El riojano que puede inscribir su nombre en la historia de Extremadura, o de cómo fabricar “mitos” que nos ayuden a sostener la identidad de los pueblos

En una ocasión el impertinente le dijo al alcalde de su pueblo que con el tiempo fundaría un sindicato de hortelanos en su aldea. Al estilo de la hermandad de San Gregorio de Plasencia, cuyos cofrades, desde hace seiscientos años, sacan en procesión al santo para que bendiga in situ las huertas de la margen derecha del río. ¿Y los de la izquierda, qué? O como en aquella estampa (La bendición de los campos, de Salvador Viniegra) que los niños de la posguerra vimos en los zaguanes de nuestros abuelos, con un cura horondo “guisopeando” los barbechos. El preboste pensó que la fantasía del hortelano iba en serio, y doy fe de que no le gustó nada aquel sueño de verano.

En otra ocasión invitaron al hortelano a hablar sobre los periódicos de su región. Los criticó porque dijo que ninguno de ellos -uno era del obispado y el otro de una compañía que se apellidaba “católica”- representaba a los sectores de izquierda, y no gustó que alguien de afuera opinara sobre “lo nuestro”. Como no fue ésta la única ocasión que sufrió reprimenda, el hortelano se dedicó en sus ratos libres a otras cosas. Pero, pasado el tiempo, tomó los hábitos de la impertinencia -“vuelta la burra al trigo”- y volvió a atreverse a tener opinión sobre los asuntos que comienzan en el kilómetro 170  de la A-5, allá donde un buen amigo del hortelano toca la bocina siempre que cruza la frontera. Y recuerda –qué manía de recordar…- que en una ocasión que viajaba en un autobuses cargado de personas de mucho rango, cuando el bus pisó aquel kilometro y comenzó a trepidar su carrocería por el mal estado del pavimento, alguien preguntó qué pasaba y otro respondió que nada, “hemos entrado en Extremadura”.

Decía, Tulio, que el hortelano ya se atreve a opinar de las cosas de la tierra y en alguna ocasión habría que reflexionar, sirviéndose de tu tocayo Cicerón, de lo que ocurre a las personas provectas cuando, a una determinada edad, desarrollan la manía de ejercer la libertad de pensamiento. De mayor, Tulio, cuídate de este achaque; no vaya a ser que destruyas las amistades que forjaste a lo largo de tu vida. Aunque ocurre, las más de las veces, que a otros muchos, acostumbrados a no ejercer la libertad de opinión, se les acaba la vida sin haberla ejercido.

Definitivamente voy al grano, que así debiera haberlo hecho desde el principio. Y es que el hortelano está a la espera de que amanezca y se entretiene trasteando en la maquinaria y ve en la pantalla que el arzobispo de Mérida-Badajoz ha propuesto al Vaticano crear una “prelatura”  para poner fin a la sinrazón de que el principal símbolo religioso e histórico de Extremadura, Guadalupe, regrese a territorio extremeño del que nunca debiera haberse escindido. El hortelano, así que había amanecido, se fue directo a los papeles regionales para ver cómo abordaban la noticia “histórica” de que al fin los obispos extremeños se hubieran atrevido a reivindicar  Guadalupe. Imaginaba que aquel anuncio llenaría las portadas, habría encuestas, declaraciones, hasta editoriales. ¡Qué le vamos a hacer! Nada de nada o casi nada, que así se las gastan los periódicos de mi tierra. Lo de la “prelatura” aplicado a Guadalupe puede no ser la mejor de las soluciones a un agravio después de tantos siglos de dominio feudal toledano de tan atrabiliario origen que con solo denunciarlo debería remover las conciencias religiosas, si es que fueran religiosas las conciencias de la mitra toledana. El hortelano escuchó hace algunos años, sentado a una mesa camilla más honorable que la mitra toledana, a un periodista devenido en arzobispo de cómo lo engañaron en Roma cuando se creó la provincia eclesiástica extremeña en 1994. Resultó que don Antonio Montero regresó de Roma con la convicción de que, junto a la jurisdicción -los territorios-, venía también Guadalupe. ¡Ojalá, el buen dios inspire al arzobispo-periodista a dejar por escrito la treta toledana. Y ojalá se atrevan a contarnos los obispos de hace la tira de años el acuerdo al que llegaron con Toledo para crear una especie de nueva jurisdicción eclesiástica teniendo como cabecera Guadalupe en la que estuvieran presentes las tres diócesis extremeñas y la de Toledo. Era un solución salomónica, pero, al fin, un paso importante para poner fin a la ignominia toledana. Pero, de nuevo, triunfó la soberbia feudal y la irrelevancia de los obispos extremeños, y nos quedamos compuestos y sin novia

