El sueño de una noche de verano y el cuento de los dos tomates

 

 

Cuando el calor me echa del portalillo de la huerta para buscar cobijo en el zaguán de la casa junto al escaño y la toza  -¡manda carajos que fuera este el lugar más calentito en los inviernos y de más frescor en verano o qué listos eran mis muertos que sabían construir en un mismo espacio un único lugar para el sosiego y el descanso!-, decía, Tulio, que la calorina de estos días me ha hecho pensar que deberíamos de aprovechar las oportunidades que el buen dios de la huerta nos concede a los más pobres que ni tenemos industria y apenas comercio y aparecemos cada día en las estadísticas en posesión perpetua del último taburete.

Si el hortelano tuviera competencia estaría ahora mismo convocando, a concilio en su huerta, a economistas y sociólogos y tecnólogos y productores de cine y de televisión, y a expertos en turismo, en marketing y en nuevas tecnologías, también a arqueólogos e historiadores –¡por favor abstenerse políticos y burócratas!- para redactar juntos un plan estratégico sobre cómo aprovechar y rentabilizar el éxito del fenómeno social que domina la actualidad extremeña este verano. ¿Quién iba a pensar que los cascos antiguos de nuestros pueblos y ciudades terminarían convirtiéndose en platós al aire libre para ambientar series de televisión, películas y material variado para abastecer a la industria nacional, y quién sabe si no también a la mundial? Ahorro la lista de las grandes producciones audiovisuales que en estos días reservan hoteles y restaurantes y acuden a todo género de artesanos para completar sus producciones, pero sepan todos ustedes que Trujillo, Cáceres, Plasencia, se están convirtiendo en una fuente de promoción y de ingresos insospechados. Y no es esto lo más importante -aunque de verdad nos importen mucho los ingresos que las producciones audiovisuales ocasionan-, sino la seguridad de que estas películas y capítulos de series de televisión van a significar la mayor promoción turística de nuestra historia. En todo el mundo, o al menos en la mitad del mundo, existen ejemplos muy interesantes de cómo los mitómanos de una película o de una serie, pasados los años, hacen peregrinación a aquellos lugares que sirvieron para el rodaje de las escenas que nos conmovieron en la pantalla. Y mientras recorren los escenarios, comen, se entretiene o se divierten después de haber reservado habitación en el hotel o en la casa rural más próxima.

Es decir, amigo Tulio, tenemos que ser capaces de aprovechar y de rentabilizar las oportunidades que cada vez en mayor medida se nos presentan por mor de la calidad de los escenarios naturales de nuestros ciudades y paisajes, y esta es la razón de la ensoñación de este hortelano, al que tal vez un golpe de calor le ha provocado la ilusión de organizar un think tank sobre Extremadura y las oportunidades de promoción y progreso derivadas de sus potencialidades en el sector audiovisual.

Y el hortelano debiera abstenerse de mostrar su escepticismo sobre el particular advirtiendo que cómo se va a conseguir esa entelequia, si no hemos sido capaces de promover la imagen de Hernán Cortés en su pueblo y apenas la del emperador Carlos en La Vera, ni la de Guadalupe en toda Iberoamérica, ni el legado de Zurbarán, ni el del Divino Morales, ni el de Valdivia y, si lo hemos hecho, lo ha sido de forma torpe e incompleta, aunque hace solo unas semanas se hablara de estas cosas en Guadalupe en una iniciativa tan atrevida e insólita como fue la organización de un curso de verano de la Universidad de Extremadura desafiando el poder de la mitra toledana. Y debiera ser más prudente si se refiere al escándalo de Valdecañas; que para una vez que un grupo inversor se atreve a apostar por Extremadura para hacer un desarrollo turístico de largo alcance, van los políticos y lo estropean, porque los responsables del fiasco de Valdecañas no han sido los promotores de la urbanización, ni las asociaciones ecológicas que lo objetaron, sino los políticos que hicieron mal las cosas a sabiendas. ¡Tendría gracia que fuéramos los extremeños los que termináramos pagando la prevaricación o la torpeza de quienes lo aprobaron!

