Don Quijote y la doble realidad que aqueja a los políticos extremeños

 

Hay que estar tan poco cuerdo o tan aburrido de la vida como el hortelano para haberse pasado diez horas ante una pantalla de la maquinaria viendo cómo debatían los próceres extremeños de la política el estado de su región a imagen e imitación de lo que sucede cada año en el Congreso de los Diputados. El poder de la emulación hace estragos en la vida de la nación y sus resultados bordean a veces el esperpento. Además, el que suscribe está leyendo un libro extraordinario que le tiene embebido por las tardes, porque dicho está que, por las mañanas, el hortelano se dedica a recolectar en su huerta lo que la providencia le brinda esta temporada que, a Dios gracia, llega bien nutrida de mercancías. El libro se llama “¿Dónde se encuentra la sabiduría? de Harold Bloom y es un recorrido por la historia de la humanidad tratando de descubrir las huellas más sobresalientes de la inteligencia. Voy, amigo Tulio, por el capítulo en el que compara el genio de Shakespeare y de Cervantes compartiendo la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta ahora. Y no será este lector inexperto quien lo corrija porque habrás visto con frecuencia una edición del Quijote en el portalillo de la huerta junto a la tijera de poda o el rastrillo. Viene a cuento lo del libro de Bloom porque el hortelano lleva toda la mañana distraído de sus obligaciones hortelanas escuchando en la maquinaria los discursos que se pronuncian en Mérida desde el alba hasta el ocaso. Al igual que Cervantes inventó en el Quijote otro mundo, y los sucesos en él relatados no fueron reales sino metáforas de la vida humana, algo parecido ocurrió en la Asamblea de Mérida. Escuchando a los dirigentes políticos extremeños, de repente se me vino a la sesera que parecían personajes sacados de un quijote genuinamente extremeño, de modo que lo que estaba escuchando en el hemiciclo no respondía a la realidad sino a otra región o territorio inventado. Y así cuando Fernandez Vara se refería a la “economía circular”, a “monetizar el medioambiente” o a la “economía verde ciudadana” era igual o parecido a cuando don Quijote alanceaba molinos de viento o nos contaba los embustes de Ginés de Pasamonte. No creas, amigo Tulio, que fue Fernández Vara el único que levitó en el hemiciclo de Mérida porque, tan pronto se abrió la caja de las fantasías, aquello se convirtió en un torneo de inventivas y ¡vaya que si compitieron Vara y Monago, Álvaro Jaén y doña María Victoria Domínguez!  

Harold Bloom advierte que tenemos que tener presente que don Quijote estaba en guerra permanente con el principio de la realidad, pero no era ni necio ni loco aunque tuviera una doble visión de la realidad, aquella que nosotros mismos vemos más otra que entra de lleno en el reino de la ficción. Por la invención de esta doble realidad es por lo que el Quijote y Cervantes han pasado a la posteridad como grandes genios de la sabiduría y será por esto mismo por lo que los políticos extremeños están en trance de serlo. Fíjense cómo habrá sido la cosa que el presidente extremeño en un momento determinado llegó a asombrarse de que sus adversarios no entendieran la realidad de la que hablaba.

Puede ocurrir que el hortelano, dispuesto siempre a disparar una impertinencia, haya perdido reflejos para observar la realidad, bien por su incapacidad para la doble visión  o bien por sus limitaciones para advertir que donde Fernández Vara veía oportunidades de progreso para los extremeños, él solo perciba estancamiento o retroceso en el modelo de desarrollo. ¡Vaya usted a saber! Desde antiguo, es decir desde los tiempos en los que todavía conservaba mejores reflejos, el hortelano ya advertía que cuando bajaba a su aldea le sobrevenía una situación que ahora, releyendo a Bloom, repara que bien pudiera tratarse del mismo síndrome que afectaba a don Quijote: el de la doble realidad, o  mejor dicho el de la doble visión, con la diferencia de que al hortelano solo le llegaba una de ellas. Ocurría que en todas las conversaciones que manteníamos con los amigos de Extremadura, una vez que nos dábamos el parabién y reconociéramos las bondades de la tierra extremeña, el hortelano reparaba que sus interlocutores veían una realidad distinta a la que el mismo observaba. Por ejemplo, cuando, en épocas de las vacas gordas y sobrealimentadas, sus amigos le hacían ver los progresos que se estaban operando en los pueblos y en las ciudades -carreteras, casas de cultura por doquier, polideportivos, cohetería variadas-, y él preguntaba por el tejido industrial, por los índices de transformación de los recursos y por otras bagatelas económico sociales o reparaba en la desgracia de que el escaso talento disponible estuviera hinchando los escalafones funcionariales o que ellos mismos no se atrevieran a decir en público lo que con tanta llaneza expresaban en privado. En el corro de los amigos siempre que hacíamos rueda de opiniones, aquel que ya tenía vocación de hortelano impertinente comenzó a sufrir un cierto complejo de daltónico. Y ahora recuerdo un pasaje de lo que escribió Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote: siempre que se reúne un grupo de españoles preocupados por el presente y el porvenir de su patria, desciende sobre ellos el espíritu de don Quijote creando una especie de dolor étnico.

Pero ¿no veis, mis queridos amigos, que en Extremadura no se está creando riqueza por mucha fuente luminosa que inauguréis,  por mucho cemento que echéis sobre la tierra, por muchos cursos de sexadores de pollos que financiéis o por mucho que estiréis los escalafones de funcionarios?

-Pues no, Tulio. Mis amigos no sufrían ninguna clase de “dolor étnico”. Y no lo sufrían a pesar de que sus hijos se marchaban a Madrid o que las autopistas producían un efecto derivado perverso: facilitaban la exportación de sus materias primas sin necesidad de transformas dentro. ¡Calidad de vida, amigo Tulio, calidad de vida!

Fue de este modo como el hortelano derivó hacia el noble género de la impertinencia en la tierra de la autocomplacencia. Mis amigos no corrían el peligro de contagiarse del dolor étnico que tan sabiamente describió el filosofo cuyo abuelo ejerció en Plasencia de probo funcionario de justicia y allí mismo produjo la primera publicación especializada en la música culta. El hortelano no recuerda a ningún extremeño con legado intelectual en la historia al que no le haya “dolido su tierra”. Y así ha sido como esta mañana escuchando a los políticos en el debate del estado de la región ha vuelto a recordar el día en el que trató en vano de razonar el síndrome de la irrealidad que aqueja a los dirigentes extremeños desde que tengo uso de razón democrática. Me refiero a la falta de correspondencia entre la realidad que refleja la vida oficial e institucional con la realidad misma. Como si fuera una especie de ámbito surrealista, o, mejor dicho, una operación de “desrealización” de la vida extremeña o acaso, como decía, una especie de “agnosia” que afecta a las clases dirigentes de la región.

Te recomiendo, Tulio, que escuches aquel pasaje del debate en el que Vara y Monago filosofan, no sobre las dos Españas, sino sobre las dos Extremadura. Para Vara era necesario deshacer la realidad de las dos Extremadura: la Extremadura del eje de la N-630 y la del Este/Oeste, la una con un cierto desarrollo y la otra a punto de despoblarse. Y veas también la chirigota de Monago santiguándose para rebatir la doble Extremadura (Norte/Sur, Este/Oeste) que propiciaba su adversario. Y en estas estaban cuando intervino María Victoria Dominguez para señalar otra forma de ver las dos Extremaduras: la Extremadura del hemiciclo que se pelea y la Extremadura de fuera, la Extremadura real que se abochornaría de lo que estaba ocurriendo en la Asamblea.

Pero el mayor surrealismo ocurrió más tarde, cuando los representantes de los grupos políticos presentaron “propuestas de resolución” para socorrer las necesidades de los extremeños. Fue como si por arte de magia, alguien hubiera dicho: pedid, que se os concederán todos vuestros deseos, o como los feriantes extienden en el mercadillo la alfombra sobre la que colocan toda suerte de baratijas. No creas, Tulio, que los políticos pidieron apoyo a las empresas eficientes para asegurar empleos de calidad, fábricas para elaborar los productos, proyectos para favorecer iniciativas que mejoren las redes de distribución o de comercialización de los recursos. Incluso se pidió dinero a Madrid y a Bruselas por conservar las encinas y las dehesas como si fuera un impuesto ecológico. Al contrario, las decenas y decenas de resoluciones presentadas o aprobadas tenían como objetivo principal o exclusivo las subvenciones, subvenciones para todo y para todos. ¡Y nos lamentamos del tópico de la Extremadura subsidiada…!

