Procura, amigo Tulio, que una subvención no te solucione la vida

 

 

Como de costumbre el hortelano anda perplejo y en estado de confusión. Tan pronto le parece que la esquina principal de la plazuela del Altozano de su pueblo es el mejor observatorio para palpar el universo, como  cree que, para mejor entender el microcosmos de su aldea, habría que pedir ayuda a un Instituto de Sociología Aplicada  para comprender los  comportamientos de esta tierra, antes de que a los viejos nos saquen la tarjeta morada. O lo que es lo mismo: si un equipo de sociólogos quisieran investigar cómo eran las sociedades antiguas, les diría: vengan ustedes conmigo que les voy a dar un paseo por mi aldea. Comprobarán cómo existen todavía vestigios, -¡qué digo vestigios; vigas maestras!-  de cuando la sociedad extremeña era un feudo. Confirmarán la razón principal de que esta Comunidad viva todavía una etapa preindustrial sin visos de sostenibilidad ni en lo económico ni en lo social.  Tampoco sé cómo se puede compaginar el interés que en el hortelano despiertan las costumbres de estos pueblos con la necesidad de pasar página en la historia y enfilar nuevos derroteros. No vaya a ser que el folclore y las capeas y los santos patronos y las liricas populares sean elementos retardatarios de la evolución o de la revolución que los pueblos necesitan para sobrevivir. Por ejemplo, cuando el hortelano ve, este mes de agosto, la televisión autonómica llena de jolgorios de fiestas patronales, de paisanos felices de reencontrar sus tradiciones o de gentes muy ordinarias que dicen banalidades, no sabe si festejar también las tradiciones o de rebelarse contra la historia.

En los ratos que le deja libre la huerta, el hortelano colecciona en estos días biografías de paisanos heterodoxos, todos aquellos de la “cáscara amarga” que tuvieron la osadía de rebelarse. Le ha bastado ir un rato a la capital y dedicar el tiempo que le quedó libre de comprar un líquido contra la araña roja y entrar en aquella tienda que huele a libro antiguo y a inteligencia y pedir “dame cuarto y mitad de heterodoxos” y se trajo un tesoro. Leyendo la vida de santos heterodoxos extremeños, el hortelano ha llegado igualmente a la conclusión de la pervivencia en la actualidad de rasgos y atributos de la Extremadura feudal. El escribidor ha  descubierto a un médico rural, Antonio Elviro Berdeguer (Salorino, 1892-1936), comprometido en la defensa de los campesinos sin tierras y  en la lucha contra los latifundios y los absentistas, regeneracionista más que socialista, cuya memoria ojalá no se hubiera extinguido. De la lectura de su biografía, el hortelano conserva aún el sabor de los tiempos republicanos preludiando la guerra civil. Lo mismo que conserva también el recuerdo de otro regionalista converso al régimen (¡qué remedio, el pobre hombre, represaliado por masón y socialista!), Juan Luis Cordero, y autor de un bellísimo poema campesino  que sirvió para la letra del himno de la patrona del pueblo del hortelano. Y si hubiera tiempo para contar las peripecias de Juan Luis Cordero, escribiría también algo de la historia del bisabuelo zafrense de Antonio Machado (el definidor de las dos Españas), José Álvarez Guerra, recién nombrado “jefe político” de la provincia de Cáceres, autor de manifiestos extremeñistas liberales que soñaba, en el año 1822, que Extremadura igualara pronto el nivel de riqueza de las otras regiones  y “aun superarlas si fuera posible”. ¿Cuántos años han transcurrido desde aquella fantasía?

Ya ven cómo, con tanta lectura republicana y liberal en el portalillo de la huerta, al hortelano le ha dado por pensar en aquello de las dos Españas y en las dos Extremadura porque cada vez está más convencido de la existencia de dos Españas, como convencido está de las dos Extremadura, que así de reduccionistas se ha sorprendido mientras cogía higos de la higuera -hay que cuidar de no caerse de la higuera, que encierra mucho más peligro que resbalarse de un guindo-. Tan pronto clarea, el hortelano registra su higuera, de ella toma nada más que los frutos coronados de gota de miel, los deposita en un cubillo de zinc y son, cada día, su primer trofeo hortelano. Volviendo al tema de la República y de los heterodoxos extremeños, pienso , amigo Tulio, que, aunque no son tiempos de guerras, sí lo son de graves conflictos que afectarán a nuestros hijos. La situación política de España bien merece una comparanza con la de la República hasta el punto de decir que si don Manuel Azaña y don Nicasio Alcalá Zamora se hubieran tomado un café en tiempo y forma  y  hubieran invitado a don José María Gil Robles, los españoles nos hubiéramos ahorrado un montón de muertos y el retardo de 40 años en el ejercicio de la democracia. Lo mismo que si ahora mismo Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera se tomaran una cerveza a solas y en mangas de camisa, otro gallo nos cantara. De Pablo Iglesias, el usurpador del nombre de un hombre importante de nuestra historia, les diré que su pervivencia depende de no suscribir ningún acuerdo con los partidos turnantes. Representa al mundo de los airados y los cabreados no están para ser “abajofirmantes”. ¡Vaya que si existen las dos Españas! y por desgracia cada vez más irreconciliables: la España que tolera o justifica o ejerce la corrupción, y la España que la detesta; la España tolerante y laica y la España confesional y arrogante; una España doctrinaria y sectaria y una España abierta; la España activa y la España subvencionada; la España que cree en la igualdad y la España que suspira por la castas; la España de la meritocracia y la España del chalaneo, y así sucesivamente. En pleno ejercicio de impertinencia, el hortelano podría clasificar a cualquiera de sus conocidos en cada una de estas categorías, pero no lo hará –tranquilo, amigo Tulio- por aquello de vivir pacíficamente en su aldea durante el tiempo que la providencia lo consienta.

