LA MUJER VERATA QUE SE ATREVIÓ A INCREPAR AL REY, Y EL ESPÉCIMEN DE LOS “QUIETOS”

En los momentos críticos de los pueblos siempre hay una mujer, una mujer fuerte, que nos salva. ¿O no? En la vida de los pueblos, en los pueblos de iglesia y campanario, hubo una mujer que salvó la hacienda y la despensa que el varón disipó recostado en la taberna o en el casino. Son esas mujeres heroicas de mi pueblo, siempre en ajetreo, cuidando la parcela, sachando y cavando y, ahora, “dando horas” para sacar adelante a los hijos o a los nietos ¿O no? Para alabar a aquellas y a estas mujeres de los pueblos, el hortelano trata de no recurrir al Libro de los Proverbios en el que se hacen versos bellísimos sobre la mujer fuerte, aquella  que busca lana y lino/ y trabaja con diligencia./Aplica sus manos a la rueca,/ sus palmas empuñan el huso./Abre su palma al indigente,/y extiende su mano al pobre. A poco que el hortelano se lo propusiera encontraría el nombre de las mujeres fuertes de su tierra, aquellas -que las hay- que empujaron a los maridos y a sus hijos a buscar trabajo y mantenimiento fuera, cuando comprendieron que dentro no había salvación. Y aquellas otras que se atrevieron a decir cuatro verdades cuando los hombres, resignados, se callaron.

Te diré, amigo Tulio, la razón por la que esta mañana, todavía con el ronroneo de las abejas libando la flor de los naranjos, traigo a colación a una mujer anónima. ¡Lástima que no conozca su nombre y que su protagonismo haya sido tan efímero! Ocurrió el otro día bajo la lluvia en la explanada del convento, las gentes oficiales lo llaman monasterio, que sirvió de retiro al emperador Carlos V.  Un puñado de veratos aguardaba al rey de los españoles y a su séquito para vitorearle. No todos los días los extremeños hemos tenido ocasión de gritar a un metro de distancia ¡Viva el Rey! En tiempo tampoco tuvimos oportunidad de gritar lo contrario. Y en esta estábamos, cuando una mujer de la raza de las extremeñas valerosas, con cara de mujer fuerte, rompió el cordón de seguridad, se agarró a la mano del rey Felipe, de la dinastía de los Borbones, para increparle mediante una plática de una contundencia extraordinaria como pocas veces las habrá escuchado en su breve mandato. Parecía un diálogo de Nuria Espert en una noche del verano extremeño, en el teatro romano de Mérida, interpretando a cualquiera de las mujeres de Eurípides. Este fue el dialogo entre la mujer del anorak rojo en la explanada de Yuste y el rey de los españoles:

Mujer verata: El trabajo, ¿dónde está para los jóvenes?

Rey. Estamos todos trabajando en ello.

Mujer verata. Pero estas jóvenes que están aquí no tienen trabajo… Ninguna. Todos los años te digo lo mismo… Hay que intentar trabajo para todos los nietos.

Rey: En eso están…

Mujer verata. Todos me dicen igual

Rey. Ya, pero… yo llego donde llego

 

 

La mujer del anorak rojo pertenece a la raza de aquellas mujeres que describió el jesuita Pedro León en 1592 cuando narraba su experiencia de predicador misionando en Extremadura y regresó a su base de Sevilla consternado de cuanto vio: “las mujeres de esta tierra son medio hombres en sus hechos y dichos. Van a cavar y a segar el campo y traen mejor un haz de leña muy grande a cuestas que un hombre, ni dicam que una bestia.” La mujer verata, el otro día, hizo y dijo  lo que los hombres no se atrevieron: desahogar la frustración de tantos extremeños ante el paro, aunque errara de dirección. No era al rey al que tenía que pedirle cuentas ni trabajo para sus nietos, ni siquiera tal vez al presidente Fernández Vara que escuchaba atónito a aquella mujer que se había saltado el protocolo. No dejes de ver el rostro de Fernández Vara en el momento en el que la mujer fuerte se atrevió a interrogar al rey. Pero tampoco el presidente de los extremeños es el máximo responsable, aunque también lo sea, de la falta de trabajo que sufren los extremeños. Si estuviéramos en el teatro de Mérida en una noche de verano y representásemos la tragedia de un pueblo que busca y no encuentra trabajo, le recomendaría a Miguel Murillo, por ejemplo, que reprodujera la escena de la mujer verata, desgreñada, arremangada la falda, apuntado con su dedo índice hacia el cielo interpelando al pueblo extremeño o al dios del pueblo extremeño por su eterna incapacidad e impotencia para crear trabajo.