Como el día se le fue al hortelano dedicado a fisgar en lo que ocurría en el concilio de los políticos apenas tuvo tiempo que recrearse viendo como han entrado en sazón las tomateras, despreocupado de si mi pegujal  responde o no la “economía verde ciudadana” o a la “economía circular” o si he de “monetizar” este pequeño paraíso antes de que me asalte la tentación de solicitar una subvención en la ventanilla del funcionario para el que la Asamblea de Extremadura sí ha tenido tiempo y sensibilidad de pedir una reducción de jornada.

 

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Se nos están muriendo los pueblos, convertidos en geriátricos

Los semilleros de la huerta y la mesa de novedades de las librerías continúan siendo los espacios más queridos del hortelano. Pocas otras cosas tan sugestivas como ver el nacimiento de las hortalizas en aquel pequeño bancal en el que despuntan las semillas que asegurarán el esplendor de tu despensa. A veces te ha dado por imaginar tu supervivencia a cargo tan solo de tu huerta. Tienes aseguradas las hortalizas y las legumbres durante todo el año, los frutos del gallinero y de los manzanos y las peras y las uvas y harías compotas y mermeladas… mientras el mundo tiembla saturado de conflictos. Y por las tardes, tendrías libros siempre al alcance de tus manos y podríamos recitar, sintiéndolos y regurgitándolos, los versos de Gil de Biedma:EEn un viejo país ineficiente,/ algo así como España entre dos guerras civiles,/ en un pueblo junto al mar,/ poseer una casa y poca hacienda/ y memoria ninguna. No leer,/ no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,/ y vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia. Es decir, melancolía. Por esta razón te admiras y te deleitas viendo el surgimiento de las semillas, cuidando de que no las devoren las hormigas, el hermano pájaro o los caracoles siempre dispuestos a darse el gran festín en los bosques de los brotes tiernos de mis hortalizas.

El otro lugar feliz son, como digo, las mesas de novedades de las librerías, aquellas en que se muestran los frutos de la inteligencia, las apetecibles librerías de la ciudad, llenas de novedades y manjares suculentos. Es allí donde te han sorprendido dos novedades sobre las Hurdes, la imagen de la Extremadura más tenebrosa, el símbolo que nos ha acompañado toda la vida como un fardo pegado a la espalda, y por eso has salido de la tienda con las “Hurdes, el texto del mundo” de Fernando R. de la Flor y con la “España vacía/Viaje por un país que nunca fue” de Sergio del Molino.

Ya tengo, amigo Tulio, tarea para compaginar en este también tu pegujal el cuidado de las hortalizas con la lectura de dos libros que tal vez acrecienten mi melancolía. El primero resultó ser un texto pretencioso, un poco caótico, editado por una Fundación que lleva el nombre de aquel pintor que conociste hace muchos años y que representó mejor que ningún otro el misterio de los paisajes extremeños. Ahora se dedica a editar libros minoritarios y no sé si oportunos, como aquel que contaba la  muerte del último lobo  que pobló las sierras extremeñas con la firma de un escritor húngaro de nombre impronunciable. El de Ortega Muñoz sirve ahora para resucitar otro mito u otro fantasma extremeño, el de las Hurdes desde que a comienzos  del siglo XX un hispanistas francés y luego españolizado, Mauricio Legendre, junto a don Miguel de Unamuno, “descubrieran” para toda Europa la existencia de un espacio sórdido y  miserable, llamado Hurdes, convertido en “baldón de España” en la lejana y atrasada Extremadura. Aquel descubrimiento sirvió para que la cámara de un aragonés genial, Luis Buñuel, grabara durante 30 días  -entre el 23 de abril al 22 de mayo de 1933-  el documental, “Las Hurdes, tierra sin pan”, que ha pasado a ser el modelo del realismo social a escala universal. ¡Desgraciado, el que nos se conmueva ante este artificio de miseria al que prestó voz Paco Rabal! Recoge el autor de este libro la anécdota de Rafael Alberti y María Teresa León escuchando al propio Buñuel la descripción del paisaje desde el alto del Portillo bajando por las Batuecas: ¿Veis este valle maravilloso? Pues de aquí en adelante, comienza el infierno. Ese es el infierno, que como imagen o leyenda o metáfora, nos ha acompañado siempre que hemos pretendido reivindicar la otra imagen de Extremadura, que por desgracia ha tenido escasos y torpes valedores. Hasta la propia República, y en su nombre Fernández de los Ríos, llegó a prohibir la exhibición del documental sobre las Hurdes por “contribuir al desprestigio de España”. No olvides, Tulio, que la obra de Buñuel que tuvo un éxito excepcional en toda Europa, fue el primer peldaño del despeñadero de la imagen de nuestra tierra. Más tarde, con dinero de los extremeños, se grabó otro monumento a la sordidez regional, la película Jarrapellejos, o La familia de Pascual Duarte, hasta llegar a Los santos inocentes, una de las mejores películas de nuestra historia pero que ha servido para cincelar aún más la imagen de la Extremadura injusta y atrasada.

¿Cómo es posible que de la inteligente gestión que se hace de los fondos de la Fundación Ortega Muñoz haya salido este libro que no aporta nada nuevo a la historia del mito y la leyenda de las Hurdes? ¡Tanta erudición, tanto acopio documental que ni siquiera sirve para poner en solfa la verosimilitud y credibilidad de las imágenes de Buñuel! Porque parece cierto -y así se certifica en el segundo de los libros, el de Sergio del Molino-, que las imágenes más impactantes de Buñuel -la niña muerta, el asno devorado por las insectos, la cabra despeñada- fueron simple fabulación de la que se aprovechó el aragonés para firmar el documento que más daño ha hecho a la imagen de Extremadura.

Mucho mayor interés tiene el otro libro que el hortelano encontró en la mesa de novedades de una de sus librerías más queridas: una tesis sobre la despoblación de  España y que ha aprovechado el mito de las Hurdes para demostrar que, dentro de nada, España será un desierto en el que malamente convivirán las “dos Españas”, no en sentido político –que también lo son y lo serán-, sino en sentido territorial y demográfico. Una España urbana y europea y una España interior y despoblada, en la que, por ejemplo, se asienta mi huerta, mi mundo, mi universo, a punto siempre de sufrir la esquizofrenia de sentirte habitante de un mundo urbano y de progreso y, al mismo tiempo, diletante de un mundo rural que se acaba. Porque lo que el autor de “La España vacía” vaticina es que esas dos Españas están en conflicto; que los urbanos rechazan a los rústicos y no pararán hasta privarnos de la pequeña ventaja de estar sobrerepresentados en la política o hasta despojarnos de los recursos que necesitamos para paliar la soledad de los viejos refugiados en los pueblos. Y al tiempo, nosotros los rústicos iremos poco a poco decantando un odio sordo y rencoroso contra los urbanos, contra los que nos impulsan a vivir resignados al estipendio oficial, y por tanto dóciles y obedientes a los que nos gobiernan con lástima y compasión. Seremos por siempre y para siempre ciudadanos protegidos, como lo son en mi aldea los cernícalos primilla, condenados a ver por la tele, en las largas noches de los inviernos, cómo vive la otra España en las ciudades.  Este es el argumento de “La España vacía”  y este el entretenimiento del hortelano impertinente en este arranque del verano, viendo cómo maduran los tomates, bien abastecida su despensa de lectura y de reflexión.

Pronostica el autor que en treinta años el proceso de vaciamiento de la España rural se intensificará, y que cada vez seremos menos los aspirantes a estar enterrados en los cementerios de nuestros pueblos. Y al tiempo, este hortelano ha leído el pronóstico de Stephen Hawking alentando a continuar viajando al espacio, ya que de ello depende el futuro de la humanidad, pues los terrícolas no podremos sobrevivir otros mil años sin escapar “más allá de nuestro frágil planeta”. ¿Has reparado, querido Tulio, en la fortaleza de pensamiento de dos de los hombres de físico más débil de cuantos aparecen en las pantallas, Pablo Echenique y el propio Hawking? ¡Qué maravillosa civilización que ha hecho posible que estas dos personas tan endebles y que hasta hace unos años estarían recluidos en sus casas o en centros sociales, estén hiperactivos, al menos en mi pantalla, haciendo este alarde de inteligencia!