Si hay dos Españas, ¿cómo no va a haber dos Extremadura? Las hay y cada una de ellas se representa en la máxima pureza. Donde antes había grandísimos latifundios, propietarios absentistas y tierras sin labrar, jornaleros y braceros empobrecidos, hoy se llaman empleos campesinos precarios, trabajo social , es decir  subvencionado, sujetos a la renta básica, rentas activas de inserción, contratos de primera experiencia, ayudas para atender a la dependencia, etc., toda una intrincada gama de subvenciones. El hortelano se asombra y se escandaliza de ver cada día a esa pandilla de jóvenes sujetos al trabajo social apenas productivo. Hay pues, una Extremadura dependiente y una Extremadura autónoma; una Extremadura de empleados y una Extremadura del paro o del trabajo subvencionado; una Extremadura de funcionarios y una Extremadura de empleo precario; una Extremadura de gente instalada y una Extremadura en estado de permanente necesidad; una Extremadura de hombres y mujeres autocomplacidas y encantadas de haberse conocido,  y otra Extremadura de gentes sufridas y resignadas.

¿Existirá una Extremadura rebelde o como en los tiempos de Antonio Elviro Berdeguer una Extremadura sumisa y claudicante?  El hortelano se ha puesto a buscar en su memoria versos de Cernuda sobre la idea de la revolución que siempre llega y, afortunadamente, los ha encontrado en una antología que tiene a mano, tan a mano que ha de cuidar siempre que la abre para que los hojas del libro no alfombren el cuarto de baño:

La revolución renace siempre, como un fénix/Llameante en el pecho de los desdichados./Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles/ de las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro./ Silbando entre las hojas, encanta al pueblo/ robusto y engañado con maligna elocuencia,/ y canciones de sangre acunan su miseria (La visita de Dios, Luis Cernuda)

Mira, Tulio, si en Extremadura no existiera una sociedad subvencionada, muy amplia y muy dilatada, a esta hora estaríamos de nuevo exhumando no solo los versos de Cernuda, también los del niño yuntero de Rafael Alberti (“Los niños de Extremadura/van descalzos/Quién les robó los zapatos”), o los de Miguel Hernández en el frente de Extremadura, aunque la revolución se llame ahora “campamentos de la dignidad” o “Podemos”.

Pero el hortelano impertinente reniega del bando de los demagogos y del de los autocomplacidos; se encuentra más cómodo entre aquellos que inventaron el regeneracionismo, y se pregunta por la razón de que 354.000 extremeños (más de un 30 por ciento de la población) vivan en hogares con rentas inferiores a mil euros mensuales, según datos del Instituto de Estadística de la Comunidad, y todo ello a pesar del empleo protegido, del empleo subsidiado y de la renta básica. No me atreveré yo a decir que la responsabilidad de esta situación sea también de quienes han sido incapaces de promover el desarrollo económico, y de quienes se  hallan cómodamente instalados en el sistema de subvención, que no de protección social.

El hortelano se ha quedado con el regusto de los versos de Cernuda, este sí plenamente heterodoxo, que reflejan la perplejidad y la incertidumbre entre el regreso feliz a su Ítaca, es decir a su huerta, o seguir andando camino aunque sea apoyado en una vara de olivo o de granado: “¿Volver? Vuelva el que tenga, /tras largos años, y tras un largo viaje,/ cansancio del camino y la codicia/de su tierra, su casa, sus amigos/ del amor que el regreso fiel le espere…./Sigue, sigue, adelante y no regreses,/fiel hasta el fin del camino y tu vida,/ no eches de menos un destino más fácil,/ tus pies sobre la tierra antes no hollada,/tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Pero estos veros de Cernuda no son de claudicación, ni nacidos de la soberbia de la edad a punto de cruzar la otra orilla, son versos de rebeldía, de continuar el camino, sin hijos que te busquen, sin esperar a Ítaca ni a penélopes que te aguarden, sin confiar –dice el hortelano impertinente- que una subvención te solucione la vida.

