Fabricando demagogias a propósito del regreso de un fantasma del pasado

El hortelano tiene recuerdos difusos de su infancia en los cuarteles de la Guardia Civil. En aquellos tiempos, cuando el cielo “grulleaba”, llegaban a los acuartelamientos -Alcuéscar, Malpartida, Santiago del Campo- gentes de tricornio para guardar las fincas ajenas, y evitar que los extremeños del hambre robaran las bellotas de los terratenientes. Y mira por dónde , en estos días, el hortelano lee en las portadas de los papeles de su tierra que de nuevo la Guardia Civil vigila los olivares para que otros nietos de los extremeños de tu infancia no roben las aceitunas de los propietarios ¡Claro, que son situaciones diferentes!.

 -Pues claro, Tulio, pues claro que son tiempos bien diferentes. Distintos pero tan iguales como es el hecho de que, casi setenta años más tarde, los extremeños del hambre -no hay hambre más terrible que no tener trabajo- continúen haciendo rebusco.

Y de repente, al hortelano impertinente se le han encendido las neuronas que guardan la memoria de la infancia. Y ha recordado aquellas salas de bandera de los puestos de los cuarteles campesinos llenas de risas y de bromas de los guardias civiles que guardaban lindes y cosechas para impedir que aquellos hombres y mujeres, y niños y adolescentes, se adentraran en la espesura de los bosques de encinas y de alcornoques para hurtar el fruto totémico de los extremeños a las piaras de cerdos gordos y bruñidos, que caminarían en itinerarios interminables a las salas de sacrificio de Salamanca y de Huelva. ¡Como ahora, Tulio, como ahora! ¡Cuán lentos pasan los siglos, si es que pasan, en esta tu tierra! Llegaban los guardias concentrados al compás de las grullas y se marchaban de los cuarteles cuando habían restablecido el orden de las sagradas leyes de la propiedad. ¡Guardias civiles honorables -“el honor es su principal divisa”- , obedientes a la ley y al gobernador civil, siempre obedientes aun cuando la ley la dictaran los de siempre, desde que Extremadura fuera feudo de Castilla y de León, y luego de las Ordenes Militares y luego de los Monasterios y luego de los Desamortizadores y luego de los terratenientes y luego, otra vez,  de los de siempre!

 

¡Qué viejuna es Extremadura, Tulio! A ver cómo explico yo a mis colegas no hortelanos lo que significa la palabra rebusco y, sobre todo, su significado más antropológico. ¿Cómo les explico sin sonrojarme que mis paisanos van todavía al rebusco y que son perseguidos por la Guardia Civil? ¿Cómo, este jueves, les  cuento a mis otros colegas que estos pasajes en blanco y negro, como daguerrotipos de la Extremadura más profunda, están en las portadas de los periódicos y en los telediarios de mi tierra, mientras sus dirigentes hablan de I+D+I? Ya les explicaría yo la técnica del rebusco con nocturnidad y necesidad. Pero no debo extenderme en aquellos tiempos del rebusco consentido, que era como una especie de caridad que dejaban los propietarios para saciar el hambre de los que más tarde enfilaron la senda de la emigración. El rebusco de las espigas, de la aceituna y de la castaña, y de la bellota, parca moneda para tantas necesidades. Y les hablaría también del rebusco de trigo y de cebada que hacíamos los niños campesinos para alimentar los pollos de tórtolas, y que tu madre te lo apañaba para desviarlo a las gallinas familiares. Y te contaría además el rebusco en el alpechín de las almazaras cazando una perlita de aceite, rutilantes entre la basura líquida de la molienda, y otra y otra hasta completar el hondón del calambuco.

¡Qué viejuna es nuestra tierra, Tulio, que todavía, en los tiempos de las tecnologías, nos sirve fácil la excusa para exhumar, no solo recuerdos, sino leyes y costumbres que fundamentan sus carencias! Y es fácil que estas imágenes del rebusco en los telediarios nos ayuden a enjaretar tu teoría sobre lo profundo que son todavía los déficits intelectuales de Extremadura. Pasan los tiempos, las décadas, los cuartos y los medios siglos y -¡qué horror!-  ha vuelto a la actualidad la ancestral tribulación del rebusco. Y otra vez, la Guardia Civil de tus padres y de tus abuelos y de…, guardando las veredas y los caminos de los olivares y de las dehesas…¿No habrá nadie que se de por concernido entre aquellos que han tenido la responsabilidad y los recursos para evitar la resurrección de tan penoso fantasma?

