que iban por las aldeas predicando el conocimiento! También estuvieron en mi aldea las gentes de las Misiones, pero apenas dejaron huella, y, si existieran, este hortelano les encendería una lámpara. Pero en Navas del Madroño un maestro de escuela, cuando vinieron los tiempos de la opresión, emparedó la biblioteca de las misioneros y los aparatos de la ciencia, y, por arte de magia, se rescataron a tiempo de exponerlos. Pero por desgracia, el museíto de las Misiones Pedagógicas, un lugar mágico de la Extremadura mágica, apenas tiene quien lo visite, y no sé si quien lo enseñe. Las Misiones Pedagógicas de la República son otra realidad de las minorías más talentosas que España ha producido en su historia. Me emociono, Tulio, siempre que escribo de la Institución Libre de Enseñanza y de aquel personaje que está a la cabeza del santoral laico del escribano. El otro día dejé la azada, recogí las viandas de la huerta y los huevos en el gallinero y me vine a la ciudad para honrar la memoria del partero del progreso y de la modernidad de España. En un lugar recoleto de Madrid se encuentra abierta una exposición sobre la vida y milagros de Giner. Estuvo viendo escritos y recuerdos en el jardín de su casa madrileña, pared por medio de una congregación de monjas en la que el hortelano hace milenios escuchó una de las tres pláticas dominicales más inteligentes que recuerda. Las otras las escuchó en un convento de monjas de Salamanca, y, la ultima, en una aldea del Pirineo a cargo de un monseñor que pasaba en las montañas vacaciones pagadas por el Vaticano. El hortelano se atreve a decir al padre Giner que aquella España que él tanto sufría, existe todavía, y mira por dónde, mi señor don Francisco Giner, aquel su dicho de instrucción y educación, convendría cambiarlo puesto que a base de educación no hemos conseguido instruir a los españoles. Han pasado cien años y este pegujal sigue siendo parecido. De modo que tengo que echarle una pensada en el portalillo de la huerta qué ha pasado en esta España nuestra para que sigamos con los mismos problemas, y, en esta Extremadura nuestra, continuemos siendo los indios de la nación y sacando a la Guardia Civil a los caminos para combatir el rebusco.

-¡Minorías, Tulio, minorías!

 

El hortelano enreda en la historia económica de Extremadura tan pronto como ha guardado la pandereta

Pasado el tiempo de los mazapanes, el escribidor está tentado a sugerir que, al comienzo de cada año, se obligara al presidente de los extremeños, sea cual sea su credo político, a escribir cien veces en su blog o en su diario la cifra de la renta per cápita extremeña, es decir el guarismo que representa el índice de convergencia de Extremadura respecto al resto de España. Es el dato más importante, la marca que nos indica cómo nos ha ido cada año. Debería ser el santo y seña de la actualidad extremeña. No para mortificarlo porque hay años que ese guarismo es positivo, sino para que no olvidara que su única misión en la vida pública es mejorar el bienestar de sus paisanos, y que el único medio para medir la eficacia de su gestión es esa cifra que el Instituto Nacional de Estadística divulga cada año en vísperas del sorteo de la Navidad.

El hortelano, tan pronto encendió esta mañana los leños en la chimenea y después de recoger en su parcela un puñado de espinacas para la ensalada – sí espinacas, tiernas, regadas con el rocío de la noche navideña- se marchó a la plaza porticada en una mañana neblinosa para comprar los papeles de cada día. Pero como no viera lo que esperaba, se fue a la maquinaria. Fue allí donde encontró el dato que marca el éxito o el fracaso de los extremeños y así conoció, a ciencia cierta, que el año anterior, 2014, la renta per cápita de Extremadura era un treinta por ciento más baja que la media nacional. La convergencia en renta con la media de España ha permanecido invariable respecto a 2013, un 69,3 %. Significa lo que significa: que estamos casi un tercio por debajo del desarrollo de la media nacional. Cada décima de subida en la convergencia supone una mayor tasa de empleo y una oportunidad de conseguir un modelo de Comunidad sostenible en el tiempo. Por el contrario, el estancamiento en el índice de convergencia representa paro, emigración y dependencia de los recursos ajenos. Punto y final.

Puestos a sugerir impertinencias, podríamos incluso proponer que, como regalo final de Legislatura, le regaláramos a cada presidente una placa con el resultado estadístico de su mandato, el baremo que mide su éxito o su fracaso. Sabríamos por ejemplo que Rodríguez Ibarra cogió la renta per cápita de Extremadura en 1983 en un 62 % de la media nacional y la dejó, cuando abandonó la presidencia de la Junta en el año 2007, en el 67,4 %. Poco más de cinco décimas de diferencial en 24 años de gobierno. ¿Mucho o poco? Depende. Júzgalo tú mismo, amigo Tulio. Sabríamos también que en su primera legislatura Fernández Vara logró reducir la distancia con el resto de España en sólo dos puntos (67,4 % y 69,5 %) ¿Qué sucedió con Monago en los años de su mandato? Se agrandó, a falta de conocerse el último tramo de 2015, el diferencial en dos centésimas (69,5 frente al 69,3 %). Claro que han sido años de crisis, pero crisis para todos, para los extremeños y los catalanes y los murcianos, pero Extremadura vio truncada su lenta carrera de convergencia.  Este es -insiste el hortelano con ínfulas de escribidor- el único y verdadero rasero. No para lucir palmito ni para lamerse las heridas, pero sí para tener conciencia de dónde estamos y hacia dónde caminamos.