-Amigo Tulio, busca en los papeles o en la maquinaria lo que este hortelano te está contando y ya verás cómo no existe ni rastro. Y es que en tu tierra, Tulio, todo aquello que importune a la autoridad competente no deja huella. Y paso a responder a ese reproche permanente que me haces sobre mi fijación mental con Guadalupe. Ya sé que piensas que Guadalupe ya no interesa o interesa sólo a una minoría confesional y que incluso, dentro de esta, muchos se encuentran más satisfechos con la militancia radical del clero toledano que con el extremeño, tan decaído que no tendría entre sus filas individuos suficientes para atender a las necesidades de los 30 pueblos extremeños en jurisdicción manchega. Aunque hortelano de un modesto pegujal, este escribidor entiende que los pueblos, cualesquiera que sean, necesitan símbolos o referencias que les ayuden a reconocerse como miembros de una comunidad. ¿Qué me une a mí con las naturales de la Siberia extremeña -¡que vaya, “nombrajo”, por otra parte!- siendo como soy de las tierras del Tajo? ¿Qué suceso o invocación histórica de autoridad puedo argumentar para que un ciudadano de la Serena se identifique con otro de la Sierra de Gata? ¿Otra vez los  Conquistadores, denostados por la autoridad competente? ¿Las monsergas aldeanas que pregonan desde la televisión autonómica? ¿El sentimiento victimista de sentirnos expoliados por Madrid? ¿O es que acaso nos sentimos extremeños porque así lo han querido nuestras autoridades? Ni el “candil” ni el “redoble” dan sentido de unidad emocional, y mira por dónde el elemento moderno más aglutinador, el himno de Extremadura, con seguridad la música de más valor de cuantas se crearon a partir de 1978 para fomentar los sentimientos autonomistas de los españoles, está siendo maltratado por las Administraciones.

El hortelano ha llegado con algún retraso a los libros del profesor judío Yubal Noah Harari (Sapiens: de animales a dioses). Pocas veces se ha expresado con tanta claridad el valor de los símbolos en la creación del sentimiento colectivo de los pueblos. ¡Vaya, otra vez con el inconsciente colectivo de los extremeños! ¡Si lo sabrán los vascos y los catalanes, por ejemplo! Dice el profesor de la Universidad de Jerusalén que a los hombres nos influyen el medio físico en que vivimos y también las emociones compartidas. A través de las emociones y del espacio físico, los hombres, para reconocernos y defendernos, hemos ido fabricando mitos y ficciones. En este capítulo, metan ustedes también las creencias religiosas. ¿Para qué sirven las emociones compartidas, querido Tulio? Muy sencillo, sirven para cohesionar a los grupos, a los colectivos, a las tribus; ahora también diríamos a las naciones, a las comunidades autónomas. Si nuestras emociones comunes fueran “reconocibles” y tuvieran sustento en la historia, estaríamos en disposición de mantener un “relato” que nos ayudara a crear una “unidad colectiva”. O lo que es lo mismo: sin “mitos” sin “un relato común de emociones”, los pueblos no tienen sentido ni futuro. Es decir, que como Extremadura no encuentre  su propio “relato”, será imposible mantener esa ficción en el tiempo y no dejará de ser un puro artificio administrativo, creado para mantener un interés político o personal, al calor de los recursos públicos. ¡Qué le pregunten a la Junta de Extremadura cuánto ha invertido en tratar de crear el “mito” de lo extremeño! Pero lo ha hecho mal, rematadamente mal, fomentando tan sólo el sentido victimista y folclórico.

-Ni antes ni después, amigo Tulio, Extremadura encontrará un “mito” más poderoso que Guadalupe para identificarse. Ningún otro tan importante desde el punto de vista histórico, cultural, emocional, que Guadalupe. Guadalupe tiene un potencial extraordinario como ingrediente aglutinador de los extremeños, incluso para los sectores laicos y aconfesionales. Pregúntaselo a nuestro común amigo, el promotor del principal movimiento laico extremeño, y no te librarás de una charla bien documentada sobre el valor de integración emocional de Guadalupe.

