Sobre los catorce extremeños que dejaron huella en la historia de España

Resulta que los extremeños somos también los que menos helados consumimos: 172 bolas por habitante y año, muy lejos de lo que consumen las Comunidades ricas. ¡Lo que nos faltaba! Solo por delante de Melilla y Ceuta, que nunca sabemos si son ciudades autónomas o territorios prestos a cualquier cambalache diplomático. Hasta los cántabros, hasta los gallegos, que habitan tierras de neblinas y más frescas que las nuestras nos superan en el consumo de helados. Se preguntarán ustedes, como yo mismo lo estoy haciendo, que quién se dedica a contar las bolas de helados que consumimos los españoles, y además las distribuyen por cápita y por territorios como si fueran las balanzas fiscales. Y les digo que son estadísticas oficiales del Ministerio de Agricultura que también es de Alimentación y Medio Ambiente. ¡A qué cosas tan extrañas se dedican los burócratas en este país! Un amigo mío decía que los mejores chistes que circulaban por el territorio patrio salían del Ministerio de Sanidad y Asuntos Sociales. Como mi amigo se murió antes de que las redes sociales nos dominaran, no sé si los mejores tuits y los mejores facebook salen también de sedes ministeriales o de las consejerías o de las diputaciones, que de todo hay en la huerta del Señor.

El hortelano intermitente ni tiene tuits ni facebook, y como ya es otoño, y las coles y las lechugas de invierno están sembradas, el escribidor tiene tiempo de llenar unos folios que le han pedido sobre los hombres extremeños que han dejado huella en la historia de España. ¡Extremeños en la historia de España! Ahí es nada… Y ha comenzado por hacer recuento, como mi amigo el pastor recontaba las ovejas con ubres para separarlas en el redil las  preñadas. Y me han salido nada más que catorce, quince, de clase superior, excelentes, sean cuales fueren sus ideas, quince personajes que han dejado huella en la historia. El problema es que el hortelano no sabe a qué Ministerio acudir para que le comparen los quince extremeños sobresalientes con la renta de celebridades de otras Comunidades. No vaya a ser que también en esto estemos a la cola de los torpes.

Casi todas nuestras celebridades se me acumulan en los siglos XVI y XIX y así me ha dado por pensar que nuestra tierra está aquejada de una especie de síndrome pendular, que, junto a momentos de brillantez, de inmediato entramos en fase de depresión o de oscurantismo, y que son muchas más las épocas de soterramiento que de gloria. Al hortelano le salen 14 extremeños excepciones: Hernán Cortés, Pizarro, Orellana, tal vez también Valdivia, Pedro de Valencia, “El Brocense”, Benito Arias Montano, Bravo Murillo, Godoy, Zurbarán, Morales, Pedro de Alcántara, Muñoz Torrero, Donoso Cortés… ¿Muchos o pocos? No vale hacerse trampas en el solitario: hacer pasar por genios lo que solo son personajes de mérito.

Por mucho que tratemos de ocultar nuestro pasado en América, por mucha vergüenza que les de a nuestras autoridades reivindicar la “gesta” extremeña en América, el siglo XVI extremeño apenas si admite comparación con otras regiones o nacionalidad. Pero no solo con colonizadores y conquistadores; el XVI español está repleto de humanistas y figuras excepcionales nacidos en esta tierra. No vaya a ser que el silencio y el complejo con el que se aborda la herencia extremeña en América dé la razón a un pensador del XIX, llamado Luis Bello, que vino a decir que nuestras glorias extremeñas en la descubrimiento y en la conquista de América no nos pertenecen, que aquellos extremeños de la Conquista no eran en realidad extremeños, de sangre y raza, sino gentes afincadas y establecidos en nuestro suelo, vamos usurpadores o invasores de nuestra tierra. Digo yo si no pensarán lo mismo Ibarra/Vara/Monago/Vara cuando no reclaman ni reivindican la gloria de aquellas gestas.

 

Si lo del siglo XVI fue sorprendente, lo del XIX en Extremadura parece arte de magia. Miren ustedes lo que ha descubierto el hortelano rascándose la cabeza: en unos pocos años cinco de los presidentes de España, nacieron en Extremadura Manuel Godoy, Juan Bravo Murillo, José María Calatrava, Antonio González y González y Álvaro Gómez Becerra. Y se dio la circunstancia de que a un presidente de España nacido en Badajoz le sucedió otro de Cáceres. Como lo de Rajoy y Núñez Feijoo si llegara a producirse.  Y los máximos líderes de los partidos en litigio durante el XIX, liberales y absolutistas, eran extremeños, como lo era o lo fue el personaje con más poder de la centuria (Godoy), uno de los  pensadores más influyentes de la ideología conservadora (Donoso Cortés), el ministro con mejor gestión administrativa de aquellos tiempos (Bravo Murillo), el padre de las libertades en las Cortes de Cádiz (Muñoz Torrero) y algunos más que citaría y que el hortelano no lo hace para que no le tachen de petulante.