Hace unos días, comentábamos en la huerta cómo en la Toscana aprovechan los flujos turísticos parta sacar el máximo rendimiento de quienes llegan atraídos por el patrimonio monumental de una región incomparable. Han conseguido convertir en viajero al que llegaba como turista. Llegaban buscando el esplendor del Renacimiento y de los Medicis, y han terminado cautivados por el paisaje, la gastronomía y el estilo de la Toscana. Han conseguido fabricar un producto, que se llama toscana.  El viajero se hospeda, no solo en hoteles, sino en establecimientos rurales o en las villas diseminadas por toda la comarca, homologadas y de calidad contrastada. El toscano trabaja con orgullo y calidad toda la gama de productos que el viajero pueda consumir: el vino y el aceite, el pan y la pasta, la aceituna y sus derivados, la carne y los quesos, hasta el calzado es de la región. El vino es de la viña con nombre propio y el toscano sabe decantar el aceite y cosechar la hortaliza y la fruta y producir plantas aromáticas en las colinas. Cuida su patrimonio rural, la casa y el cercado y es el primer interesado en conservar el paisaje; no se puede contaminar con hormigón el horizonte de un sendero de cipreses ni la visión de una colina de olivos o de vides. Algo similar era lo que proponía para Extremadura en una de sus columnas más recientes mi amigo el pionero de la agricultura ecológica u orgánica, si es que no lo impedía el ejército de burócratas siempre dispuesto a controlar, más que a incentivar, las iniciativas emprendedoras.   

Al contrario de Toscana, te hablaría, Tulio, de cómo nosotros no hemos sido capaces de aprovechar los recursos que nos legó la historia; de cómo un pueblo lleva cinco años luchando para proteger una plaza porticada que si estuviera en Toscana, harían cola para visitarla; de cómo en muchos bares se maltrata al viajero, y como en restaurantes que en la Toscana serían lugares con encanto, se abusa del comensal. Hace unos días, el hortelano recorrió el Valle desde Plasencia a Tornavacas. ¡Qué maravilla de paisaje, de cascos antiguos bien conservados, de frescor, de agua embalsada! ¡Que atrocidad de urbanismo en los bordes de la carretera! ¡Qué forma más bárbara de destruir riqueza de ahora mismo y, sobre todo, para el futuro! ¿Hablamos de los bares y de los restaurantes? Al hortelano se le ocurrió pedir a los postres fruta y, a poco, lo ajustician con la mirada. ¿Picotas, en Jerte? ¿Recuerdas, amigo pionero de la agricultura biológica, cuando el escribano pidió fruta en la capital frutera extremeña: melón, melocotón, nectarinas, ciruelas, paraguayas…  y lo miraron como se mira a un marciano? ¿Qué habría pasado si en aquel restaurante de Miajadas hubiera pedido un plato de tomate? ¿Se les ha ocurrido comprar alguna vez vino, sea o no extremeño, en alguna tienda de las charcuteras que han florecido como hongos y lo conservan a no menos de 36 grados? Un “por cierto”: el hortelano anda pregonando la calidad de un verdejo excelente cosechado y criado en Cañamero. Así, amigo Tulio, no vamos a ninguna parte por muchas escuelas de hostelería que subvencionemos. No es extraño: cuando la Junta programó crear en Extremadura una Escuela Superior de Hostelería al estilo de que la creó, en Galicia, Fraga Iribarne (que de turismo supo siempre más que de política), tuvo la feliz idea de encomendar el proyecto a la de Santiago de Compostela. ¿A quién encargó la Junta la dirección de la Escuela de Mérida? ¿Buscaría a una experto/a de alto nivel, de experiencia contrastada o a la mujer de un alto cargo de la Junta que sabía de hostelería y de turismo tanto o menos que el hortelano? (Elemental, mi querido Watson). ¡Lástima que la raza de Toño Pérez haya producido tan pocos imitadores en la tierra de los ibéricos! ¿Sabes, Tulio, dónde han de ir a matar los guarros belloteros mis paisanos? Por supuesto, a Castilla y León.

No sigamos enristrando calamidades, soñemos en esta noche de verano cómo construir pequeñas “toscanas” en Sierra de Gata, en el Ambroz, el Valle, en la Vera, y para el otoño de en las dehesas de Jerez, en Tentudía, en la Campiña. Encarguemos a un equipo de expertos que nos diseñen un producto integral para cada una de ellas desde el hospedaje a la gastronomía, pasando por la historia y la ecología; desde cómo y dónde se fabrica el pan a cómo se hace el vino de productor, el queso artesano, la legumbre y la hortaliza y el aceite de almazara de la comarca. Hagamos rutas por la dehesas, enseñemos el ecosistema del ibérico, con profesionalidad, exigiendo que allá donde haya un euro de financiación haya una exigencia de calidad. Y es aquí donde mi amigo el experto, en una tribuna muy reciente, recelaba con razón de que, al final, los burócratas terminarán por ahogar las iniciativas de desarrollo. Y es aquí donde el hortelano saca del baúl un suceso que ocurrió en el verano de 2012 y fue así como lo cuenta:

