Don Quijote y la doble realidad que aqueja a los políticos extremeños

 

Hay que estar tan poco cuerdo o tan aburrido de la vida como el hortelano para haberse pasado diez horas ante una pantalla de la maquinaria viendo cómo debatían los próceres extremeños de la política el estado de su región a imagen e imitación de lo que sucede cada año en el Congreso de los Diputados. El poder de la emulación hace estragos en la vida de la nación y sus resultados bordean a veces el esperpento. Además, el que suscribe está leyendo un libro extraordinario que le tiene embebido por las tardes, porque dicho está que, por las mañanas, el hortelano se dedica a recolectar en su huerta lo que la providencia le brinda esta temporada que, a Dios gracia, llega bien nutrida de mercancías. El libro se llama “¿Dónde se encuentra la sabiduría? de Harold Bloom y es un recorrido por la historia de la humanidad tratando de descubrir las huellas más sobresalientes de la inteligencia. Voy, amigo Tulio, por el capítulo en el que compara el genio de Shakespeare y de Cervantes compartiendo la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta ahora. Y no será este lector inexperto quien lo corrija porque habrás visto con frecuencia una edición del Quijote en el portalillo de la huerta junto a la tijera de poda o el rastrillo. Viene a cuento lo del libro de Bloom porque el hortelano lleva toda la mañana distraído de sus obligaciones hortelanas escuchando en la maquinaria los discursos que se pronuncian en Mérida desde el alba hasta el ocaso. Al igual que Cervantes inventó en el Quijote otro mundo, y los sucesos en él relatados no fueron reales sino metáforas de la vida humana, algo parecido ocurrió en la Asamblea de Mérida. Escuchando a los dirigentes políticos extremeños, de repente se me vino a la sesera que parecían personajes sacados de un quijote genuinamente extremeño, de modo que lo que estaba escuchando en el hemiciclo no respondía a la realidad sino a otra región o territorio inventado. Y así cuando Fernandez Vara se refería a la “economía circular”, a “monetizar el medioambiente” o a la “economía verde ciudadana” era igual o parecido a cuando don Quijote alanceaba molinos de viento o nos contaba los embustes de Ginés de Pasamonte. No creas, amigo Tulio, que fue Fernández Vara el único que levitó en el hemiciclo de Mérida porque, tan pronto se abrió la caja de las fantasías, aquello se convirtió en un torneo de inventivas y ¡vaya que si compitieron Vara y Monago, Álvaro Jaén y doña María Victoria Domínguez!  

Harold Bloom advierte que tenemos que tener presente que don Quijote estaba en guerra permanente con el principio de la realidad, pero no era ni necio ni loco aunque tuviera una doble visión de la realidad, aquella que nosotros mismos vemos más otra que entra de lleno en el reino de la ficción. Por la invención de esta doble realidad es por lo que el Quijote y Cervantes han pasado a la posteridad como grandes genios de la sabiduría y será por esto mismo por lo que los políticos extremeños están en trance de serlo. Fíjense cómo habrá sido la cosa que el presidente extremeño en un momento determinado llegó a asombrarse de que sus adversarios no entendieran la realidad de la que hablaba.

Puede ocurrir que el hortelano, dispuesto siempre a disparar una impertinencia, haya perdido reflejos para observar la realidad, bien por su incapacidad para la doble visión  o bien por sus limitaciones para advertir que donde Fernández Vara veía oportunidades de progreso para los extremeños, él solo perciba estancamiento o retroceso en el modelo de desarrollo. ¡Vaya usted a saber! Desde antiguo, es decir desde los tiempos en los que todavía conservaba mejores reflejos, el hortelano ya advertía que cuando bajaba a su aldea le sobrevenía una situación que ahora, releyendo a Bloom, repara que bien pudiera tratarse del mismo síndrome que afectaba a don Quijote: el de la doble realidad, o  mejor dicho el de la doble visión, con la diferencia de que al hortelano solo le llegaba una de ellas. Ocurría que en todas las conversaciones que manteníamos con los amigos de Extremadura, una vez que nos dábamos el parabién y reconociéramos las bondades de la tierra extremeña, el hortelano reparaba que sus interlocutores veían una realidad distinta a la que el mismo observaba. Por ejemplo, cuando, en épocas de las vacas gordas y sobrealimentadas, sus amigos le hacían ver los progresos que se estaban operando en los pueblos y en las ciudades -carreteras, casas de cultura por doquier, polideportivos, cohetería variadas-, y él preguntaba por el tejido industrial, por los índices de transformación de los recursos y por otras bagatelas económico sociales o reparaba en la desgracia de que el escaso talento disponible estuviera hinchando los escalafones funcionariales o que ellos mismos no se atrevieran a decir en público lo que con tanta llaneza expresaban en privado. En el corro de los amigos siempre que hacíamos rueda de opiniones, aquel que ya tenía vocación de hortelano impertinente comenzó a sufrir un cierto complejo de daltónico. Y ahora recuerdo un pasaje de lo que escribió Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote: siempre que se reúne un grupo de españoles preocupados por el presente y el porvenir de su patria, desciende sobre ellos el espíritu de don Quijote creando una especie de dolor étnico.

Pero ¿no veis, mis queridos amigos, que en Extremadura no se está creando riqueza por mucha fuente luminosa que inauguréis,  por mucho cemento que echéis sobre la tierra, por muchos cursos de sexadores de pollos que financiéis o por mucho que estiréis los escalafones de funcionarios?