O sea que el planeta tierra se nos está haciendo pequeño mientras por estas latitudes hay tantos buitres negros como campesinos ordeñando las cabras o levantando las patatas. No hace mucho me contaban de un pueblo vecino, de ayuntamiento próspero por mor de las aguas embalsadas, que para retener a los jóvenes en edad de fertilidad había creado, en régimen de “gratis total”, un gimnasio, una escuela oficial de idiomas y otra de música dependiente del conservatorio provincial. El pueblo tiene instituto de bachillerato, un centro de formación profesional, un centro médico, es decir un pack completo de estado del Bienestar que para sí lo quisiera cualquier lugar de la Europa más próspera. Tiene de todo, menos trabajo productivo. Y como no tiene trabajo, la gente joven huye despavorida. El pueblo en cuestión comenzó el siglo con 2.000 habitantes, hoy va por los 1.500. En la aldea del hortelano somos poco más de 10 habitantes por kilometro cuadrado; Extremadura en su conjunto, 26; en la capital de la provincia la densidad es de 54; en Galicia, 93; en el País vasco, 300; en Madrid 850. ¡Otro record para nuestra tierra: la de menos PIB, la de menor renta per cápita, y ahora, aunque por décimas, la de más escasa densidad de población! ¡Señores de fortuna y señores de Mérida: el tiempo se nos está acabando!

¿Quiere esto decir que irremisiblemente nuestros pueblos están condenados al fracaso? ¿Queda algo por hacer todavía, antes de que, en la siguiente generación a la de nuestros nietos, alguien entregue la llave del cementerio al último mohicano? ¿O quedarán nuestros pueblos convertidos en una especie de parques temáticos para que los urbanitas aprendan a distinguir el buitre negro del buitre leonado? Al autor de la “España vacía” le han preguntado en un periódico, con la misma curiosidad que se preguntaría por los marcianos, que cómo son las gentes del campo. Y ha respondido con una teoría según la cual la “falta de estímulos enloquece a la gente y el aburrimiento acaba provocando un efecto parecido al de un daño cerebral y la gente acaba tarada”.

La “España vacía” está llena de tópicos sobre nosotros los rurales, pero tiene incontables hallazgos sobre el horizonte al que caminan, parece que indefectiblemente, los pueblos en medio del desinterés de quienes administran los recursos públicos. Lo malo no es solo que los rurales seamos cada vez menos, sino que cada vez influiremos menos. En los pueblos nadie se morirá de hambre o de desprotección, pero se consumirán por sí mismos, convertidos en geriátricos.

Hace unos años se estrenó una película que te recomiendo. “El cielo gira” es la historia de un grupo de campesinos que asumen con plena conciencia el papel de ser los últimos habitantes de un pueblo milenario. A punto de consumarse el pronóstico, un hecho excepcional los salva. ¿Qué sucesos extraordinarios tendrían que registrarse para que mi aldea se salvase? Es aquí donde el hortelano saca a pasear sus impertinencias para declarar que solo tendrían futuro si fueran capaces de retener a la población más joven. Y para ello, cada pueblo debería tener una agricultura asociada y dirigida, una fábrica o un centro de transformación de sus productos y servicios sociales mancomunados en la comarca. De contrario, el hortelano será uno de los últimos románticos en cantar la belleza, no de un mundo feliz, pero sí de un mundo que se acaba.

Donde se habla del AVE y de tres amigos poetas

Quiso el cielo o los cielos o los dioses que pueblan los cielos o el buen dios creador de los cielos  que el mismo día que la Universidad Complutense de Madrid anunciaba su propósito de recortar las carreras universitarias, es decir reducir su estructura, tu tierra, amigo Tulio, sufría una verdadera conmoción ante el anuncio de que se iba a crear una universidad privada con el nombre de Emérita. Y como los hortelanos bien sabemos que no hay mildiu sin oídio, ni oídio sin araña, al siguiente día, todos leíamos en el papel que la Universidad Católica de Ávila proyectaba crear en Plasencia una sucursal o algo parecido. “A la gran seca, la gran mojada”, que diría mi amigo que colecciona refranes campesinos. El hortelano que a veces tiene la mala costumbre de pisar moqueta, a la misma hora que le comentaban lo de la universidad privada, ya sé que universidad on line, preguntaba qué títulos impartiría la Privada no fuera a ser que al fin alguien hubiera descubierto alguna carencia académica de la Publica extremeña y tratara de adaptar la oferta universitaria a las verdaderas necesidades de los extremeños: por ejemplo una titulación referidas a las transformaciones agrarias, nuevas tecnologías alimentarias,  o en comercio exterior o ¡vaya usted a saber o no vaya a ser que alguien esté tramando exigir una diplomatura para cultivar tomates o un grado para injertar camelias! El hortelano se atrevió a preguntar por los títulos que pretendían impartir, al tiempo que ¡el muy osado! preguntó si conocían aquello que uno de los que fue su maestro en el arte de querer a Extremadura escribió en un libro memorable (“Extremadura en la Encrucijada”). Adolfo Maíllo García -¡salud, maestro, en el territorio de los muertos!- se lamentaba ante el hecho de que Extremadura hubiera producido una pléyade de literatos en toda su infinita diversidad, historiadores, pensadores, artistas en cualquiera de las disciplinas, hasta políticos, ¡que ya es decir!, y cuán pocos técnicos y tecnólogos y científicos, y yo añadiría cuán escasos empresarios y así nos va. ¿Qué cómo nos va? Pues vamos yendo, amigo Tulio, vamos yendo…, hoy día excitados ante el diluvio universitario que se avecina…

Pero, déjame contarte un cuento verdadero de cuando este hortelano impertinente, -últimamente, como ves, más vago de lo que acostumbra- era un rapaz influido por la doctrina cristiana en los tiempos de niños con pies descalzos en nuestros pueblos. Paseaba por las callejas entre vides y olivos y algún castaño y algún alcornoque -es decir por un territorio que era un paraíso- un anciano de luenga barba y cachaba. Como les dijeron que era hombre ateo y, si no ateo, de la cascara amarga, le apedreábamos. Aquel hombre era un raro ejemplar de científico extremeño, tal vez el hombre de ciencia más eximio que haya producido esta tierra y este hortelano conserva vivo el recuerdo de don Eduardo esquivando los gorrones de una panda de chiquillos bárbaros y desnortados. ¡Un extremeño que se atrevió a cultivar la ciencia!

Hablábamos del carácter “humanístico” de los extremeños  y del escaso interés por la técnica o por los negocios. Y miren por dónde las titulaciones que se proponen impartir los proyectos de universidades privadas en Extremadura tienen el primero de los caracteres. Claro, son las titulaciones más fáciles de impartir y más sencillas de rentabilizar. Pero ¡a ver quien les dice a mis paisanos que no son Universidades lo que más necesitan! Que incluso, si fuéramos sinceros, tomaríamos la tijera tan pronto como la soltaran las manos de la Complutense.

Con esto de las Universidades ocurre como con otras frustraciones atávicas de nosotros los extremeños. Por ejemplo, el AVE. Ya sé lo que estás pensando, Tulio: ¿es que los extremeños no vamos a poder tener AVE? Pues, no, Tulio, los extremeños no necesitamos para nada el AVE. Los extremeños necesitamos un tren moderno y rápido. Punto final. ¿Es que los extremeños no vamos a poder tener aeropuerto? Pues, no, Tulio, los extremeños no necesitamos un aeropuerto. Ni otra Universidad, ni, si me apuras, un kilometro más de autovía o autopista. Los extremeños necesitamos en primer lugar industria; en segundo lugar, industria; y, en tercer lugar, industria. Y luego me dirás que tiene que ser una industria sostenible, respetuosa con el entorno, una industria puntera, una industria que incorpore mucha investigación y mucho desarrollo. Y yo te diré que de acuerdo, y necesitamos una gran plataforma logística y un ferrocarril potente que permita el tráfico de mercancías, no sé si a Lisboa, Sines  o Huelva. Y seguirás preguntándome por qué tipo de industria. Y te diré que una industria transformadora de nuestros recursos. Nos bastaría para tener pleno empleo y empleo de calidad. Como hicieron en California, como están haciendo en Holanda. ¿Sabes lo que más urgentemente necesitamos los extremeños? Poner a trabajar nuestro talento y recortar drásticamente la nómina de los “quietos”.

