Un elogio y dos impertinencias sobre la Universidad extremeña

 

Te contaré esta mañana de verano, amigo Tulio, la razón de mi contento. Y te advierto que si notas en mis palabras algún artificio, es decir, si emborrono la pantalla imitando con torpeza, qué sé yo si a Sancho el escudero o a Baltasar Gracián, el patrón de los impertinentes, es sin duda porque este hortelano viene estos días leyendo tratados sapienciales u otras prosas de mucho sustento. Y ocurre como cuando, cualquier mañana, te levantas con una cantinela entre los labios y te pasas las horas tarareando la copla. Acabo de leer, amigo Tulio, en el papel de mi provincia un artículo crítico desvelando el desafuero con el que se gobierna la Universidad de nuestra tierra. Tengo la sensación, acrecentada por la lectura de esta crítica que firma un tal catedrático de Microbiología, que las poltronas académicas se conceden en Extremadura de la misma forma que se hacían los tratos en el patio de Monipodio, citando otra vez a Cervantes. Si el hortelano recuerda bien el célebre patio sevillano, en él había estudiantes que trataban de doctorarse en el arte de la picardía. Es decir la comparanza entre la Universidad y el patio de los trúhanes, viene a cuento al menos en la forma en que se otorgan las cátedras. Y si hubiera espacio trataría de recordar cómo en el lugar de Monipodio –¡genial otra vez don Miguel de Cervantes!- había un tiesto de albahaca y tengo para mí que la planta de albahaca en aquel lugar fétido jugaba un papel de sugerencia  moral o espiritual

Ayer por cierto, amigo Tulio, en el mercadillo de mi aldea compré varios “pies” de albahaca y mira por dónde esta mañana me ha venido a la cabeza el patio de Monipodio. Comprenderás que este hortelano se sienta especialmente cauto al escribir de la Universidad porque, aunque modesto pegujalero, tiene amigos admirables y admirados en casi todas las facultades extremeñas y en su reconocimiento y homenaje debiera ser excepcionalmente prudente cuando escriba, por ejemplo, que siente bochorno de cómo se han cubierto muchas cátedras y departamentos por razón de credo político o por motivos más inconfesables. Gentes que en otras Universidades habitarían los escalafones docentes más ínfimos, en la de tu tierra, amigo Tulio, lucen antorchados. Es lo que viene a decir este de Microbiología que se ha atrevido a poner hoy en solfa al estamento universitario extremeño. Esta era la razón de mi contento mañanero: comprobar que, al menos, alguien se atreve a poner por escrito lo que piensa de su tierra. ¡Bienvenido, señor catedrático de Microbiología don Germán Larriba a la cofradía del nobilísimo arte de la impertinencia!

El hortelano bajó el otro día a la Universidad a escuchar cómo medían las actitudes y aptitudes de los jóvenes universitarios para ser en el futuro empresarios, que uno no sabe si la Universidad debe asumir también esta competencia. Lo cierto es que en aquella Facultad da clases uno de las personas más activas en promover el desarrollo de Extremadura y el hortelano no se cansará nunca de alabar la inquietud de este catedrático que, además, ejerce con independencia. Resulta que aquella mañana, de una forma solemne, con tantos periodistas como asistentes, el Rector y el presidente de la Comunidad se dedicaron a alabar el trabajo que la Universidad realiza en la promoción de las vocaciones empresariales. ¿Quién se va a atrever a criticar que alguien, así sea la Universidad, se dedique a promover vocaciones empresariales? Y como al hortelano alguien le pidiera opinión, no se le ocurrió otra impertinencia que lamentar que en un acto con tanta ceremonia promocionando la actividad empresarial o emprendedora, no hubiera ni un solo representante de la sociedad civil más directamente relacionada con el mundo de las empresas: ni las patronales, ni las Cámaras de Comercio si es que existieran, ni las organizaciones de cooperativas, ni los Colegios Profesionales como tales, nadie que no fuera el llamado estamento universitario. Era una fiel representación de la sociedad extremeña: el mundo institucional –el dinero público- por una parte, y la vida real por otra. Y me dirás, amigo Tulio, que de quién es la culpa y yo te responderé a la gallega: no vaya ser que no exista sociedad civil verdadera o que tal vez el empresario privado esté también en la cola del dinero subvencionado.

El último argumento de esta crónica hortelana tiene motivo igualmente universitario y es para felicitar al señor Rector por haberse atrevido a llevar a Guadalupe uno de los cursos de verano. ¿No te asombras y sorprendes, amigo Tulio? La Universidad de Extremadura haciendo sede en el lugar de la mayor infamia y vergüenza de tu tierra, en el pueblo en que ejerce de pastor un fraile filibustero, en el territorio que gobierna un arzobispo por razones feudales…¡Enhorabuena, presidente Vara, por haberse atrevido a llevar su autoridad al espacio que mejor representa la historia de Extremadura! Al año, que viene, más, incluso mejor. A ver si los extremeños nos atrevemos a tomar propiedad de Guadalupe.

Me preguntabas, Tulio, algo más de andar por casa: cómo fabricar un menú apetecible para festejar el esplendor de la huerta. Si me haces caso, podríamos hacer lo siguiente: un gazpacho o, todavía mejor, un salmorejo. Dos kilos de tomates morunos, un tercio de pan, si es posible de horno del día anterior, bien amollecido en el caldo de los tomates, una buena rociada de aceite de Sierra de Gata. Un ajo. Pásalo por la batidora y enfríalo en el congelador. De segundo, huevos del gallinero fritos en buena aceite con dos cucharadas soperas de entomatada. El secreto de la entomatada (tomate, cebolla, pimiento verde, ajo y una hoja de laurel) es freír por separado los ingredientes y dejar borbotear el conjunto no menos de dos horas hasta que el caldo de espese. Si le añades, unos trozos de panceta de ibérico, comprobarás que el cielo está al alcance de cualquier pecador que no frecuente al prior de Guadalupe. Todo ello acompañado de un modesto tempranillo cultivado por un hortelano hedonista. Verás cómo se nos alegran las tripas pensando en la sobremesa que nos aguarda. Como dijo uno de los más ilustres impertinentes de la historia, la felicidad de cada uno no consiste ni en esto ni en aquello, sino en conseguir y gozar cada uno de lo que le gusta.

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2 comentarios en “Un elogio y dos impertinencias sobre la Universidad extremeña

  1. Vicente Manzano Blázquez

    Sí señor, bonito desparpajo por parte de mi paisano de la huerta de junto al Marco.

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