 

Estás aquí refugiado en el portalillo de tu huerta, sentado en un sillón confortable, admirado de ver los mil colores de las rosas de mayo y te ha dado por recordar la escena de la mujer verata increpando al rey de los españoles. Y si le das a la tecla del artilugio y pones el nombre de cada pueblo o aldea que tienen frontera con tu aldea, verás que el índice de paro de este territorio, comenzando por el de tu aldea, es del 40 %. Es decir, Tulio, si sales a la puerta de tu pegujal y miras alrededor, debes tener presente que el 40 % de tus vecinos están en el paro. Y si miras al Sur, en la aldea más próxima, el paro es del 44 %, y, si vas girando la vista de derecha a izquierda, los lugares con los que limita sucesivamente tu aldea tienen un porcentaje de paro del 9 %, del 14 %, del 29 %, del 30 % y del 24 %. Si además le pides al artilugio que te de los datos de densidad de población, te responderá que tu aldea tiene 10 habitantes por kilometro cuadrado. O sea, Tulio, en pleno siglo XXI tocamos a diez personas por kilometro cuadrado. Aun contando con los funcionarios, los pensionistas, los niños, en cada kilometro cuadrado cuatro de mis vecinos estarían en paro.  ¿O no es así, amigo Tulio?

 

Y me pregunto qué ocurre para que, en dos de las aldeas con las que compartimos frontera, el paro sea una cuarta parte del que nosotros sufrimos. ¿Son más listos, más diligentes, cuentan con minorías más activas? Convoca, Tulio, un pleno de los peripatéticos para que discutamos, con papeles por delante, las causas del paro en este territorio tan dilatado que la vista se nos pierde entre los verdores de una primavera que los viejos discutimos si hubo otra más abundante en los tiempos remotos que recordemos. Yo traeré a la reunión dos documentos recién leídos o vueltos a leer en estos días. Son documentos añejos que nos van a servir para seguir discutiendo sobre las razones por las que la mujer verata se atrevió a sermonear al rey de los españoles sobre los males que padecemos. Los papeles a los que me refiero son el discurso que escribiera el extremeño don Juan Meléndez Valdés en 1790 y que sirvió para inaugurar la Real Audiencia de Extremadura y el Memorial de 1771 de don Vicente Paíno.  Escribía el mejor poeta español del siglo XVIII: “¡Su población cuán pequeña es! ¡Cuán desacomodada con lo que puede y debe mantener! Montes y malezas espantosas ocupan terrenos preciosos y extendidos, que nos están clamando por brazos  y semillas, para ostentar con ellas su natural  feracidad y alimentar millares de nuevos pobladores!” Y era muy similar lo que decía Vicente Paíno en contra de los abusos de los poderosos de la época y de las injusticia de La Mesta.  ¡Qué sorpresa, amigo Tulio, si parecen textos recién salidos de un ordenador de la mano de cualquier extremeño reflexivo que tenga la suerte de ejercer con libertad el pensamiento!

 

En la taberna de la aldea con el nombre más hermoso de estos contornos, nos sentamos un día a tomar una cerveza en otra mañana de primavera. Mi único acompañante, en trance de despedirse de su tierra, era un viejo profesor de ética en una lejana universidad. En otra mesa,  al borde la carretera, hacían corro unos cuantos paisanos. Sus caras reflejaban toda la calma y el reposo que tienen los hombres de los pueblos, una mezcla de serenidad y de resignación de siglos de supervivencia. Recuerdo que mi amigo se entusiasmaba ante los trinos de los jilgueros y de los verderones y la exhalación de las jaras y de las retamas. Mirando a aquellos hombres enjutos de la aldea, poco más y recita con una memoria prodigiosa el libro de Antonio de Guevara en el que se hace la alabanza de la aldea y el menosprecio de la corte. Yo, amigo Tulio, le corté en seco aquellos efluvios líricos para decirle: mi querido amigo, déjame que te cuente la historia de estos cuatro hombres cuya serenidad admiras. Le conté la historia del PER y del empleo protegido y la placidez de la vida subvencionada. Y terminé por decirle que aquella serenidad y quietud era la razón y el resultado de la emigración de los jóvenes que huyeron despavoridos por la falta de trabajo.