 

Por eso no comprendo la indiferencia con la que los medios de comunicación han acogido el anuncio del arzobispo Morga de solicitar al Vaticano la creación de una “prelatura” para Guadalupe. El arzobispo ejerció antes en Roma y debe conocer bien cómo funcionan los pasillos del Vaticano. Cuando lo nombraron, se expresó con una ingenuidad entre temeraria y asombrosa. Reconoció que conocía Extremadura de nombre, sabía que era una región “al sur de Madrid”. Ahora este arzobispo riojano, Celso Morga Iruzubieta, puede inscribir su nombre en la historia de Extremadura. Pero no sé a qué viene tanta sorpresa, acostumbrado el hortelano a presenciar la indiferencia de los extremeños con todo cuanto no venga dirigido desde Mérida, como en tiempos sucedía con aquello que no viniera decretado desde la Corte.

Leyendo al profesor de la Universidad de Jerusalén al fin he entendido que el impulso del hortelano de crear un sindicato, la emoción de mi amigo cuando toca la bocina al entrar en territorio extremeño y la reivindicación del arzobispo Morga tienen el mismo origen e interpretación: la necesidad de crear y sostener en el tiempo el mito que permita el “relato” principal de los extremeños. Y si no lo hacemos, ahora que estamos a tiempo, corremos el riesgo de que otras circunstancias políticas terminen por arruinar la endeble cohesión de los extremeños.

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DEL QUÉ NOS PASA A LOS EXTREMEÑOS (segunda parte) Y EL RIESGO DE ESQUIZOFRENIA DE LOS ECOLOGISTAS

 

El hortelano tiene uno, dos y, a veces, hasta tres lectores, lo cual, en los tiempos que corren, le produce un placer inenarrable. El caso es que mis tres lectores me vienen dando la tabarra sobre lo que escribí del qué nos pasa a los extremeños y el inconsciente colectivo, que de forma impertinente el hortelano abordó hace unos días. Lo del inconsciente colectivo debe ser como la mochila que cada uno traemos a este perro mundo, llena de nutrientes biológicos y psicológicos que condicionan nuestras vidas. Vamos, una especie de códigos que nos empujan a pensar o actuar de una determinada forma, una teoría que se inventó, hace exactamente cien años, un señor que por ello ha pasado a la historia. O más bien, una excusa para tener a quien echarle las culpas si los extremeños fuéramos por naturaleza indolentes o resignados: que somos los últimos en PIB, en renta per cápita o en PISA…, la culpa del inconsciente colectivo que heredamos de nuestros padres y, además, habríamos descubierto un argumento poderoso a la hora de negociar los fondos de cohesión y de solidaridad territorial con el ministro Montoro, que él también tiene que tener un inconsciente colectivo del carajo, siendo, como es, de una provincia hermana en lo de la renta per cápita.

Fíjate, Tulio, hasta dónde han llegado los ecos de la impertinencia que el tercero de mis lectores, un experto en psicoanálisis, se está ocupando de crear un grupo “interdisciplinar” para proseguir la cavilación sobre el inconsciente colectivo de los extremeños. Ya le he dicho que si la reflexión se hiciera cabe la higuera, habría que esperar al mes de mayo cuando canta la calandria y cuando ella se viste de primavera. Lo mismo ocurriría si lo hiciésemos bajo la parra, mejor bajo el nogal, que es sombra más fresca y apacible, porque bajo el olivo no debiéramos hacerlo pues a su vera están creciendo las coles que acompañarán el “buche”  de los samblases. Te aclaro, Tulio, que en mi aldea las fiestas, pasadas la Navidad, se inician en San Blas y en San Blasino, y de fiesta en fiesta, en un plisplás, llegamos al verano, Dios mediante.

