¡Qué tendrá que ver el tabaco, la pintura de Barjola con el historiador de La Habana!

Según se sale del chabuco, en el arriate de la derecha, junto al granado y frente a la pared de pizarra, allí crecía mi tabaquera. Tan pronto llegaban los primeros escozores de primavera y se escuchaban los primeros gorjeos de los verderones, mi tabaquera asomaba su melena, y era cosa admirable ver cómo prosperaba, y no como aquellos bulbos asilvestrados que desaparecían de un año para otro sin que aquello respondiera a lo que los libros le enseñaron al hortelano/jardinero. El caso es que mi tabaquera tenía una fortaleza prodigiosa y lucía su esplendor incluso por encima del lindero. Hasta que un año, en uno de esos impulsos destemplados que a veces nos asaltan a los hortelanos, viendo cómo su vigor complicaba la vida de un rosal oloroso, la sacrificó y todavía no me he recuperado de aquella tropelía. Porque, además, mi tabaquera era como un símbolo de vida renovada. Cada año rendía sus flores, se secaba, pero, al año siguiente, renacía con renovado vigor. Nos conmueve ver sobre el surco un pájaro muerto o un pobre gato despanzurrado en la calleja, pero no te inquietas cuando siegas la vida de los vegetales. Además conocías otras tabaqueras en los huertecillos de los pastores en el arroyo al borde de Araya. Huertos minúsculos -cuatro tomates, unas lechugas, tal vez unas pimenteras-, apenas defendidos del hambre del rebaño y siempre a punto del desastre por culpa del jabalí o de los lirones. En el mejor de los sitios, la tabaquera. A punto de que floreciera, el pastor la cosechaba con mimo y la colgaba como un trofeo. Cuando ya amarilleaba desmigaba hoja a hoja, las mezclaba con la picadura y era un pequeño tesoro. Una buena cosecha de tabaqueras aseguraba el suministro si no para todo el año, al menos para aminorar los rigores de la pobreza. Yo he fumado picadura de tabaqueras y he liado el pitillo junto al pastor después de terminar el ordeño de la mañana o de recoger las cabras en el aprisco, y te puedo decir, amigo Tulio, que pocos placeres más gustosos que pasear la vista por el campo, fumando en compañía, en la vasta soledad del horizonte. Fumar era un placer, señora Montiel, y era también un salvoconducto para entablar una charla con confianza o para templar los ánimos sobresaltados. Hasta que alguien nos puso ante las narices la devastación de los pulmones y supiste a ciencia cierta que todos nos íbamos muriendo lenta pero inmisericorde con el placer del fumando espero. El hortelano comprendió que el asunto antitabaco iba en serio precisamente en La Habana a donde lo habían llevado para conmemorar los quinientos años del día en que Colón anotó en su diario el descubrimiento de unos indios con un tizón encendido en las manos y echando humo por la boca. La propaganda a favor del tabaco no logró en aquel viaje despejarle la idea de que el tabaco tenía los años contados. Ni siquiera lo consiguió la garganta más dotada para transmitir sensaciones que nunca hayas conocido. Se llamaba, y creo que se llamaba todavía, Eusebio Leal, y ya quisiera guardar en la memoria la pintura habanera que describió ante el Morro: imaginen ustedes –decía- que están mirando el malecón desde cualquiera de los miradores de las mansiones que tienen vista al puerto. Vean cómo se acercan los veleros y cómo están a punto de zarpar otros, camino de Sevilla, de Cádiz. Cierren los ojos y traten de recrear los olores de las dársenas. Tabaco en rama, caoba, café…Imaginen los vestidos de las damas en los miradores y adivinen sus conversaciones. Y uno cerraba los ojos, y efectivamente vi hasta a mi abuelo Juan, soldado de infantería enrolado en los ejércitos del rey de España. Desde entonces acá, el tabaco ha producido en muchos sitios enormes fortunas, imperios económicos inabarcables, menos en el territorio de España que se especializó en producir “tabaco en rama”, porque a los extremeños nos daba urticaria montar una fábrica. Montar una fábrica no era ni es lo nuestro. Lo nuestro era meter la vertedera o el tractor y dejar que los fardos produjeran riqueza fuera.