 

El cuento de los tomates y de  los funcionarios que fumaban puros

¿Saben ustedes qué tiempo transcurre hasta que se pasa un enfado? Depende. Efectivamente depende de la categoría del enfado y de cómo cada cual aguante el enfado en cuestión, máxime si se convierte en cabreo. Porque hay cabreos de intensidades tan severas que son como tormenta de verano. Un trueno basta para deshollinar el ánimo y hacer que el enfado se disuelva. Otros son de incubación más lenta y se necesita tiempo para superarlos. Hay también personas que los toleran mejor y ciudadanos, proclives al enfado. Y además como las experiencias son intransferibles, difícilmente sabré la categoría de su enfado y usted del mío. En definitiva, y perdonen el prólogo, no se ha inventado un  medidor de enfados de modo que yo pudiera decir tengo un cabreo tipo 4 o mi enfado es de categoría 6,5. Por último, y en relación con este tema, cada cual tiene un sistema de evacuar un cabreo. Este ciudadano/cabreado ha elegido el de relatarlo.

Segundo tema importante: ¿qué hace un conjunto de funcionarios a las 9 de la mañana, vestidos de bata de laboratorio, fumando puros a las puertas del trabajo, una mañana de viernes del mes de julio en la Consejería de Agricultura de la Provincia? ¿En qué porcentaje fuman puros los funcionarios? ¿Influye esta circunstancia en el rendimiento laboral de los funcionarios? ¿Se atrevería usted a describir a un funcionario con bata blanca que fume puros a las nueve de la mañana, a la puerta de su trabajo?

Ocurrió que, en tanto clareaba, el ciudadano en riesgo de enfado se fue a la huerta, cortó dos tomates de otras tantas tomateras, los envolvió con cuidado, tomo el coche y 45 minutos más tarde llegó a la Delegación de Agricultura con la esperanza cierta –lo había confirmado por teléfono- de que analizarían sus tomates. La Delegación de Agricultura ocupa todo un campus en la falda de la Montaña. Quiere ello decir que de pabellón a pabellón hay un buen trecho y se recomienda hacerlo en coche. Parecía lógico seguir la indicación de “Laboratorio de Sanidad Vegetal” para llevar a inspección sus dos tomates. Empeño inútil. Sin embargo, a la puerta de este establecimiento se hallaban dos funcionarios con bata blanca, ambos fumando un puro. Debían ser las 9 y cuarto de la mañana. El ciudadano explicó su problema, le hicieron enseñar la mercancía para decirle que allí no era, pero que le explicara el problema. Lo explicó. El del puro farias -el otro era un purillo más insignificante- le adelantó  que no había problema. Si había tratado las plantas tal cual lo explicaba, no había impedimento para comerse los tomates. Y le puso un ejemplo gráfico: mire usted, la “abamecticina”  vale para todo; lo limpia todo y no es especialmente dañina para las personas. Abamecticina es lo que se le inyecta a las ovejas para corregir cualquier problema de ácaros y de inmediato  tiran por el culo todo lo malo. Váyase tranquilo, pero si quiere que le examinen sus tomates, hágalo, pero le van a cobrar muy caro. ¿Ve aquel pabellón?, pues el siguiente, uno de ladrillo pintado a rayas de blanco.