En esto sí estoy de acuerdo, Tulio: ¿qué hago yo, hortelano de tomate y lechuga, pontificando sobre industria siendo como soy además un hortelano lírico que se está emocionando  escuchando la primera cigarra del verano o esperando que madure la breva de esta higuera que compraste, en un martes de Plasencia, a un colega de Mirabel, aquel pueblín a cuya estación de ferrocarril llegó a comienzos del XX la imprenta que, trasladada por la serranía a lomos de mula, sirvió  para que desde Serradilla aprendieran a leer millones de hispanohablantes, y en donde deberíamos erigir un monumento a Agustín Sánchez Rodrigo y convocar allí, para realzar el acto, a todas las Academias de Lengua. ¿O es que ya nadie recuerda que la cartilla Rayas sirvió para alfabetizar a la humanidad que hablamos el castellano?

Has mencionado a Agustín Sánchez Rodrigo, a Eduardo Hernández Pacheco y a Adolfo Maíllo García y reparas en el talento de tres personajes a los que le “dolía” Extremadura y que, si vivieran, les seguiría “doliendo”. ¿Qué pensarían ellos del complejo de inferioridad de nosotros los extremeños que tratamos de paliar nuestro complejo reclamando AVES, autopistas y aeropuertos y, ahora, Universidades? ¿AVES para poder lucir galones en Atocha? ¿Aeropuertos para que nosotros los abuelos viajemos a Nueva York para visitar a los nietos? ¿Más autopistas que faciliten el transporte de mercancías para que se manufacturen fuera? ¿Otra Universidad para seguir colaborando con otros territorios enviándoles jóvenes con formación y talento? Mis mejores amigos, casi todos, Tulio, tienen los nietos fuera.

Y mientras el hortelano está enhebrando estas impertinencias, le llega la noticia de que a uno de sus amigos poetas, -el hortelano tiene hasta cuatro amigos poetas-, le acaban de conceder un premio muy importante de poesía. De repente el hortelano siente la distancia de una tierra siempre distante y esquiva, y se ha puesto melancólico –oh, dulce melancolía-  como corresponde a todos los que conservamos la cicatriz que nos produce la lejanía. Tu amigo, el poeta de Villalba de los Barros, ahora otra vez premiado, escribió estos versos que cuándo los lee en público, notas cómo a mis paisanos ausentes se les pinzan los huesos: “Esta pena que traigo en el costado,/ que me siembra en el alma la amargura,/ es el viejo dolor de un desterrado/ que llora sin cesar su desventura./Duele tanto la ausencia de mi tierra, de sus plazas, sus calles, sus trigales…/Hoy el viento me trae de la sierra/,aromas tan del sur, primaverales” (José Iglesias Benítez)

O estos otros versos de tu otro amigo del alma, el hombre que construyó una  cosmogonía con el nombre del pueblo más bonito del mundo: Ahora que los años han ardido/ en los fuegos oscuros de la vida;/ ahora que el recuerdo es solo sombra;/ahora que los pasos son opacos/ y no encuentra su espejo la mirada;/ahora llevo turbio el corazón/ y nevado el retrato de aquel niño.”(Juan carlos Rodríguez Búrdalo)

 

Pero de la usencia de la tierra me sé yo otros versos tremendos, vindicativos, salidos de la pluma de tu otro amigo poeta: Aquí arraigó del hombre /el corazón no más; la inteligencia /ramoneó buscando pastura fronteriza, /laicos abrevaderos lejanos donde fuera /remunerado al menos el dolor. /Pero aquí a desnacer retornan todos /irremediablemente /porque está escrito /que han de reunirse /el hombre y su mirada /antes de izar las velas del último naufragio.(Pablo Jiménez)

 

Ahora que lo pienso, amigo Tulio, cuando llegue la hora de dar de mano en la huerta, me gustaría cerrar el ciclo de la añoranza y de la melancolía emborronando unas cuartillas con este título: nostalgia de Extremadura en la obra tres poetas de la ausencia. O mejor con este otro: la huella de Extremadura en la obra de tres poetas que añoran su tierra. Y es que, se mire por donde se mire, el problema de Extremadura ha sido a lo largo de la historia y lo sigue siendo en el siglo XXI el de su vaciamiento. La gente se va. Y no estoy seguro de que no se estén yendo los mejores.  

 

LA MUJER VERATA QUE SE ATREVIÓ A INCREPAR AL REY, Y EL ESPÉCIMEN DE LOS “QUIETOS”

En los momentos críticos de los pueblos siempre hay una mujer, una mujer fuerte, que nos salva. ¿O no? En la vida de los pueblos, en los pueblos de iglesia y campanario, hubo una mujer que salvó la hacienda y la despensa que el varón disipó recostado en la taberna o en el casino. Son esas mujeres heroicas de mi pueblo, siempre en ajetreo, cuidando la parcela, sachando y cavando y, ahora, “dando horas” para sacar adelante a los hijos o a los nietos ¿O no? Para alabar a aquellas y a estas mujeres de los pueblos, el hortelano trata de no recurrir al Libro de los Proverbios en el que se hacen versos bellísimos sobre la mujer fuerte, aquella  que busca lana y lino/ y trabaja con diligencia./Aplica sus manos a la rueca,/ sus palmas empuñan el huso./Abre su palma al indigente,/y extiende su mano al pobre. A poco que el hortelano se lo propusiera encontraría el nombre de las mujeres fuertes de su tierra, aquellas -que las hay- que empujaron a los maridos y a sus hijos a buscar trabajo y mantenimiento fuera, cuando comprendieron que dentro no había salvación. Y aquellas otras que se atrevieron a decir cuatro verdades cuando los hombres, resignados, se callaron.

Te diré, amigo Tulio, la razón por la que esta mañana, todavía con el ronroneo de las abejas libando la flor de los naranjos, traigo a colación a una mujer anónima. ¡Lástima que no conozca su nombre y que su protagonismo haya sido tan efímero! Ocurrió el otro día bajo la lluvia en la explanada del convento, las gentes oficiales lo llaman monasterio, que sirvió de retiro al emperador Carlos V.  Un puñado de veratos aguardaba al rey de los españoles y a su séquito para vitorearle. No todos los días los extremeños hemos tenido ocasión de gritar a un metro de distancia ¡Viva el Rey! En tiempo tampoco tuvimos oportunidad de gritar lo contrario. Y en esta estábamos, cuando una mujer de la raza de las extremeñas valerosas, con cara de mujer fuerte, rompió el cordón de seguridad, se agarró a la mano del rey Felipe, de la dinastía de los Borbones, para increparle mediante una plática de una contundencia extraordinaria como pocas veces las habrá escuchado en su breve mandato. Parecía un diálogo de Nuria Espert en una noche del verano extremeño, en el teatro romano de Mérida, interpretando a cualquiera de las mujeres de Eurípides. Este fue el dialogo entre la mujer del anorak rojo en la explanada de Yuste y el rey de los españoles:

Mujer verata: El trabajo, ¿dónde está para los jóvenes?

Rey. Estamos todos trabajando en ello.

Mujer verata. Pero estas jóvenes que están aquí no tienen trabajo… Ninguna. Todos los años te digo lo mismo… Hay que intentar trabajo para todos los nietos.