Viene a cuento porque acabas de ver en el papel la fotografía de una especie de concilio en el despacho oficial del presidente Vara. Un grupo de personajes que, por lo que deduces, son los señores del tabaco en las fértiles tierras de La Vera. Lees que han conversado sobre los peligros que se ciernen sobre sus legítimos intereses ante el cierre de la última fábrica de cigarrillos en Logroño. Dicen que el citado establecimiento manufactura tabaco extremeño como no puede ser de otra forma. Con una parte del tabaco producido en Extremadura en Logroño trabajan 1.000 empleados fijos y bien remunerados. ¿Cuántas fábricas hay en Extremadura con mil empleos directos y de calidad? Estos son los verdaderos agravios, y no los que con tanta frivolidad acostumbraban a agitar Ibarra/Vara/Monago/Vara. Pero no dicen que los responsables de esos agravios hemos sido los extremeños. Y te preguntas cómo administra en su cabeza el presidente Vara el hecho de defender los intereses de los cultivadores de tabaco con su condición de médico forense acostumbrado tal vez a ver por dentro los estragos que causa el tabaco en los pulmones de los muertos. Aparte de una impertinencia, lo que acabas de escribir no viene a cuento. Si aplicásemos esta arenga a todos los políticos en ejercicio, difícilmente podrían gobernar los intereses generales. De modo que para hablar de política y de tabaco, o, mejor dicho, de los intereses de Extremadura en los campos de tabaco, debes contemplar el asunto de otra manera.

Ni tú ni yo, amigo Tulio, entendemos de tabaco ni de producciones agrarias, y menos de su manufactura. Sabes que me limito a producir unos kilos de hortalizas para uno mismo y para los amigos; cultivo rosas y naranjas y he construido un portalillo para una docena de gallinas, cada una, por cierto, de diferente color, porque las eligieron los nietos entre chuches y dulzainas. Pero desde su huerta, el muy pretencioso, se dedica a contemplar el universo, que comienza en la calleja del Altozano y termina más allá de los montes Urales. Y le ha dado por pensar esta mañana -ojo están ya florecidos los almendros- que el tabaco es la mejor metáfora de la incapacidad extremeña para aprovechar sus recursos. Mira, Tulio, cuando el hortelano estaba de meritorio, recuerda que en los Planes de Desarrollo de un señor catalán, de Barcelona según creo, se puso en solfa a este país, se intentó industrializarlo, o al menos modernizarlo, y, mal que nos pese, colocó algunos cimientos de la Transición política hacia la democracia. Decía que en tiempos de López Rodó ya se debatía la injusticia de que, siendo Extremadura el mayor productor de tabaco, no contara con una fábrica de cigarrillos. Fíjate: están cerrando la última y es ahora cuando vuelven a sonar las alarmas. Se ha cumplido o a punto está de cumplirse el ciclo histórico completo del tabaco en Extremadura sin apenas contaminarla. Nuestro amigo el estadístico me ha dicho que escriba estos datos: Extremadura produce el 95 % de todo el tabaco nacional. El sector del tabaco da empleo a unas 60.000 personas en España, de ellas 18.000 en trabajos industriales fijos y bien remunerados. El tabaco supone el 20 % de la producción agraria final de Extremadura. Pues bien: en Extremadura el tabaco (95% de la producción total de España) da empleo a 2.000 cultivadores y a unos 100 trabajadores industriales fijos y a otros 400 fijos/discontinuos. Ya es tarde para seguir la escandalera. Dentro de nada será historia, como lo fueron otros aprovechamientos del pasado. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de cuando en las campiñas extremeñas se cultivaba la morera, de los fosfatos de Aldea Moret o del volframio de mi aldea? Deberíamos meter el dedo en la maquinaria para ampliar el escaso conocimiento que este hortelano tiene de la relación del presidente del Gobierno Segismundo Moret con los fosfatos cacereños y veríamos de qué modo se ejercía la corrupción en aquella época del XIX, y de paso nos ayudaría a refrescar la memoria de las razones que sirvieron para tender las vías de ferrocarril de Cáceres a Lisboa ahora que estamos metidos en el atolladero de querer tener un AVE como lo tienen todos los demás, con la misma pataleta que mi nieto reclama el mismo modelo de consola que tienen sus compañeros de cole. Entérate, Tulio, que creo haber leído algo de un escándalo de Segismundo Moret con un asunto turbio de tabaco. Decía que el cultivo del tabaco en Extremadura pronto será un recuerdo y alguien reclamará pronto conservar como arqueología la osamenta de los secaderos. Nos quedará también la desazón de no haber sabido aprovechar -¡industria, amigo Tulio!- la ocasión de habernos redimido sacando fruto a un cultivo que enriqueció otras tierras cuando el fumando espero era una gozosa e inocente rutina. Cuando el tabaco desaparezca, ¿qué haremos con las tierras más fértiles de España, con agua abundante y con sol casi todo el año, abrigadas por el padre Gredos, más feraces que las de la huerta murciana o del Oriente de Andalucía? ¿Caerán en manos de multinacionales interesadas en continuar con los cultivos industriales de materias primas para alimentar las manufacturas en tierras lejanas? ¿Será cierto que plantarán cacahuetes, sembrados y cosechados por unas maquinas de Apocalypse Now, enormes, para exportar la pasta o los aceites sin que en Extremadura quede ni unos centavos de valor añadido?