Envolví de nuevo mis tomates, tomé el coche y marché ligero al otro lado del campus. Había un aparcamiento techado, pero le indicaron que estaba reservado para los funcionarios. Desandó el camino, aparcó donde pudo y se acercó al pabellón de ladrillo con ribetes de cal blanca. A la puerta había tres funcionarios con bata blanca, dos de ellos fumando puros. Por un momento el ciudadano a punto de enfado pensó si serían los mismos que le había atendido en el pabellón sur del campus. Eran distintos aunque fumaran puros. Como parecían detener al ciudadano con la mirada, el ciudadano optó por explicar el problema antes de que fuera instado a hacerlo. Me pidieron ver los tomates. Los mostré y expliqué el problema. No podían resolverlo. Dos tomates eran una muestra insuficiente para calibrar el problema. Efectivamente, dos tomates –uno grande y otro mediano- no hacen ensalada, pensó para sí el ciudadano a punto de enfado. Había una solución. Si acaso conociera el nombre del producto con el que los tomates habían sido tratados, harían los cultivos rastreando exclusivamente su huella. ¡Albricias!. El ciudadano lo había conseguido. Para entonces, el ciudadano pronunciaba ya con cierta facilidad el nombre de “abamecticina” que tanto trabajo le había costado deletrear en los primeros envites. El señor del puro parecía apiadado del ciudadano de los tomates y le dio consejos. No debe de abusar de la “abamecticina”, sino combatir a la araña por medios naturales. La araña roja no se desplaza por el aire, avanza de planta en plata. Está en las hierbas del campo y, cuando estas se secan, pasan a los cultivos. Solución: arrancar las hierbas antes de que el sol las abrase. Lo mismo tiene que hacer con el mildiu y el oídio. ¡Oiga usted!: aquel funcionario del puro gordo era feliz explicando al ciudadano su sabiduría. A punto estuvo el ciudadano de los tomates de sacar un purillo, de haberlo llevado, y quedarse allí tan ricamente conversando primero de la raña roja, de todas clases de araña hasta llegar a la prima de riesgo. Cuando agotó su repertorio de consejos, le comunicó que se había equivocado de puerta. Debía dirigirme antes al Registro y anotar la solicitud. ¿Dónde? Usted da la vuelta al jardín y allí encontrará la puerta principal. Envolví mis dos tomates, uno grande y el otro más pequeño, y me dirigí a la puerta principal. En ella ¿quiénes estaban? Tres funcionarios con bata blanca fumando; dos, cigarrillos;  y el tercero, uno de esos purillos que son como un mondadientes engrosado. Si preguntas por “registro”, te responderán que qué quieres. Miren ustedes, traigo dos tomates, uno grande y gordo y lustroso, el otro más pequeño para que me analicen si tienen restos de “abamecticina”. ¿Qué les pasa a sus tomates? Que los hemos curado de araña roja. ¿Con qué producto? Como el ciudadano conocía ya cuarto y mitad del tratado, le espetó de inmediato y con energía: con abamecticina. Y ¿eso qué es? ¿Cómo que qué es? Pues si lo sabe, pase al Registro.

En el Registro una funcionaria con bata blanca hablaba por teléfono. Terminó y me atendió. Mire usted traigo aquí dos tomates, una gordo y otro mediano. ¿Qué les pasa a sus tomates? Pues mire usted, mis tomates… El ciudadano explicó todo cuanto sabía y había aprendido en aquella mañana temprano de viernes, vísperas de agosto. La funcionaria replicó ¿con qué los ha tratado? Con abamecticina. La señora sacó de una funda de plástico unos folios. Inquirió de nuevo, cómo se llama el producto. Abamecticina. Pues no le podemos atender, eso no está en esta lista. ¿Cómo, si todos sus compañeros la conocen? ¿Qué compañeros? A punto estuve de decirles que los señores del puro. Todos los que fumaban puros aquella mañana, sabían de la abamecticina; ellos mismos me lo habían enseñado. Vamos a ver señora…, llamé usted a alguien que nos saque de este enredo. No señor. Eso no está mi lista; no se los pueden analizar. En ello estábamos cuando uno de los fumadores de la puerta debió de compadecerse, entró, se situó en el mostrador junto a la funcionaria de bata blanca, tomó un teléfono y preguntaba primero por María José, después por Fernando. ¡Ah; que no han venido! ¡Qué vuelva usted otro día! ¿Podía dejar mis dos tomates? No podía dejar mis tomates. Los envolví de nuevo, los metí en una bolsa de papel y les dije: ahora comprendo el problema, pero no me atreví a preguntar por el jefe del departamento; mis dos tomates no merecían tanto trámite.

Y fue así como fui amasando un enfado sordo, y tomé la decisión para ahuyentarlo de escribir el cuento de mis dos tomates y los funcionarios que fumaban puros un viernes temprano, vísperas de verano. Pero en el camino el cabreo no disminuía, sino que aumentaba porque pasé por el pueblo de las pistas de tartán desiertas y vi, se si fue una fantasía causada por el cabreo, que de la charca de las tengas convertida en paseo marítimo salían aquí y allá surtidores de agua. Y fue así como durante todo el trayecto me constituí en ciudadano cabreado, eso sí: juro por Dios bendito que me comeré en ensalada dos tomates, uno gordo y lustroso y el otro mediano.

27.7.12

 

 

 

 

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Un comentario en “El sueño de una noche de verano y el cuento de los dos tomates

  1. El gordo lustroso, espléndido.
    Hablando del orgullo “toscano” extremeñil, empezaría por ejemplo con el queso. Acabo de tomarme una tapa de Acehucheño. Y no lo encontraré de tapa en mi pueblo.

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