 

Tienes razón, amigo Tulio, que llevamos muchos siglos lamentando lo que Vicente Paíno y Juan Meléndez Valdés describieron hace doscientos cincuenta años. Ya no sirve el lamento. Nos debiera estar prohibida toda reflexión que no lleva aparejada una propuesta de solución. Para la próxima reunión de los peripatéticos llevaré una idea que acabo de leer en los papeles. Es un libro de reflexión profunda que se titula: “Poner fin al desempleo”. Se refiere a la necesidad de dar valor y prestigio al trabajo, al hecho de que la máxima dignidad del hombre es el trabajo y que sin trabajo el hombre no tiene dignidad. Todos tenemos la obligación, cada cual según su competencia y responsabilidad, de crear trabajo. Escuché hace unos días en la boca de alguien que ha promovido riqueza y trabajo en Extremadura lo siguiente: el problema de los extremeños no son los “paraos”. El problema son los “quietos”. El responsable de la falta de trabajo no siempre es el rey, mi querida mujer verata, ni siquiera los miles de políticos que florecen en esta tierra escuálida de riqueza. El problema son los “quietos”, los resignados, ese espécimen que oprime a la sociedad extremeña.

ERASMO DE ROTTERDAM EN EL PORTALILLO DE MI HUERTA

El hortelano, de natural impertinente e impertinente por convicción, se dispone a escribir un elogio. Va dedicado a Juan Carlos Rodríguez Ibarra, José Antonio Jáuregui y a Antonio Ventura Díaz, los tres máximos responsables de la feliz idea de crear y mantener la Academia Europea de Yuste y los premios Carlos V, una de las iniciativas más inteligentes de cuantas se han desarrollado en Extremadura en muchos años. Dime si no, amigo Tulio, qué otras experiencias sean equiparables a esta, ocurridas en el último siglo por ejemplo. ¿El Plan Badajoz, que ha producido el milagro de regar más de cien mil hectáreas y promover el desarrollo de muy dilatados territorios? ¿El Estatuto de Autonomía que ha posibilitado el autogobierno de Extremadura? ¿Los Fondos Europeos que han ayudado a transformarla? ¿La declaración de ciudades Patrimonio de la Humanidad de Mérida, Cáceres, y Guadalupe? ¿La creación de Monfragüe por mérito de una persona a lo que luego prácticamente desterramos; la construcción del teatro romano de Mérida; la invención de las fiestas del “cerezo en flor” que ha proyectado la imagen extremeña a medio mundo?

Por encima de la mayoría de los citados, yo destacaría la creación de la Academia de Yuste y de los premios Carlos V. Trataré de justificarlo, aunque cuestión distinta es que hayamos sabido rentabilizar la iniciativa. Al hortelano le tienta siempre la idea de conocer quién creó o inventó todo lo que en definitiva  admira. No lo hace por fetichismo, ni siquiera por un afán historicista. Lo hace por sacar conclusiones, aunque luego esta manía le haya traído contratiempos. A estas alturas de su vida no tiene reparos en recordar una de ellas: hace muchos años, se publicó en Extremadura una revista excelente. El hortelano, metido en camisa de once varas, no tuvo empacho en firmar un tarjetón en el que decía algo así como que es tan “buena que no parece extremeña”. El destinatario fue tan imprudente, que publicó aquel deshago. Al día de la fecha -y han pasado no menos de 30 años-, alguien no lo ha olvidado. Ya ven como lo de impertinente, referido a este humilde escribano, viene de lejos. Lo de sacar conclusiones, en razón a quiénes hayan sido los pioneros de las cosas que admira, es asunto de mayor enjundia. Otro ejemplo: ¿saben ustedes quiénes fueron los pioneros de la industria en Extremadura? Por este orden: Manuel Díaz de Terán (Sevilla, 1850), José Fernandez Lopez (Lugo, 1904) y Eusebio González Martin (Puerto de Béjar, 1900). Raparen en sus lugares de nacimiento y verán de qué va la impertinencia.  