Y así, nombrando a este invento de la prehistoria gastronómica comenzaría el capítulo primero de la primera mesa redonda del que nos pasa a los extremeños, pues tengo para mí que el “buche”, que en las tierras leonesas llaman botillo, lo trajeron los mesteños o acaso lo inventaron en las dehesas extremeñas y lo exportaron a sus lares llevándose el copyright. De cualquier forma lo del “buche” y, sobre todo, lo de la dehesa nos serviría, como digo, para introducir la mesa de los historiadores en el simposio del qué nos pasa

La dehesa, el paisaje más admirable de cuantos existen en el mundo, es también la primera de nuestras desgracias. ¡Pura contradicción! O un perfecto oxímoron como hubiera dicho mi amigo el Gramático si no nos hubiera dado el disgusto de morirse. Considerada así, la dehesa fue un invento infernal. La inventó la gran nobleza, los poderes fácticos de la época, para aposentar sus miríadas de merinas y llenar sus despensas. Los enormes territorios adehesados impidieron la labranza y las tierras se despoblaron. De aquellos latifundios vienen nuestros lodos, es decir, la pobreza, la emigración, el espíritu vasallo de los extremeños. Lo malo es que el latifundio y cuanto significa es materia de presente, aunque todavía los extremeños no nos hayamos recuperado de otro de nuestros oxímoron más clamorosos: que fuera el dictador Franco quien firmara en 1952 el decreto de creación del Plan Badajoz y de paso destruyó cien mil hectáreas de dehesas, en las que antaño se alimentaran los rebaños de la iglesia y de la nobleza y en ellas hoy se asientan los extremeños con mayor renta per cápita de toda la Comunidad. ¡Buen tema para cavilar, amigo psicoanalista!

Fíjate, Tulio, en la noticia que tú y yo hemos leído en el papel principal de la tierra. El heredero de uno de los imperios más importantes del sector farmacéutico mundial, Leandro Sigman, ha comprado un latifundio en Extremadura. Digamos que un latifundio pequeño, que en esto también hay categorías, pero de enorme valor histórico, la Granja de Mirabel en Guadalupe, aquella que, en 1910, le causó a don Miguel de Unamuno un trance casi místico: “…unos de los más espesos y más frondosos bosques de que en mi vida he gozado. Jamás vi castaños más gigantescos y tupidos. Y nogales, álamos, alcornoques, robles, quejigos, encinas, fresnos, almendros, alisos junto al regato y todo ello embalsamado por el olor de perfumadas matas…”

-Un por cierto, amigo Tulio: al gran Unamuno lo ha zaherido a bandera batiente hace solo unos días un escribano en uno de los periódicos regionales, por aquello de que se atrevió a criticar la indolencia de los extremeños. Vamos, un heroico patriota el periodista, decidido a no permitir que nadie mancille el buen nombre de los extremeños…

Mejor nos hubiera ido si el nuevo magnate e inquilino de las tierras de Guadalupe, en lugar de comprar un latifundio, se le hubiera ocurrido plantar en tierra extremeña una de sus innumerables fábricas o factorías que figuran en su agenda. Dicen además los periódicos que el tal Leandro Sigman es persona de mucha confianza de Felipe Gonzalez, que tiene -es sabido- parada y fonda también en los campos guadalupanos.

-Digo yo, Tulio, que qué extraño placer deben sentir los latifundistas dueños de inmensos territorios. Me los imagino llegando en sus potentes maquinas levantado nubes de polvo en los caminos de su heredad, sintiéndose señores de horizontes infinitos para calmar sus espíritus cansados de ajetreos urbanos y millonarios. Debe ser algo parecido a lo que le sucede a este hortelano afortunado cuando descorre el cerrojo de su pegujal. Un día tenemos que hacer entre los dos la nómina completa de los latifundistas para llevársela al presidente de la Junta de Extremadura, y les escriba a todos y a cada uno una carta señalándoles el compromiso que tienen con el desarrollo y la prosperidad de los extremeños. De lo contrario, si no crean riqueza en la patria de sus condados, les condenaríamos a ingresar en la Orden de Los Santos Inocentes. ¿Sabes quién es Isidro Bergel Sainz de Baranda, uno de nuestros últimos  latifundistas? Un tío listo, Tulio… Por otra parte, ¿qué fue de aquel latifundio que compró un jeque árabe, recibido a pie de las escalerillas del avión por todos nuestros jerarcas en uno de los espectáculos de vasallaje más esperpéntico  de los muchos de nuestra historia?