 

El sueño de una noche de verano y el cuento de los dos tomates

 

 

Cuando el calor me echa del portalillo de la huerta para buscar cobijo en el zaguán de la casa junto al escaño y la toza  -¡manda carajos que fuera este el lugar más calentito en los inviernos y de más frescor en verano o qué listos eran mis muertos que sabían construir en un mismo espacio un único lugar para el sosiego y el descanso!-, decía, Tulio, que la calorina de estos días me ha hecho pensar que deberíamos de aprovechar las oportunidades que el buen dios de la huerta nos concede a los más pobres que ni tenemos industria y apenas comercio y aparecemos cada día en las estadísticas en posesión perpetua del último taburete.

Si el hortelano tuviera competencia estaría ahora mismo convocando, a concilio en su huerta, a economistas y sociólogos y tecnólogos y productores de cine y de televisión, y a expertos en turismo, en marketing y en nuevas tecnologías, también a arqueólogos e historiadores –¡por favor abstenerse políticos y burócratas!- para redactar juntos un plan estratégico sobre cómo aprovechar y rentabilizar el éxito del fenómeno social que domina la actualidad extremeña este verano. ¿Quién iba a pensar que los cascos antiguos de nuestros pueblos y ciudades terminarían convirtiéndose en platós al aire libre para ambientar series de televisión, películas y material variado para abastecer a la industria nacional, y quién sabe si no también a la mundial? Ahorro la lista de las grandes producciones audiovisuales que en estos días reservan hoteles y restaurantes y acuden a todo género de artesanos para completar sus producciones, pero sepan todos ustedes que Trujillo, Cáceres, Plasencia, se están convirtiendo en una fuente de promoción y de ingresos insospechados. Y no es esto lo más importante -aunque de verdad nos importen mucho los ingresos que las producciones audiovisuales ocasionan-, sino la seguridad de que estas películas y capítulos de series de televisión van a significar la mayor promoción turística de nuestra historia. En todo el mundo, o al menos en la mitad del mundo, existen ejemplos muy interesantes de cómo los mitómanos de una película o de una serie, pasados los años, hacen peregrinación a aquellos lugares que sirvieron para el rodaje de las escenas que nos conmovieron en la pantalla. Y mientras recorren los escenarios, comen, se entretiene o se divierten después de haber reservado habitación en el hotel o en la casa rural más próxima.

Es decir, amigo Tulio, tenemos que ser capaces de aprovechar y de rentabilizar las oportunidades que cada vez en mayor medida se nos presentan por mor de la calidad de los escenarios naturales de nuestros ciudades y paisajes, y esta es la razón de la ensoñación de este hortelano, al que tal vez un golpe de calor le ha provocado la ilusión de organizar un think tank sobre Extremadura y las oportunidades de promoción y progreso derivadas de sus potencialidades en el sector audiovisual.

Y el hortelano debiera abstenerse de mostrar su escepticismo sobre el particular advirtiendo que cómo se va a conseguir esa entelequia, si no hemos sido capaces de promover la imagen de Hernán Cortés en su pueblo y apenas la del emperador Carlos en La Vera, ni la de Guadalupe en toda Iberoamérica, ni el legado de Zurbarán, ni el del Divino Morales, ni el de Valdivia y, si lo hemos hecho, lo ha sido de forma torpe e incompleta, aunque hace solo unas semanas se hablara de estas cosas en Guadalupe en una iniciativa tan atrevida e insólita como fue la organización de un curso de verano de la Universidad de Extremadura desafiando el poder de la mitra toledana. Y debiera ser más prudente si se refiere al escándalo de Valdecañas; que para una vez que un grupo inversor se atreve a apostar por Extremadura para hacer un desarrollo turístico de largo alcance, van los políticos y lo estropean, porque los responsables del fiasco de Valdecañas no han sido los promotores de la urbanización, ni las asociaciones ecológicas que lo objetaron, sino los políticos que hicieron mal las cosas a sabiendas. ¡Tendría gracia que fuéramos los extremeños los que termináramos pagando la prevaricación o la torpeza de quienes lo aprobaron!

Hace unos días, comentábamos en la huerta cómo en la Toscana aprovechan los flujos turísticos parta sacar el máximo rendimiento de quienes llegan atraídos por el patrimonio monumental de una región incomparable. Han conseguido convertir en viajero al que llegaba como turista. Llegaban buscando el esplendor del Renacimiento y de los Medicis, y han terminado cautivados por el paisaje, la gastronomía y el estilo de la Toscana. Han conseguido fabricar un producto, que se llama toscana.  El viajero se hospeda, no solo en hoteles, sino en establecimientos rurales o en las villas diseminadas por toda la comarca, homologadas y de calidad contrastada. El toscano trabaja con orgullo y calidad toda la gama de productos que el viajero pueda consumir: el vino y el aceite, el pan y la pasta, la aceituna y sus derivados, la carne y los quesos, hasta el calzado es de la región. El vino es de la viña con nombre propio y el toscano sabe decantar el aceite y cosechar la hortaliza y la fruta y producir plantas aromáticas en las colinas. Cuida su patrimonio rural, la casa y el cercado y es el primer interesado en conservar el paisaje; no se puede contaminar con hormigón el horizonte de un sendero de cipreses ni la visión de una colina de olivos o de vides. Algo similar era lo que proponía para Extremadura en una de sus columnas más recientes mi amigo el pionero de la agricultura ecológica u orgánica, si es que no lo impedía el ejército de burócratas siempre dispuesto a controlar, más que a incentivar, las iniciativas emprendedoras.   