Decía que Ibarra, Jáuregui y Antonio Ventura son los responsables de la experiencia más valiosa de promoción de Extremadura a nivel nacional e internacional. El sociólogo José Antonio Jáuregui, muerto hace unos años en plena madurez, lo soñó y lo inventó. Su sueño pasó años invernado en los cajones de la Administración extremeña hasta que el presidente Ibarra lo rescató. Pero, sin la obstinación y la desbordante capacidad de templanza y de concordia de Antonio Ventura, la Academia de Yuste y los Premios Carlos V no habrían pasado, como tantas otras cosas, de las buenas intenciones. Hace algo más de dos años nos propusimos hacer un reconocimiento a Antonio Ventura y te reto, amigo Tulio, que me digas qué otro personaje de la historia reciente de Extremadura cosechó mayores asentimientos, desde la derecha a la izquierda, desde los sindicatos a la autoridad eclesiástica, desde los más impertinentes a los más sumisos; todos nos pusimos en fila para reconocer un suceso tan extraordinario como fue el reconocer la calidad humana y profesional de un contemporáneo que lleva camino de pasar a nuestra historia más querida.

¡Pensar que hayan visitado Extremadura y conocido su realidad y su historia personajes como Jacques Delors, Wilfried Martens, Mijaíl GorbachovSimone Veil, Umberto Eco, José Saramago, Alain Touraine, Paul Preston, Todorov, Vaclav Havel, Gaston Thorn, Rostropovich, decenas de intelectuales de rango mundial, premios Nobel, científicos…! ¡Imaginar que Extremadura y Yuste han estado en la vanguardia del pensamiento europeo y en la concepción de la Europa Social! ¡Pensar que el nombre de Yuste y Extremadura ha circulado por todas las cancillerías por mor de unos premios con el nombre del primer constructor de Europa y que la visita a la Vera haya figurado en la agenda de todos los dirigentes europeos! Es muy probable que todo ello se haya hecho con menos recursos que los que las Administraciones extremeñas dedican en un solo año a financiar festejos intrascendentes.

Aparte de cultivar lechugas y rosales, el hortelano tiene debilidad por la historia. De pequeño tuvo un maestro que le convenció de que todo lo que nos sucede procede de los sentimientos, que las ideas se heredan y que nada en el mundo procede del azar.  La vida y el progreso son secuencias encadenadas. El caso es que el escribidor anda estos días trajinando por la historia y, de repente, ha reparado en algo que le tiene sorprendido y como, aparte de impertinente, es imprudente, se ha embarcado en una tesis que le tiene deslumbrado. El hortelano parte del supuesto de que Extremadura necesita, como argumento de autoestima y como motor de regeneración, algunos elementos de solvencia intelectual e histórica que nos faciliten seguir soñando con un futuro mejor que el que padecieron nuestros abuelos y el que sufren actualmente nuestros jóvenes en paro. No hace mucho se atrevió a poner como ejemplo la admirable cosecha de talento que Extremadura produjo en el siglo XIX, gracias a unas minorías rebeldes e innovadoras. Llegó a dar quince nombres de extremeños extraordinarios, de verdadera relevancia nacional. Luego entramos otra vez en el ostracismo, como es nuestra costumbre. Lo que ahora ha “descubierto”, pensando en la entrega del premio Carlos V a la italiana Sofia Corradi, impulsora del programa universitario Erasmus, es el pasado erasmista de la Extremadura del siglo XVI, el verdadero siglo de Oro de nuestra tierra. Resulta que el emperador que en cierto modo protegió a Erasmo de Rotterdam, el personaje más sobresaliente de la Europa moderna, el padre de nuestra moderna cultura occidental, vino a rendir su vida a un remoto lugar de una Extremadura que, por aquellos mismos años, protagonizaba una de las epopeyas más destacadas de la historia de Europa. Y, ¡oh sorpresa!, al menos para este inexperto lector que vive en la calleja del Altozano, resulta que en aquel mismo periodo, además de conquistadores y evangelizadores, Extremadura produjo tres lumbreras de la cultura nacional, y los tres, en uno u otro sentido, erasmistas convictos y confesos, si es que los académicos me permiten afirmar el erasmismo del primero que voy a citar. Tres extremeños, que -insisto- debieran servirnos para reforzar nuestra frágil y titubeante autoestima. Benito Arias Montano (Fregenal de la Sierra, 1527), El Brocense (Brozas, 1523) y Pedro de Valencia (Zafra,1555). En conclusión: en torno a Yuste, al emperador Carlos V y al pensamiento erasmista se articula la parte más rica del legado intelectual de nuestra tierra. Incluso para cerrar este “círculo” de casualidades históricas, en 1992, un albañil extremeño descubrió en Barcarrota, emparedados, un conjunto de diez libros, entre ellos un valiosísimo tratado de ética de Erasmo de Rotterdam.