-Sí, amigo Tulio, tendríamos que preguntarnos por qué todos nuestros personajes excepcionales se nos acumulan en los siglos XVI y XIX, como si esta tierra, después de esas explosiones de talento, se volvió yerma y reseca. Ya ves cómo el siglo XIX en Extremadura fue una excepción, una rareza, y qué ocurrió a continuación y cuáles fueron las razones para que esa llamarada de talento se extinguiera tan pronto como se inicia el siglo XX, y te respondería con una reflexión que el hortelano ha encontrado en los libros de viejo. Una persona nada propensa a exagerar la imagen de nuestra tierra, un deán del cabildo de Plasencia, don José Polo Benito, promotor del viaje de Alfonso XIII a las Hurdes y declarado beato en 2007, describió en 1920 a nuestros paisanos:  resignado el pueblo a las venganzas del caciquismo, tan endémico aquí como las calenturas, lo han enseñado a ser manso y paciente; pues ¿no lo veis cruzado de brazos contemplando el desfile aparatosamente procesional de los mandarines de turno, prontas las espaldas a los golpes de la represalia, que en los repartimientos de los cargos municipales , sin citar otros, se llevan a cabo con espantosa impunidad?

Algo muy parecido escribió, años más tarde, el ya citado Luis Bello en aquel viaje por las escuelas de España y que, en lo que concierne a Extremadura, hizo observaciones de extremada dureza. Decía Luis Bello que en sus correrías por los pueblos extremeños habían observado lo mismo que el deán de Plasencia dejó escrito: el carácter resignado, pasivo y blando de los extremeños. Llego a creer –afirma Bello– que así fue siempre en su ser natural el extremeño, y que el ánimo dominante de los jefes, cabezas o caciques opresores triunfa precisamente por la blandura de la masa.

-Volvamos, Plinio, para no caer en melancolía, a la época remota de cuando nuestros talentos llegaban arracimados y te diré por cuál de ellos siento especial predilección: por el  hombre sabio de Fregenal de la Sierra, humanista, científico, biólogo, médico, traductor, hebraísta, teólogo, bibliotecario, hasta diplomático, que en plena lucidez y celebridad se retiró a su huerta, unos dicen que para observar las estrellas y otras para seguir estudiando los salmos, y al que otro poeta extremeño, al menos de origen, le dedicó unos versos proverbiales que están en las antologías  de los mejores versos del Renacimiento:

 

Pienso torcer de la común carrera / que sigue el vulgo y caminar derecho / jornada de mi patria verdadera; / entrarme en el secreto de mi pecho / y platicar en él mi interior hombre, / dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho. / Y porque vano error más no me asombre, / en algún alto y solitario nido / pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre / y, como si no hubiera acá nacido estarme allá, cual Eco, replicando / al dulce son de Dios, del alma oído (Epístola a Arias Montano de Francisco de Aldana)

 

Pero como Arias Montano es de época remota, el escribidor muestra también sus preferencias por otro personaje extraordinario y casi olvidado, el cura Muñoz Torrero, el español que se jugó la vida defendiendo la Constitución y las libertades en las Cortes de Cádiz, el que abolió la Inquisición, el más decidido promotor de las libertades y murió pobre, desterrado y torturado en una prisión portuguesa. Y ahora repara que no estaría mal que confesara también su admiración por Francisco Sánchez, casi paisano, tres veces procesado por la Inquisición por defender el predominio de la razón sobre todas las cosas.

 

El hortelano tiene sobre la mesa dos libros de otros dos extremeños que mejor representan la doble cara del pensamiento regional, el de la autocomplacencia y el espíritu crítico. La Extremadura y España de López Prudencio  y Extremadura en la encrucijada de Adolfo Maíllo, el uno de comienzos del XX, el otro escrito en sus postrimerías. El primero, autocomplacido en la brillantez de los extremeños en todas las épocas de la historia. El segundo, dolido por el daño que han hecho a Extremadura los eruditos “invitando a sus habitantes a dormir el sueño del presente arrullados por las viejas glorias sin proyectos para el futuro”

-¿En qué bando militas, amigo Tulio, en el de Lopez Prudencio o en el de Maíllo? ¿En el del pacense o en el del chinato? En el bargueño de Prudencio, el escribidor aprendió a gustar las saudades de su tierra. Maíllo le dejó al escribidor en su testamento la facultad de elegir un libro de su biblioteca y siempre pensó que fue aquella una de las herencias más emotivas que ha recibido en su vida.

Más allá del número de helados que nos toca a los extremeños en el reparto nacional y hasta del PIB y de la renta per cápita -¡negativo, siempre negativo!-, el hortelano siente un contento muy especial cuando ve en la mesa de novedades obras de Luis Landero y de Hidalgo Bayal o de Álvaro Valverde o de Javier Cercas, pero al mismo tiempo piensa en cuán prolongada y persistente es la huella que de los extremeños señaló el deán de la catedral de Plasencia: “extremeños mansos y pacientes” o en el “carácter resignado, pasivo y blando” en la apreciación de Luis Bello.

 

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