Al contrario de Toscana, te hablaría, Tulio, de cómo nosotros no hemos sido capaces de aprovechar los recursos que nos legó la historia; de cómo un pueblo lleva cinco años luchando para proteger una plaza porticada que si estuviera en Toscana, harían cola para visitarla; de cómo en muchos bares se maltrata al viajero, y como en restaurantes que en la Toscana serían lugares con encanto, se abusa del comensal. Hace unos días, el hortelano recorrió el Valle desde Plasencia a Tornavacas. ¡Qué maravilla de paisaje, de cascos antiguos bien conservados, de frescor, de agua embalsada! ¡Que atrocidad de urbanismo en los bordes de la carretera! ¡Qué forma más bárbara de destruir riqueza de ahora mismo y, sobre todo, para el futuro! ¿Hablamos de los bares y de los restaurantes? Al hortelano se le ocurrió pedir a los postres fruta y, a poco, lo ajustician con la mirada. ¿Picotas, en Jerte? ¿Recuerdas, amigo pionero de la agricultura biológica, cuando el escribano pidió fruta en la capital frutera extremeña: melón, melocotón, nectarinas, ciruelas, paraguayas…  y lo miraron como se mira a un marciano? ¿Qué habría pasado si en aquel restaurante de Miajadas hubiera pedido un plato de tomate? ¿Se les ha ocurrido comprar alguna vez vino, sea o no extremeño, en alguna tienda de las charcuteras que han florecido como hongos y lo conservan a no menos de 36 grados? Un “por cierto”: el hortelano anda pregonando la calidad de un verdejo excelente cosechado y criado en Cañamero. Así, amigo Tulio, no vamos a ninguna parte por muchas escuelas de hostelería que subvencionemos. No es extraño: cuando la Junta programó crear en Extremadura una Escuela Superior de Hostelería al estilo de que la creó, en Galicia, Fraga Iribarne (que de turismo supo siempre más que de política), tuvo la feliz idea de encomendar el proyecto a la de Santiago de Compostela. ¿A quién encargó la Junta la dirección de la Escuela de Mérida? ¿Buscaría a una experto/a de alto nivel, de experiencia contrastada o a la mujer de un alto cargo de la Junta que sabía de hostelería y de turismo tanto o menos que el hortelano? (Elemental, mi querido Watson). ¡Lástima que la raza de Toño Pérez haya producido tan pocos imitadores en la tierra de los ibéricos! ¿Sabes, Tulio, dónde han de ir a matar los guarros belloteros mis paisanos? Por supuesto, a Castilla y León.

No sigamos enristrando calamidades, soñemos en esta noche de verano cómo construir pequeñas “toscanas” en Sierra de Gata, en el Ambroz, el Valle, en la Vera, y para el otoño de en las dehesas de Jerez, en Tentudía, en la Campiña. Encarguemos a un equipo de expertos que nos diseñen un producto integral para cada una de ellas desde el hospedaje a la gastronomía, pasando por la historia y la ecología; desde cómo y dónde se fabrica el pan a cómo se hace el vino de productor, el queso artesano, la legumbre y la hortaliza y el aceite de almazara de la comarca. Hagamos rutas por la dehesas, enseñemos el ecosistema del ibérico, con profesionalidad, exigiendo que allá donde haya un euro de financiación haya una exigencia de calidad. Y es aquí donde mi amigo el experto, en una tribuna muy reciente, recelaba con razón de que, al final, los burócratas terminarán por ahogar las iniciativas de desarrollo. Y es aquí donde el hortelano saca del baúl un suceso que ocurrió en el verano de 2012 y fue así como lo cuenta:

 

El cuento de los tomates y de  los funcionarios que fumaban puros

¿Saben ustedes qué tiempo transcurre hasta que se pasa un enfado? Depende. Efectivamente depende de la categoría del enfado y de cómo cada cual aguante el enfado en cuestión, máxime si se convierte en cabreo. Porque hay cabreos de intensidades tan severas que son como tormenta de verano. Un trueno basta para deshollinar el ánimo y hacer que el enfado se disuelva. Otros son de incubación más lenta y se necesita tiempo para superarlos. Hay también personas que los toleran mejor y ciudadanos, proclives al enfado. Y además como las experiencias son intransferibles, difícilmente sabré la categoría de su enfado y usted del mío. En definitiva, y perdonen el prólogo, no se ha inventado un  medidor de enfados de modo que yo pudiera decir tengo un cabreo tipo 4 o mi enfado es de categoría 6,5. Por último, y en relación con este tema, cada cual tiene un sistema de evacuar un cabreo. Este ciudadano/cabreado ha elegido el de relatarlo.