Hablaba de la dehesa y que era causa y razón de lo mucho que nos pasa a los extremeños y mira por dónde lo que hoy nos admira y nos recrea, y hasta lo consideramos como el paisaje que mejor nos representa, es, a la par, origen de nuestras desgracias. Compadezco a los ecologistas, a punto de entrar en trance de esquizofrenia ante el dilema de admirar o denostar la dehesa, y es que en esto de las contradicciones –otra vez los oxímoron- nos lucimos los cristianos, diestros en aprovechar las contradicciones. Sin nuestros pecados de cada día no existirían las Pasiones de Bach, ni escucharíamos el Mesías de Handel como lo voy a hacer mañana oyendo a la escolanía de mi nieta, y el que suscribe da por bien empleados sus muchos pecados con tal de poder seguir escuchando el miserere de Gregorio Allegri. Cómo sería la fama de la tal pieza –el miserere- que solo se podía escuchar en la Capilla Sixtina y hasta se dictó un laudo de excomunión a quien se atreviera a interpretarla en cualquier otro sitio, algo parecido a lo que sucedía con las merinas en tiempos de los Trastámara prohibiendo exportarlas fuera de sus reinos hasta que el rey ilustrado, Carlos III, regaló a sus parientes de Francia un rebaño de 334 ovejas y 42 carneros.

-Ya ves, Tulio, cómo de nuevo vuelven a coincidir los extraños gustos del hortelano por el miserere de Allegri con las merinas que poblaron las dehesas extremeñas que gobernara el Honrado Concejo de La Mesta, origen de todos nuestros males. Pero estoy perdido, amigo Tulio, no sé cómo volver al tema con el comencé, el del inconsciente colectivo de los extremeños, y he desembocado en  la historia del miserere, aquella partitura protegida por una excomunión hasta que el niño Mozart se la aprendió de memoria y consiguió sacarla del imperio de los papas.

Trataba de decir que uno de mis colegas en la secta de La Cachava pretende crear un grupo interdisciplinar -dice que de psicólogos, sociólogos, historiadores, un economista, un pedagogo, un estadístico, un politicólogo, hasta un filosofo- para investigar qué nos pasa a los extremeños que no prosperamos o avanzamos en muy pequeñas dosis en el camino del progreso.

-Repara, Tulio, que la cuestión tampoco es novedosa. El presidente Fernández Vara anda por esas tribunas predicando la necesidad de repensar Extremadura y será –digo yo- algo equivalente a lo que mi amigo pretende con lo del qué nos pasa. No sé si el señor Fernández Vara ha reparado en los peligros del pensamiento. Una vez tuve un pensamiento sobre el origen de los males que acontecen a los extremeños y me retiraron el saludo los próceres de mi tierra. Y solo dije que una de las razones más importantes del atraso de mi región era la incapacidad de la mayoría de sus dirigentes para la gestión de los asuntos públicos.

Puede ocurrir también que a los extremeños no nos pase nada original, que el inconsciente colectivo de los extremeños sea igual o parecido al de los andaluces o al de los murcianos. ¡Vaya consuelo! Pero por qué la estadística oficial dice que el 60 %  de los jóvenes extremeños están en paro. No hace mucho el hortelano preguntó a un gerifalte de la Junta cuántos jóvenes de los que terminaban los distintas grados de la enseñanza profesional encontraban trabajo de su especialidad en Extremadura. El gerifalte se rascó la nariz. Hizo la misma pregunta a un jefazo de la Universidad: cuantos licenciados o graduados de las dos últimas promociones encontraban salario en Extremadura. El jefazo miró por la ventana.

-¿Sabes lo que te digo, amigo Tulio? Que voy a decirle al de La Cachava que bien merece que sigamos pensando en el inconsciente colectivo de los extremeños y cuando terminen las sesiones del Qué nos pasa…, pongamos por escrito las conclusiones. Yo me comprometo a recluirme este invierno en la chimenea de a once céntimos el kilo de leña y hacer una antología de lo que se ha dicho de nosotros los extremeños desde Estrabón a Andrés Trapiello.

 

LA REBELIÓN DE LAS MASAS Y EL “INSCONCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

Mi amigo el de Industriales  -¡un lujo de amigo, señores!- anda leyendo La rebelión de las masas de don José Ortega y, al hilo de la lectura, reflexiona sobre lo que nos acontece a los españoles y a los extremeños casi noventa años más tarde de lo que escribiera el bisnieto de la placentina Pilar Munilla, de los Munilla placentinos de toda la vida.  Decía que mi amigo el lector de Ortega anda, estos días, por lo que veo, embebido en lecturas esenciales y medita sobre qué nos pasa para que también los redactores del informe PISA nos coloquen en el pupitre de los torpes. Y el hortelano le ha amenazado con enviarle no menos de veinte folios con sus cavilaciones sobre las razones que pudieran explicar por qué los extremeños nunca fuimos alumnos aventajados ni en renta per cápita, ni en PIB, ni siquiera en los aprovechamientos académicos.