Y el hortelano impertinente no debiera echar más leños a la hoguera ni perpetrar demagogia invocando a los Santos inocentes o al mejor Cela de los duarte. Le bastará con chascar el freno y decir de nuevo que los culpables del rebusco son la ausencia de minorías regeneracionistas y la indigencia intelectual de la mayoría de los gobernantes porque han tenido tiempo y caudales para enterrar bajo siete llaves la memoria del rebusco. Por cierto, amigo Tulio, cuando dispongas de cuatro horas no dejes de ver, por supuesto en blanco y negro, la mejor metáfora del campesinado a través de la cámara de Fukuyama en Los 7 samuráis. Ya verás como subsisten, saltando por los siglos y por las civilizaciones, las huellas indelebles del mundo rural, que son las que  han conformado nuestra personalidad.

Hablando de reliquias del pasado, a unos cuantos vuelos de perdiz de mi huerta, hay un museíto dedicado a las Misiones Pedagógicas de la República. Es una lástima que este pequeño establecimiento en las Navas del Madroño solo lo visitan algunos despistados u otros aquejados de impertinencia. ¡Cómo eran, mi buen amigo, aquellos tiempos del rebusco y de la necesidad extrema! ¡Y qué emocionante la generosidad de aquellas minorías del libre pensamientos que iban por las aldeas predicando el conocimiento! También estuvieron en mi aldea las gentes de las Misiones, pero apenas dejaron huella, y, si existieran, este hortelano les encendería una lámpara. Pero en Navas del Madroño un maestro de escuela, cuando vinieron los tiempos de la opresión, emparedó la biblioteca de las misioneros y los aparatos de la ciencia, y, por arte de magia, se rescataron a tiempo de exponerlos. Pero por desgracia, el museíto de las Misiones Pedagógicas, un lugar mágico de la Extremadura mágica, apenas tiene quien lo visite, y no sé si quien lo enseñe. Las Misiones Pedagógicas de la República son otra realidad de las minorías más talentosas que España ha producido en su historia. Me emociono, Tulio, siempre que escribo de la Institución Libre de Enseñanza y de aquel personaje que está a la cabeza del santoral laico del escribano. El otro día dejé la azada, recogí las viandas de la huerta y los huevos en el gallinero y me vine a la ciudad para honrar la memoria del partero del progreso y de la modernidad de España. En un lugar recoleto de Madrid se encuentra abierta una exposición sobre la vida y milagros de Giner. Estuvo viendo escritos y recuerdos en el jardín de su casa madrileña, pared por medio de una congregación de monjas en la que el hortelano hace milenios escuchó una de las tres pláticas dominicales más inteligentes que recuerda. Las otras las escuchó en un convento de monjas de Salamanca, y, la ultima, en una aldea del Pirineo a cargo de un monseñor que pasaba en las montañas vacaciones pagadas por el Vaticano. El hortelano se atreve a decir al padre Giner que aquella España que él tanto sufría, existe todavía, y mira por dónde, mi señor don Francisco Giner, aquel su dicho de instrucción y educación, convendría cambiarlo puesto que a base de educación no hemos conseguido instruir a los españoles. Han pasado cien años y este pegujal sigue siendo parecido. De modo que tengo que echarle una pensada en el portalillo de la huerta qué ha pasado en esta España nuestra para que sigamos con los mismos problemas, y, en esta Extremadura nuestra, continuemos siendo los indios de la nación y sacando a la Guardia Civil a los caminos para combatir el rebusco.

-¡Minorías, Tulio, minorías!

 

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Un comentario en “Fabricando demagogias a propósito del regreso de un fantasma del pasado

  1. Gracias, Tulio, por la advertencia que corrige el error del escribano. Los 7 samuráis no son del autor del “Final de la Historia”, sino de Kurosawa. Pero mira por dónde el desliz nos podría servir para pegar la hebra, no sobre el final de la historia, sino sobre la historia interminable de la Extremadura arcaica que en pleno siglo XXI se dispone a legislar sobre el “rebusco”.

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