LA REBELIÓN DE LAS MASAS Y EL “INSCONCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

Mi amigo el de Industriales  -¡un lujo de amigo, señores!- anda leyendo La rebelión de las masas de don José Ortega y, al hilo de la lectura, reflexiona sobre lo que nos acontece a los españoles y a los extremeños casi noventa años más tarde de lo que escribiera el bisnieto de la placentina Pilar Munilla, de los Munilla placentinos de toda la vida.  Decía que mi amigo el lector de Ortega anda, estos días, por lo que veo, embebido en lecturas esenciales y medita sobre qué nos pasa para que también los redactores del informe PISA nos coloquen en el pupitre de los torpes. Y el hortelano le ha amenazado con enviarle no menos de veinte folios con sus cavilaciones sobre las razones que pudieran explicar por qué los extremeños nunca fuimos alumnos aventajados ni en renta per cápita, ni en PIB, ni siquiera en los aprovechamientos académicos.

¿Por qué será, amigo Tulio? ¿Razones históricas? ¿Razones culturales? ¿Biológicas? ¿Políticas? ¿De todo un poco? ¿O acaso tendrá razón el secretario general de Educación de la Junta de Extremadura que se despacha diciendo que la baja calificación que el informe PISA otorga a los extremeños se debe a la herencia recibida del gobierno del PP? Un genio, el tal secretario general…

Si por el hortelano fuera, organizaría en la huerta un simposio para dilucidar por qué los extremeños somos siempre o casi siempre los últimos de la clase. No para lamernos las heridas, sino para consensuar un diagnóstico que nos sirviera para remediar nuestros males. Los sentaría a platicar cabe el olivo centenario injertado de manzanilla, por aquello de que la cosa viene de lejos. Invitaría a un historiador para que nos hiciera el relato de esta tierra como territorio de conquista y de reparto, habitado por gentes sumisas, -nuestros abuelos, amigo Tulio- súbditos de nobles y de caciques, gentes de leva. Ofrecería tribuna a un sociólogo para que describiera el desgarro social que han supuesto todos los procesos de emigración, con especial atención a la diáspora de los años sesenta; convocaríamos incluso a un biólogo para aclarar los procesos de empobrecimiento genético derivados de la huida en masa de los más fuertes o los más talentosos. Haría lo mismo con un experto en psicología social para que reflexionara sobre las huellas que producen en los ciudadanos los siglos de sometimiento y vasallaje. No me olvidaría de invitar a quien gobernó Extremadura durante 24 años para que nos contara aquello de que la culpa fue de la dictadura de Franco, y, si todavía encontrásemos con lucidez a algún sobreviviente de la Dictadura, le concederíamos la palabra para que disertara sobre los males que trajo a Extremadura la partitocracia de la República. Tras de Ibarra, Monago expondría su opinión sobre lo mal que lo hicieron los socialistas en su largo imperio de casi un cuarto de siglo. Y al final, convocaríamos a Fernández Vara y a su secretario general de Educación para que reiterara su teoría del “y tú más…”

Para cerrar el simposio, el hortelano invitaría a aquella mujer valiente y esforzada –anoten su nombre, María Ángeles Durán Heras- que se atrevió a decir, una noche en el teatro romano de Mérida, aquello que parecía un versículo del Eclesiastés y que, convenientemente adornado por el hortelano, fue algo parecido a esto: “pasan los gobiernos de uno u otro color, pasan los siglos, los regímenes, las monarquías, las repúblicas y hasta las dictaduras, pasan los gobiernos de derecha y de izquierdas, pero los extremeños seguimos…”

-¿Qué nos pasa a los extremeños, amigo Tulio? Efectivamente, nos pasa lo que nos pasa. A ver si mi amigo el de Industriales termina de leer La rebelión de las masas y podemos discutir sobre lo que nos sigue pasando a los extremeños.

El hortelano andaba estos días con la mosca detrás de la oreja rumiando una cierta teoría sobre la razón de que el informe PISA nos sitúe de nuevo a andaluces y extremeños, extremeños y andaluces, en el pelotón de los torpes. Y ya se sabe lo pesadas que son las moscas en los comienzos de los inviernos. Los extremeños y andaluces no estamos entre los españoles con menores presupuestos en Educación, y sin embargo, otras Comunidades, con poco más renta que nosotros, están muy por encima en los ranking escolares. A otro amigo de este escribano le ha dado por dividir el monto total a que ascienden los Presupuestos de varias Comunidades Autónomas por el número de habitantes de cada una de ellas, y, ¡oh, milagro!, los extremeños somos los que más tocamos en renta presupuestaria, los más ¿subvencionados?