Amigo Tulio, ayúdame ahora a hacer algunas observaciones. Por ejemplo, éstas:

  1. Que el índice del INE no es el único parámetro para medir la riqueza o pobreza o de los pueblos puesto que no tiene en cuenta cómo se reparte el PIB. Aquello de que tocamos a medio pollo por cabeza. Lo que ocurre es que algunos se comen pechuga y muslo y otros en cambio solo chupan el espinazo. Pero es el barómetro más fiable para calcular la bonanza o la pobreza de los pueblos.
  2. Que el desarrollo y el crecimiento no dependen exclusivamente o principalmente de la tarea de quien gobierna y, en consecuencia, que los índices de convergencia no son tanto mérito ni culpa de los políticos como de toda la sociedad. Pero los gobernantes, y mucho más en territorios no desarrollados, tienen la llave para crear y mantener el tejido productivo, y, a veces, hasta lo destruyen. (Ya te diría yo, Tulio, qué responsabilidad han tenido los gobernantes en las crisis de Acorex, Caval, Caja Rural de Extremadura…)
  3. Que, estemos donde estemos en la lista de convergencia, los extremeños gozan de mejor calidad de vida que en otros muchos territorios. Cierto, pero siempre que aceptemos que para mantener esa calidad de vida necesitamos de la solidaridad del resto de las Comunidades. Lo dijo y reconoció Fernandez Vara en ocasión tan solemne como fue su toma de posesión cuando pidió ayuda a Madrid para reducir la tasa de paro  “porque nosotros solos -dijo-  no podemos”.

Pero te necesito sobre todo, Tulio, para intentar predecir el futuro económico y social de nuestra tierra, tú que entiendes de números, que al escribidor solo le enseñaron algo de artes literarias y nada o muy poco de ciencias . Por ejemplo:

  1. ¿Cuánto tiempo habrá de transcurrir para que los extremeños seamos iguales que el resto de los españoles, no en derechos, que lo somos, no en obligaciones, que igualmente las tenemos, sino en disponibilidad media de renta? Te necesito para saber cuándo tus hijos o mis nietos podrán libremente elegir si continúan o no de mayores en Extremadura, o, por el contrario, se verán obligados a emigrar como lo hicimos la gente de mi generación y lo sigue haciendo, ahora mismo, todo aquel joven que quiera tener autonomía e independencia.
  2. Sírvete para hacer el cálculo de estos datos oficiales: el diferencial de renta de Extremadura respecto al resto de España era en 1950 del 55,69 %, que es tanto como decir que, cuando el hortelano cursaba la primaria, su región tenía la mitad de los recursos que la media de España. Diez años más tarde, habíamos retrocedido al 54,04. El año que murió Franco estábamos en el 56,26 %. Cuando estaba a punto de expirar la primera Legislatura de Felipe González habíamos avanzado hasta casi el 64 %, y en torno a este porcentaje hemos permanecido año tras año hasta 2010 que alcanzamos el 70,6 por ciento. Ese ha sido -gobernaba en Extremadura Fernández Vara y en España, Rodríguez Zapatero- el año más “convergente. A partir de esa fecha y de esa cifra, hemos vuelto a las andadas, nos hemos alejado de la convergencia.
  3. Sírvete también de este otro dato igual de esclarecedor: en el periodo de 1950 a 2003, el diferencial de renta per cápita entre Extremadura y España se ha reducido en algo más de 9 puntos. En más de medio siglo solo hemos sido capaces de aproximarnos en diez puntos. Peor le ha ido a Andalucía que en ese mismo periodo solo consiguió aproximarse en 2,31 décimas y a Galicia en 5,56, aunque ambas están más próximas que nuestra tierra a la media nacional. Pero, repara en el éxito que han tenido, por ejemplo, las dos Castillas que han conseguido reducir la distancia en ese mismo periodo en un 14, 62 % Castilla la Mancha, y Castilla y León en un 18, 10 %. Y no olvides que Madrid, la Comunidad con más renta per cápita, está en un 137 % de la media nacional, a un 67% de distancia de nosotros los extremeños.

Y falta un dato principal, independientemente del que justifica este comentario de que seguimos siendo, atrás año, probablemente siglo tras siglos, los últimos de la clase. Me refiero al hecho de que para que Extremadura converja con el resto de los regiones, otras, digamos que el País Vasco, Cataluña, Madrid, deberán tener menor crecimiento que Extremadura ¿Te imaginas a los señores de Juntos por el sí proclamando que mientras la renta per cápita de Extremadura o de Andalucía se ha incrementado en tal o cual porcentaje, la propia se ha estancado o ha disminuido?