-Pues no, Tulio. Mis amigos no sufrían ninguna clase de “dolor étnico”. Y no lo sufrían a pesar de que sus hijos se marchaban a Madrid o que las autopistas producían un efecto derivado perverso: facilitaban la exportación de sus materias primas sin necesidad de transformas dentro. ¡Calidad de vida, amigo Tulio, calidad de vida!

Fue de este modo como el hortelano derivó hacia el noble género de la impertinencia en la tierra de la autocomplacencia. Mis amigos no corrían el peligro de contagiarse del dolor étnico que tan sabiamente describió el filosofo cuyo abuelo ejerció en Plasencia de probo funcionario de justicia y allí mismo produjo la primera publicación especializada en la música culta. El hortelano no recuerda a ningún extremeño con legado intelectual en la historia al que no le haya “dolido su tierra”. Y así ha sido como esta mañana escuchando a los políticos en el debate del estado de la región ha vuelto a recordar el día en el que trató en vano de razonar el síndrome de la irrealidad que aqueja a los dirigentes extremeños desde que tengo uso de razón democrática. Me refiero a la falta de correspondencia entre la realidad que refleja la vida oficial e institucional con la realidad misma. Como si fuera una especie de ámbito surrealista, o, mejor dicho, una operación de “desrealización” de la vida extremeña o acaso, como decía, una especie de “agnosia” que afecta a las clases dirigentes de la región.

Te recomiendo, Tulio, que escuches aquel pasaje del debate en el que Vara y Monago filosofan, no sobre las dos Españas, sino sobre las dos Extremadura. Para Vara era necesario deshacer la realidad de las dos Extremadura: la Extremadura del eje de la N-630 y la del Este/Oeste, la una con un cierto desarrollo y la otra a punto de despoblarse. Y veas también la chirigota de Monago santiguándose para rebatir la doble Extremadura (Norte/Sur, Este/Oeste) que propiciaba su adversario. Y en estas estaban cuando intervino María Victoria Dominguez para señalar otra forma de ver las dos Extremaduras: la Extremadura del hemiciclo que se pelea y la Extremadura de fuera, la Extremadura real que se abochornaría de lo que estaba ocurriendo en la Asamblea.

Pero el mayor surrealismo ocurrió más tarde, cuando los representantes de los grupos políticos presentaron “propuestas de resolución” para socorrer las necesidades de los extremeños. Fue como si por arte de magia, alguien hubiera dicho: pedid, que se os concederán todos vuestros deseos, o como los feriantes extienden en el mercadillo la alfombra sobre la que colocan toda suerte de baratijas. No creas, Tulio, que los políticos pidieron apoyo a las empresas eficientes para asegurar empleos de calidad, fábricas para elaborar los productos, proyectos para favorecer iniciativas que mejoren las redes de distribución o de comercialización de los recursos. Incluso se pidió dinero a Madrid y a Bruselas por conservar las encinas y las dehesas como si fuera un impuesto ecológico. Al contrario, las decenas y decenas de resoluciones presentadas o aprobadas tenían como objetivo principal o exclusivo las subvenciones, subvenciones para todo y para todos. ¡Y nos lamentamos del tópico de la Extremadura subsidiada…!

Como el día se le fue al hortelano dedicado a fisgar en lo que ocurría en el concilio de los políticos apenas tuvo tiempo que recrearse viendo como han entrado en sazón las tomateras, despreocupado de si mi pegujal  responde o no la “economía verde ciudadana” o a la “economía circular” o si he de “monetizar” este pequeño paraíso antes de que me asalte la tentación de solicitar una subvención en la ventanilla del funcionario para el que la Asamblea de Extremadura sí ha tenido tiempo y sensibilidad de pedir una reducción de jornada.

 

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2 comentarios en “Don Quijote y la doble realidad que aqueja a los políticos extremeños

  1. Julio Saavedra Gutiérrez

    Este tu vecino, tan insolente como tu impertinente, es un tanto quijotesco en asuntos de la defensa de aquellos asuntos que tiene en debajo de su celada. Te leo con aplicación todo aquello que compartes con tus lectores desde el chabuco altozanero. Dicho eso y viendo que en más de una ocasión has intentado convencer al amigo Tulio de la no necesidad de un solo kilómetro más de autovía en esta nuestra Extremadura, ahí no estoy de acuerdo. Hace mucho cuando se me escuchaba en alguna ejecutiva regional, me quedaba solo defendiendo la necesidad de comunicar las dos capitales, no por autopista, pero una mejora de la actual carretera, sí que es necesaria, llámese vía rápida, autovía o como quierase. Quien hace el trayecto CC-BA varias veces al año por diversos motivos nunca será objetivo, pero quien ha compartido transporte público sanitario con quienes venían desde Las Hurdes o Sierra de Gata (por poner dos ejemplos) para recibir un tratamiento de 2 minutos o hacerse una prueba nuclear, sabe de la necesidad de algún euro invertir no solo para un mejor transporte de lo no manufasturado, sino no dar más sufrimiento a quien ya no tiene poco. Recuerdo que el único hospital de referencia regional en asunto peliagudos está en Badajoz, las competencias sanitarias son regionales, o sea, más sufrimiento al sufrir. Siento la extensión y el no estar de acuerdo. Amigo Tulio sigue preguntando y obtendrás respuestas.

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    • Tal vez el hortelano no se haya expresado bien o justificado suficientemente su opinión, mi querido vecino y sin embargo amigo. Pienso que nuestra tierra tiene carencias más importantes, y urgentes de resolver, que más kilómetros de autovías. Pertenezco a una cofradía que está estudiando a nivel técnico -ellos, que no este pobre hortelano ignorante- el asunto de las infraestructuras y me confirman la misma opinión. Pero lo importante es el debate y la reflexión, y probablemente tengas razón…

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