Y es así, de lectura en lectura, bajo el portalillo de su terruño cómo el hortelano se ha atrevido a recomendar al presidente de los extremeños que abrevie su proceso de “repensar” Extremadura. Hace mucho que la “repensaron” algunos extremeños olvidados. Solo hace falta leer la historia sin complejos y sin fanatismos.

Me queda todavía, Tulio, otra sorpresa que no sé cómo interpretarla: a qué se debe esa rara predilección de los familiares del emperador Carlos V a morirse en Extremadura. Su abuelo, Fernando el Católico murió, camino de Guadalupe, en Madrigalejo en enero 1516. El mismo Carlos V expiró en Yuste 21 de septiembre 1558. Su hermana, Leonor de Austria, reina consorte de Portugal y reina consorte de Francia, dos veces reina, falleció en Talavera la Real  en febrero de 1558. Su nuera y sobrina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II, reina consorte de España y Portugal, en Badajoz el 16 de octubre de 1580. Y todavía más, su abuela la reina Isabel la Católica recibió el 11 de octubre de 1497, a escasos metros de donde me encuentro cavilando, la noticia de la muerte de su hijo y heredero el príncipe Juan.

Verás, Tulio. Si doy ahora mismo de mano y me alejo de la huerta no más de doscientos metros, puedo ver las paredes donde la reina Isabel derramó las lágrimas más amargas de su atribulada vida. Allí estaban, tratando de consolarla, su marido, el rey Fernando, el cardenal Cisneros y el duque de Alba. Una escena que, cuando al fin mis paisanos logren adecentar la ruina que más les avergüenza, la podrían representar con música de Hernando Franco y de Juan Vásquez y con prólogo de Domingo Marcos Durán. Y digo yo, Tulio, ¿por qué a los viejos nos da por la historia, por el cultivo de tomates y por la salazón de boquerones en vinagre?

 

 

LA HUERTA EN SAZÓN Y EL SAINETE DE TALAVERA

A la vista está que el hortelano se ha tomado unas largas vacaciones, y bien que lo lamenta. Entre otras cosas porque se ha perdido los mejores sucesos que ocurren cada año en su terruño. Por ejemplo: no ha presenciado el regreso de las grullas sobrevolando los cielos de su aldea, felices tal vez por regresar a aquellas otras tierras en las que de inmediato van a iniciar la ceremonia del apareamiento. Tampoco el hortelano ha podido ver cómo las hortalizas de verano tomaban cuerpo y prosperaban. Al regreso, el hortelano toma nota de que un año más se ha producido el suceso más maravilloso del mundo que habita: el de la huerta resucitada, esplendorosa, vestida de gala para recibir la plenitud de las estaciones. Y como el hortelano tiene fácil el verso, ha vuelto a pedir un azumbre de vino para sumergirse el don de la ebriedad y poder asimilar tanta belleza acumulada en un palmo de tierra, tanta perfección de las cosas pequeñas y nutritivas que cercan estos muros sobre los que se recuestan las parras, los rosales o el lilo todavía florecido junto al brocal del pozo. Vuelve a pedirle de prestado a Claudio Rodríguez aquel verso que tienes a mano en la repisa del chabuco:

¡Meted hoy en los ojos el aliento/del mundo, el resplandor del día!

Y una vez reconfortado, con los cinco sentidos repletos de la lujuria de su huerta, habrá que volver a la dura tarea de la impertinencia. No vaya a ser que entre versos y hortalizas termine por caer en melancolía, leyendo de nuevo las odas de Horacio y las agriculturas de Columela. Pues no; que es tiempo de cultivar la impertinencia, que para eso tienes el cesto repleto, y esta mañana  -¡si no lo vieras, no lo creyeras!-, te has sobresaltado leyendo el papel del día, viendo cómo las autoridades de tu región han cometido un error que les acompañará de por vida. Cuando en el futuro se haga antología de los disparates perpetrados por los políticos, este que estás leyendo merece perpetuarse en el recuerdo. Hagamos nómina de otros dislates: la campaña del “paleto”, la financiación de los ordenadores Dragón como si se tratara de una revolución tecnológica, la promoción de la película que dejó maltrecha la imagen de Extremadura, el fiasco de Hering, el cierre de la quesera Monteoro,  etc., etc.