¡Cuán lento, amigo Tulio, discurre el proceso de convergencia de los extremeños! Ya sé que al extremeño de toda la vida le fastidia la literatura que escribe el hortelano impertinente y que abomina que alguien les ponga el espejo ante las narices. Lo hizo, hace más de doscientos años, aquel clérigo nacido en Jaraicejo y, todavía hoy, aquello de que somos los “indios de la nación” resuena en muchas conciencias. No hace falta que te recuerde que lo escribió Francisco Gregorio de Salas, personaje influyente en la Corte de Fernando VII, hombre sencillo y modesto, burlón, al que el hortelano le guarda aprecio desde antiguo aunque nada más fuera porque hizo el mejor retrato moral de los extremeños. Si lo que dijo el fraile en el siglo XVIII lo escribiera este hortelano, a buen seguro que tú mismo, Tulio, me retirarías la palabra. Pero sí me atrevo a decirte que aquel retrato tiene todavía el lustre como si lo acabara de pintar doscientos años más tarde. La estima de este hortelano por el fraile de Jaraicejo, paisano por cierto de otro extremeño pionero en Madrid de la cocina regional, el inolvidable Gaby del restaurante Extremadura, ahora cerrado, viene de lejos, de cuando leyó las primeras estrofas de un largo poema en verso preciosista, como de filigrana literaria, en el que dos campesinos, Salicio y Coridón, se dicen uno a otro los placeres sencillos de la vida campestre. Fue un libro de muchas ediciones, hoy día en perfecto desuso y que ojalá alguien lo rescatara del olvido.  El clérigo, académico y muy reputado en el Madrid literario, estaba herido de melancolía campesina y dicen que para paliar su desgarro rural se hizo construir una choza en Recoletos al borde de la cañada real para poder hablar con los pastores que bajaban la merina desde tierras de Soria y del Moncayo a los valles acogedores de la Extremadura feudal y lacaya.  Este fraile, Papa Francisco, debió ser un pionero de su proclama a los clérigos para que recuperen el olor a oveja. 

Recupero el hilo, amigo Tulio, sobre el presente y el futuro de los extremeños porque tiene guasa que el hortelano se haya pasado media vida meditando sobre lo que nos pasa a los extremeños y llegue un periodista japonés y nos haga el mejor análisis de situación que haya leído en los últimos tiempos. Al plumilla nipón le encomendó su diario de Tokio -doce millones de ejemplares diarios- seguir a pie de obra el ambiente español de cara a las elecciones generales del 20 de diciembre. Al periodista no se le ocurrió mejor excusa para reflejar el ambiente electoral que vivía España que trasladarse a un pueblo de la región que sufriera más paro de España. Debió teclear en la maquinaría y le pareció bien elegir Montijo, que tiene la nada envidiable cifra del  40,23 %  de paro. A la vista de la alegría y de la conformidad con la que los habitantes vivían en la localidad, el periodista llegó a la conclusión de que aquellos extremeños parecían felices y resignados. “No veo a la gente muy desesperada por el paro”, dijo y escribió. ¿Qué otra cosa esperabas, mi querido Keiichi Homma? ¿A qué tanta sorpresa si tú mismo te has atrevido a contar en tus crónicas el tinglado de fraude y de picaresca que han montado mis paisanos para trabajaban unos meses para cobrar el desempleo y, cuando el paro se termina, otra vez al empleo comunitario, y cuando el empleo comunitario o similar…?

¡Qué te voy a contar a ti, amigo Tulio, que no sepas de cómo el fraude y la picaresca campean libres por nuestras tierras!

El hortelano está en estos días preparando los semilleros para la siembra de las hortalizas del verano. Dentro de unos días, cuando sus paisanos guarden las panderetas, deberá abrir el arcón de sus tesoros hortelanos, donde guarda como si fuera joyas, las simientes de los tomates, los morunos, los negros de Crimea y los rosas de corazón de buey, y los pimientos, las ñoras y los cayenas, y las berenjenas para depositarlas en los criaderos. Los tomates del verano, los que sazonarán el gazpacho y el salmorejo de agosto, están ya en proceso de producción y apenas han llegado este año las heladas. ¡Cuán lenta es la naturaleza! ¡Casi tanto como el proceso de convergencia de los extremeños con el resto de los españoles! Cada diciembre, el INE nos recuerda, a quienes quieran leerlo, que pasan los años y las generaciones, y que décima arriba, décima abajo, Extremadura sigue anclada en el laxitud de la vida confortable en el fondo de los divergentes. Pero somos felices, como lo son mis paisanos que se aprestan a celebrar con entusiasmo San Antón y, días más tarde, San Blas y los Samblases, y a renglón seguido los carnavales, y luego la Semana Santa. ¡Querido colega nipón, vente a contar al mundo entero lo bien que se vive en una aldea que tiene el 43,21 % de paro!