Segundo tema importante: ¿qué hace un conjunto de funcionarios a las 9 de la mañana, vestidos de bata de laboratorio, fumando puros a las puertas del trabajo, una mañana de viernes del mes de julio en la Consejería de Agricultura de la Provincia? ¿En qué porcentaje fuman puros los funcionarios? ¿Influye esta circunstancia en el rendimiento laboral de los funcionarios? ¿Se atrevería usted a describir a un funcionario con bata blanca que fume puros a las nueve de la mañana, a la puerta de su trabajo?

Ocurrió que, en tanto clareaba, el ciudadano en riesgo de enfado se fue a la huerta, cortó dos tomates de otras tantas tomateras, los envolvió con cuidado, tomo el coche y 45 minutos más tarde llegó a la Delegación de Agricultura con la esperanza cierta –lo había confirmado por teléfono- de que analizarían sus tomates. La Delegación de Agricultura ocupa todo un campus en la falda de la Montaña. Quiere ello decir que de pabellón a pabellón hay un buen trecho y se recomienda hacerlo en coche. Parecía lógico seguir la indicación de “Laboratorio de Sanidad Vegetal” para llevar a inspección sus dos tomates. Empeño inútil. Sin embargo, a la puerta de este establecimiento se hallaban dos funcionarios con bata blanca, ambos fumando un puro. Debían ser las 9 y cuarto de la mañana. El ciudadano explicó su problema, le hicieron enseñar la mercancía para decirle que allí no era, pero que le explicara el problema. Lo explicó. El del puro farias -el otro era un purillo más insignificante- le adelantó  que no había problema. Si había tratado las plantas tal cual lo explicaba, no había impedimento para comerse los tomates. Y le puso un ejemplo gráfico: mire usted, la “abamecticina”  vale para todo; lo limpia todo y no es especialmente dañina para las personas. Abamecticina es lo que se le inyecta a las ovejas para corregir cualquier problema de ácaros y de inmediato  tiran por el culo todo lo malo. Váyase tranquilo, pero si quiere que le examinen sus tomates, hágalo, pero le van a cobrar muy caro. ¿Ve aquel pabellón?, pues el siguiente, uno de ladrillo pintado a rayas de blanco.

Envolví de nuevo mis tomates, tomé el coche y marché ligero al otro lado del campus. Había un aparcamiento techado, pero le indicaron que estaba reservado para los funcionarios. Desandó el camino, aparcó donde pudo y se acercó al pabellón de ladrillo con ribetes de cal blanca. A la puerta había tres funcionarios con bata blanca, dos de ellos fumando puros. Por un momento el ciudadano a punto de enfado pensó si serían los mismos que le había atendido en el pabellón sur del campus. Eran distintos aunque fumaran puros. Como parecían detener al ciudadano con la mirada, el ciudadano optó por explicar el problema antes de que fuera instado a hacerlo. Me pidieron ver los tomates. Los mostré y expliqué el problema. No podían resolverlo. Dos tomates eran una muestra insuficiente para calibrar el problema. Efectivamente, dos tomates –uno grande y otro mediano- no hacen ensalada, pensó para sí el ciudadano a punto de enfado. Había una solución. Si acaso conociera el nombre del producto con el que los tomates habían sido tratados, harían los cultivos rastreando exclusivamente su huella. ¡Albricias!. El ciudadano lo había conseguido. Para entonces, el ciudadano pronunciaba ya con cierta facilidad el nombre de “abamecticina” que tanto trabajo le había costado deletrear en los primeros envites. El señor del puro parecía apiadado del ciudadano de los tomates y le dio consejos. No debe de abusar de la “abamecticina”, sino combatir a la araña por medios naturales. La araña roja no se desplaza por el aire, avanza de planta en plata. Está en las hierbas del campo y, cuando estas se secan, pasan a los cultivos. Solución: arrancar las hierbas antes de que el sol las abrase. Lo mismo tiene que hacer con el mildiu y el oídio. ¡Oiga usted!: aquel funcionario del puro gordo era feliz explicando al ciudadano su sabiduría. A punto estuvo el ciudadano de los tomates de sacar un purillo, de haberlo llevado, y quedarse allí tan ricamente conversando primero de la raña roja, de todas clases de araña hasta llegar a la prima de riesgo. Cuando agotó su repertorio de consejos, le comunicó que se había equivocado de puerta. Debía dirigirme antes al Registro y anotar la solicitud. ¿Dónde? Usted da la vuelta al jardín y allí encontrará la puerta principal. Envolví mis dos tomates, uno grande y el otro más pequeño, y me dirigí a la puerta principal. En ella ¿quiénes estaban? Tres funcionarios con bata blanca fumando; dos, cigarrillos;  y el tercero, uno de esos purillos que son como un mondadientes engrosado. Si preguntas por “registro”, te responderán que qué quieres. Miren ustedes, traigo dos tomates, uno grande y gordo y lustroso, el otro más pequeño para que me analicen si tienen restos de “abamecticina”. ¿Qué les pasa a sus tomates? Que los hemos curado de araña roja. ¿Con qué producto? Como el ciudadano conocía ya cuarto y mitad del tratado, le espetó de inmediato y con energía: con abamecticina. Y ¿eso qué es? ¿Cómo que qué es? Pues si lo sabe, pase al Registro.