¿Por qué será, amigo Tulio? ¿Razones históricas? ¿Razones culturales? ¿Biológicas? ¿Políticas? ¿De todo un poco? ¿O acaso tendrá razón el secretario general de Educación de la Junta de Extremadura que se despacha diciendo que la baja calificación que el informe PISA otorga a los extremeños se debe a la herencia recibida del gobierno del PP? Un genio, el tal secretario general…

Si por el hortelano fuera, organizaría en la huerta un simposio para dilucidar por qué los extremeños somos siempre o casi siempre los últimos de la clase. No para lamernos las heridas, sino para consensuar un diagnóstico que nos sirviera para remediar nuestros males. Los sentaría a platicar cabe el olivo centenario injertado de manzanilla, por aquello de que la cosa viene de lejos. Invitaría a un historiador para que nos hiciera el relato de esta tierra como territorio de conquista y de reparto, habitado por gentes sumisas, -nuestros abuelos, amigo Tulio- súbditos de nobles y de caciques, gentes de leva. Ofrecería tribuna a un sociólogo para que describiera el desgarro social que han supuesto todos los procesos de emigración, con especial atención a la diáspora de los años sesenta; convocaríamos incluso a un biólogo para aclarar los procesos de empobrecimiento genético derivados de la huida en masa de los más fuertes o los más talentosos. Haría lo mismo con un experto en psicología social para que reflexionara sobre las huellas que producen en los ciudadanos los siglos de sometimiento y vasallaje. No me olvidaría de invitar a quien gobernó Extremadura durante 24 años para que nos contara aquello de que la culpa fue de la dictadura de Franco, y, si todavía encontrásemos con lucidez a algún sobreviviente de la Dictadura, le concederíamos la palabra para que disertara sobre los males que trajo a Extremadura la partitocracia de la República. Tras de Ibarra, Monago expondría su opinión sobre lo mal que lo hicieron los socialistas en su largo imperio de casi un cuarto de siglo. Y al final, convocaríamos a Fernández Vara y a su secretario general de Educación para que reiterara su teoría del “y tú más…”

Para cerrar el simposio, el hortelano invitaría a aquella mujer valiente y esforzada –anoten su nombre, María Ángeles Durán Heras- que se atrevió a decir, una noche en el teatro romano de Mérida, aquello que parecía un versículo del Eclesiastés y que, convenientemente adornado por el hortelano, fue algo parecido a esto: “pasan los gobiernos de uno u otro color, pasan los siglos, los regímenes, las monarquías, las repúblicas y hasta las dictaduras, pasan los gobiernos de derecha y de izquierdas, pero los extremeños seguimos…”

-¿Qué nos pasa a los extremeños, amigo Tulio? Efectivamente, nos pasa lo que nos pasa. A ver si mi amigo el de Industriales termina de leer La rebelión de las masas y podemos discutir sobre lo que nos sigue pasando a los extremeños.

El hortelano andaba estos días con la mosca detrás de la oreja rumiando una cierta teoría sobre la razón de que el informe PISA nos sitúe de nuevo a andaluces y extremeños, extremeños y andaluces, en el pelotón de los torpes. Y ya se sabe lo pesadas que son las moscas en los comienzos de los inviernos. Los extremeños y andaluces no estamos entre los españoles con menores presupuestos en Educación, y sin embargo, otras Comunidades, con poco más renta que nosotros, están muy por encima en los ranking escolares. A otro amigo de este escribano le ha dado por dividir el monto total a que ascienden los Presupuestos de varias Comunidades Autónomas por el número de habitantes de cada una de ellas, y, ¡oh, milagro!, los extremeños somos los que más tocamos en renta presupuestaria, los más ¿subvencionados?