Rey: En eso están…

Mujer verata. Todos me dicen igual

Rey. Ya, pero… yo llego donde llego

 

 

La mujer del anorak rojo pertenece a la raza de aquellas mujeres que describió el jesuita Pedro León en 1592 cuando narraba su experiencia de predicador misionando en Extremadura y regresó a su base de Sevilla consternado de cuanto vio: “las mujeres de esta tierra son medio hombres en sus hechos y dichos. Van a cavar y a segar el campo y traen mejor un haz de leña muy grande a cuestas que un hombre, ni dicam que una bestia.” La mujer verata, el otro día, hizo y dijo  lo que los hombres no se atrevieron: desahogar la frustración de tantos extremeños ante el paro, aunque errara de dirección. No era al rey al que tenía que pedirle cuentas ni trabajo para sus nietos, ni siquiera tal vez al presidente Fernández Vara que escuchaba atónito a aquella mujer que se había saltado el protocolo. No dejes de ver el rostro de Fernández Vara en el momento en el que la mujer fuerte se atrevió a interrogar al rey. Pero tampoco el presidente de los extremeños es el máximo responsable, aunque también lo sea, de la falta de trabajo que sufren los extremeños. Si estuviéramos en el teatro de Mérida en una noche de verano y representásemos la tragedia de un pueblo que busca y no encuentra trabajo, le recomendaría a Miguel Murillo, por ejemplo, que reprodujera la escena de la mujer verata, desgreñada, arremangada la falda, apuntado con su dedo índice hacia el cielo interpelando al pueblo extremeño o al dios del pueblo extremeño por su eterna incapacidad e impotencia para crear trabajo.

 

Estás aquí refugiado en el portalillo de tu huerta, sentado en un sillón confortable, admirado de ver los mil colores de las rosas de mayo y te ha dado por recordar la escena de la mujer verata increpando al rey de los españoles. Y si le das a la tecla del artilugio y pones el nombre de cada pueblo o aldea que tienen frontera con tu aldea, verás que el índice de paro de este territorio, comenzando por el de tu aldea, es del 40 %. Es decir, Tulio, si sales a la puerta de tu pegujal y miras alrededor, debes tener presente que el 40 % de tus vecinos están en el paro. Y si miras al Sur, en la aldea más próxima, el paro es del 44 %, y, si vas girando la vista de derecha a izquierda, los lugares con los que limita sucesivamente tu aldea tienen un porcentaje de paro del 9 %, del 14 %, del 29 %, del 30 % y del 24 %. Si además le pides al artilugio que te de los datos de densidad de población, te responderá que tu aldea tiene 10 habitantes por kilometro cuadrado. O sea, Tulio, en pleno siglo XXI tocamos a diez personas por kilometro cuadrado. Aun contando con los funcionarios, los pensionistas, los niños, en cada kilometro cuadrado cuatro de mis vecinos estarían en paro.  ¿O no es así, amigo Tulio?

 

Y me pregunto qué ocurre para que, en dos de las aldeas con las que compartimos frontera, el paro sea una cuarta parte del que nosotros sufrimos. ¿Son más listos, más diligentes, cuentan con minorías más activas? Convoca, Tulio, un pleno de los peripatéticos para que discutamos, con papeles por delante, las causas del paro en este territorio tan dilatado que la vista se nos pierde entre los verdores de una primavera que los viejos discutimos si hubo otra más abundante en los tiempos remotos que recordemos. Yo traeré a la reunión dos documentos recién leídos o vueltos a leer en estos días. Son documentos añejos que nos van a servir para seguir discutiendo sobre las razones por las que la mujer verata se atrevió a sermonear al rey de los españoles sobre los males que padecemos. Los papeles a los que me refiero son el discurso que escribiera el extremeño don Juan Meléndez Valdés en 1790 y que sirvió para inaugurar la Real Audiencia de Extremadura y el Memorial de 1771 de don Vicente Paíno.  Escribía el mejor poeta español del siglo XVIII: “¡Su población cuán pequeña es! ¡Cuán desacomodada con lo que puede y debe mantener! Montes y malezas espantosas ocupan terrenos preciosos y extendidos, que nos están clamando por brazos  y semillas, para ostentar con ellas su natural  feracidad y alimentar millares de nuevos pobladores!” Y era muy similar lo que decía Vicente Paíno en contra de los abusos de los poderosos de la época y de las injusticia de La Mesta.  ¡Qué sorpresa, amigo Tulio, si parecen textos recién salidos de un ordenador de la mano de cualquier extremeño reflexivo que tenga la suerte de ejercer con libertad el pensamiento!

 

En la taberna de la aldea con el nombre más hermoso de estos contornos, nos sentamos un día a tomar una cerveza en otra mañana de primavera. Mi único acompañante, en trance de despedirse de su tierra, era un viejo profesor de ética en una lejana universidad. En otra mesa,  al borde la carretera, hacían corro unos cuantos paisanos. Sus caras reflejaban toda la calma y el reposo que tienen los hombres de los pueblos, una mezcla de serenidad y de resignación de siglos de supervivencia. Recuerdo que mi amigo se entusiasmaba ante los trinos de los jilgueros y de los verderones y la exhalación de las jaras y de las retamas. Mirando a aquellos hombres enjutos de la aldea, poco más y recita con una memoria prodigiosa el libro de Antonio de Guevara en el que se hace la alabanza de la aldea y el menosprecio de la corte. Yo, amigo Tulio, le corté en seco aquellos efluvios líricos para decirle: mi querido amigo, déjame que te cuente la historia de estos cuatro hombres cuya serenidad admiras. Le conté la historia del PER y del empleo protegido y la placidez de la vida subvencionada. Y terminé por decirle que aquella serenidad y quietud era la razón y el resultado de la emigración de los jóvenes que huyeron despavoridos por la falta de trabajo.

 

Tienes razón, amigo Tulio, que llevamos muchos siglos lamentando lo que Vicente Paíno y Juan Meléndez Valdés describieron hace doscientos cincuenta años. Ya no sirve el lamento. Nos debiera estar prohibida toda reflexión que no lleva aparejada una propuesta de solución. Para la próxima reunión de los peripatéticos llevaré una idea que acabo de leer en los papeles. Es un libro de reflexión profunda que se titula: “Poner fin al desempleo”. Se refiere a la necesidad de dar valor y prestigio al trabajo, al hecho de que la máxima dignidad del hombre es el trabajo y que sin trabajo el hombre no tiene dignidad. Todos tenemos la obligación, cada cual según su competencia y responsabilidad, de crear trabajo. Escuché hace unos días en la boca de alguien que ha promovido riqueza y trabajo en Extremadura lo siguiente: el problema de los extremeños no son los “paraos”. El problema son los “quietos”. El responsable de la falta de trabajo no siempre es el rey, mi querida mujer verata, ni siquiera los miles de políticos que florecen en esta tierra escuálida de riqueza. El problema son los “quietos”, los resignados, ese espécimen que oprime a la sociedad extremeña.

ERASMO DE ROTTERDAM EN EL PORTALILLO DE MI HUERTA

El hortelano, de natural impertinente e impertinente por convicción, se dispone a escribir un elogio. Va dedicado a Juan Carlos Rodríguez Ibarra, José Antonio Jáuregui y a Antonio Ventura Díaz, los tres máximos responsables de la feliz idea de crear y mantener la Academia Europea de Yuste y los premios Carlos V, una de las iniciativas más inteligentes de cuantas se han desarrollado en Extremadura en muchos años. Dime si no, amigo Tulio, qué otras experiencias sean equiparables a esta, ocurridas en el último siglo por ejemplo. ¿El Plan Badajoz, que ha producido el milagro de regar más de cien mil hectáreas y promover el desarrollo de muy dilatados territorios? ¿El Estatuto de Autonomía que ha posibilitado el autogobierno de Extremadura? ¿Los Fondos Europeos que han ayudado a transformarla? ¿La declaración de ciudades Patrimonio de la Humanidad de Mérida, Cáceres, y Guadalupe? ¿La creación de Monfragüe por mérito de una persona a lo que luego prácticamente desterramos; la construcción del teatro romano de Mérida; la invención de las fiestas del “cerezo en flor” que ha proyectado la imagen extremeña a medio mundo?