En el Registro una funcionaria con bata blanca hablaba por teléfono. Terminó y me atendió. Mire usted traigo aquí dos tomates, una gordo y otro mediano. ¿Qué les pasa a sus tomates? Pues mire usted, mis tomates… El ciudadano explicó todo cuanto sabía y había aprendido en aquella mañana temprano de viernes, vísperas de agosto. La funcionaria replicó ¿con qué los ha tratado? Con abamecticina. La señora sacó de una funda de plástico unos folios. Inquirió de nuevo, cómo se llama el producto. Abamecticina. Pues no le podemos atender, eso no está en esta lista. ¿Cómo, si todos sus compañeros la conocen? ¿Qué compañeros? A punto estuve de decirles que los señores del puro. Todos los que fumaban puros aquella mañana, sabían de la abamecticina; ellos mismos me lo habían enseñado. Vamos a ver señora…, llamé usted a alguien que nos saque de este enredo. No señor. Eso no está mi lista; no se los pueden analizar. En ello estábamos cuando uno de los fumadores de la puerta debió de compadecerse, entró, se situó en el mostrador junto a la funcionaria de bata blanca, tomó un teléfono y preguntaba primero por María José, después por Fernando. ¡Ah; que no han venido! ¡Qué vuelva usted otro día! ¿Podía dejar mis dos tomates? No podía dejar mis tomates. Los envolví de nuevo, los metí en una bolsa de papel y les dije: ahora comprendo el problema, pero no me atreví a preguntar por el jefe del departamento; mis dos tomates no merecían tanto trámite.

Y fue así como fui amasando un enfado sordo, y tomé la decisión para ahuyentarlo de escribir el cuento de mis dos tomates y los funcionarios que fumaban puros un viernes temprano, vísperas de verano. Pero en el camino el cabreo no disminuía, sino que aumentaba porque pasé por el pueblo de las pistas de tartán desiertas y vi, se si fue una fantasía causada por el cabreo, que de la charca de las tengas convertida en paseo marítimo salían aquí y allá surtidores de agua. Y fue así como durante todo el trayecto me constituí en ciudadano cabreado, eso sí: juro por Dios bendito que me comeré en ensalada dos tomates, uno gordo y lustroso y el otro mediano.

27.7.12

 

 

 

 

Regresando de asistir a los burros el hortelano se encontró a Diógenes, el griego que buscaba con un farol un hombre honrado

El escribidor ha encontrado los domingos un nuevo entretenimiento: leer con atención las necrológicas en el periódico de su tierra. No esperes grandes aventuras ni heroísmos en estos muertos provincianos tal cual ocurre en los obituarios de los periódicos nacionales. Nosotros somos gente modesta: el farmacéutico, el maestro o el carnicero de los pueblos cuyos deudos alardean de la herencia publicando una esquela y, como compensación, el periódico facilita a sus nietos que alaben en letra impresa lo estupendo que eran sus abuelos “donde quiera que estén”, que es una forma laica de honrar la memoria de los muertos. El hortelano, que reconoce su debilidad por las biografías ajenas, y, en parte, también por la propia, siente una especial predilección por estas historias de gentes del común que ni han sido héroes y, seguro, que tampoco villanos. ¡No vean, ustedes, la cantidad de noticias sorprendentes que encubren estas aparentemente menudas anécdotas familiares! A veces, el hortelano tiene la tentación de ponerse de pronto a imitar a aquel escritor de Aracataca y, en lugar de la vida de la cándida Eréndira y del último de los Buendía, les contaría la historia de un cura ultramontano que ejerció al tiempo de consiliario de la policía y del equipo de futbol de la capital de la provincia y, además, se llamaba don Apolonio. Lo que sí les digo es que cualquiera de los personajes que aparecen en los modestos obituarios del periódico de la provincia, a poco que pongas interés, descubrirás un mundo lleno de minúsculos/grandes acontecimientos. No olvides que uno de los relatos que mejor reflejan la complejidad de los hombres es el que escribió Juan Rulfo sobre un rústico llamado Pedro Páramo.