No seré yo quien lo diga, pero, si alguien se atreviera a decirlo, este servidor impertinente lo aplaudiría. Si dijera, por ejemplo, que qué fatalidad esto que parece demostrar el informe PISA: ya que no somos capaces de crear empleo, y por ello nuestros jóvenes emigran a raudales, al menos que se marchen en las mejores condiciones académicas posibles;  que si se tienen que ir los más jóvenes y con mejor formación, al menos que se vayan no siendo los últimos de los ranking académicos. En tiempos, los extremeños emigrábamos con la maleta de cartón y las cuatro reglas por todo bagaje. ¿O no? Ahora, los jóvenes emigran con títulos académicos. ¡Vaya que si hemos progresado! Hubo otro tiempo en que era fácil escuchar aquello de “he sido el primer universitario en mi familia”. Hoy, afortunadamente, cada familia extremeña tiene uno o varios en sus filas, pero lo que a este hortelano impertinente le subleva es conocer cómo los universitarios que se quedan esconden sus títulos académicos para acceder a los puestos más bajos, porque ya me dirás, Tulio, cómo pongo en el curriculum que soy licenciado en Económicas o titulado en Obras Públicas si de lo que se trata es de tener una ínfima soldada como empleada en un call center o reponedor en el Carrefour…

-Imagínate, Tulio, que llega a ti un joven de Mérida o de Plasencia, recién titulado, pongamos que en alguna disciplina técnica, y te dice que en Extremadura no encuentra trabajo. ¿Qué le recomendarías? ¿Le dirías: hombre no tires tan pronto la toalla, busca plaza de economista en alguna empresa extremeña, de abogado en algún despacho, de ingeniero de obras publicas…  O le dirás, por el contrario, mi querido joven: no esperes a mañana, coge el petate y márchate como hicieron tus mayores.

Pero con todo esto no llegamos a ninguna parte…, la casa seguirá sin barrer. El hortelano continúa con la idea del simposio titulado “qué nos pasa a los extremeños” y en ello estaba; mejor dicho iba con el carretilla de la leña para la chimenea, no tanto para calentarse como para crear un ambiente de invierno en el rincón de las lecturas, y, al torcer en el Altozano, se le ocurrió que, ahora que se cumplen cien años de la muerte de quien inventó la teoría del “inconsciente colectivo”, podría intentar aplicar aquella teoría a qué nos pasa a los extremeños.

-Atiéndeme, Tulio, que tal vez merezca la pena. Si el “inconsciente colectivo” fue un hito en la historia de los descubrimientos tratando de explicar lo que les ocurre a determinados colectivos teniendo en cuenta los substratos más íntimos y persistentes que a lo largo de los siglos se han ido depositando en la genética de sus componentes, ese mismo descubrimiento nos podría ser útil para comprender lo que nos pasa a los extremeños.  El descubrimiento del hijo de un párroco rural suizo -luterano por supuesto, que aquí nuestros párrocos se acomodan de forma diferente-, el señor Carlos Gustavo Jung, explicaría lo que nos pasa a los extremeños. ¿Nacemos, pues, los extremeños de pura raza -los nietos de vetones, lusitanos, árabes y con cuarto y mitad de judíos- con la naturaleza y la voluntad predeterminada? ¿Predeterminada a qué? Predeterminada a que me lo den resuelto.

-Me dirás, Tulio, que eso son fantasías, puro determinismo, o ganas de darle a la hebra en una atardecida de chimenea con una copa al alcance de la mano. Eso sería compararnos con mis gallinas o con los gorriones de mi huerta, cuyo “inconsciente colectivo” les lleva a no admitir en el gallinero a dos nuevas pollitas y las persiguen como locas por los rincones del corralillo  mientras el gallo presencia divertido la pelea de las hembras, o cómo los gorriones no han vuelto a picotear en el bancal de las espinacas desde que le hemos puesto en los surcos tres culebras de plástico, de esas que venden en las “chuches”, en la plaza de mi aldea. El “inconsciente colectivo”.

-Ya verás cómo mañana mismo, ahora que no queda otra que arrebujarse junto a la chimenea, se me ocurren otros cuatro folios que añadir a los muchos ya emborronados sobre el qué nos pasa a los extremeños y se los envío a mi amigo el de Industriales, tal vez antes de que termine de leer La rebelión de las masas. Es decir, a pesar del “inconsciente colectivo”, los extremeños también podrían hacer lo que nunca hicieron: rebelarse contra su propio inconsciente.

Anuncios

Un comentario en “LA REBELIÓN DE LAS MASAS Y EL “INSCONCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

  1. Muy bien, JJ, como otros anteriores. Hoy he estado leyendo lo poco que viene en internet de otro extremeño peculiar, Melitón González-Trejo, de abuelo de Cañamero, padre de Logrosán y él nacido en 1844 en Garganta la Olla. El primer mormón español y traductor del libro fundamental de esta religión que conocemos por el tio serio con barba y dos mujeres en las películas del oeste. O sea, tenemos de todo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s