Por encima de la mayoría de los citados, yo destacaría la creación de la Academia de Yuste y de los premios Carlos V. Trataré de justificarlo, aunque cuestión distinta es que hayamos sabido rentabilizar la iniciativa. Al hortelano le tienta siempre la idea de conocer quién creó o inventó todo lo que en definitiva  admira. No lo hace por fetichismo, ni siquiera por un afán historicista. Lo hace por sacar conclusiones, aunque luego esta manía le haya traído contratiempos. A estas alturas de su vida no tiene reparos en recordar una de ellas: hace muchos años, se publicó en Extremadura una revista excelente. El hortelano, metido en camisa de once varas, no tuvo empacho en firmar un tarjetón en el que decía algo así como que es tan “buena que no parece extremeña”. El destinatario fue tan imprudente, que publicó aquel deshago. Al día de la fecha -y han pasado no menos de 30 años-, alguien no lo ha olvidado. Ya ven como lo de impertinente, referido a este humilde escribano, viene de lejos. Lo de sacar conclusiones, en razón a quiénes hayan sido los pioneros de las cosas que admira, es asunto de mayor enjundia. Otro ejemplo: ¿saben ustedes quiénes fueron los pioneros de la industria en Extremadura? Por este orden: Manuel Díaz de Terán (Sevilla, 1850), José Fernandez Lopez (Lugo, 1904) y Eusebio González Martin (Puerto de Béjar, 1900). Raparen en sus lugares de nacimiento y verán de qué va la impertinencia.  

Decía que Ibarra, Jáuregui y Antonio Ventura son los responsables de la experiencia más valiosa de promoción de Extremadura a nivel nacional e internacional. El sociólogo José Antonio Jáuregui, muerto hace unos años en plena madurez, lo soñó y lo inventó. Su sueño pasó años invernado en los cajones de la Administración extremeña hasta que el presidente Ibarra lo rescató. Pero, sin la obstinación y la desbordante capacidad de templanza y de concordia de Antonio Ventura, la Academia de Yuste y los Premios Carlos V no habrían pasado, como tantas otras cosas, de las buenas intenciones. Hace algo más de dos años nos propusimos hacer un reconocimiento a Antonio Ventura y te reto, amigo Tulio, que me digas qué otro personaje de la historia reciente de Extremadura cosechó mayores asentimientos, desde la derecha a la izquierda, desde los sindicatos a la autoridad eclesiástica, desde los más impertinentes a los más sumisos; todos nos pusimos en fila para reconocer un suceso tan extraordinario como fue el reconocer la calidad humana y profesional de un contemporáneo que lleva camino de pasar a nuestra historia más querida.

¡Pensar que hayan visitado Extremadura y conocido su realidad y su historia personajes como Jacques Delors, Wilfried Martens, Mijaíl GorbachovSimone Veil, Umberto Eco, José Saramago, Alain Touraine, Paul Preston, Todorov, Vaclav Havel, Gaston Thorn, Rostropovich, decenas de intelectuales de rango mundial, premios Nobel, científicos…! ¡Imaginar que Extremadura y Yuste han estado en la vanguardia del pensamiento europeo y en la concepción de la Europa Social! ¡Pensar que el nombre de Yuste y Extremadura ha circulado por todas las cancillerías por mor de unos premios con el nombre del primer constructor de Europa y que la visita a la Vera haya figurado en la agenda de todos los dirigentes europeos! Es muy probable que todo ello se haya hecho con menos recursos que los que las Administraciones extremeñas dedican en un solo año a financiar festejos intrascendentes.

Aparte de cultivar lechugas y rosales, el hortelano tiene debilidad por la historia. De pequeño tuvo un maestro que le convenció de que todo lo que nos sucede procede de los sentimientos, que las ideas se heredan y que nada en el mundo procede del azar.  La vida y el progreso son secuencias encadenadas. El caso es que el escribidor anda estos días trajinando por la historia y, de repente, ha reparado en algo que le tiene sorprendido y como, aparte de impertinente, es imprudente, se ha embarcado en una tesis que le tiene deslumbrado. El hortelano parte del supuesto de que Extremadura necesita, como argumento de autoestima y como motor de regeneración, algunos elementos de solvencia intelectual e histórica que nos faciliten seguir soñando con un futuro mejor que el que padecieron nuestros abuelos y el que sufren actualmente nuestros jóvenes en paro. No hace mucho se atrevió a poner como ejemplo la admirable cosecha de talento que Extremadura produjo en el siglo XIX, gracias a unas minorías rebeldes e innovadoras. Llegó a dar quince nombres de extremeños extraordinarios, de verdadera relevancia nacional. Luego entramos otra vez en el ostracismo, como es nuestra costumbre. Lo que ahora ha “descubierto”, pensando en la entrega del premio Carlos V a la italiana Sofia Corradi, impulsora del programa universitario Erasmus, es el pasado erasmista de la Extremadura del siglo XVI, el verdadero siglo de Oro de nuestra tierra. Resulta que el emperador que en cierto modo protegió a Erasmo de Rotterdam, el personaje más sobresaliente de la Europa moderna, el padre de nuestra moderna cultura occidental, vino a rendir su vida a un remoto lugar de una Extremadura que, por aquellos mismos años, protagonizaba una de las epopeyas más destacadas de la historia de Europa. Y, ¡oh sorpresa!, al menos para este inexperto lector que vive en la calleja del Altozano, resulta que en aquel mismo periodo, además de conquistadores y evangelizadores, Extremadura produjo tres lumbreras de la cultura nacional, y los tres, en uno u otro sentido, erasmistas convictos y confesos, si es que los académicos me permiten afirmar el erasmismo del primero que voy a citar. Tres extremeños, que -insisto- debieran servirnos para reforzar nuestra frágil y titubeante autoestima. Benito Arias Montano (Fregenal de la Sierra, 1527), El Brocense (Brozas, 1523) y Pedro de Valencia (Zafra,1555). En conclusión: en torno a Yuste, al emperador Carlos V y al pensamiento erasmista se articula la parte más rica del legado intelectual de nuestra tierra. Incluso para cerrar este “círculo” de casualidades históricas, en 1992, un albañil extremeño descubrió en Barcarrota, emparedados, un conjunto de diez libros, entre ellos un valiosísimo tratado de ética de Erasmo de Rotterdam.

Y es así, de lectura en lectura, bajo el portalillo de su terruño cómo el hortelano se ha atrevido a recomendar al presidente de los extremeños que abrevie su proceso de “repensar” Extremadura. Hace mucho que la “repensaron” algunos extremeños olvidados. Solo hace falta leer la historia sin complejos y sin fanatismos.

Me queda todavía, Tulio, otra sorpresa que no sé cómo interpretarla: a qué se debe esa rara predilección de los familiares del emperador Carlos V a morirse en Extremadura. Su abuelo, Fernando el Católico murió, camino de Guadalupe, en Madrigalejo en enero 1516. El mismo Carlos V expiró en Yuste 21 de septiembre 1558. Su hermana, Leonor de Austria, reina consorte de Portugal y reina consorte de Francia, dos veces reina, falleció en Talavera la Real  en febrero de 1558. Su nuera y sobrina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II, reina consorte de España y Portugal, en Badajoz el 16 de octubre de 1580. Y todavía más, su abuela la reina Isabel la Católica recibió el 11 de octubre de 1497, a escasos metros de donde me encuentro cavilando, la noticia de la muerte de su hijo y heredero el príncipe Juan.

Verás, Tulio. Si doy ahora mismo de mano y me alejo de la huerta no más de doscientos metros, puedo ver las paredes donde la reina Isabel derramó las lágrimas más amargas de su atribulada vida. Allí estaban, tratando de consolarla, su marido, el rey Fernando, el cardenal Cisneros y el duque de Alba. Una escena que, cuando al fin mis paisanos logren adecentar la ruina que más les avergüenza, la podrían representar con música de Hernando Franco y de Juan Vásquez y con prólogo de Domingo Marcos Durán. Y digo yo, Tulio, ¿por qué a los viejos nos da por la historia, por el cultivo de tomates y por la salazón de boquerones en vinagre?

 

 

LA HUERTA EN SAZÓN Y EL SAINETE DE TALAVERA

A la vista está que el hortelano se ha tomado unas largas vacaciones, y bien que lo lamenta. Entre otras cosas porque se ha perdido los mejores sucesos que ocurren cada año en su terruño. Por ejemplo: no ha presenciado el regreso de las grullas sobrevolando los cielos de su aldea, felices tal vez por regresar a aquellas otras tierras en las que de inmediato van a iniciar la ceremonia del apareamiento. Tampoco el hortelano ha podido ver cómo las hortalizas de verano tomaban cuerpo y prosperaban. Al regreso, el hortelano toma nota de que un año más se ha producido el suceso más maravilloso del mundo que habita: el de la huerta resucitada, esplendorosa, vestida de gala para recibir la plenitud de las estaciones. Y como el hortelano tiene fácil el verso, ha vuelto a pedir un azumbre de vino para sumergirse el don de la ebriedad y poder asimilar tanta belleza acumulada en un palmo de tierra, tanta perfección de las cosas pequeñas y nutritivas que cercan estos muros sobre los que se recuestan las parras, los rosales o el lilo todavía florecido junto al brocal del pozo. Vuelve a pedirle de prestado a Claudio Rodríguez aquel verso que tienes a mano en la repisa del chabuco:

¡Meted hoy en los ojos el aliento/del mundo, el resplandor del día!