Créeme, amigo Tulio, que no hago letras aldeanas si te cuento el otro gran acontecimiento del día. Cuando el calor me había echado fuera del chabuco, hice cháchara con mi colega del Altozano que vende sandías y tomates. No le afectan tanto el TTPP como la competencia de los gitanos que pregonan por las calles sandias a 0,80 e. Aquellas son sandias de regadío, las de mi amigo, de autor, y las defiende con astucia de los cuervos y de los meloncillos que merodean por las noches y refrescan el gañote en su pulpa deliciosa. ¿Cómo hace mi amigo para evitar el ataque de las alimañas? Fácil, poniendo debajo de cada sandía un periódico. El ruido o el desplazamiento de las hojas, los pone en retirada. ¿Ves, Tulio, cómo todavía el papel resiste el envite de las ediciones digitales? ¡Cuánto ingenio se necesita para llegar a la conclusión de que el papel de los obituarios sirve además para defender las sandías de mi colega! Pero la noticia del día es el descubrimiento de un tomate que llevas años buscándolo. Junto al capacho de sandías, un cesto de tomates rosas delataba su nobilísimo linaje, y engrosarán, a partir de ahora, la nómina de las pasiones del hortelano. Me está contando con convicción que este tomate es el de “toda la vida”; que las hijas o las nietas del apicultor que te refería historias maravillosas, un hombre de carácter siempre dispuesto a llevarte la contraria, les legó la semilla de los tomates rosas de “toda la vida”. El apicultor, tan propenso a enojarse, posiblemente pase a mi historia más personal por haber dejado a la posteridad un centenar de semillas de un portentoso “rosa”, el mismo que tomaría mi abuelo cuando se embarcó para defender al rey de España en la guerra de Cuba.

 

Así como el Pedro Páramo de Juan Rulfo, en la insignificante opinión del hortelano, es la mejor expresión del drama en que se debaten los hombres desde que Abel y Caín inventaron el arte de la guerra, de igual manera estás convencido de que la aldea es la más perfecta representación del universo, y que, por ser pequeña y sus gentes abarcables, a través de ella puedes contar mejor y con mayor precisión la endiablada complejidad del mundo que por momentos parece decidido a despeñarse. Esta es la verdadera razón, amigo Tulio, de que este hortelano esté libre de complejos cuando cosecha los pepinos de su huerta o cuando, bajo el portalillo, intenta comprender qué nos va a suceder si Trump gobierna desde la Casa Blanca o se interroga si el papa Francisco, en su visita a Auschwitz, sintió remordimiento de lo que pudieron hacer y no hicieron sus colegas para evitar el exterminio de la raza de los inteligentes. Tampoco hace falta cosechar pepinos ni rascarse la sesera bajo el portalillo de la huerta para estar seguro de que los políticos que aparecen en la portada de los papeles no llegan a la suela de los zapatos de los que se inventaron la Transición. La razón ya nos la dio don Juan Belmonte: a eso se llega degenerando. ¡Hay que ver lo que ha sido capaz de degenerar la raza de los políticos en poco más de 30 años! Te lo habré contado mil veces, Tulio: yo creo que, en el portalillo de la huerta, este hortelano se siente menos incompetente de lo que es en su estado natural. Y es aquí donde al hortelano se le ha ocurrido una idea inquietante: los mejores políticos europeos de la historia surgieron tras la II Guerra Mundial; los mejores políticos españoles, de los rescoldos de la Guerra Civil, como si los humanos necesitáramos la adversidad para perfeccionarnos, como ocurre en mi huerta, amigo Tulio, que las mejores hortalizas nacen allá donde el hortelano ha sido más pródigo con el estiércol.

 

Y es que en la aldea ocurren cosas asombrosas. ¡Que admirable que, veinticuatro horas más tarde de haberlo pedido, te haya llegado el libro que has encargado por Amazon! Y sin embargo todavía no te has recuperado del remordimiento que estás sintiendo por haber acudido a ese monstruo de la distribución en lugar de haber ido a la librería de la capital y solicitar el “Letras viajeras” de Manuel Rico. Lo podrían haber encargado al distribuidor o a la editorial, pero te habrían dicho al cabo de 15 días que no “sirven” en verano. ¡Acabas de traicionar la memoria de la librería Cervantes de Plasencia en la que compraste tus primeros australes y a Bujaco de Cáceres, en la que, casi adolescente, compraste tu primera antología de poesía, y en ella, aquellos versos de JRJ que han sido bandera en tu vida: El sol te empuja hacia mí/por la espalda/Ven tu que vienes del alba…Llega, ven,/ tú que vienes del alba…Llega, ven/ no te pierdas en tus llamas/ por los detrás, por los cruces de la luz!/¡Ven tu que vienes del alba! Al cabo de los años, esperando que algún día llegue aquel heraldo del alba, necesitas el libro para que te sirva de guía para completar la relectura que estás haciendo sobre la España del interior, la España vacía, la España rural, a través del Viaje a la Alcarria   de Cela y el Viaje a Portugal de Saramago. Mucho mejor el de Cela que el del portugués, pero no está mal que los dos Nobel ibéricos se hayan dedicado a contemplar las aldeas a punto de que desapareciéramos los aldeanos. ¡Ya le hubiera gustado a este hortelano perplejo y confuso haber hecho lo mismo que Manuel Rico: darse un paseo por la España rural a través de las prosas de Unamuno y Azorín, Machado, Dionisio Ridruejo o Cela, o haberse internado por las tierras tan próximas de Portugal siguiendo las letras de Miguel Torga (inolvidables sus Diarios) o de Eugenio de Andrade (imborrables sus versos horacianos).

