LA ADELFA DE FUENTEPIÑA Y EL ELOGIO DE LAS COSAS ORDINARIAS

 

3.6.18. La adelfa que plantamos de un esqueje que recogimos en Fuentepiña ha florecido por vez primera. Está al borde de la veredilla de la huerta frente al gran olivo centenario. La adelfa, en fin, no tiene nada de particular. Cualquiera de las que se venden ahora en los viveros tiene una floración más abundante y de colores, probablemente, más lucidos. Pero esta adelfa pertenece al patrimonio lírico de Juan Ramón Jiménez, y el hortelano no debiera esforzarse en reiterar su devoción por el poeta y por ese lugar “sagrado”, Fuentepiña, al que todos los juanramonianos admiramos. Regresamos  de aquel viaje con esquejes de geranios y de adelfas con la ilusión de que aquellas plantas que crecían desgobernadas  en el arriate que bordea la casa de campo del poeta, muy cerca del pino bajo el que yacen los restos de Platero, procedieran de las mismas que él sembrara. Aquellos esquejes de geranios llevan ya varias temporadas alumbrando los veranos de la huerta, y este es el primer año en el que la adelfa juanramoniana se ha hecho presente en la vereda. Toda  primera vez llega con el aura y el prestigio de lo iniciático, de la emoción que acompaña a la esperanza. Los antiguos celebraban el inicio de las estaciones y los creyentes bendecían las cosechas. Raro es el año que la huerta no nos depara alguna oportunidad iniciática, y estoy listo para celebrar, este otoño, la recolección de las dos primeros frutos del nogal que plantamos para sombrear el sestil de la huerta. El hortelano tiene esta mañana, en las primicias del verano, una sobrecarga sentimental porque, además, está reparando en los árboles y en las plantas “alusivas”. Alusivas porque cada una de ellas te recuerdan su procedencia. Por ejemplo, estás viendo el crecimiento vigoroso y el verde intenso del azufaifo que te trajeron en una macetita desde Campanario, o la higuera repleta de brevas a punto de sazón que llegó desde Los Tejares de Jaraíz de la Vera, o el naranjo que procede de una semilla del corral de la casa de los padres de la calle Braceros, o el roblecito de no más de un palmo que asemillasteis de una bellota cogida del suelo al borde la Casa de Cristal de New Canaan, uno de los espacios más mitificado de la arquitectura de diseño, o el manzano de jardín que te recordará siempre la amistad de uno de los personajes más generosos de cuantos has conocido. Si te lo propusieras, podrás de esta forma componer un largo relato con la historia de la mayoría de las plantas y de los árboles de tu pegujal.

Y mira por dónde estás leyendo estos días ese libro de Cees Nooteboom, “533 días”, que al fin encontraste en La Central de Callao, en el que describe la sensación de confort que le produce el reencuentro con las cosas ordinarias de su casa después de haber estado meses correteando por el mundo. Cuando regresa a su casa de Menorca se sorprende de la “lealtad de los objetos”: mesa, sillas, libros, la lámpara de lectura… “Ahí están los objetos, de pie o tendidos, inmóviles en su perfecto silencio”. A Nooteboom llegaste hace años a través de sus relatos de viajes. En su juventud fue monje trapense. Abandonó la reclusión del monasterio y se hizo nómada y cosmopolita. Hoy, en el tramo final de su camino, convertido en uno de las máximas autoridades intelectuales de Europa, desde su casa con huerto y jardín menorquinos, medita sobre los acontecimientos que ensombrecen el futuro del mundo. Lo hace mezclando lo particular y lo universal con tanta maestría que a veces uno pierde la noción de si lo importante es la enfermedad de sus cactus o la habilidad de la araña en tejer su red en su propio dormitorio, o, por el contrario, lo trascendente es la eterna insatisfacción de los hombres enfebrecidos en fabricar sueños de imposible cumplimiento.

 El caso es que, en esta página que estás leyendo, Nooteboom se felicita por la compañía de los objetos que le hacen la vida confortable. Pero el texto que más aprecias de elogio a cualquiera de los objetos de la vida ordinaria, lo encontraste en el libro de Eckermann referido a la preferencia que el gran Goethe sentía por su silla de madera. Aquel día, cuenta Eckermann, Goethe había comprado en una subasta una butaca verde de la que se había encaprichado, pero pronto se arrepintió y volvió a recuperar su vieja silla de madera a la que había mandado añadir un suplemento que le sirviera de respaldo de cabeza. Y reflexionaba el gran Goethe: “cualquiera forma de comodidad resulta del todo contraria a mi naturaleza (….); los muebles elegantes son propios de gentes que carecen de pensamiento o que no desean tenerlo”.  Y no debes olvidar los versos de JRJ que te sabes de memoria: “¡Qué quietas están las cosas/ y qué bien se está con ellas!/ Por todas partes, sus manos/ con nuestras manos se encuentran”. Tal vez por esta razón pusiste tanto entusiasmo en rehabilitar y grabar su nombre en el sillón de tu bisabuelo, un simple y modesto sillón de madera de pino y de enea. Y te entretuviste en pensar que, en tiempos de ajuares tan escasos, este modestísimo asiento haya presidido las glorias y las desgracias de una familia de labradores y carpinteros. Pero volviendo a la reflexión de Goethe, uno confiesa su debilidad de “voyeur” para escudriñar al detalle los lugares en los que trabajan los autores que admiras cuando aparecen en las revistas ilustradas o en los documentales, y hasta se atreve a clasificarlos según los objetos que muestran sus escritorios. Cela escribió lo mejor de su obra en cafetines y lo peor, que no fue poco, en despachos acomodados. Imagino el escritorio de Delibes y te lo representas despojado de lujo. Cervantes escribió su Quijote entre barrotes. Si te lo propones, encontraras la descripción de Ernst Jünger escribiendo sus memorias a solo unos metros de su huerto de Kirchhorst, a Josep Pla apegado a la chimenea de su masía en Llofriu y a Baroja en su casona de Itzea. Y encontrarías la cita de Azaña cuando decía que necesitaba un ambiente rústico para pergeñar sus prosas. Pero no es tiempo ahora de amontonar viejos conocimientos, sino de enaltecer las cosas, los objetos que te acompañan durante la vida, y de reconocer que “qué bien se está con ellas”, “inmóviles en su perfecto silencio”. O tal vez ésta sea la ocasión del elogio a la austeridad y a la sobriedad para enaltecer el pensamiento como sentenció Goethe. Como sólo eres aprendiz de hortelano y emborronador de papeles, confórmate con señalar que también los lectores tenemos espacios preferidos para pasar las páginas de los libros de placer. Y pocos comparables a estar hoy aquí, estrenando el verano, en el portalillo de la huerta, embebido en las páginas de Cees Nooteboom.

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2 comentarios en “LA ADELFA DE FUENTEPIÑA Y EL ELOGIO DE LAS COSAS ORDINARIAS

  1. Dioni Gómez-Amelia

    Ah, qué lindo leerte. Gracias. Dioni (mujer)

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  2. Hoy, leyendo esta entrada, me has traído a mi, esas cosas que uno guarda con cariño. Cuando vuelva a la huerta enséñame la adelfa de Juanramoniana.

    Un abrazo

    ________________________________

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