Y una vez reconfortado, con los cinco sentidos repletos de la lujuria de su huerta, habrá que volver a la dura tarea de la impertinencia. No vaya a ser que entre versos y hortalizas termine por caer en melancolía, leyendo de nuevo las odas de Horacio y las agriculturas de Columela. Pues no; que es tiempo de cultivar la impertinencia, que para eso tienes el cesto repleto, y esta mañana  -¡si no lo vieras, no lo creyeras!-, te has sobresaltado leyendo el papel del día, viendo cómo las autoridades de tu región han cometido un error que les acompañará de por vida. Cuando en el futuro se haga antología de los disparates perpetrados por los políticos, este que estás leyendo merece perpetuarse en el recuerdo. Hagamos nómina de otros dislates: la campaña del “paleto”, la financiación de los ordenadores Dragón como si se tratara de una revolución tecnológica, la promoción de la película que dejó maltrecha la imagen de Extremadura, el fiasco de Hering, el cierre de la quesera Monteoro,  etc., etc.

¿Lo estás leyendo o lo has soñado? Pues no dicen los papeles en portada que todos los prebostes de nuestra tierra, estén o no en el gobierno, se han conjurado entre ellos para comparecer en la base aérea de Talavera y recibir al emir de Dubái que viene a su feudo de Táliga para tomar posesión de no se sabe qué. He aquí a Fernández Vara, a Monago y al alcalde y a la delegada del Gobierno, militares de altísima graduación,  todos, todos, no sé si al son de chirimías, a acaso faltaron los atambores, como también faltó el obispo o arzobispo, que si lo hubieran hecho habría sido cosa admirable. No me digan que la escena no se presta al escarnio, que si la cosa no fuera tan seria, este escribano estaría recordando a Bienvenido Míster Marshall o aquella escena de los Santos Inocentes en la que la servidumbre espera la llegada de los “amos” o alguien se atreva a recordar que tal vez los restos de Alonso de Monroy se revuelvan en su tumba viendo como los árabes vuelven a do solían y que si cunde el ejemplo, todavía los jeques del petróleo podrían rehabilitar las almenas de algunos castillos árabes en latifundios extremeños. Bien seguro que si el mismísimo Berlanga viviera le hubieran entrado ganas de hacer una nueva versión de Bienvenido Míster Marshall contemplando la escena del aterrizaje del Boeing 747 en el aeropuerto de Talavera repleto de jeques y cómo la comitiva del sultán era saludada por las autoridades locales y de inmediato emprendían viaje a Táliga a bordo de una flota de 20 vehículos Ranger Rover y Mercedes. Hasta el contraste entre el atuendo del jeque –vestido de hockey dominguero- y la formalidad de los gerifaltes extremeños serviría para ambientar los primeros planos del nuevo Bienvenido.

Ya sé que el asunto es más serio. Tan serio que es la confirmación de la ineptitud de todos nosotros  para producir riqueza y prosperidad. La presencia de Fernández Vara y de Monago, con la esperanza de que el jeque de Dubái emprendiera actividades empresariales en Extremadura, viene a ratificar la idea de que los extremeños por si solos, ni siquiera con los recursos de la Unión Europea, hemos sido capaces de industrializar la región. Y para demostrarlo, miren a nuestros jerarcas formados junto a la escalerilla del súper Boeing.  Miles y miles de hectáreas, cortijos y mansiones, mataderos de corderos, en manos de los jeques de Dubái, dueños y señores de las tierras que hace unas centurias pertenecieron a sus abuelos. Nada de racismos y menos de xenofobia, que si fuera el mismo Donald Trump, este hortelano escribiría idénticas impertinencias.

Hace unos días, por tierras de Gata, unas decenas de extremeños provectos reflexionaban sobre los problemas de nuestra tierra, sobre cómo pasan las décadas y los medios siglos, y esta tierra sigue y sigue en los lugares más bajo del progreso. Allí se apostaba por la capacidad del pueblo extremeño para doblar el pulso al atraso.  Y miren por dónde, días más tarde, los papeles presentan la escena de los jeques y sultanes en el camino de Táliga.

¿Cómo una persona con buen criterio y razonable, cómo lo es sin duda Fernández Vara, se ha prestado a protagonizar tan monumental disparate? ¿Se imaginan la escena en cualquier otra Comunidad Autónoma? Y todo ello por la remota posibilidad de que unos nuevos terratenientes autócratas de países nada recomendables vayan a invertir en un matadero, que nosotros mismos fuimos incapaces de rentabilizar.

Digo yo, amigo Tulio, que el gesto tan concertado de autoridades civiles y militares recibiendo bajo palio a un señor vestido de jarana es reflejo del complejo de inferioridad de los extremeños. Digo más: que evidencia el subconsciente de servilismo que aun alienta en nuestras conciencias. Y, además, es prueba de incompetencia para resolver nuestros propios problemas mientras tendemos la mano ahora al imán de Dubái, como antes lo hicimos a Madrid o a Bruselas. La escena del aeropuerto de Talaverilla es posible porque nos falta espíritu crítico para decir en voz alta lo que todos o casi todos estamos pensando.

Ya ves, Tulio, cómo este infeliz hortelano no ha sucumbido al síndrome de Stendhal cuando esta mañana se puso a leer el papel en el portalillo de la huerta. De pronto no supe si el vértigo que me acometía estaba determinado por la imposibilidad de digerir la acumulación de belleza que mi huerta exhalaba o era fruto del disgusto que me produjo el sainete del aeropuerto de la aldea en la que murió la hermana del emperador Carlos V.

¡Qué mala suerte la nuestra, otra vez nos pilla la historia con el pie cambiado!

El hortelano se ha puesto a escribir la impertinencia que le marca el calendario, y está pensando que no debiera distraerte, amigo Tulio, con cualquier bagatela que se le ocurra teniendo en cuenta lo que está pasando en esta heredad común que se llama España y que, en consecuencia, no es el momento de embeberse en los asuntos de tu tierra y de mi tierra; que estas son cuestiones menores -bagatelas había escrito- comparadas con la torrentera de problemas que vomitan a cada hora los papeles. ¡Mala suerte tenemos los extremeños, ahora que parecía que comenzábamos a poder plantear propuestas para regenerarnos, cambia la historia! Han llegado de nuevo los demonios familiares -separatismo, corrupciones, la “España se nos descose”-, se alborota el cotarro y otra vez nos dirán que no es este el momento oportuno, que no es la coyuntura más afortunada para recuperar el tiempo perdido. Ya verán ustedes cómo nuestros gobernantes -¡va por usted, señor Fernández Vara!-, tendrán servida la excusa de ocuparse más de los temas nacionales que del desarrollo de los extremeños. ¡Vaya, por Dios, qué mala suerte, la nuestra! Y vosotros y nosotros, amigo Tulio, entretenidos, inquietos, alarmados con la suerte de la nación, mientras esta Extremadura nuestra no levanta cabeza.

Pero el hortelano, desde su rincón, erre que erre con su saco de impertinencias, y no se explica la razón por la que sus presidentes –Ibarra, Vara y Monago- han gozado de una proyección nacional y, en parte de reconocimiento, muy por encima de la imagen de su Comunidad. Pregunta en la Gran Vía de Bilbao o en la calle Sierpes por el nombre del presidente de Aragón o de Baleares, y verás qué careto se les pone. Repite la pregunta sobre el presidente de Extremadura y comprobarás cómo, a poco que vean los telediarios, te dirán que Fernández Vara o tal vez Ibarra. Y sin embargo, el hortelano se reafirma en su opinión de que Extremadura no ha tenido suerte con sus gobernantes. Tratará de explicar esta aparente contradicción.