Poco consuelo tratar de plagiar ahora lo que no supiste  hacer a tiempo, como lo hizo, por ejemplo, don José Ortega aquella mañana de 1916 en la Alcarria a lomos de una mula enseñándonos a contemplar España de otra manera. Al hortelano le gustaría comenzar su crónica viajera de esta guisa: Las mañanas comienzan indefectiblemente echando en un cubo la ración de cebada y de pienso para llevarla al olivar de los burros. Los acaricias mientras toman la porción de heno que tú mismo les has servido en tanto sientes el peso de la historia. Sin ellos, tu gente, tu aldea, no hubieran sobrevivido a las épocas de hambre y de miseria. Ninguna otra compañía más fiel y eficaz que la del pollino. Como está todavía clareando, el viajero observa con qué rapidez el sol se ha encaramado a la torre del campanario porque, desde el olivar de los burros, la perspectiva del amanecer es un espectáculo impagable. Asistidos los borricos, el viajero encuentra en la calleja a dos aldeanos cada uno con su cubo de desperdicios para el ganado (¿consistirá en esto la “economía circular” del presidente Vara?). Repara en la debilidad de sus pasos. Si te atrevieras a preguntarles por su misión en la vida, que no debe ser larga a juzgar por la dificultad con la que arrastran los pies, te dirían que se resignan a que nos les falten cada día los huevos de sus gallinas para complementar la pensión. O tal vez caminan hasta el cercado y comprobar si han madurado los tomates para hacer la sopa. Si el viajero tuviera con ellos alguna confianza le contarían que llevan quince, veinte años de pensión; que criaron a los hijos en Cataluña o el País Vasco y ahora cultivan un palmo de hortalizas o apacientan, como tú a los dos burros, un puñado de gallinas y apuran los días aguardando que otros lleven por este mismo camino sus despojos al “blanqueao” sin esperar a que sus nietos publiquen su necrológica en el periódico. Probablemente no les preocupe tanto el porvenir de los políticos que degeneraron la raza de los de la Transición, como el que les bajen la pensión, cosa que se escucha en todas las esquinas de la aldea. Y como el sol está ya por encima de la torre, el viajero debiera parar la atención en el color que el sol ha puesto sobre las ruinas del Convento. Debe llevar cinco siglos aguardando cada día que el sol las dore. Y luego hablaría de los ruidos de la amanecida: el canto todavía desafinado de los gallos, los primeros chillos de los vencejos y la bulla ya muy apagada de los gorriones…Tendrías que contar la templanza de esa mujer a la que ves todas las amanecidas camino del Cristo, al que muy probablemente le llore el drama de los hijos en paro o de los nietos descarriados. El viajero al fin terminaría su jornada yendo al ayuntamiento a que le confirmen si es cierto que de las veintinueve parejas que contrajeron matrimonio hace cincuenta años, ninguna de ellas ha estado empadronada en el pueblo, aunque alguna de ellas a la postre sea de las que pasean por las mañanas el cubo de los desperdicios a cambio de cinco huevos cada día para ayudar a la economía de los nietos.

El hortelano renuncia a garabatear sus impresiones viajeras. A cambio se dedicará, en el portalillo de la huerta, a imaginar no grandes viajes a lugares lejanos, sino a figurarse que emprende cada mañana, cuando camina con el cubillo del pienso de los burros, un viaje por la España del interior como lo hicieron las gentes del novecientos para censar sorpresas y asombros. O tal vez, consciente de la dificultad de mantener la fantasía viajera, busque de nuevo la cita del francés aquel que dijo que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa. Sí recuerda que el autor fue un científico reconvertido en filósofo o poeta. Mejor memoria tiene de Diógenes, el sabio griego que inventó el universalismo y la globalización recluido siempre en una tinaja. ¿Qué haría en estos tiempos el pobre Diógenes, él que buscaba por las calles de Atenas hombres honrados alumbrándose con un farol? Y tampoco olvidaría a otro francés poco aventurero, Michel de Montaigne, encerrado en su torre desde la que cambió el curso de la historia.

 Tampoco aspira a cambiar apenas nada; se contenta con pasar las páginas de los libros. Ha completado pues su viaje y su aventura de este día. Ahora se siente reconfortado para abrir los periódicos y comenzar su cabalgada por los asuntos que preocupan a los hombres de pensamiento de todas las latitudes. Pero como yo, amigo Tulio, tengo necesidad de cumplir mi misión de impertinencia, leyendo como estoy leyendo que en esta tu tierra cincuenta mil personas han solicitado acogerse a la renta básica, es decir a la renta de subsistencia, me pregunto si el presidente de los extremeños, hombre reflexivo y cauto, se habrá creído alguna vez que en base a la “economía circular” o con “la estrategia de Economía Verde Ciudadana Extremadura 2030”, los extremeños llegaremos alguna vez a abandonar el furgón de cola. Yo le he escuchado decir que tan peregrina teoría sería “una gran palanca de riqueza y empleo” (sic).