¿Lo estás leyendo o lo has soñado? Pues no dicen los papeles en portada que todos los prebostes de nuestra tierra, estén o no en el gobierno, se han conjurado entre ellos para comparecer en la base aérea de Talavera y recibir al emir de Dubái que viene a su feudo de Táliga para tomar posesión de no se sabe qué. He aquí a Fernández Vara, a Monago y al alcalde y a la delegada del Gobierno, militares de altísima graduación,  todos, todos, no sé si al son de chirimías, a acaso faltaron los atambores, como también faltó el obispo o arzobispo, que si lo hubieran hecho habría sido cosa admirable. No me digan que la escena no se presta al escarnio, que si la cosa no fuera tan seria, este escribano estaría recordando a Bienvenido Míster Marshall o aquella escena de los Santos Inocentes en la que la servidumbre espera la llegada de los “amos” o alguien se atreva a recordar que tal vez los restos de Alonso de Monroy se revuelvan en su tumba viendo como los árabes vuelven a do solían y que si cunde el ejemplo, todavía los jeques del petróleo podrían rehabilitar las almenas de algunos castillos árabes en latifundios extremeños. Bien seguro que si el mismísimo Berlanga viviera le hubieran entrado ganas de hacer una nueva versión de Bienvenido Míster Marshall contemplando la escena del aterrizaje del Boeing 747 en el aeropuerto de Talavera repleto de jeques y cómo la comitiva del sultán era saludada por las autoridades locales y de inmediato emprendían viaje a Táliga a bordo de una flota de 20 vehículos Ranger Rover y Mercedes. Hasta el contraste entre el atuendo del jeque –vestido de hockey dominguero- y la formalidad de los gerifaltes extremeños serviría para ambientar los primeros planos del nuevo Bienvenido.

Ya sé que el asunto es más serio. Tan serio que es la confirmación de la ineptitud de todos nosotros  para producir riqueza y prosperidad. La presencia de Fernández Vara y de Monago, con la esperanza de que el jeque de Dubái emprendiera actividades empresariales en Extremadura, viene a ratificar la idea de que los extremeños por si solos, ni siquiera con los recursos de la Unión Europea, hemos sido capaces de industrializar la región. Y para demostrarlo, miren a nuestros jerarcas formados junto a la escalerilla del súper Boeing.  Miles y miles de hectáreas, cortijos y mansiones, mataderos de corderos, en manos de los jeques de Dubái, dueños y señores de las tierras que hace unas centurias pertenecieron a sus abuelos. Nada de racismos y menos de xenofobia, que si fuera el mismo Donald Trump, este hortelano escribiría idénticas impertinencias.

Hace unos días, por tierras de Gata, unas decenas de extremeños provectos reflexionaban sobre los problemas de nuestra tierra, sobre cómo pasan las décadas y los medios siglos, y esta tierra sigue y sigue en los lugares más bajo del progreso. Allí se apostaba por la capacidad del pueblo extremeño para doblar el pulso al atraso.  Y miren por dónde, días más tarde, los papeles presentan la escena de los jeques y sultanes en el camino de Táliga.

¿Cómo una persona con buen criterio y razonable, cómo lo es sin duda Fernández Vara, se ha prestado a protagonizar tan monumental disparate? ¿Se imaginan la escena en cualquier otra Comunidad Autónoma? Y todo ello por la remota posibilidad de que unos nuevos terratenientes autócratas de países nada recomendables vayan a invertir en un matadero, que nosotros mismos fuimos incapaces de rentabilizar.

Digo yo, amigo Tulio, que el gesto tan concertado de autoridades civiles y militares recibiendo bajo palio a un señor vestido de jarana es reflejo del complejo de inferioridad de los extremeños. Digo más: que evidencia el subconsciente de servilismo que aun alienta en nuestras conciencias. Y, además, es prueba de incompetencia para resolver nuestros propios problemas mientras tendemos la mano ahora al imán de Dubái, como antes lo hicimos a Madrid o a Bruselas. La escena del aeropuerto de Talaverilla es posible porque nos falta espíritu crítico para decir en voz alta lo que todos o casi todos estamos pensando.

Ya ves, Tulio, cómo este infeliz hortelano no ha sucumbido al síndrome de Stendhal cuando esta mañana se puso a leer el papel en el portalillo de la huerta. De pronto no supe si el vértigo que me acometía estaba determinado por la imposibilidad de digerir la acumulación de belleza que mi huerta exhalaba o era fruto del disgusto que me produjo el sainete del aeropuerto de la aldea en la que murió la hermana del emperador Carlos V.