No seré yo quien lo diga, pero, si alguien se atreviera a decirlo, este servidor impertinente lo aplaudiría. Si dijera, por ejemplo, que qué fatalidad esto que parece demostrar el informe PISA: ya que no somos capaces de crear empleo, y por ello nuestros jóvenes emigran a raudales, al menos que se marchen en las mejores condiciones académicas posibles;  que si se tienen que ir los más jóvenes y con mejor formación, al menos que se vayan no siendo los últimos de los ranking académicos. En tiempos, los extremeños emigrábamos con la maleta de cartón y las cuatro reglas por todo bagaje. ¿O no? Ahora, los jóvenes emigran con títulos académicos. ¡Vaya que si hemos progresado! Hubo otro tiempo en que era fácil escuchar aquello de “he sido el primer universitario en mi familia”. Hoy, afortunadamente, cada familia extremeña tiene uno o varios en sus filas, pero lo que a este hortelano impertinente le subleva es conocer cómo los universitarios que se quedan esconden sus títulos académicos para acceder a los puestos más bajos, porque ya me dirás, Tulio, cómo pongo en el curriculum que soy licenciado en Económicas o titulado en Obras Públicas si de lo que se trata es de tener una ínfima soldada como empleada en un call center o reponedor en el Carrefour…

-Imagínate, Tulio, que llega a ti un joven de Mérida o de Plasencia, recién titulado, pongamos que en alguna disciplina técnica, y te dice que en Extremadura no encuentra trabajo. ¿Qué le recomendarías? ¿Le dirías: hombre no tires tan pronto la toalla, busca plaza de economista en alguna empresa extremeña, de abogado en algún despacho, de ingeniero de obras publicas…  O le dirás, por el contrario, mi querido joven: no esperes a mañana, coge el petate y márchate como hicieron tus mayores.

Pero con todo esto no llegamos a ninguna parte…, la casa seguirá sin barrer. El hortelano continúa con la idea del simposio titulado “qué nos pasa a los extremeños” y en ello estaba; mejor dicho iba con el carretilla de la leña para la chimenea, no tanto para calentarse como para crear un ambiente de invierno en el rincón de las lecturas, y, al torcer en el Altozano, se le ocurrió que, ahora que se cumplen cien años de la muerte de quien inventó la teoría del “inconsciente colectivo”, podría intentar aplicar aquella teoría a qué nos pasa a los extremeños.

-Atiéndeme, Tulio, que tal vez merezca la pena. Si el “inconsciente colectivo” fue un hito en la historia de los descubrimientos tratando de explicar lo que les ocurre a determinados colectivos teniendo en cuenta los substratos más íntimos y persistentes que a lo largo de los siglos se han ido depositando en la genética de sus componentes, ese mismo descubrimiento nos podría ser útil para comprender lo que nos pasa a los extremeños.  El descubrimiento del hijo de un párroco rural suizo -luterano por supuesto, que aquí nuestros párrocos se acomodan de forma diferente-, el señor Carlos Gustavo Jung, explicaría lo que nos pasa a los extremeños. ¿Nacemos, pues, los extremeños de pura raza -los nietos de vetones, lusitanos, árabes y con cuarto y mitad de judíos- con la naturaleza y la voluntad predeterminada? ¿Predeterminada a qué? Predeterminada a que me lo den resuelto.

-Me dirás, Tulio, que eso son fantasías, puro determinismo, o ganas de darle a la hebra en una atardecida de chimenea con una copa al alcance de la mano. Eso sería compararnos con mis gallinas o con los gorriones de mi huerta, cuyo “inconsciente colectivo” les lleva a no admitir en el gallinero a dos nuevas pollitas y las persiguen como locas por los rincones del corralillo  mientras el gallo presencia divertido la pelea de las hembras, o cómo los gorriones no han vuelto a picotear en el bancal de las espinacas desde que le hemos puesto en los surcos tres culebras de plástico, de esas que venden en las “chuches”, en la plaza de mi aldea. El “inconsciente colectivo”.

-Ya verás cómo mañana mismo, ahora que no queda otra que arrebujarse junto a la chimenea, se me ocurren otros cuatro folios que añadir a los muchos ya emborronados sobre el qué nos pasa a los extremeños y se los envío a mi amigo el de Industriales, tal vez antes de que termine de leer La rebelión de las masas. Es decir, a pesar del “inconsciente colectivo”, los extremeños también podrían hacer lo que nunca hicieron: rebelarse contra su propio inconsciente.