El mejor escritor de periódicos de tu tierra, Tulio, al que se le queda corto y estrecho su  territorio literario, escribió no hace mucho una especie de correlato del potencial agrícola extremeño. Lo transcribo y, si ves mérito en ello, adjudícaselo a Alonso de la Torre. Dice así: Extremadura es la región española donde más arroz se cosecha, la que produce el 96% del tabaco en rama nacional, la primera productora de corcho, la primera de tomate, la primera de higo, soja y frambuesa, de carbón vegetal, de cereza, de fruta de hueso, la segunda productora nacional de olivo y derivados y de maíz, la cuarta de avena, la sexta de trigo, la séptima de cebada, líderes en uva… ¡Y qué decir de la ganadería! Primera comunidad autónoma de España en cría de porcino extensivo y en producción de carne de cerdo ibérico, primera criadora de ovino y de reses bravas, tercera de bovino y de caprino y líderes en equino.

Al hortelano, ignorante tanto como el que más, pero otra vez en pleno acceso de clarividencia, se le sube la sangre a la cabeza cuando comprueba la falta de aptitud de su tierra para crear industria y riqueza. Parece un territorio condenado de por siempre a producir materia prima para que otros le saquen provecho. La universidad gradúa a jóvenes para que otros cosechen su talento y produce tabaco, tomate o cerdos para que, a kilómetros de distancia, otros con más ingenio saquen renta y salarios. En Davos están hablando de la cuarta revolución industrial, y nosotros regulando el rebusco… Mira, Tulio, lo que dice el papel de esta mañana. Le han preguntado al presidente Vara por sus objetivos prioritarios para esta Legislatura. Y repara en lo que responde: mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, mejorar el transporte escolar y la financiación de los libros de texto, ampliar los comedores escolares, una norma para que la gente no pase frío y un plan de empleo social. Bien presidente Vara, bien, hasta estupendo. He aquí un gobernante ejemplar, caritativo, con vocación de socorrista. El hortelano ya lo tiene escrito: estén seguros los escolares extremeños que, mientras gobierne el presidente Vara, no les faltará un libro de texto, pero no esperen que su padre se olvide de las oficinas del desempleo. No le va a quedar más remedio al hortelano que pasarse al bando de Alfonso Gallardo, que promete humo y cinco mil empleos. ¡Qué bien nos vendría a los extremeños algo más de chimeneas y gentes con algo más de estrés laboral! ¡Tabaco en rama, señores! ¡Piaras de cerdos, en jaulas por las autovías! ¡Vinos a granel! ¡Aceitunas y aceites en convoyes! Nosotros, a lo nuestro: tabaco en rama, criar los cerdos, y crear empleo social, que es tanto como reconocer nuestra proverbial ineptitud para crear trabajo. Se acabó el tabaco. Otra oportunidad histórica perdida.

Pero fíjate, Tulio, en la foto del presidente con los tabaqueros. Creo ver sobre la pared del muro de su despacho la tauromaquia de Barjola, hijo de labradores de la Extremadura más profunda y uno de los últimos genios que produjo para Madrid esta tierra. ¡Lástima que haya completado la pantalla y no tenga espacio para recordar la tarde que el hortelano lo conoció en la calle de Génova, a pocos metros donde ahora tiene sede el partido de Rajoy, recordando aquella tierra que para él no tenía remedio. ¡Qué extraña es la vida, ahora sus pinceles adornando las paredes del despacho de sus presidentes!

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