En pocas otras ocasiones como en los últimos días el nombre de Extremadura ha lucido tanto en las pantallas de los televisores de toda España. Vean al presidente de los extremeños, un socialista atípico pero sincero, antiguo alumno del colegio de los jesuitas de Villafranca en el que se formaron los hijos de la burguesía extremeña, proclamando con arrojo su discrepancia con el secretario general de su partido para impedir que pueda pactar con los independentistas. Al mediodía, por la noche, en todos los telediarios, Fernández Vara y, detrás, de forma muy notoria, el nombre de Extremadura. Si se contabilizara en términos monetarios la publicidad de Extremadura, sería una fortuna. ¿Algo que objetar? Ni sí, ni no, ni siquiera depende… Porque de lo que se trata es de reconocer que Extremadura ha tenido desde la Transición un plus de imagen muy notable a través de la celebridad de sus presidentes autonómicos. Como marca, Ibarra, Vara y en parte también Monago han gozado de fama y de celebridad muy por encima de su territorio.

Si esto es así, ¿cómo se compadece esta realidad con tu afirmación de que Extremadura no ha tenido suerte con sus gobernantes?

-Trataré de explicarlo, amigo Tulio, o al menos esta es mi opinión. Por razones que no vienen al caso, Ibarra y Vara han sido figuras muy importantes en el partido de los socialistas españoles. En la coyuntura actual, Vara es sin duda uno de sus dirigentes más destacados. Raro es el día que Vara no abre un telediario o que Ibarra no se constituye en intérprete del antiguo testamento de los socialistas hispanos. Junto a ellos, adheridos a su nombre, el de Extremadura. Preocupados, ocupados, en salvar no solo a su partido sino también la unidad de todos sus territorios. ¡Repara en el presidente Vara devorando kilómetros, tan pronto en Madrid como en Mérida o en Azuaga, entrando en cualquier emisora a todas horas desde la carretera! ¡Admirable, Tulio, admirable! Y al tiempo que esto sucede, la tierra que gobierna no levanta cabeza. ¿Quién se atreve a decirle que haga un alto en su frenesí carretero y observe por ejemplo, a la altura del kilómetro 164 de la A-5, en su diario peregrinar Mérida/Madrid/Madrid/Mérida/Madrid/Madrid/Mérida/M…, que en ese vehículo que acaba de adelantar, o en el Auto Res en ruta, van jóvenes a los que su tierra sigue expulsando porque no hay ni trabajo ni horizonte cierto? Díganle que ese tráiler de gran tonelaje que deja atrás lleva materias primas extremeñas –concentrado de tomate, fardos de tabaco, terneros, corderos, guarros…- y que en cada tonelada se escapan no sé cuántos miles de unidades de trabajo que rendirán fuera empleo y riqueza. Y que observe mientras habla por teléfono con los informativos de todas las emisoras que los kilovatios del tendido eléctrico que acompaña su ruta tributan fuera y sirven para alumbrar los televisores en los que él seguirá pregonando su dolor por el sufrimiento de la España que se rompe …

¡Qué mala suerte tenemos los extremeños: tan buenos dirigentes para las causas nacionales y tan despreocupados de gobernar las necesidades propias! Les sucede algo parecido -probablemente se trate del mismo virus- que les pasaba a los presidentes asentados en la Moncloa, que se interesaban más por el estrecho de Ormuz o por los problemas de Bruselas que por los propios.

Atrévete a decírmelo, Tulio. Dime de nuevo que soy injusto e impertinente y que trenzo en cada entrega un rabiche, como aquellos que hacíamos con juncos los niños de aldea, mezclando realidad, ficción y demagogia. Dilo, porque así me permitirás replicar con estas otras dos reflexiones.

La primera es que, en tanto el presidente Vara realiza un esfuerzo extraordinario a nivel nacional para reconducir a su partido hacia la moderación y la centralidad, la gestión administrativa y de gobierno de la Junta es lamentable: equipos de gobierno mediocres, escasamente coordinados, atareados en administrar pequeños programas que solo sirven para remendar los rotos que la crisis ha producido, pero inútiles para provocar el cambio de modelo económico y social que Extremadura necesita. Y, para colmo, no existe a nivel público, y menos a nivel privado, un órgano que sirva para chequear la realidad extremeña y contrastar soluciones de futuro. ¡Qué curioso lo que sucede en nuestra tierra: no existe otra voz que la de los políticos para proponer soluciones técnicas a los problemas económicos y sociales! En Extremadura pueden ocurrir sucesos tan sorprendentes como el que un día nos despertemos con la noticia del cierre de la mina de Aguablanca y se vayan a la calle cuatrocientos trabajadores sin que nadie hubiera detectado el problema o que reparemos en solo unas horas de que se puede ir al traste el mayor consumidor de los tabacos en rama de la Vera. ¿Acaso no conocían en la consejería de Industria que el precio del níquel en los mercado internacionales se habían desplomado y que el tabaco está ya en el capítulo final de la historia que mejor representa la ineptitud industrial extremeña? ¿Nadie alertó de los problemas de Acorex y de la mangancia con la que se administraba Caval?

La segunda reflexión es sobre el sentimiento de frustración derivado de la pérdida de una de las últimas oportunidades que Extremadura tiene para acortar la distancia de convergencia no solo con el resto de las regiones europeas, sino con las españolas. La ejecución del Programa de Desarrollo Rural para Extremadura (2014-2020), con una inversión de al menos 1.200 millones de euros, transcurre con más pena que gloria. Los millones de que está dotado no servirán para producir un cambio de las estructuras productivas, solo para remendar las viejas rutinas agrarias.

Esto es cuanto te quería decir, amigo Tulio, para que al menos por mi parte sirva de discusión en nuestra próxima tertulia. ¡Qué mala suerte tenemos los extremeños: siempre nos pillan los acontecimientos con el pie cambiado! Por eso te decía al comienzo que tal vez no debiera distraerte con las minucias extremeñas cuando viene tan cargada la tormenta que amenaza la tranquilidad y la dulce rutina democrática de la que hemos gozado los españoles durante los últimos cuarenta años. Ya sé que es mucho decir lo de gozar desde esta tierra que se despertó un día sin ser consciente de que se le podría terminar el estado del bienestar en que vivía, pero esta mi gente no se da por vencida. Escucha, si no Tulio, la algarabía de los ensayos del carnaval que nos llega. Escucha, están ensayando las fanfarrias del desfile y en las casas se tejen los disfraces: curas o monjas, reyes o pajes, y también rufianes, y déjame a mí que explore lo que esta sucediendo en los bancales de la huerta; mira cómo se está vistiendo de colores la tierra. Son las primicias de lo que está por llegar, los colores de las huerta/jardín. ¡Como reconfortan estos adelantados de la eclosión de los bulbos de flor! Dentro de nada, en su pequeñez y modestia, este será mi Giberny particular. No hace tanto que descubrí el paraíso de Monet al borde del rio Hudson y regresé con los ojos escocidos de tanto admirar el jardín de Monet de modo traté de encontrar aquel librejo de las conversaciones con Monet en el que se recordaba cómo el pintor se pasaba las horas observando el color de Giberny, o tratando de recuperar la tonalidad exacta de la luz del día anterior para llevarla al lienzo. Y como no lo encontraste, te sumergiste en los abismos de la ciudad hasta hallarlo de nuevo. Ahora comienza el tiempo hortelano propicio para saciarte con la explosión de color que se anuncia en cada parcela, y si, además, tuvieras la suerte de encontrar la cita aquella de Messiaen que decía que siempre que escuchaba música veía los colores, podrías pedirle a la maquinaria que te diera, por ejemplo, el canto de los pájaros del propio Messiaen para ver mejor los colores de tu huerta. ¿Cómo se llama ese fenómeno que consiste en equivocar el orden de los sentidos, tal como le ocurría al compositor de la música más sobrecogedora, el cuarteto para el fin de los tiempos, escrito en un campo de concentración esperando la muerte? Efectivamente, sinestesia. ¿Estará aquejado de sinestesia el presidente Vara y esté equivocando la razón de su cargo y crea que los extremeños lo eligieron para salvaguardar la unidad de todos los españoles? Y, a lo mejor, mis paisanos me retiran el saludo, felices como están de que su presidente se les aparezca todas las noches en las pantallas de televisión defendiendo el solar patrio.